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El Heredero Del Imperio

El Heredero Del Imperio

Status: Terminada
Genre:Mafia / Amor-odio / Completas
Popularitas:6.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Polania

Han pasado 20 años.
El hijo de Frank y Valery ya no es un bebé.
Es el heredero del imperio Morello
Él no quiere el trono.
No quiere ser rey. No quiere sangre. No quiere alianzas forzadas.
Quiere una vida normal.
Y eso, en una familia como la suya… es traición.

NovelToon tiene autorización de Polania para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Colisión

CAPÍTULO 4

El problema de sentirse invencible…

es que uno deja de mirar hacia arriba.

Matías Morello lo entendió demasiado tarde.

La reunión con los líderes locales había terminado hacía menos de una hora. Había sido impecable: trajes caros, amenazas elegantes, sonrisas hipócritas y promesas disfrazadas de alianzas.

Nadie levantó la voz.

Nadie se atrevió a desafiarlo directamente.

Pero él lo sintió.

Algo no estaba bien.

Frank conducía esa noche.

—No me gusta el silencio después de una mesa así —murmuró.

—Porque el silencio siempre antecede a algo —respondió Matías mirando por la ventana.

La ciudad vibraba.

Luces, tráfico, ruido.

Vida.

Y en medio de esa vida… alguien había decidido que el heredero debía sangrar.

El impacto no vino desde el frente.

Vino desde arriba.

Un estruendo metálico desgarró el aire cuando una estructura de andamios cayó desde el edificio en remodelación justo al lado de la avenida.

Frank apenas tuvo tiempo de girar el volante.

El coche perdió control.

El vidrio estalló.

El mundo se inclinó.

Y todo se volvió ruido.

Metal contra asfalto.

Gritos.

Frenos.

Oscuridad.

 

Cuando Matías abrió los ojos, el aire olía a combustible.

Su cabeza latía.

Había sangre deslizándose por su sien.

Frank estaba inconsciente sobre el volante.

La puerta del copiloto estaba atascada.

Intentó moverse.

Dolor en las costillas.

Pero estaba vivo.

Escuchó pasos.

Demasiados.

No eran curiosos.

No eran ayuda.

Eran botas.

Alguien había provocado aquello.

Intentó alcanzar su arma.

No estaba.

Una figura se acercó entre el humo.

Pero antes de que pudiera distinguir su rostro…

Una voz femenina rompió el caos.

—¡Apártense! ¡Está respirando!

No sonaba asustada.

Sonaba firme.

Autoritaria.

La figura masculina dudó un segundo.

Suficiente.

Un grupo de estudiantes cruzó la calle corriendo. Mochilas, batas blancas, teléfonos en mano.

Y en medio de ellos…

Ella.

Cabello oscuro recogido apresuradamente. Rostro decidido. Ojos que no pedían permiso.

Isabella Duarte no sabía quién era él.

Solo sabía que era un herido más.

Se arrodilló junto al coche.

—Necesito algo para romper el vidrio —ordenó.

Uno de los chicos le pasó una barra metálica.

Golpeó con precisión.

Una.

Dos.

Tres veces.

El vidrio cedió.

—¿Me escucha? —preguntó inclinándose hacia Matías.

Él la miró.

Y por primera vez en mucho tiempo… no tuvo el control de la situación.

No respondió.

La observó.

Ella no llevaba miedo en los ojos.

Llevaba concentración.

—Tiene posible contusión y trauma torácico —murmuró mientras evaluaba—. No intente moverse.

Intentó incorporarse.

Ella lo empujó suavemente hacia atrás.

—¿Está sordo? Dije que no se mueva.

Eso lo sorprendió.

Nadie le hablaba así.

Nadie.

—¿Quién eres? —logró decir con voz baja.

—Alguien que no quiere que se muera en plena avenida —respondió sin mirarlo directamente.

Sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos.

Pero no eran ambulancias.

Eran patrullas.

Los hombres que habían estado observando se dispersaron.

Demasiado rápido.

Demasiado organizados.

Isabella no lo notó.

Matías sí.

Y entendió algo.

El accidente no había salido como esperaban.

Porque ella había interferido.

 

La ambulancia llegó minutos después.

Isabella subió sin pensarlo cuando vio que necesitaban apoyo.

—Soy estudiante de medicina —dijo mostrando su credencial.

La dejaron entrar.

Matías la observaba desde la camilla.

No parecía frágil.

No parecía impresionable.

Parecía… peligrosa de una forma distinta.

—Tu amigo está peor —le dijo ella mientras ajustaba la vía intravenosa.

—No es mi amigo.

Ella alzó una ceja.

—Claro.

Silencio.

La ambulancia avanzaba entre el tráfico.

—Eso no fue un accidente —dijo él de repente.

Isabella lo miró por primera vez con verdadera atención.

—¿Perdón?

—El andamio cayó demasiado preciso.

Ella sostuvo su mirada unos segundos.

No vio paranoia.

Vio certeza.

—Ahora mismo me preocupa que no tenga hemorragia interna —respondió—. Las teorías conspirativas pueden esperar.

Y volvió a concentrarse en su trabajo.

Matías sintió algo extraño.

No era atracción.

No todavía.

Era intriga.

Porque ella no estaba impresionada.

No sabía quién era.

No estaba intentando agradarle.

Lo estaba salvando porque era lo correcto.

Y eso…

Eso en su mundo era raro.

 

Horas después, en el hospital, mientras los médicos oficiales tomaban el control, Isabella salió al pasillo.

Se quitó los guantes con manos ligeramente temblorosas.

Ahora sí.

Ahora el cuerpo comenzaba a procesar el shock.

Una voz grave detrás de ella la detuvo.

—Le salvó la vida.

Se giró.

Frank, con un vendaje en la frente, la observaba.

—Hice lo que cualquiera habría hecho.

Él negó lentamente.

—No cualquiera se mete en medio cuando algo huele mal.

Isabella frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir con eso?

Pero antes de que pudiera responder…

Dos hombres de traje oscuro aparecieron al final del pasillo.

Miradas duras.

Movimiento coordinado.

Isabella sintió un escalofrío.

No entendía por qué.

Pero algo le dijo que se alejara.

—Cuídese —murmuró Frank antes de que los hombres se acercaran.

Demasiado tarde.

Uno de ellos la miró directamente.

La evaluó.

Como si estuviera memorizando su rostro.

Isabella sostuvo la mirada.

No bajó la vista.

Pero cuando salió del hospital esa noche…

Tuvo la extraña sensación de que alguien la seguía.

 

En la habitación privada, Matías observaba el techo.

Había sobrevivido.

Otra vez.

Pero algo había cambiado.

No por el atentado.

Por ella.

Cerró los ojos y recordó su voz firme.

“¿Está sordo? Dije que no se mueva.”

Y, contra todo pronóstico…

Sonrió levemente.

Sin saber que en ese mismo instante, en otro lugar de la ciudad, el hombre de las llamadas recibía el informe.

—Interferencia inesperada —dijo su asistente.

El hombre miró la fotografía de Isabella tomada frente al hospital.

—¿Quién es?

—Estudiante de medicina. Sin antecedentes. Vida normal.

El hombre sonrió.

—Nadie es completamente normal.

Dejó la foto junto a la de Matías.

Una junto a la otra.

—Ahora sí empieza lo interesante.

 

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