NovelToon NovelToon
Donde Florece El Barro

Donde Florece El Barro

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor-odio / Amor Campestre
Popularitas:784
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Noah tenía todo: 24 años, Milán, su regreso a la pasarela. Hasta que su hermana Lila murió mientras él se probaba un abrigo. Dejó todo botado, recayó y lo echaron de Europa.

Sin nada, vuelve al sur, a la casa chueca de su abuela cerca de Traiguén. Al lado vive Tomás, 32, agricultor, callado, conservador. Lo odia a primera vista.

Tres meses es el trato. Tomás le enseña a trabajar la tierra. Noah le enseña a no tenerle miedo a sentir.

Entre gallinas metidas, un tractor chocado, un invernadero saboteado y un desfile en un granero, se enamoran lento. Con barro en las manos y miedo de volver a caer.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capítulo 1

El backstage olía a laca barata, café frío y a ese miedo ajeno que siempre hay antes de que abran la pasarela.

Noah llevaba tres noches sin dormir y se le notaba en las manos. No en la cara, la cara estaba impecable. Pero las manos no mentían. Le temblaban cuando intentó abrochar el último look, un abrigo largo de lana cruda que él mismo había teñido a mano con barro y óxido del río de su pueblo. Le había costado semanas lograr ese marrón que no era marrón.

— ¡Noah! Treinta segundos — gritó Valentina desde la pasarela.

Del otro lado de la cortina negra se escuchaba todo: el bajo retumbando, los tacones, los flashes. Su nombre en letras blancas al fondo. NOAH REYES. Su regreso. Después de dos años limpio, después de prometerle a todo el mundo que esta vez sí.

Tenía el teléfono en el bolsillo del abrigo. Vibró. Lo ignoró. Vibró otra vez.

Era su mamá.

Se metió entre dos percheros y contestó, con el corazón golpeándole las costillas.

— ¿Mamá? Estoy por salir.

La voz de su mamá no era voz. Era un hilo roto.

— Hijito, tu hermana... la Lila... está en el hospital. Tienes que venir.

La Lila. Diecinueve años. La única que le mandaba memes a las tres de la mañana cuando él estaba cosiendo.

Noah no colgó. El teléfono se le resbaló y se quedó pegado a su mano sudada.

La modelo que tenía que cerrar el desfile lo miró raro.

— ¿Estás bien?

Él no respondió. Salió. En calcetines, con el abrigo de muestra en la mano, empujó la puerta de emergencia del teatro y se encontró con la lluvia de febrero en Milán. Fría, fina, que te moja sin que te des cuenta.

Corrió tres cuadras sin saber a dónde. Se metió en un café. Llamó de nuevo. Ya no contestó nadie.

El vuelo a Santiago salía a las diez. Lo perdió porque se quedó sentado en el suelo del aeropuerto de Malpensa mirando la pantalla de salidas sin verla. Cuando por fin logró que su mamá le contestara, a las dos de la mañana, le dijo lo que él ya sabía.

Lila había muerto. Un paro. Nadie se lo esperaba. Nadie excepto Noah, que en su cabeza enferma empezó a armar la historia al instante: si yo no me hubiera ido, si yo hubiera estado ahí, si yo no hubiera sido el hermano mayor que se fue a perseguir trapos a Europa.

Esa noche, en el baño de un hotel barato cerca del aeropuerto, con el abrigo colgado de la puerta como un fantasma, recayó. No voy a dar detalles porque no importan. Importa que al día siguiente no sintió alivio. Sintió vergüenza. Una vergüenza que le ocupaba toda la boca.

Su mánager le mandó un audio de ocho segundos al otro día. Sin hola.

"Se acabó, Noah. Estás fuera. Arréglate."

Y lo sacaron de todas partes. De la agencia, del departamento que le prestaban en Navigli, de la lista de invitados. En una semana pasó de ser "el regreso chileno que promete" a ser "el que dejó plantado a Armani".

Volvió a Santiago con lo puesto y una deuda. Se encerró en su departamento de Providencia. Todo blanco y plantas carísimas ahora secas. No abrió las maletas. Durmió en el sillón. Su mamá lo llamaba y él dejaba que sonara hasta que se cortaba.

Al cuarto día, buscando un encendedor, encontró una carta. Papel delgado, de esos que usan las abuelas, con olor a leña.

Era de su abuela Rosa.

"Hijito, supe lo de la Lila. No te voy a decir que entiendo porque no entiendo nada. La casa está vacía. Hace frío y el tejado gotea un poco. Si necesitas venir a esconderte un rato, aquí hay tierra para pisar descalzo. No tienes que hablar. Solo venir. Tres meses. Nada más."

Noah lloró por primera vez. No fue bonito. Fue con mocos y con ruido.

Compró un pasaje en bus. El más barato, el que salía a las once de la noche y llegaba a las nueve a un pueblo cuyo nombre casi no recordaba. Cerca de Traiguén. Un lugar donde no había buena señal y donde su abuela tenía una casa de madera que crujía con el viento.

No llevó ropa de diseñador. Bueno, llevó una maleta. La Rimowa plateada, porque no tenía otra. Metió dos jeans, tres poleras negras, el abrigo de barro — no supo por qué — y una foto de la Lila con brackets.

El bus olía a desinfectante y a pollo frito. Se sentó al final. Al lado de una señora que llevaba una gallina en una caja. Nadie lo miró. Por primera vez en dos años, nadie sabía quién era.

Llegó a las nueve y veinte. El sur no era como lo recordaba. No era verde postal. Era verde de verdad, mojado, con barro hasta los tobillos. Lloviznaba. La casa de su abuela seguía ahí, chueca, con el techo de zinc y el limonero que él trepaba de chico. Vacía. Su abuela había muerto el año anterior, pero la carta era de antes.

Dejó la maleta en el corredor y salió a mirar. El campo de al lado tenía fardos, un tractor viejo, un invernadero grande. Y un hombre.

Estaba de espaldas, sin polera a pesar del frío, levantando sacos. Espalda ancha, brazos marcados, pelo corto, barba de varios días. Se movía como si cada movimiento le costara pero lo hiciera igual.

Noah se quedó mirando. No por atracción. Todavía no. Por envidia. Envidia de alguien que parecía saber exactamente qué hacer con sus manos.

El hombre se dio vuelta. Lo vio. Noah, con su Rimowa plateada, sus zapatillas blancas ya manchadas de barro, su abrigo que costaba más que el tractor.

— ¿Tú eres el nieto de la Rosa? — preguntó. Voz grave, pocas ganas de hablar.

— Sí — dijo Noah.

— Te vas a resfriar — dijo el hombre, mirándole los pies mojados. Y siguió trabajando, como si Noah no existiera.

Noah se quedó ahí, parado en el barro, con frío, con la maleta más cara del pueblo y con cero idea de cómo prender la estufa a leña de su abuela.

Y por alguna razón que no entendió, no se sintió peor. Se sintió, por primera vez en meses, en un lugar donde no podía decepcionar a nadie más.

1
Michel Yandi
me encanta esta historia 🦆✨
Maria Consuelo Rodriguez Berriz
Muy buena narrativa y, buen contenido.
Maria Consuelo Rodriguez Berriz
Me gusta esta Novela, es diferente tiene un buen contenido urbano.☺️
Brisa Romero
/Sweat/
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play