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PRISIONERA DE LA LUNA ETERNA

PRISIONERA DE LA LUNA ETERNA

Status: Terminada
Genre:Mundo mágico / Mundo de fantasía / Amor eterno / Completas
Popularitas:637
Nilai: 5
nombre de autor: Betsy Gómez

Náyrel siempre creyó que la soledad era el precio de su existencia. Oculta entre los árboles de un bosque encantado, guardaba un secreto que podía cambiar el destino de todos los reinos sobrenaturales: era la última hija de la Luna Blanca. Pero su mundo cambia el día que Darian Varek, el temido señor del Reino de las Sombras, descubre su existencia. Frío, dominante y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes, Darian decide llevarla a su castillo, convencido de que ninguna fuerza podrá arrebatársela. Sin embargo, Náyrel no nació para vivir entre muros ni para inclinar la cabeza ante ningún hombre. Se resistirá a sus órdenes, desafiará su autoridad y escapará tantas veces como sea necesario. Pero Darian siempre la encontrará. Entre persecuciones, secretos ancestrales y una atracción que ninguno logra comprender, Náyrel descubrirá que detrás de la frialdad de aquel inmortal existe una oscuridad mucho más profunda de lo que imaginaba. Y Darian aprenderá que la única criatura capaz de desafiar su poder también podría convertirse en su mayor debilidad. Ella desea escapar de él. Él está dispuesto a desafiar a la eternidad para conservarla a su lado. Pero cuando la verdad sobre el origen de Náyrel salga a la luz, ambos descubrirán que su encuentro no fue una coincidencia y que el destino les tiene reservado algo mucho más peligroso que el amor. Porque algunas almas están destinadas a encontrarse… incluso cuando una de ellas haría cualquier cosa por escapar. 🌙 ¿Podrá Náyrel conquistar su libertad sin perder el corazón ante el único hombre del que jamás debió enamorarse?

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El secreto del soberano

La voz que pronunció el nombre de Darian continuó resonando en la torre incluso después de que la puerta se cerrara. Náyrel permaneció inmóvil en el pasillo, observando al hombre que caminaba delante de ella. Por primera vez desde su llegada al castillo, él parecía haber perdido el control de la situación. Sus hombros estaban rígidos, la mano con la que sostenía el anillo permanecía cerrada y las sombras que lo acompañaban se agitaban a su alrededor como criaturas inquietas. Náyrel había visto su enfado, su arrogancia y aquella manera insoportable de dar órdenes, pero jamás lo había visto asustado. Y estaba convencida de que eso era precisamente lo que acababa de ocurrir.

—La torre ha dicho tu nombre —comentó ella.

—He oído lo mismo que tú.

—No me refiero a eso. ¿Por qué reaccionaste así cuando apareció el símbolo de tu anillo?

Darian se detuvo tan repentinamente que Náyrel casi chocó contra su espalda. Él giró despacio, contemplándola con aquella mirada gris que parecía capaz de descubrir hasta los pensamientos que ella intentaba esconder.

—Porque hay símbolos que deberían permanecer enterrados.

—Curioso. Todo lo que tiene relación con mi madre debería permanecer enterrado, según tú.

—No he dicho eso.

—No necesitas decirlo. Lo demuestras cada vez que te hago una pregunta y decides responder con otra advertencia.

Náyrel cruzó los brazos. Estaba cansada de las medias verdades, de las puertas cerradas y de vivir en un castillo donde todos parecían saber algo sobre ella, excepto ella misma. Darian la observó unos segundos antes de continuar hacia las escaleras. Ella lo siguió, decidida a no dejar que aquella conversación terminara como las anteriores.

—El símbolo pertenece a mi familia desde antes de que existiera el Reino de las Sombras —explicó finalmente—. Mi padre lo recibió de sus antepasados. Se decía que protegía una alianza antigua entre dos linajes.

—¿El tuyo y el de mi madre?

Darian no contestó inmediatamente.

—Sí.

La respuesta la dejó sin palabras. Náyrel recordó la imagen de su madre en el espejo, su advertencia sobre el nacimiento y aquella frase que se había interrumpido justo cuando iba a hablar de su padre.

—¿Conociste a mi madre?

—La conocí.

—¿Y a mi padre?

Darian desvió la mirada hacia una ventana estrecha. La luz de la tarde se filtraba entre los vitrales, proyectando sombras sobre su rostro.

—Tu padre murió hace mucho tiempo.

—Eso ya lo sé. Quiero saber quién era.

—No puedo responderte todavía.

Náyrel soltó una risa breve, sin humor.

—Por supuesto. Siempre hay algo que no puedes responder.

—Y tú siempre confundes no darte una respuesta con negarte la verdad.

—Cuando alguien me oculta algo, suelo pensar que tiene una razón para hacerlo.

—En eso, al menos, eres más inteligente de lo que aparentas.

Ella lo miró indignada.

—¿Acabas de insultarme?

—Te he hecho un cumplido.

—Entonces no quiero imaginar cómo suenan tus insultos.

