Lady Eleanor lo dio todo por amor y recibió a cambio una taza de té envenenado, la humillación pública y una ejecución silenciosa ordenada por el hombre al que juró amar: el príncipe heredero y su propio prometido. Pero la muerte no fue el final, sino el despertar de una furia milenaria.
Reencarnada en su propio cuerpo justo antes del baile de compromiso que selló su perdición, Eleanor decide cambiar las reglas del juego. Ya no será la damisela sumisa; abrazará la oscuridad que corre por sus venas, desatando la magia arcana de las brujas de sangre y firmando un pacto prohibido con un dragón milenario que duerme bajo las catacumbas del imperio. Entre pasiones peligrosas, un dark romance tan adictivo como letal y una venganza meticulosamente planeada, Eleanor está lista para destruir a todos los que la traicionaron... comenzando por el hombre que creyó que podía romperla dos veces.
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Capítulo 08
Me detuve al pie de la escalinata imperial, a diez pasos del estrado, e incliné la cabeza en una reverencia que cumplía con la milimétrica exigencia del protocolo cortesano sin regalar un solo ápice de sumisión emocional.
—Lady Eleanor de la nobilísima casa Fiargod —la voz del emperador Charles IV resonó en la sala con la gravedad de un trueno gastado por los años—. Durante siglos, la sangre de tus antepasados ha sostenido los cimientos agrícolas y mágicos de nuestra gloriosa nación. Hoy, para sellar la paz entre las provincias del sur y la corona imperial, y en cumplimiento de los votos sagrados pactados por nuestros ancestros, convocamos a nuestro amado hijo y heredero, el príncipe Aedric von Valenor, a tomar tu mano y otorgarte el anillo del firmamento.
Aedric descendió los tres primeros escalones con paso teatral y solemne. El silencio en el salón era tan absoluto que se podía escuchar el roce de su capa contra la piedra pulida. Cuando se detuvo frente a mí, me dedicó una mirada cargada de una condescendencia burlona, como diciendo: *“¿Ves? Al final no tienes a dónde escapar, pequeña rata.”*
Abrió el estuche de terciopelo negro. El gran zafiro azul tallado en forma de lágrima despidió un resplandor mágico helado, pulsando con la débil energía de un juramento de obediencia que la iglesia imperial ataba a todas sus consortes.
—Eleanor —dijo Aedric con una voz aterciopelada que resonó en cada rincón del salón—, con este anillo pongo bajo tu custodia el honor de mi dinastía, mi devoción como futuro esposo y la promesa de que juntos llevaremos la gloria de Valenor hacia una nueva era. Extiende tu mano derecha y recibe la bendición de la corona.
Toda la nobleza contenía el aliento. Las damas se inclinaban hacia adelante con sonrisas ensayadas; los ministros preparaban sus pergaminos para registrar el consentimiento; mi padre cerró los ojos, suspirando de alivio al creer que la tormenta había pasado.
Yo no levanté la mano.
En lugar de eso, mantuve los brazos pegados al cuerpo, erguí la espalda con una lentitud glacial y levanté la barbilla hasta que mis ojos azules, ardiendo con un fulgor cobrizo alimentado por la magia primordial de mi sangre, se clavaron directamente en la mirada engreída del príncipe.
—Rechazo el anillo, alteza —mi voz no tembló. No fue un grito histérico ni un lamento quebrado; fue una declaración tan clara, tan nítida y rotunda como el tañido de una campana de bronce en medio de la medianoche.
El salón entero se congeló.
Durante tres segundos eternos, nadie respiró. Los violines en el coro callaron en seco con un chirrido desafinado. Las damas de honor abrieron los ojos desorbitadas; los caballeros de la guardia imperial se tensaron, apoyando las manos en los pomos de sus espadas sin dar crédito a lo que sus oídos acababan de escuchar.
Aedric parpadeó, su sonrisa congelada en el rostro como una máscara de yeso agrietada.
—¿Qué... qué has dicho? —balbuceó el príncipe, su voz perdiendo toda su compostura majestuosa.
