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Esposa en Alquiler

Esposa en Alquiler

Status: Terminada
Genre:Romance / Madre por contrato / Completas
Popularitas:202
Nilai: 5
nombre de autor: iraurah

Daniela aceptó un matrimonio arreglado para salvar de la ruina la casa hogar donde creció. A cambio recibió un esposo que la desprecia, una amante instalada bajo su mismo techo y una orden cruel: llamarlo «señor» y obedecer sin hacer preguntas.

Pero Gael todavía puede rebajarla más. Para cerrar un lucrativo negocio, alquila a su propia esposa durante seis meses y la entrega a Alberto Kaleo, un poderoso CEO acostumbrado a conseguir todo lo que desea. Daniela pasa de ser una esposa ignorada a convertirse en la mujer de alquiler de otro hombre, atrapada en un acuerdo que también pone su cuerpo y su libertad en manos ajenas.

Alberto, sin embargo, no la trata como una mercancía. Entre cuidados, deseo y una ternura que Daniela nunca conoció, el contrato comienza a transformarse en algo mucho más peligroso. Y cuando ella queda embarazada del hombre que la alquiló, Gael comprende demasiado tarde que entregó a su esposa... y que ahora podría perderla para siempre.

Entre celos, arrepentimientos y secretos familiares enterrados bajo apellidos de oro, Daniela tendrá que decidir si vuelve con el hombre que la vendió, si confía en quien pagó por tenerla o si, por primera vez, se elige a sí misma.

¿Cuánto cuesta una esposa que nadie valoró? ¿Y qué sucede cuando la mujer que todos trataron como mercancía decide que ya no está en venta?

NovelToon tiene autorización de iraurah para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El almuerzo

En el patio trasero de la suntuosa mansión de Alberto, Daniela regaba las plantas, una por una, con toda paciencia.

Estaba por terminar cuando el timbre sonó varias veces. Dejó la regadera y fue deprisa a abrir.

Clic.

Al otro lado había dos mujeres hermosas.

—Buenos días, señorita —saludaron las dos a la vez.

Daniela las miró extrañada, pero les devolvió el saludo.

—Buenos días. Mm... Perdonen, ¿quiénes son? —preguntó con una sonrisa amable.

—Permítame presentarnos, señorita: yo soy Rosa y ella es Nora. Somos sus profesoras de maquillaje y moda, enviadas por el señor Alberto —explicó una de ellas.

Daniela se quedó boquiabierta: Alberto había contratado maestras de maquillaje y de moda para ella.

—Us-ustedes...

—Así es, señorita. Le enseñaremos todo sobre maquillaje y estilo —dijo Nora.

Daniela se perdió un momento en sus pensamientos, pero reaccionó pronto e invitó a pasar a las que serían sus maestras.

—Adelante, pasen —dijo, abriendo la puerta de par en par.

Entraron y empezaron la clase: cómo elegir el maquillaje para cada ocasión, qué estilo convenía en los eventos importantes y cuál en el día a día.

También le enseñaron a maquillarse y a combinar la ropa para verse elegante.

A ratos a Daniela le zumbaba la cabeza con tanta combinación de colores, sobre todo porque sus dos maestras eran charlatanas y escandalosas cada vez que ella no seguía bien sus instrucciones.

Otras veces la regañaban por elegir siempre ropa tan cubierta: con un cuerpo como el suyo, le decían, le sentaría mejor algo un poco más atrevido.

—Ay, señorita... ¡Deje de escoger ropa tan tapada! ¡Mire! Esto le queda mucho mejor a su figura —dijo Nora, extendiendo la prenda que había elegido.

—Pero es muy escotado, sobre todo aquí —replicó Daniela, con las mejillas encendidas.

—Ay, señorita, para eso es la moda. Hasta una prenda transparente quedaría bien, si se animara a probársela —dijo Nora, que se desesperaba con ella.