Por un instante, una sonrisa casi imperceptible amenazó con aparecer en el rostro de Darian. Desapareció tan rápido que Náyrel se preguntó si realmente la había visto. Él reanudó la marcha y ella lo siguió hasta el vestíbulo, donde varios sirvientes se apartaron al verlos llegar.

Sin embargo, antes de alcanzar las escaleras principales, una campana retumbó en algún lugar del castillo. No era la misma que había sonado cuando Náyrel llegó. Esta tenía un tono profundo, antiguo, que hizo vibrar los cristales de las ventanas.

Kael apareció al otro extremo del vestíbulo, acompañado por dos guardias. Su expresión bastó para que Darian se detuviera.

—Mi señor —dijo Kael—, tenemos un problema.

—Habla.

—El archivo real acaba de abrirse.

Darian perdió el poco color que conservaba en el rostro.

—¿Quién entró?

—Nadie. Las cerraduras siguen intactas. Pero el libro de los siete reinos ha desaparecido de su pedestal.

Náyrel sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

—¿El libro donde se borró el nombre?

Kael la miró con una mezcla de sorpresa y preocupación.

—¿Cómo sabes eso?

—Mi madre intentó decírmelo.

Darian se volvió hacia ella.

—¿Qué más viste en el santuario?

—Nada que no te haya contado.

Era mentira. No le había mencionado que, justo antes de que el espejo se apagara, había visto una figura detrás de su madre. Una silueta alta, con una corona plateada y los ojos cubiertos por una sombra. No sabía quién era, pero aquella presencia le había provocado una tristeza tan intensa que casi había olvidado respirar.

No pensaba compartirlo todavía. Si Darian guardaba secretos, ella también podía hacerlo.

—Kael, reúne a los guardianes del archivo —ordenó el soberano—. Nadie entra ni sale del ala oriental hasta que sepamos qué ha ocurrido.

—Como ordenes.

—Y que nadie mencione este incidente fuera del consejo.

Kael inclinó la cabeza y se marchó rápidamente.

Náyrel esperó a que estuvieran solos antes de hablar.

—El libro contiene la respuesta que necesito.

—Quizá.

—Entonces quiero verlo.

—No.

—Darian…

—No voy a permitir que te acerques a un objeto que acaba de desaparecer de una cámara sellada.

—¡No puedes decidir todo por mí!

—Puedo impedir que camines directamente hacia un peligro que ni siquiera comprendes.

—¿Y si el peligro está aquí, contigo, y no allá fuera?

La pregunta lo dejó inmóvil.

Náyrel se arrepintió apenas pronunció aquellas palabras, pero no retiró la mirada. Darian se acercó despacio, deteniéndose a una distancia prudente.

—Si yo quisiera hacerte daño, Náyrel, no necesitaría encerrarte en una torre ni inventar reglas para mantenerte dentro de este castillo.

—Eso no demuestra que pueda confiar en ti.

—No. —Su voz descendió hasta convertirse en un murmullo—. Pero quizá demuestre que todavía tienes razones para averiguar quién soy antes de decidir que soy tu enemigo.

Él se apartó y le indicó que regresara a sus habitaciones. Náyrel se negó a moverse durante unos segundos, pero finalmente tomó el pasillo opuesto, fingiendo obedecer.

No había llegado al castillo para convertirse en prisionera de sus secretos.

Esa noche, cuando Elowen dejó una bandeja de comida junto a la ventana y se retiró, Náyrel esperó hasta que los pasos desaparecieron. Después sacó de su vestido el pequeño dibujo de su madre y lo extendió sobre la cama.

Las siete estrellas brillaban tenuemente bajo la luz de la luna.

Entonces descubrió algo que no había notado antes: detrás de la torre, casi oculto entre las líneas del dibujo, había un segundo símbolo. Una corona plateada atravesada por una espada negra.

El símbolo de Darian, pero invertido.

Debajo, escrito con una letra delicada que reconoció al instante, había un mensaje.

«Cuando recuerdes quién te entregó a las sombras, comprenderás quién te salvó de ellas».

Náyrel leyó la frase una vez. Luego otra.

Alguien la había entregado al mundo de Darian antes de que ella naciera.

Y si su madre había escrito aquello, quizá el soberano no fuera el único que le ocultaba la verdad.

Desde el otro lado del castillo, Darian contemplaba el pedestal vacío del archivo real. Sobre la piedra había aparecido una última inscripción, escrita con letras plateadas que nadie se atrevía a tocar.

LA HEREDERA HA DESPERTADO. EL PACTO DEBE CUMPLIRSE.

Darian cerró los ojos.

Había pasado siglos creyendo que aquel día nunca llegaría.

Pero la voz de la torre había pronunciado su nombre por una razón, y el regreso de Náyrel había puesto en marcha algo que ni siquiera él podía detener.

Porque el verdadero secreto no era que la hija de la Luna Blanca hubiera sobrevivido.

Era que, muchos años atrás, Darian Varek había jurado protegerla incluso antes de que ella naciera.

Y había incumplido su promesa una sola vez.

La noche en que desapareció su madre.

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