—Dije que rechazo el anillo, Aedric —repetí, dando un paso al frente con una serenidad aterradora—. Rechazo tu propuesta, rechazo tu corona manchada de deudas ajenas y rechazo convertirme en el chivo expiatorio de tus ambiciones desmedidas. Al diablo con el compromiso, y al diablo con un príncipe que confunde el honor con el robo a mano armada.
—¡Insolente! ¡Miserable ramera traidora! —rugió la voz desgarrada de mi padre desde el lateral. El duque Gerald se precipitó hacia el centro de la sala, con las venas del cuello a punto de estallar, alzando el puño hacia mí—. ¡Su majestad, le ruego clemencia! ¡Mi hija ha perdido la razón, este ultraje no representa a la casa Fiargod! ¡Guardias, amordácenla y sáquenla de aquí de inmediato!
—¡Nadie se mueva! —bramó el emperador Charles IV desde lo alto del trono, poniéndose de pie con ayuda de su cetro de oro. Su rostro senil estaba desencajado por una mezcla de ira y asombro—. ¡Lady Eleanor Fiargod! ¿Tenéis la menor idea de lo que acabáis de pronunciar ante el altar del imperio? ¡Rechazar una orden directa de la corona en presencia de los doce ducados es un acto de alta traición castigado con el cadalso y la confiscación de todas vuestras tierras!
—No es traición, su majestad imperial —contesté con una frialdad que desarmó al anciano monarca—. Es el ejercicio legítimo del artículo noveno del Tratado de las Siete Cenizas, firmado por vuestro tatarabuelo, el emperador Valenor el Conquistador. Dicho artículo estipula claramente que ninguna doncella de sangre noble puede ser desposada bajo juramento sagrado si su prometido ha incurrido en malversación dolosa de la dote familiar antes del matrimonio.
Aedric dio un paso atrás, con el rostro volviéndose blanco como la cal.
—¡Mientes! —gritó el príncipe, perdiendo por completo los estribos y dejando caer el estuche del anillo sobre la alfombra roja, donde el zafiro rodó sin gloria alguna—. ¡Estás delirando para encubrir tu vergüenza! ¡Guardias, arrestadla ahora mismo!
—¿Miento, Aedric? —saqué del interior de mi manga ancha un fajo de pergaminos sellados con el lacre escarlata del Banco de Hierro de Valquiria—. Estos son los pagarés firmados con vuestro sello personal y el testimonio del gran tesorero imperial. Durante los últimos tres años, habéis transferido más de cuatrocientas mil monedas de oro desde las cuentas fiduciarias de mi difunta madre hacia los fondos de vuestra guardia privada... y hacia la compra de propiedades campestres a nombre de mi prima, Lady Lyra Fiargod.
Un coro ensordecedor de exclamaciones estalló en el salón. Todos los ojos se desviaron de golpe hacia Lyra, quien se encontraba petrificada junto a la entrada, cubriéndose la boca con ambas manos mientras las lágrimas de pánico comenzaban a arruinar su maquillaje perfecto.
—¡Eso es una falsificación! —vociferó Aedric, con los ojos desorbitados y la respiración entrecortada por la desesperación—. ¡La casa Fiargod está en la ruina por culpa de su padre! ¡Tú no eres nadie para cuestionarme! ¡Eres solo una mujer débil e inútil que debería besar el suelo por el que camino!
—Ya no me arrastro ante nadie, principito —le respondí, y mi mirada fue tan cortante que el heredero dio otro paso atrás, tropezando con los escalones del trono—. Y para asegurarme de que entiendas que no me perteneces ni a ti ni a esta corte de títeres... reclamo el juicio ancestral del Fuego Negro.
La palabra "Fuego Negro" cayó sobre la asamblea como una granizada de esquirlas de hielo. Los sacerdotes de la luz que flanqueaban el altar sagrado jadearon con horror genuino, retrocediendo hacia las columnas mientras hacían signos de protección contra la herejía.
Impresionante comienzo.
Arriba las villanas!