NovelToon NovelToon
COMPRADA POR 50.000 DÓLARES El Mafioso Y La Estudiante

COMPRADA POR 50.000 DÓLARES El Mafioso Y La Estudiante

Status: En proceso
Genre:Mafia / Posesivo
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Gino Esparza es el líder mafioso más temido de la ciudad. Frío, implacable y acostumbrado a imponer su voluntad, no acepta un no por respuesta. La piedad no existe en su vocabulario… hasta que una tarde sus ojos se encuentran con los de una joven estudiante de mirada turquesa.

Candance tiene dieciocho años, una deuda que no le pertenece y un sueño que nadie le arrebatará: estudiar Finanzas en Oxford. Cuando unos usureros intentan llevársela para cobrar cincuenta mil dólares, Gino paga la deuda y la lleva a su mansión.

Ella jamás imaginó convertirse en la mujer de un mafioso tan peligroso. Él le ofrece lujos, protección y un amor tan intenso como posesivo. Pero Candance no nació para vivir encerrada ni permitirá que otro decida su destino.

Gino puede comprar su deuda, pero jamás su voluntad. ¿Tendrá Candance el valor de escapar de la jaula del hombre que podría destruirla… y al que ha comenzado a amar?

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El primer aviso sin flores

El sol de la tarde se filtraba por las cortinas gruesas de la sala principal, tiñendo de dorado el borde de los muebles antiguos de madera oscura. Candance estaba sentada cerca de la ventana, con las manos apoyadas sobre su vientre que empezaba a redondearse poco a poco, apenas visible bajo su vestido suelto de algodón. Había aprendido a distinguir los pasos de Gino desde hacía meses: firmes, rítmicos, pesados, como si cada paso marcara una regla que nadie debía romper bajo ninguna circunstancia. Hasta entonces, cuando él regresaba de sus asuntos por las tardes, a veces traía flores o algún detalle pequeño, y por un instante ella se permitía pensar que tal vez había algo de ternura detrás de esa mirada fría y penetrante. Pero hoy no trajo nada. Su rostro estaba cerrado, sin rastro de amabilidad, y al entrar no la miró siquiera primero: fijó la vista en el hombre que venía detrás de él, un socio de su red, con la cabeza baja y las manos temblorosas a los costados.

Candance quiso levantarse para retirarse a su habitación, como solía hacer cuando llegaban personas ajenas, pero Gino levantó una mano breve, deteniéndola con un gesto seco que no admitía objeciones.

—Quédate. Quiero que escuches.

Se quedó inmóvil en su sillón, el corazón dándole un vuelco repentino en el pecho. Nunca antes la había obligado a presenciar sus asuntos con la banda, y la sola orden le provocó un escalofrío por la espalda. El socio intentó hablar enseguida, con voz quebrada y temblorosa: pidió disculpas una y otra vez, explicó que había compartido información con personas ajenas al círculo, que no lo había hecho por maldad sino por miedo a ser atacado por rivales. Gino lo escuchó sin interrumpirlo, sin cambiar de expresión, con esa calma extraña que ya empezaba a conocer y a temer más que cualquier grito de furia. No gritó, no amenazó de inmediato. Solo le recordó que en su mundo la confianza es el único pilar que sostiene todo, y que quien la rompe pierde todo lo que ha construido hasta entonces: casa, dinero, familia, todo.

Candance percibió el terror del otro hombre, cómo sus hombros se encogían, cómo buscaba alguna señal de clemencia en los ojos de Gino que nunca llegó. No vio golpes ni detalles crueles, pero sintió el peso de la sentencia cuando Gino hizo un gesto breve con la cabeza a los guardias que esperaban en la sombra del pasillo. Se llevaron al hombre en silencio, sin que volviera a hablar, y el eco de sus pasos se perdió poco a poco por el corredor oscuro hasta desaparecer por completo. Cuando ya no quedaba nadie más que ellos dos en la sala, Gino se giró hacia ella y se acercó despacio, sin prisa.

