Cassidy Boone era ladrona, pistolera y la mujer más buscada al oeste del Mississippi. Murió con una bala en la espalda por culpa de un imbécil y un reloj de oro.
Despertó en el siglo XXI.
En un hospital. En un cuerpo que no era el suyo. Noventa kilos, papada, moretones en los brazos y un tubo metido por la nariz.
El cuerpo pertenecía a Emilia Montero: heredera de un imperio millonario, casada con un hombre que la despreciaba, traicionada por su mejor amiga, y recién salida de un coma después de que alguien intentara matarla y lo hiciera parecer un suicidio.
Emilia se fue.
Lo que despertó en su lugar es mucho peor.
Cassidy no sabe usar un teléfono, no entiende qué es un EBITDA y le tiene desconfianza a los autos. Pero sabe leer mentirosos, sabe cuándo alguien esconde un as bajo la manga y sabe pelear sucio. Tiene doce meses para descubrir quién la quiso matar, recuperar la fortuna que le están robando y destruir al marido estafador y a la amiga trai
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CAPÍTULO 12: La cena del infierno.
La terapeuta se llamaba doctora Miranda Solís y tenía la cara más neutral que Cassidy había visto en dos vidas.
Ni sonreía ni fruncía el ceño. Ni aprobaba ni juzgaba. Estaba sentada en un sillón beige con las piernas cruzadas, un cuaderno en el regazo y unos lentes redondos que le daban aspecto de búho con título universitario. El consultorio era pequeño, con luz tenue, plantas falsas en las esquinas y una caja de pañuelos estratégicamente colocada entre los dos sofás donde se suponía que la pareja debía sentarse.
Juntos.
Cassidy miró el sofá. Miró a Sebastián. Miró el espacio entre ambos.
Se sentó en la punta más alejada. Si hubiera podido sentarse en otro estado, lo habría hecho.
Sebastián se sentó en la otra punta. Traje oscuro, corbata perfecta, pelo peinado, cara de arrepentimiento tan bien actuada que merecía un premio. Se había preparado para esto. Cassidy lo vio en cuanto entraron al consultorio: la mandíbula relajada a propósito, los hombros caídos a propósito, esa mirada de perro regañado que probablemente ensayó frente al espejo.
En el Viejo Oeste los llamábamos cuatreros de cuello blanco. Tipos que te robaban el ganado con una sonrisa y después te invitaban a cenar. La cuerda les quedaba igual de bien que a los otros.
—Bienvenidos —dijo la doctora Solís—. Este es un espacio seguro para ambos. Aquí no hay juicio, no hay culpas, solo diálogo. Vamos a empezar con algo simple. Sebastián, ¿puedes contarme cómo te sientes respecto a tu matrimonio en este momento?
Sebastián respiró hondo. Se pasó la mano por el pelo. Bajó la mirada. Puro teatro.
—Sé que cometí errores —dijo con voz grave, medida, la voz de un hombre que ha practicado el discurso—. Errores graves. Descuidé a Emilia. Me alejé. Dejé que otras personas se interpusieran entre nosotros. Y cuando ella más me necesitaba, no estuve ahí. Eso me pesa. Me pesa mucho. Quiero arreglarlo. Quiero que esto funcione.
Cassidy lo miraba con la misma cara que ponía cuando un fulano le juraba que la diligencia no llevaba oro. La cara de «sigue hablando, que cada palabra te hunde más.»
La doctora Solís anotó algo en su cuaderno y giró hacia Cassidy.
—Emilia, ¿cómo te sientes tú?
Cassidy se tomó tres segundos. Los usó para mirar las plantas falsas, la caja de pañuelos y la cara de la doctora, que esperaba con la paciencia entrenada de alguien que cobra por hora.
—¿Cómo me siento? —repitió.
—Sí. Lo que quieras compartir. No hay respuestas incorrectas.
—Siento que estoy atrapada en una jaula con una serpiente y me dicen que tengo que aprender a quererla.
El silencio cayó sobre el consultorio como un balde de agua helada.
La doctora Solís dejó de escribir. Sebastián giró la cabeza. La mandíbula relajada se le tensó de golpe y los ojos de perro regañado se endurecieron durante medio segundo antes de volver al guion.
—Emilia, entiendo tu dolor, y tienes todo el derecho a...
—No terminé.
Sebastián cerró la boca.
