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Bajo El Halo De Sangre Y Hielo

Bajo El Halo De Sangre Y Hielo

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Romance / Posesivo
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Mi Autoria

Una oprimida joven con su loba adormecida por veneno huye hacia su destino al descubrir que el implacable Alfa del Norte es su predestinado.

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Capítulo 8: Promesas entre las sombras y el eco de los cuernos

Fuera de los setos, la furia contenida de Caroline hervía a fuego lento. Al notar que el espacio a su lado estaba vacío y que su sobrina se había esfumado, recorrió el salón con la mirada antes de decidir salir al patio trasero. Creyó haber vislumbrado una silueta conocida entre la bruma, pero al acercarse con paso firme, el sendero estaba completamente desierto.

—Maldita muchacha... —siseó Caroline entre dientes, apretando los dedos con fuerza antes de dar media vuelta.

En ese preciso instante, el estruendo solemne de las trompetas de metal resonó por todo el palacio, anunciando la inminente entrada del viejo Alfa y la Reina. Presa de la prisa y temiendo perderse el centro de la atención o que alguien notara su ausencia, Caroline se apresuró a regresar al interior del salón principal.

Entre los arbustos, conteniendo la respiración, Mikeila esperó hasta que la figura amenazante de su tía se perdió por completo de vista. Aliviada, se incorporó con brusquedad, olvidando por un segundo que tenía a su lado a ese insoportable y enigmático joven.

—Ah, perdona... Es que mi tía es un poco dura... —se excusó Mikeila con rapidez, gesticulando con frustración—. Si me ve a solas con un joven, es capaz de encerrarme una semana entera sin probar bocado.

Harlan la observó con fijeza, levantando una ceja con una mezcla de diversión e intriga mientras cruzaba los brazos sobre el pecho.

—Bueno, creo que ya deberíamos entrar. El anuncio oficial será en breve —señaló ella, dándose la vuelta para encaminarse de regreso hacia el palacio.

Pero una mano firme la detuvo del antebrazo, frenándola en seco.

—¿Por qué tu loba está dormida? —preguntó Harlan de repente, con la voz baja y cortante.

Mikeila se quedó petrificada. Dio un paso atrás, con los ojos azules abiertos de par en par por la sorpresa y la desconfianza.

—¿Cómo... cómo sabes eso? —inquirió con tono defensivo, sintiendo que el suelo se le movía bajo los pies.

Harlan maldijo internamente su propia imprudencia; había hablado demasiado rápido, traicionado por el instinto de su bestia. Intentando enmendar el error con rapidez, soltó lo primero que cruzó por su mente:

—Al parecer... deseas escapar de tu familia, ¿verdad? ¿Por qué no te quedas en el palacio? Te aseguro que puedo ayudarte a descubrir qué le pasa a tu interior.

Mikeila entrecerró los ojos, cruzándose de brazos con desconfianza absoluta, evaluando cada facción del rostro de su enigmático acompañante.

—¿Y cómo confiar en un completo desconocido? Además... ¿cuál sería el precio de tu supuesta ayuda? —inquirió con dureza, sin dejarse intimidar.

Harlan tragó saliva, sintiendo que su lobo interior rascaba con desesperación en su mente.

—Tengo mucha influencia en este castillo; te aseguro que aquí estarás a salvo y podrás esconderte todo el tiempo que necesites —respondió Harlan con firmeza, conteniendo la urgencia de devorar con besos aquella boca audaz.

Un segundo toque de trompetas retumbó con más fuerza que el anterior, anunciando que el nuevo Alfa estaba a punto de hacer su entrada triunfal. El pánico a perder su única ventana de escape sacudió a Mikeila. Si dejaba pasar ese momento, tal vez jamás volvería a ver la libertad.

Sin pensarlo más, levantó la barbilla, extendió la mano y se la ofreció al muchacho con una mezcla de osadía y urgencia.

—Está bien, señor... Acepto tu trato —concedió con voz firme—. Pero que quede claro: no haré nada que no quiera. Si veo algo que no me agrada, encontraré la forma de marcharme por mi cuenta.

Ella quería marcharse, huir de allí, pero él sabía perfectamente que, una vez que su loba despertara, los hilos del destino la mantendrían atada a su lado para siempre.

Harlan tomó su mano con delicadeza, sintiendo una corriente eléctrica recorrerle la piel, y se inclinó para besar sus nudillos con lentitud.

—Trato hecho, señorita. Ahora entra conmigo; te aseguro que aquí dentro nadie se atreverá a tocarte —prometió con una sonrisa torcida antes de adelantarse para abrirle el paso hacia el gran salón.

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