—Ahora ya lo sabes —le dijo, con voz baja y grave—. Muchas veces te he dicho que no me gusta que me desafíen. Hasta ahora creías que eran solo palabras para asustarte, ¿verdad? Que yo era el hombre que te trae flores y te cuida cuando estás cansada. Olvídalo. Eso solo es para los que se mantienen en su lugar. Para los que no traicionan.

Candance tragó saliva, intentando organizar sus pensamientos que se mezclaban entre la sorpresa y el miedo. Había guardado esperanzas pequeñas durante meses, creído que tal vez el embarazo lo haría más suave, que la vida del bebé lo haría cambiar de forma de ser. Pero lo que acababa de ver le mostró otra cara, la que él siempre había ocultado bajo gestos amables: la de un hombre que medía todo por lealtad y poder, que no perdonaba desviaciones, que veía el mundo como un campo de supervivencia sin términos medios ni segundas oportunidades fáciles.

—Pero… ¿es necesario actuar así? —se atrevió a preguntar, con voz apenas audible—. Nadie es perfecto. La gente puede equivocarse y pedir perdón. ¿No hay espacio para eso?

Gino soltó una risa seca, sin alegría ni calidez, y se apoyó en el marco de la ventana, mirando hacia los jardines cerrados de la mansión, rodeados de muros altos y alambradas que ella nunca había logrado ver desde adentro.

—Tú creciste de otra forma. Tu padre era un jugador que te vendió, sí, pero antes de eso viviste en una casa donde se hablaba de errores y perdones. Yo no tuve eso. Lo primero que aprendí cuando era niño fue a agarrar un arma y a saber defenderme solo. Mi familia se construyó con sangre y fuego. No somos héroes de cuento, somos sobrevivientes. En mi mundo, el débil desaparece. Muchas familias cayeron precisamente por ser demasiado buenas, por dar segundas oportunidades a quienes no las merecían y luego les apuñalaron por la espalda.

Candance bajó la mirada, pensando en su propia situación. Él creía que la había salvado de los usureros, pero la había encerrado después. Creía que la protegía de los peligros del mundo, pero le quitaba la libertad de decidir por sí misma. Empezó a recordar pequeños detalles que antes había ignorado por esperanza o por miedo: cómo revisaba sus mensajes sin avisarle, cómo no la dejaba hablar con nadie sin su permiso previo, cómo cada gesto amable siempre venía acompañado de una regla nueva o una advertencia velada que no se atrevía a cuestionar. Hasta ese momento no había sabido ponerle nombre a eso, pero ahora sí: eran señales de alerta, banderas rojas que habían estado encendidas todo el tiempo, y que ella había elegido no ver para no enfrentar la verdad.

—¿Entonces para ti… no hay forma de equivocarse y seguir aquí? —preguntó ella, con los ojos llenos de preocupación.

Gino se acercó de nuevo y le tocó la mejilla con la yema de los dedos, con un gesto que parecía cariñoso a primera vista, pero que la hizo estremecer hasta los huesos.

—Solo hay una excepción: mientras lleves a mi hijo, tienes un margen pequeño. Pero no lo confundas con perdón. Es solo un plazo límite. Si cruzas la línea… no habrá flores ni palabras bonitas. Solo consecuencias.

Se alejó hacia su despacho, dejándola sola junto a la ventana. Candance se llevó las manos al vientre y miró hacia el jardín, hacia los muros altos que rodeaban todo el recinto sin dejar salida visible. Escuchó sus pasos alejarse por el pasillo, cada golpe contra el suelo como una advertencia silenciosa. Por primera vez comprendió claramente: el hombre que vivía con ella no era un salvador. Era un jefe criminal, calculador y peligroso, y todo lo que hasta entonces había creído que era ternura no era más que posesión disfrazada. Ahora las banderas rojas se encendían con fuerza, y ya no podía volver a ignorarlas. No sabía cuándo llegaría el siguiente aviso, ni qué pasaría si cometía un error pequeño sin querer. Solo sabía que debía estar alerta, todo el tiempo.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play