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AL DIABLO EL ARGUMENTO YO SOY MEHMET

AL DIABLO EL ARGUMENTO YO SOY MEHMET

Status: En proceso
Genre:Edad media / Traiciones y engaños
Popularitas:567
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Mehmet sabe que alguien dentro de su propia familia quiere verlo muerto. Mahidevran ha decidido eliminar al príncipe para abrirle el camino a su hijo Mustafa, mientras la corte comienza a elegir bandos. Pero Mehmet no piensa convertirse en otra víctima de las intrigas del palacio.
En secreto, prepara su propia muerte.
Durante una cacería, una flecha lo hiere y cae por un barranco. Todos creen que el príncipe ha muerto. Mientras sus enemigos celebran, Mehmet desaparece para preparar su regreso y descubrir quiénes participaron en la conspiración.
Con Hürrem, su hermana y su padre, el sultán Süleyman, como sus aliados, Mehmet comenzará una partida donde cada movimiento tendrá consecuencias.
Pero también encontrará aliados inesperados, incluso en lugares donde nadie los buscaría.
Porque Mehmet ya no quiere sobrevivir.
Quiere el trono.
Y esta vez, no vendrá a pedir permiso.

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EL DOLOR QUE VENDRÁ

El sol salió con fuerza esa mañana, iluminando los campos de Manisa como si quisiera borrar las sombras que se estaban tejiendo en el palacio. Yo me preparaba para regresar a la residencia real, para pasar esos siete días finales con quienes amo, sabiendo que cada momento sería el último que compartiríamos antes de mi farsa. Mi objetivo no era solo fingir, sino afianzar cada lazo, cada sentimiento, para que cuando creyeran que lo había perdido, el dolor fuera más intenso que cualquier cosa que hubieran sentido en mi vida pasada. Porque ese dolor sería mi aliado. Sería la fuerza que me haría regresar más fuerte, más amado, más necesario que nunca.

Llegué al palacio cuando el sol estaba en el centro del cielo. Los guardias me saludaron con reverencia, pero no sabían que estaban viendo a alguien que en una semana sería un recuerdo. Entré en el salón donde mi padre, el Sultán Solimán, estaba leyendo cartas de sus gobernadores. Me detuve en la puerta, observándolo. Tenía más canas que la última vez que lo vi, y sus hombros estaban más cargados. El imperio le exigía todo, y a veces se olvidaba de cuidarse a sí mismo. Ese día, yo no sería el príncipe que le pide consejos. Sería el hijo que le recuerda que aún tiene gente que lo ama.

—Padre —llamé con voz suave.

Solimán alzó la vista, y su rostro se iluminó con una sonrisa que no veía desde hacía meses.

—Mehmet, hijo mío —dijo, levantándose y acercándose a mí—. No esperaba tu llegada tan pronto. ¿Todo va bien en tu residencia?

Lo abracé con fuerza, más de lo que solía hacerlo. Sentí su corazón latiendo contra el mío, y en ese momento, me dolió saber que pronto lo haría sufrir. Pero era necesario.

—Todo va bien, padre —respondí, separándome para mirarlo a los ojos—. Pero quería verte. Quería escuchar tu voz, aprender de ti. A veces creemos que hay tiempo para todo, pero nunca sabemos cuándo se acaba el camino.

Solimán frunció el ceño, notando la gravedad de mis palabras.

—¿Qué te ocurre, hijo? Te veo diferente. Más serio.

—Solo he pensado mucho últimamente —dije, tomando su mano—. En el imperio, en tu legado, en lo que significa ser un verdadero gobernante. Quiero que sepas que te admiro más que a nadie en el mundo. Que todo lo que hago, lo hago para honrar tu nombre.

Vi cómo sus ojos se humedecieron un poco. Solimán era un hombre fuerte, pero rara vez escuchaba palabras de afecto tan directas. Ese día, se las daría todo lo que pudiera. Porque cuando lo pierda, necesitará recordar que no fue un hijo ingrato. Que fue un hijo que lo amó con todo su corazón.