—Usted me preguntó cómo me siento, doctora. Le estoy diciendo. Siento que este hombre me tuvo durmiendo en un cuarto de servicio durante más de un año mientras se acostaba con mi mejor amiga en mi cama. Siento que me trataron como un mueble viejo que estorba pero que no puedes tirar porque está a tu nombre. Siento que desperté de un coma que no debió pasar y descubrí que mi vida entera era una mentira. Y ahora me sientan aquí, en un sofá beige, con plantas de plástico y una caja de pañuelos, y me dicen que hable de mis sentimientos. ¿Quiere saber mis sentimientos, doctora? Mis sentimientos son que si pudiera, lo sacaría a patadas de mi vida hoy mismo. Pero hay un contrato que me obliga a estar aquí doce meses, así que aquí estoy. Con la serpiente.
La doctora Solís la miró por encima de los lentes.
—Emilia, la terapia funciona cuando ambas partes están dispuestas a...
—Estoy dispuesta a cumplir los doce meses. Eso es todo lo que ofrezco.
—¿No estás dispuesta a intentar la reconciliación?
—Doctora, con todo respeto, ¿usted se reconciliaría con un hombre que le dio su cama a otra mujer y a usted la mandó a dormir al cuarto de la plancha?
La doctora Solís abrió la boca, la cerró y anotó algo largo en el cuaderno. Cassidy habría pagado buen oro por leer lo que estaba escribiendo.
Sebastián intervino con la voz más suave que le salió:
—Emilia, yo sé que lo que hice no tiene justificación. Pero estoy aquí porque quiero cambiar. Porque te quiero. Porque creo que podemos...
—Sebastián.
—¿Sí?
—Ahórrate el discurso. Lo ensayaste en el carro, ¿verdad? Porque tienes la misma cara que ponías cuando le decías al consejo directivo que las cuentas estaban en orden.
Sebastián apretó los puños sobre las rodillas. La máscara se le agrietó una fracción de segundo. La doctora lo anotó. Cassidy también.
Ahí estás. Debajo de toda esa actuación, ahí estás. Furioso, acorralado y calculando tu siguiente movida. Igual que yo.
La sesión duró cincuenta y tres minutos. Cassidy los contó. Cincuenta y tres minutos de Sebastián actuando al esposo arrepentido, la doctora intentando mediar y Cassidy contestando con la precisión de un cirujano y la delicadeza de una motosierra.
Cuando se acabó, la doctora les pidió que para la próxima sesión cada uno escribiera tres cosas que valoraran del otro.
—Tres cosas que valore de él —repitió Cassidy.
—Así es. Puede ser cualquier cosa. Un recuerdo, una cualidad, algo que admires.
Cassidy miró a Sebastián de pies a cabeza.
—¿Me da tres semanas? Porque me va a tomar un rato encontrar algo.
La doctora no se rió. Sebastián tampoco. Cassidy salió del consultorio con la satisfacción oscura de quien acaba de ganar una mano de póker sin tener nada en las cartas.
El pasillo del piso catorce era largo, con piso de linóleo y luz blanca de hospital. Cassidy caminó hacia el ascensor con Lucía detrás —la había dejado esperando afuera con el cuaderno— y Sebastián tres metros más atrás, hablando por teléfono con la mandíbula apretada y la voz baja. Probablemente llamando a Andrea para contarle que la sesión había sido un desastre. Que su esposa era incontrolable. Que el plan de hacerse el arrepentido no funcionó ni cinco minutos.
Llámala. Cuéntale. Me importa un carajo.
Y entonces lo vio.
Apoyado contra la pared junto al ascensor, con dos vasos de café en las manos y la sonrisa más descarada del hemisferio occidental, estaba Daniel Reyes.
Cassidy se detuvo en seco.
—¿Me estás siguiendo?
—Pasaba por aquí.
—Esto es el piso catorce de un edificio médico.
—Trabajo en el piso quince. Consulta de traumatología. Martes y jueves.
Cassidy se quedó callada. Miró a Lucía. Lucía asintió con los ojos muy abiertos, confirmando.
Maldita sea. Es verdad.
—Te traje café —dijo Daniel, extendiéndole uno de los vasos—. Negro, sin azúcar. Adiviné.
—No adivinaste. Me espiaste.
—Le pregunté a tu asistente.
Cassidy giró hacia Lucía, que de repente encontró fascinantísimo el piso de linóleo.
—Lucía.
—Señora, me preguntó muy amablemente y yo...
—Después hablamos tú y yo.
Agarró el café. No porque lo quisiera. Porque tenía sed y el orgullo no le iba a quitar la sed. Le dio un trago largo. Estaba bueno. Muy bueno. Mejor que el de la oficina.
Hijo de puta, hasta el café lo trae bueno.
