Gala Ponce murió sola, atropellada en una calle oscura, huyendo de un esposo que la despreciaba, de una hermana que la destruyó y de una familia que nunca la quiso.
Pero el destino le dio otra oportunidad.
Despertó diez años atrás, en la piel de la joven ingenua que alguna vez fue, con todos los recuerdos de la tragedia que estaba por venir. Esta vez, no permitirá que la manipulen. No dejará que la casen a la fuerza. No dejará que la atropellen.
Pero lo que Gala no sabe es que el hombre que más la odió —ese esposo frío y despiadado que la convirtió en prisionera— fue también el único que lloró su muerte.
Y cuando él descubra la verdad... ya no habrá vuelta atrás.
Porque a veces, el peor enemigo es también el único que puede salvarte.
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Capítulo 3
Pov. Gala Ponce
La llevé al pequeño sofá y, entre lágrimas, le conté parte de la verdad. No todo. No podía decirle que había renacido, que había muerto y vuelto a la vida. Eso era demasiado, incluso para nuestra amistad. Pero sí le hablé de mi familia biológica: de cómo me odiaban, de cómo Elia me tendía trampas, de cómo mis padres me veían como una extraña y mis hermanos como una vergüenza.
—Me tendieron una trampa anoche —dije, mi voz temblorosa—. Me drogaron y me llevaron a un hotel con un hombre que no me quiere. Intentaron hacer un escándalo para forzarme a casarme con él.
Helen se puso de pie de un salto, sus puños apretados.
—¡Qué malditos! ¡Cómo se atreven! ¿Y tus padres? ¿Dejaron que hicieran eso?
—Mis padres... creen lo que Elia les dice. Para ellos, ella es la hija perfecta. Yo solo soy la intrusa que vino a arruinar su familia.
—Eso es absurdo —Helen paseaba de un lado a otro, su furia palpable—. Tú eres la que sufrió fuera durante dieciocho años. Tú eres la heredera legítima. Y ahora resulta que tienes que sacrificarte para que su "princesita" no se resienta. ¡Es ridículo!
La tomé de la mano y la jalé hacia mí, obligándola a sentarse.
—Tranquila. No voy a dejar que me vuelvan a hacer daño. Por eso necesito tu ayuda.
Helen me miró, su enojo transformándose en determinación.
—Lo que necesites. Dime.
—Necesito bañarme —dije, señalando mi ropa arrugada—. Y maquillaje. El tipo me dejó marcas, y si mis padres las ven, van a armar un escándalo. Pero más importante: necesito que digas que me quedé aquí anoche. Que descubrimos que estamos en la misma universidad y que pasamos la noche poniéndonos al día.
Helen asintió sin dudar.
—Hecho. Y si quieres, puedes quedarte aquí todo el tiempo que necesites.
—No puedo. Si desaparezco del todo, mis padres me buscarán, y eso solo empeorará las cosas. Pero quiero mudarme a los dormitorios de la universidad. Si estoy ahí, estaré lejos de la mansión, de Elia y de todas sus trampas.
Helen arrugó la nariz.
—¿Estás segura? Los dormitorios son pequeños y ruidosos.
—Son seguros. Y eso es todo lo que necesito por ahora.
Me levanté y fui hacia el baño, pero antes de entrar, me detuve. Miré a Helen, mi amiga, mi hermana de corazón.
—Gracias —dije, mi voz apenas un susurro—. Por estar aquí. Por creerme.
Helen sonrió, y esa sonrisa fue un faro en medio de la tormenta.
—Siempre, Gala. Siempre.
Cerré la puerta del baño y me apoyé contra ella. Las lágrimas volvieron, pero esta vez no eran de dolor. Eran de gratitud. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que no estaba sola.
Pero también sabía que la batalla apenas comenzaba. Tenía que ir a la mansión Ponce, enfrentar a mis padres, y decirles que quería mudarme. Tenía que hacerlo sin levantar sospechas, sin darles motivos para encerrarme.
Y, sobre todo, tenía que prepararme para el momento en que Boris Ricci descubriera la verdad.
