De día, Valeria Vidal y Dante De Rossi son los titanes más implacables de la arquitectura europea: una batalla campal de titanio contra hormigón donde cada licitación se disputa como un duelo a muerte. De noche, despojados de sus armaduras corporativas, son «TintaBlanca» y «PlanoCero», dos almas insomnes que se desahogan y se enamoran a ciegas a través de una plataforma anónima, sin sospechar que su confidente ideal es su peor pesadilla diurna.
Mientras sus socios montan un palco cómico cada fin de semana para verlos batirse en ridículas apuestas —desde carreras en bicicleta de paseo hasta guerras de karaoke—, sus padres deciden intervenir. Enemigos frente a la prensa pero compinches de toda la vida en privado, los patriarcas urden una trampa maestra: un falso matrimonio corporativo por contrato con amenaza de intercambio de mando. Obligados a convivir bajo el mismo techo entre desplantes, planos cruzados y un ataque de celos incontrolable, Valeria y Dante descubrirán que la estructura
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Capítulo 5: Cinta de carrocero y café de guerra
El notario público de la Piazza del Duomo se quitó las gafas de montura dorada tres veces durante la lectura de las cláusulas adicionales. En cuarenta años de ejercicio profesional jamás había redactado un régimen conyugal que se pareciera más a los acuerdos de desmilitarización de Ginebra que a un acta de esponsales.
—Página catorce, epígrafe C —leyó el letrado con un hilo de voz monótono, mirando de reojo a los contrayentes—: «Queda terminantemente prohibido el acceso de cualquiera de las partes a los cuadernos de croquis, maquetas preliminares, dispositivos de almacenamiento cifrado o papelería con membrete del cónyuge. La transgresión de este perímetro facultará a la parte afectada a verter café hirviendo sobre el disco duro del infractor sin derecho a compensación civil».
—Me parece una cláusula justa y proporcionada —aprobó Valeria, sosteniendo la pluma estilográfica como si fuera un puñal listo para un degüello.
—Añade que si una sola de sus orquídeas invade el radio de giro de mi lámpara de trabajo, será arrojada por el incinerador de residuos —añadió Dante, cruzado de brazos y con la mandíbula pétrea.
Don Bernardo y Don Massimo, sentados al fondo del despacho con sendas sonrisas de beatitud angelical, asentían al unísono como dos jubilados presenciando una partida de bochas en la plaza.
—Firme aquí, señora De Rossi —dijo el notario con cautela suicida, señalando la línea de puntos.
—Vidal —corrigió ella con un siseo tan helado que congeló el tintero—. Mi apellido no se fusiona con nada que huela a hormigón pretensado.
Firmaron. El sonido seco del sello notarial oficializó la unión más hostil de la historia de Lombardía.
El «campo de batalla neutral» elegido por los patriarcas para garantizar la convivencia forzosa durante el año de inspección internacional era un ático dúplex de cuatrocientos metros cuadrados en las vanguardistas residencias de CityLife.
El problema —la trampa deliberada de los padres— no radicaba en el metraje, sino en la distribución arquitectónica: una planta abierta concebida por Zaha Hadid, con techos de doble altura, muros perimetrales de cristal curvo y una ausencia casi total de paredes divisorias interiores. La cocina de isla monolítica, el salón y el estudio central formaban un único espacio colosal e ininterrumpido. Solo los dormitorios estaban separados por sendas puertas correderas en extremos opuestos del pasillo superior.
A las cinco de la tarde, la mudanza fue un choque de placas tectónicas.
Tres operarios con camisetas verdes descargaron las cajas de Valeria: archivadores de lino blanco mate, organizadores de titanio cepillado, difusores de aromas de higo y cedro, y un muestrario de tejidos orgánicos en tonos crudo y arena. Quince minutos más tarde, cuatro hombres corpulentos entraron con las pertenencias de Dante: cajas de madera negra reforzada con esquineras de hierro, paneles de acero perforado para colgar instrumental técnico, maquetas de hormigón en bruto que pesaban como anclas de barco y una máquina de café expreso profesional de trece bares de presión que ocupaba medio metro cuadrado de encimera.
A las siete de la tarde, las cuadrillas de mudanza huyeron despavoridas ante la tensión ambiental.
Valeria salió de su habitación vestida con unos pantalones anchos de seda gris perla y una camiseta de tirantes blanca, con el cabello recogido con una pinza y un rollo de cinta de carrocero azul industrial en la mano derecha.
Dante estaba en el centro del salón, descalzo, con unos pantalones deportivos oscuros y una camiseta negra ajustada que dejaba al descubierto unos brazos con venas marcadas por el esfuerzo de cargar cajas. Sostenía una botella de cerveza fría en una mano mientras inspeccionaba la imponente mesa de trabajo comunal de roble macizo de cuatro metros de largo que dominaba el centro de la estancia.
