Alessandro una muchacha con un triste pasado y un esposo que la odia.
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La estirpe de la sombra.
El despacho de Alessandra en la planta superior de la torre Blue Phoenix estaba sumido en una penumbra solo rota por la luz de una lámpara de escritorio. Frente a ella, la carta rescatada del fuego parecía palpitar. "No eres una Rossi. Eres una...". Esa mancha de sangre sobre el apellido era el último secreto que su "padre" se había llevado a la tumba, y la llave que Isabella intentó quemar.
Alessandra llamó a la única persona en quien confiaba para asuntos que requerían total discreción: Marcus Thorne, un ex-investigador de la Interpol que ahora dirigía la división de inteligencia de su firma.
—Marcus —dijo ella, entregándole la fotografía de la mujer misteriosa—, no quiero auditorías, no quiero balances. Quiero saber quién es esta mujer y por qué mi padre estaba dispuesto a matar para ocultar mi relación con ella.
El rastro del ADN
Marcus trabajó durante setenta y dos horas seguidas. El análisis forense de la carta reveló algo perturbador: el papel no era comercial, sino un tipo de pergamino utilizado exclusivamente por la Casa de Valois-Châtillon, una rama aristocrática casi olvidada que poseía vastos territorios en la frontera franco-suiza.
—Señora Rossi... o como sea que debamos llamarla —dijo Marcus, entrando al despacho con un informe sellado—. La mujer de la foto es Eléonore de Valois. Desapareció en 1998, oficialmente en un accidente de yate. Pero hay registros médicos privados de una clínica en los Alpes que muestran que dio a luz a una niña tres meses antes de su "muerte".
Alessandra sintió un frío glacial. —Mi padre... él era el abogado de esa familia en aquel entonces, ¿verdad?
—Exacto —confirmó Marcus—. Su "padre" no solo robó el fondo fiduciario de la constructora de Julián. Él robó una identidad. Usted es la heredera legítima de un patrimonio que hace que la fortuna de Julián parezca calderilla. Él la mantuvo cerca, humillándola y haciéndola sentir insignificante, para que usted nunca tuviera la fuerza de reclamar su nombre. Si usted moría o renunciaba a sus derechos, el dinero pasaba a manos de su tutor legal: él.
El despertar de la bestia
Mientras Alessandra procesaba que toda su vida de carencias y maltratos había sido una táctica de supresión financiera, en la habitación del hospital, Julián vivía su propia pesadilla.
A pesar de la seguridad que Alessandra había contratado, el mal siempre encuentra una grieta. Una enfermera, con el rostro cubierto por una mascarilla quirúrgica, entró en la habitación de Julián a las tres de la mañana. Sus movimientos eran erráticos, casi mecánicos.
—Es hora de tu medicina, Julián —susurró la mujer.
Julián, aún débil, abrió los ojos. Algo en la voz le resultó familiar, un tono agudo y desesperado que le erizó la piel. Cuando la enfermera se bajó la mascarilla, Julián ahogó un grito.
Era Isabella. Pero no la Isabella que él conocía. El lado izquierdo de su rostro estaba cubierto por vendas frescas, y sus ojos inyectados en sangre reflejaban una psicosis total.
—¿Extrañabas mi belleza? —siseó ella, sosteniendo una jeringa cargada con un líquido translúcido—. Alessandra me quitó mi casa, mi dinero y mi rostro. Pero tú... tú eres lo único que le queda para que su corazón siga latiendo. Si te llevo conmigo, ella vendrá. Y cuando venga, finalmente le daré el final que se merece desde aquella noche en Suiza.
Julián intentó presionar el botón de pánico, pero Isabella fue más rápida y cortó el cable con una tijera quirúrgica.
—No, mi amor. Vamos a dar un paseo. Tenemos una cita en el puerto, donde todo termina para los Rossi... y para los Valois.
La llamada del abismo
Dos horas después, el teléfono privado de Alessandra sonó. Era un número desconocido.
—Felicidades, "hermanita" —la voz de Isabella sonaba como cristal roto—. He descubierto que ni siquiera compartimos la misma sangre asquerosa. Pero eso lo hace más divertido. Tengo a tu preciado Julián en el muelle 14. Está sedado, pero vivo. Si llamas a la policía, inyectaré aire en sus venas y verás cómo su corazón se detiene en televisión nacional.
Alessandra se puso en pie, su rostro transformándose en una máscara de furia noble.
—Si le tocas un solo cabello, Isabella, te juro que desearás haberte quedado en ese incendio.
—Ven sola, Alessandra. Ven y demuéstrame que eres una verdadera aristócrata... o muere como la sombra que siempre fuiste.
Alessandra colgó. No llamó a Marcus. No llamó a la policía. Fue a la caja fuerte de su oficina y sacó algo que nunca pensó usar: un revólver de plata con el escudo de los Valois, el único objeto que venía en el sobre y que ella había ignorado hasta ahora.
La reina estaba lista para defender su trono, y esta vez, no habría contratos ni piedad.