Porque si algo sabía de él, era que nunca se rendía hasta encontrar respuestas.
Pov. Boris Ricci
El silencio de mi oficina era un lujo que pocas veces apreciaba. Los contratos sobre mi escritorio, las cifras millonarias, las decisiones que movían imperios... todo eso solía ser mi único refugio. Mi mente, una máquina perfectamente engrasada, procesaba información con fría eficiencia.
Pero hoy, por primera vez en años, mi concentración se fracturaba una y otra vez.
Piel suave. Gemidos ahogados. Un aroma a jazmín y algo más... ¿miel?
Cerré los ojos con fuerza, tratando de atrapar el recuerdo. Nada. Solo sensaciones que se desvanecían como humo entre mis dedos. Ningún rostro. Ningún nombre. Solo la certeza absoluta de que había estado con alguien. Alguien que se había esfumado sin dejar rastro.
—Maldición —murmuré, pasándome una mano por el rostro.
El hecho de no tener el control era algo que me irritaba profundamente. Siempre había sido un hombre de certezas. De planes. De previsión. Y ahora, una desconocida había logrado desestabilizarme sin siquiera saber quién era.
Mi mente divagó hacia los Ponce. Esa familia de advenedizos que llevaban meses insistiendo en un matrimonio concertado con su hija. La tal Elia, una joven de sonrisa calculada y mirada ambiciosa que había intentado acercarse a mí en varias ocasiones. La había visto en fiestas, en eventos benéficos, siempre acechando en los bordes de mi campo visual.
Una mujer vacía. Interesada. Predecible.
No era ella. De eso estaba seguro.
Elia Ponce no era el tipo de mujer que se desvanece en las sombras. Era el tipo que quería ser vista, que quería ser el centro de atención. Si hubiera sido ella en esa habitación, se habría asegurado de que todo el mundo lo supiera.
—Lorgio —llamé, y mi asistente apareció como una sombra junto a mi escritorio.
—¿Jefe?
—Averigua qué rayos hacen los Ponce en la ciudad —dije, mis dedos tamborileando sobre la madera—. Y qué tiene que ver esa solicitud de matrimonio con su hija. Quiero saber todo. Contactos, movimientos, deudas... cualquier cosa que pueda ser útil.
—Entendido.
Lorgio era el único hombre en quien confiaba ciegamente. Eficiente, leal, silencioso. No hacía preguntas, solo ejecutaba. En los diez años que llevaba trabajando conmigo, nunca me había fallado. Era mi sombra, mi espada, mi escudo.
—Y Lorgio... —lo detuve antes de que saliera—. La solicitud de matrimonio. ¿de qué se trata?
Lorgio titubeó apenas un segundo. Un gesto mínimo que en cualquier otro habría pasado desapercibido, pero yo lo noté. Lorgio nunca dudaba.
—La solicitud menciona a la hija mayor, Elia Ponce —respondió—. Pero he escuchado rumores de que la familia Ponce tuvo un reencuentro reciente. Una hija biológica que estuvo perdida durante años.
Mis ojos se entrecerraron.
—¿Una hija biológica? ¿Y quién es esa tal Elia, entonces?
—La sustituta. Una joven que criaron en su lugar. Pero la solicitud de matrimonio sigue siendo para Elia. La hija biológica, según mis fuentes, ha sido recibida con... reticencia.
—Reticencia —repetí, saboreando la palabra—. Interesante.
Lorgio asintió y se retiró. Me quedé solo, mirando por la ventana panorámica de mi oficina. El paisaje de Puerto Azul se extendía ante mí, un tapiz de luces y sombras que siempre me había dado una sensación de poder. Pero hoy, solo sentía la punzante certeza de que algo se movía en las sombras, algo que se me escapaba.
Una hija biológica. Una sustituta. Un matrimonio concertado. Y una mujer fantasma que se desvaneció en mi habitación.
¿Casualidad? En mi mundo, las casualidades no existían.
ya quiero leer que va a pasar con la intrigosa de Elia