—¿Qué se supone que haces con eso? —preguntó Dante, señalando el rollo azul con el cuello de la botella.
Valeria no respondió con palabras. Se arrodilló al borde de la gran mesa de roble, pegó el extremo de la cinta exactamente a los dos metros milimétricos y la extendió en una línea recta implacable hasta el otro extremo, alisándola con la uña esmaltada en burdeos.
—Se llama soberanía territorial, De Rossi —dijo ella, levantándose y limpiándose las palmas de las manos—. El ala norte de la mesa es el territorio de Vidal Vanguard. El sur es tu basurero brutalista. Si un solo lápiz de grafito tuyo cruza la línea azul, lo parto por la mitad y uso los restos para prender la chimenea.
Dante la contempló con una ceja alzada, tomando un trago largo de cerveza antes de responder con una calma exasperante:
—Qué adorable. La generala del titanio marcando trincheras con cinta de pintar paredes. ¿Y qué hacemos con la cocina, Vidal? ¿Vas a poner alambre de púas en la nevera?
—Tres estantes superiores para mí, dos inferiores para tus carnes rojas y tus cervezas de troglodita. Y la máquina de café...
—Mi máquina de café no se toca —la interrumpió él, dando un paso adelante y bajando la voz a un tono grave que vibró en el aire silencioso del ático—. Requiere calibración de molienda y una presión manual que tus delicados dedos de dibujar mariposas desajustarían en diez segundos.
Valeria dio medio paso hacia él, recortando la distancia hasta que el olor a lúpulo fresco y la piel caliente del hombre la envolvieron por completo. Tuvo que alzar la barbilla para sostenerle la mirada, sintiendo una corriente traicionera recorrerle el estómago al notar lo ridículamente atractivo que se veía sin la rigidez de sus trajes italianos.
—Tengo un posgrado en ingeniería de materiales por el Politécnico de Zúrich, querido —escupió ella con una sonrisa venenosa—. Puedo manejar un émbolo hidráulico con los ojos cerrados. Ahora apártate; tengo que programar el termostato.
—Ni lo sueñes —Dante interpuso su brazo ancho entre ella y el panel táctil de la pared—. El aire acondicionado se queda en dieciocho grados. Para proyectar estructuras se necesita la cabeza despejada, no un clima de sauna mediterránea.
—¡Dieciocho grados es la temperatura de una morgue municipal, idiota! —estalló Valeria, empujándole el antebrazo con las palmas de las manos—. ¡Mis articulaciones se entumecen con menos de veintiuno!
El contacto físico fue eléctrico. Las manos de Valeria apoyadas en la piel caliente del brazo de Dante hicieron que el aire entre ambos se volviera espeso de golpe. Dante no apartó el brazo; al contrario, tensó los músculos bajo las palmas de ella y bajó la vista hacia sus labios con una llamarada oscura y desafiante ardiendo en sus ojos azules:
—Si tienes frío, ponte un jersey de lana, esposa mía. Las quejas sobre la temperatura no estaban contempladas en el contrato conyugal.
Valeria retiró las manos como si se hubiera quemado con una plancha al rojo vivo. Retrocedió dos pasos, acomodándose la camiseta de tirantes con dedos rápidos y la respiración ligeramente agitada:
—Eres insoportable.
—Y tú eres un peligro público sin maquillar —devolvió él con una media sonrisa arrogante que le encendió la sangre—. Buenas noches, socia. No olvides cerrar la puerta de tu ala con pestillo; no querría que una de tus curvas líricas se escape a medianoche y me contamine el plano del sótano.
Dante dio media vuelta y caminó hacia su dormitorio con una lentitud indolente, balanceando la botella vacía entre los dedos.
A las dos de la madrugada, el ático en penumbra respiraba un silencio cargado de electricidad estática.
En el dormitorio norte, Valeria estaba sentada en medio de su cama de sábanas blancas, envuelta en un cárdigan de punto grueso —el termostato seguía implacablemente clavado en diecinueve grados gracias al bloqueo de contraseña que Dante le había puesto al panel—. Con una taza de manzanilla entre las piernas, encendió su tableta.
La interfaz de Nocturna parpadeó en la pantalla. Su refugio digital. El único lugar donde los hombres no eran bestias territoriales que demarcaban mesas con miradas asesinas.
El punto verde de PlanoCero brillaba en la esquina.
> TintaBlanca: Oficialmente inauguré mi condena en el purgatorio. Si mañana los periódicos anuncian el homicidio de un arquitecto milanés a manos de su flamante esposa temporal... solo te pido que me lleves naranjas a la cárcel de San Vittore.