Sebastián apareció detrás de ella. Vio a Daniel. Vio los cafés. Vio la sonrisa. Y Cassidy vio cómo la cara de Sebastián pasó de la irritación al reconocimiento y del reconocimiento a algo mucho más oscuro. Sabía quién era Daniel. Lo había investigado después de descubrir sus visitas a la mansión. Sabía el apellido, sabía la fortuna, sabía todo.
Y verlo ahí, con café para su esposa y esa sonrisa de idiota seguro de sí mismo, le revolvió las tripas de una manera que la terapia de pareja no había logrado.
—Emilia, el carro nos espera abajo —dijo Sebastián con voz seca.
Cassidy miró a Sebastián. Miró a Daniel. Miró el café.
Y tomó una decisión que era mitad estrategia, mitad rabia y mitad algo más que no quería examinar de cerca.
—Vete tú. Yo tengo cosas que hacer.
—¿Qué cosas?
—Cosas que no te incumben, Sebastián. Nos vemos en la casa.
La cara de Sebastián se puso roja. Miró a Daniel con los ojos entrecerrados, los puños apretados dentro de los bolsillos del pantalón. Daniel le sostuvo la mirada con la tranquilidad de un hombre que no tiene nada que demostrar y todo el tiempo del mundo.
Sebastián se metió al ascensor sin decir una palabra. Las puertas se cerraron. El número bajó del catorce al uno.
Se fue.
Cassidy terminó el café de un trago y tiró el vaso en un bote de basura.
—Vámonos —le dijo a Daniel.
—¿A dónde?
—A donde sea. Lejos de este edificio, lejos de esta terapia y lejos de ese imbécil.
Daniel no preguntó más. Bajaron por el ascensor —Cassidy ya ni se agarraba del pasamanos, progreso— y salieron al estacionamiento. El carro de Daniel era exactamente lo que Cassidy esperaba: viejo, limpio, sin pretensiones. Nada que ver con los carros negros y brillantes de Sebastián.
Un millonario con carro viejo. En mi época eso se llamaba o humildad o tacañería. En este caso creo que es humildad. Creo.
Se subió en el asiento del copiloto. Daniel arrancó. No puso música, no habló, no preguntó qué había pasado en la terapia. Solo manejó. Diez minutos de silencio por calles que Cassidy ya empezaba a reconocer.
Fue ella la que habló primero.
—Esa terapia es una mierda.
—¿Tan mal?
—Ese hombre se sentó ahí a actuar como si fuera un santo arrepentido mientras yo tenía que fingir que no me daban ganas de estrellarle la caja de pañuelos en la cara. Cincuenta y tres minutos. Cincuenta y tres minutos de mi vida que no voy a recuperar, y me quedan once meses más de esa basura.
Daniel la miró de reojo.
—¿Estás bien?
—No. Estoy furiosa. Estoy tan furiosa que necesito golpear algo, romper algo o...
Se calló. Lo miró. Daniel tenía las manos en el volante, los ojos en la carretera, el pelo revuelto y esa mandíbula que a Cassidy le provocaba morderla cada vez que la veía.
—Detén el carro.
—¿Aquí?
—Aquí.
Daniel frenó en un callejón lateral, detrás de un edificio de oficinas, entre dos muros de concreto donde no pasaba nadie. Apagó el motor. Giró hacia ella.
—¿Qué...?
Cassidy le agarró la cara con las dos manos y lo besó.
No fue un beso suave. Fue un beso con dientes, con rabia, con toda la furia de cincuenta y tres minutos de terapia inútil y un marido que le revolvía la sangre de asco. Daniel le devolvió el beso sin dudarlo, sin preguntar, como si llevara días esperando exactamente esto.
—Esto es solo para bajar mi rabia —dijo Cassidy contra su boca, sin separarse—. No significa nada.
Daniel le puso las manos en la cintura y la jaló hacia él.
—Me encanta ser tu desahogo.
Sonreía. El muy desgraciado sonreía.
Lo que siguió fue incómodo, apretado y ridículamente complicado. El asiento trasero de un carro viejo no estaba diseñado para dos personas, y menos cuando una de ellas pesaba ochenta y ocho kilos y la otra medía uno ochenta y cinco. Cassidy se golpeó el codo con la puerta, Daniel se enredó con el cinturón de seguridad y en algún momento ella le dio una patada al espejo retrovisor que lo torció hacia un lado.
Pero nada de eso importó.