Daniela probó algunas de las prendas que le parecieron apropiadas.

—¡Guau! Está perfecta, señorita —exclamaron Rosa y Nora, haciéndola girar de un lado a otro hasta marearla un poco.

A la una y media de la tarde, las dos se despidieron: ya habían terminado de enseñarle lo básico de maquillaje y moda.

Daniela recogió la ropa y los cosméticos que habían quedado desparramados por todas partes.

—Uf... Por fin terminó.

Bzzz, bzzz, bzzz.

El celular sonó. En la pantalla aparecía «Mi amor». Ya sabía que era Alberto, y contestó.

—¿Aló? —dijo Daniela.

—Hola, cariño. ¿Ya terminaron? —preguntó Alberto por teléfono.

—¿Terminaron? ¿Quiénes?

—Tsk, tú y tus profesoras, ¿quiénes más?

—Ah... Sí, acaban de irse. Al, ¿por qué hiciste eso?

—No quiero que te aburras en casa, cariño. Además, así aprendes a embellecerte, y eso me conviene a mí, ja, ja, ja...

Daniela sacudió la cabeza, incrédula. Alberto era un exagerado, pensó.

—Cariño, hoy quiero que me prepares el almuerzo.

—¿El almuerzo? ¿Vas a venir a casa?

—No, vienes tú.

—¿Qué? ¿Q-quieres decir que vaya a tu oficina?

—Sí.

—Pero no sé dónde queda.

—Tranquila, el chofer va a pasar a recogerte.

—De acuerdo. Entonces te dejo.

—Perfecto. No olvides arreglarte como te enseñaron tus profesoras.

Tu, tu, tu.

La llamada se cortó.

Daniela se fue a la cocina a preparar el almuerzo que llevaría a la oficina de Alberto.

Cuando terminó, subió al cuarto a asearse. Usó el jabón que le había regalado Rosa: tenía un aroma delicioso y le dejó la piel radiante.

Se maquilló siguiendo las clases. Al verse con el rostro arreglado, sonrió: la mujer del espejo le pareció una desconocida.

Eligió un vestido de cuello barco que le dejaba los hombros al descubierto y dio varias vueltas frente al espejo para asegurarse de que no se veía exagerada.

Satisfecha, bajó, salió de la casa y subió al auto que la esperaba desde hacía rato.

Estaba muy nerviosa. Era apenas la segunda vez que salía maquillada desde el día de su boda con Gael.

No se sentía segura de sí misma, pero Alberto había insistido en que ella misma le llevara el almuerzo.

—Ya llegamos, señorita —el chofer le abrió la puerta del auto.

Al bajar, Daniela quedó maravillada ante el rascacielos altísimo. Entró y se acercó a la recepción.

—Buenas tardes, ¿en qué podemos ayudarla? —preguntó la recepcionista con amabilidad.

—Buenas tardes. Mm... Vengo a ver a Alberto —respondió Daniela, nerviosa.

—¿Se refiere al señor presidente?

Daniela se quedó callada. No sabía si Alberto era el presidente o no.

—Mm... Creo que sí.

—Un momento, por favor, voy a llamar —la recepcionista hizo una llamada, asintiendo varias veces.

—Señorita, puede subir al último piso por el ascensor de presidencia —dijo, señalando cuál era.

Daniela entró y pulsó el número más alto.

Ding.

Las puertas se abrieron y caminó hasta el escritorio de la secretaria.

—Buenas tardes —saludó a la mujer, que estaba concentrada en unos papeles.

La secretaria levantó la cabeza y le sonrió con calidez.

—Buenas tardes, señorita. Usted debe de ser la señorita Daniela, ¿verdad? Adelante, el señor presidente la está esperando —dijo, acompañándola hasta una puerta con un letrero que decía «Despacho del Presidente».

—Pase directamente, señorita —la mujer le abrió la puerta.

Daniela entró y encontró al hombre que buscaba.

—Al.

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