>
A menos de quince metros de distancia, al otro lado del pasillo abierto, Dante De Rossi estaba recostado contra el cabecero de su cama oscura, en calzoncillos y con una libreta de notas cerrada sobre el pecho. La pantalla de su teléfono iluminaba sus facciones afiladas en la penumbra.
La notificación vibró en su palma. Al leer el mensaje de TintaBlanca, una sonrisa genuina, suave y descansada borró la dureza de su semblante por primera vez en todo el día.
> PlanoCero: Veo que la mudanza con tu némesis fue todo un éxito diplomático.
> TintaBlanca: Es un monstruo cavernícola. ¿Sabes qué hizo? Bloqueó el termostato en dieciocho grados porque dice que las estructuras necesitan «cabeza fría». ¡Estoy congelándome viva con dos mantas de plumas mientras él probablemente duerme como un oso polar en celo!
>
Dante se quedó mirando la pantalla. Un parpadeo de extrañeza cruzó sus ojos azules.
Dieciocho grados.
Frunció el ceño. Se incorporó sobre los codos, mirando hacia la puerta abierta de su habitación que daba al pasillo común. Sacudió la cabeza con una risa muda: media Europa vivía con el aire acondicionado bajo en primavera; era una casualidad ridícula.
> PlanoCero: Dile a tu oso polar que los hombres con sentido común prefieren el aire limpio para pensar. Aunque admito que dejarte sin calefacción es una provocación de bajo nivel.
> TintaBlanca: Ese no es el problema real, PlanoCero. El problema es... el espacio.
> PlanoCero: ¿Qué pasa con el espacio?
> TintaBlanca: El ático es una planta abierta. No hay paredes. Cada vez que salgo a buscar un vaso de agua tengo que verle la cara. Y lo peor de todo es que cuando se quita el traje de ejecutivo... cuando está ahí, descalzo, despeinado y mirándome como si fuera su enemiga mortal... me cuesta un esfuerzo sobrehumano recordar por qué demonios lo odio tanto.
>
Dante contuvo la respiración. Sus dedos se congelaron sobre el teclado táctil.
Las palabras de la mujer anónima le golpearon el pecho con la fuerza de un martinete de cimentación. Recordó los ojos castaños de Valeria media hora antes frente a la encimera, el rubor encendido en sus mejillas, el calor ardiente de sus palmas sobre su antebrazo desnudo y esa forma altiva de sostenerle la mirada que le había acelerado el pulso de una manera que ningún contrato millonario había logrado jamás.
Tragó saliva, tecleando despacio:
> PlanoCero: ¿Te atrae tu enemigo, TintaBlanca?
>
En la otra habitación, Valeria miró la pantalla con el corazón latiéndole en la garganta. Se mordió el labio inferior, sintiendo una culpa extraña y excitante a la vez:
> TintaBlanca: Me aterra admitirlo, pero sí. Hay algo en su arrogancia que me enciende la sangre. Es como jugar con fuego sobre un charco de gasolina. ¿Y tú? ¿Cómo sobreviviste a tu primera noche con tu arpía?
>
Dante miró hacia la rendija de luz tibia que se filtraba por debajo de la puerta del fondo del pasillo. Una sombra de fascinación peligrosa curvó sus labios mientras escribía la respuesta:
> PlanoCero: Mi arpía marcó la mesa de trabajo con cinta azul esta tarde. Se cree muy dura, muy intocable... pero cuando se puso frente a mí, le temblaban las pestañas. No la soporto, TintaBlanca. Me saca de quicio cada minuto del día. Pero te juro por mi vida que tenerla bajo mi mismo techo va a ser la prueba de resistencia más difícil que he diseñado jamás.
> TintaBlanca: Ten cuidado, PlanoCero. No te vayas a quemar tú primero.
> PlanoCero: El fuego es el único elemento que purifica el metal, TintaBlanca. Buenas noches. Procura no congelarte.
>
Valeria dejó la tableta sobre la mesita de noche con un suspiro trémulo y una sonrisa boba flotando en los labios. Apagó la lámpara y se acurrucó bajo el edredón, sintiéndose extrañamente protegida por las palabras de su confidente nocturno.
Al otro lado del tabique, Dante se levantó de la cama en silencio. Caminó descalzo por el pasillo en sombras hasta el panel táctil central de la pared. Con dos toques rápidos en la pantalla, anuló la contraseña de bloqueo y deslizó el indicador del termostato hacia arriba: veintiún grados y medio.
Miró la puerta cerrada de la habitación de Valeria durante varios segundos en la oscuridad, sacudió la cabeza con una media sonrisa incrédula y murmuró al aire antes de regresar a su cama:
—Maldita neurótica de las curvas.