Porque cuando encontraron la manera de encajar —y la encontraron, porque Cassidy Boone siempre encontraba la manera—, el mundo de afuera dejó de existir. No había terapia ni Sebastián ni Andrea ni empresas fantasma ni doce meses de condena matrimonial. Solo estaba Daniel besándole el cuello, las manos de él debajo de su blusa, la piel de ella erizándose donde él la tocaba, y esa urgencia salvaje que le nacía en el vientre y le subía hasta la garganta.
Fue rápido, intenso, furioso. El carro se movió lo suficiente para que un peatón que pasara se diera cuenta de que adentro no estaban revisando mapas precisamente. A Cassidy le importó lo mismo que le importaba la opinión de los demás: nada. Se agarró del respaldo del asiento delantero con una mano, le clavó las uñas en el hombro con la otra, y cuando terminó soltó un gemido ronco que empañó la ventana trasera.
Se quedaron en silencio. Respirando. El carro olía a sudor y a piel caliente y las ventanas estaban tan empañadas que no se veía nada de afuera.
—Me vas a matar —dijo Daniel con la voz rota, la cabeza apoyada contra el asiento y los ojos cerrados.
—Qué manera tan agradable de morirse —dijo Cassidy, subiéndose los pantalones en un espacio que no daba para subirse los pantalones.
Se acomodó. Se alisó el pelo. Le quitó una arruga a la blusa. Comprobó que el espejo retrovisor todavía funcionaba.
—Esto no fue una cita —aclaró, señalándolo con el dedo—. Fue terapia alternativa.
—La mejor terapia de mi vida.
—No te acostumbres.
—Ya me acostumbré.
Cassidy abrió la puerta del carro y salió al callejón. El aire fresco le golpeó la cara y le aclaró la cabeza. Se sentía mejor. Mucho mejor. La rabia de la terapia se había evaporado y en su lugar había un zumbido tibio en todo el cuerpo que le aflojaba los hombros y le suavizaba la mandíbula.
Se agachó para mirarlo por la ventana. Daniel seguía adentro, despeinado, con la camisa arrugada y la sonrisa más grande que le había visto.
—Gracias por el café —dijo Cassidy.
—¿Solo por el café?
—No tientes tu suerte, Daniel.
Se dio la vuelta y caminó hacia la calle principal para llamar al chofer. A los diez pasos se detuvo. Giró.
—Oye.
—¿Sí?
—No le cuentes a nadie. A nadie.
—Soy una tumba.
—Más te vale. Porque si Sebastián se entera, la tumba va a ser literal. Y no la tuya.
Daniel se rió. Cassidy también, aunque intentó que no se le notara. Le salió mal. Se le notó.
Se fue.
Daniel se quedó en el carro. Solo. Con las ventanas empañadas, la camisa torcida y el corazón latiéndole como si acabara de correr un maratón.
Esa mujer me va a destruir, pensó. Y no me importa.
Arrancó el carro, enderezó el espejo retrovisor y salió del callejón silbando.
Al otro lado de la ciudad, Sebastián Duarte estaba sentado en su oficina provisional —un cubículo que Cassidy le había asignado en el piso doce, lo más lejos posible del piso cuarenta— mirando la pantalla de su teléfono con los ojos inyectados de rabia.
Tenía abierto el perfil de Daniel Reyes Alcázar. La foto, el nombre, el historial. Heredero de Laboratorios Reyes. Fortuna estimada en tres veces la de los Montero. Soltero. Sin escándalos. Sin deudas. Sin un solo punto débil visible.
Y su esposa se había ido con él.
Delante de sus narices.
En el pasillo de la terapia de pareja.
Sebastián cerró el teléfono, apretó la mandíbula y marcó un número.
—Marcos.
—¿Sí?
—Necesitamos acelerar. Esa mujer se nos está yendo de las manos.
—Sebastián, te dije que...
—Que la auditora, que las cuentas, que el riesgo. Ya lo sé. Me importa un carajo. Mueve el dinero que falta antes de que Emilia lo encuentre. Todo. Esta semana.
Silencio al otro lado.
—¿Me oíste, Marcos?
—Te oí. Pero si movemos todo de golpe van a saltar las alarmas.
—Entonces que salten. Prefiero una alarma a una celda.
Colgó.
Y ahí, en ese cubículo del piso doce, con el ego destrozado y el miedo mordiéndole la nuca, Sebastián Duarte tomó la decisión que le iba a costar todo.
Mover el dinero.
No sabía que Valentina Torres ya estaba mirando.
toy segura que Daniel en cuál querer situación elegirá a cassidi
Rodrigo Reyes tu hijo se pondrá en contra tuya.
Amo a Cassidy y a Daniel 💖💖💖💖💖