El amor que nunca olvidó
Un encuentro en la infancia bastó para que Elara Bauman se convirtiera en el recuerdo que Alessandro Vescari jamás pudo abandonar, año tras año la observo de lejos.
Pero años después, el destino vuelve a ponerla en su camino. Él es un hombre poderoso, acostumbrado a conseguir todo lo que desea; ella, una joven independiente que no está dispuesta a dejarse dominar por nadie.
Alessandro está decidido a conquistarla, pero detrás de su mirada intensa y su necesidad de tenerla cerca se esconde un pasado que nunca logró superar. Elara desafiará sus límites, pondrá a prueba su paciencia y despertará sentimientos que él creía imposibles de controlar.
Entre secretos, tensión, celos y una atracción difícil de ignorar, ambos descubrirán que reencontrarse no significa tener una segunda oportunidad garantizada.
Él llevaba años esperándola. Ella jamás imaginó ser el centro de su mundo. Pero ¿podrá el hombre que siempre quiso tenerlo todo aprender a amar sin poseer, y la mujer que teme perder su libertad atreverse a entregarle el corazón.
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La despedida que él desconoce
Elara permaneció sentada frente a su escritorio, contemplando el correo que había leído tantas veces durante los últimos días. La universidad había confirmado su aceptación en el programa de intercambio académico por un año. Era la oportunidad que había esperado desde antes de conocer a Alessandro, una posibilidad que alguna vez le pareció demasiado lejana para convertirse en realidad. Ahora tenía una fecha de partida, documentos que firmar y una vida completamente nueva esperándola al otro lado del océano. Sin embargo, junto con la emoción, sentía una inquietud que no conseguía apartar: sabía que, cuando Alessandro se enterara, intentaría obtener respuestas que ella todavía no estaba preparada para darle.
Aquella noche, durante la cena, decidió compartir la noticia con sus padres. Marianne dejó los cubiertos sobre la mesa cuando escuchó que su hija se marcharía durante doce meses, mientras Thomas guardó silencio unos segundos, asimilando la distancia que los separaría. Elara se apresuró a explicarles que tendría una beca, alojamiento estudiantil y la posibilidad de continuar sus estudios sin abandonar sus objetivos. Su madre fue la primera en sonreír. Le tomó la mano y le recordó que aquella oportunidad no había llegado por casualidad, sino gracias a sus calificaciones, su esfuerzo y las horas que había dedicado a estudiar incluso después de trabajar los fines de semana. Thomas también terminó sonriendo, aunque le advirtió que extrañaría tenerla en casa. Ninguno intentó convencerla de quedarse.
—¿Alessandro sabe que te vas? —preguntó Marianne después de un momento.
Elara bajó la mirada hacia su plato. Había imaginado aquella pregunta desde que recibió la confirmación.
—No. Y no voy a decírselo todavía.
Su padre la observó con seriedad, sin juzgarla. Quería asegurarse de que no estuviera tomando una decisión únicamente por miedo, pero su hija le explicó que la beca era algo que deseaba desde mucho antes de que Alessandro volviera a aparecer en su vida. Necesitaba descubrir quién podía ser sin sentirse observada, anticipada o protegida por alguien que parecía conocer cada movimiento suyo. No quería marcharse para castigarlo; quería hacerlo porque su futuro también le pertenecía.
Los días siguientes transcurrieron entre trámites, despedidas discretas y maletas abiertas sobre la cama. Elara seleccionó libros, ropa y algunos objetos que no estaba dispuesta a dejar atrás. Al fondo de un cajón encontró el pequeño regalo anónimo que había recibido al cumplir quince años. Lo sostuvo entre las manos durante largo rato, recordando aquella celebración y la curiosidad que le había provocado descubrirlo entre los obsequios. Nunca había averiguado quién lo envió. Finalmente, lo envolvió con cuidado y lo guardó en su equipaje, sin sospechar cuánto significaba para la persona que se lo había dado.
La noche anterior al viaje, su teléfono se iluminó con un mensaje de Alessandro. Le preguntaba si podían verse, pues necesitaba hablar con ella. Elara leyó las palabras varias veces y sintió el impulso de responder, pero dejó el dispositivo sobre la mesa. No quería convertir su partida en una negociación ni permitir que una conversación aplazara, una vez más, una decisión que ya había tomado.
Al amanecer, Marianne la abrazó con fuerza en el aeropuerto y Thomas le acomodó una correa de la maleta antes de despedirse. Elara atravesó el control de seguridad sin mirar atrás hasta llegar a la puerta de embarque. Entonces sacó el teléfono, contempló el nombre de Alessandro en la pantalla y lo guardó sin contestar. Cuando anunciaron su vuelo, respiró profundamente y avanzó.
Alessandro todavía creía que tenía tiempo para hablar con ella. No sabía que, mientras esperaba una respuesta, Elara ya estaba a punto de comenzar una vida en la que él no podía decidir por ella.