Luego fui a buscar a Hürrem, mi madre. La encontré en su salón, tejiendo un paño con diseños de flores. Cuando me vio, dejó lo que hacía y se levantó con una alegría que no podía fingir.

—Mi niño —dijo, abrazándome—. ¡Cuánto te extrañé!

La abracé con la misma fuerza que a mi padre, sintiendo el aroma de sus perfumes, recordando los días en que me cuidaba cuando estaba enfermo. Hürrem no era una madre perfecta, pero era mi madre. Y sé que su amor era real, aunque a veces se vea nublado por las batallas del palacio.

—También te extrañé, madre —respondí—. Quería hablar contigo. Quería decirte que te agradezco todo lo que has hecho por mí. Que tus consejos, tus miedos, tus esperanzas… todos forman parte de lo que soy hoy. No siempre he entendido tus decisiones, pero ahora sé que siempre lo hiciste para protegerme.

Hürrem se separó, mirándome con ojos llenos de lágrimas.

—Mehmet… ¿por qué te hablas así? Como si… como si no te volvieras a ver.

—Solo quiero que sepas lo que significa para mí —dije, tomando su rostro con mis manos—. Que eres mi mayor apoyo, mi refugio en este palacio de intrigas. Que cuando el tiempo llegue, serás la fuerza que me ayudará a llevar el peso del trono.

Vi cómo una sonrisa triste se dibujó en sus labios. Ella sabía que el palacio era un lugar peligroso, que los conflictos entre hermanos eran inevitables. Pero en ese momento, no le dije más. Solo le dije que la amaba, y que siempre lo haría.

Después busqué a mi hermana, Mihrimah. La encontré en el jardín, jugando con las palomas. Cuando me vio, corrió hacia mí y se abrazó a mi cintura.

—Hermano! —gritó con alegría—. ¡Venía a buscarte! Quería que me enseñaras a montar a caballo como lo hiciste antes.

La levanté en mis brazos, como cuando era pequeña. Tenía sus mismos ojos, pero con una luz inocente que el palacio aún no había apagado. Quería que esa luz durara lo más posible. Pero sabía que pronto tendría que verla llorar. Y ese dolor sería el más difícil de todos.

—Claro que sí, pequeña —respondí, sonriendo—. Mañana mismo, a primera hora. Te enseñaré a montar hasta el río, como lo prometí.

—¿Y te quedarás mucho tiempo? —preguntó, mirándome con sus ojos grandes.

—Lo más posible —dije, aunque sabía que era una mentira—. Quiero pasar todo el tiempo que pueda contigo. Jugar contigo, hablar contigo, escuchar tus sueños. Porque eres la mejor hermana del mundo, y te amo más que a nada.

Mihrimah sonrió, contenta. Y en ese momento, sentí un nudo en la garganta. Pero seguí sonriendo. Porque cada momento feliz que compartiéramos ahora haría el dolor de mi muerte fingida más intenso. Y ese dolor sería lo que los haría esperarme. Lo que los haría creer que mi regreso es un milagro. Lo que los haría apoyarme sin dudar cuando tome lo que es mío.

Durante los siguientes días, pasé todo el tiempo con ellos. Comí con mi padre, leí poemas con mi madre, monté a caballo con mi hermana. Cada momento era precioso, cada palabra era un regalo. Y cada vez que miraba sus rostros, sabía que lo que estaba haciendo era necesario. Porque si no afianzaba esos lazos, cuando regrese, no tendría el apoyo que necesito para enfrentar a Mahidevran y a Mustafa. No tendría la fuerza para construir el imperio que queremos.

La noche antes de la cacería, estuve con ellos todos en el salón. Hablamos de cosas sencillas, de recuerdos, de sueños. Mi padre me dijo que estaba orgulloso de mí. Mi madre me dijo que era su mayor alegría. Mi hermana me dijo que nunca quería que me fuera.

Y yo les dije que nunca me iría del todo. Que siempre estaría con ellos, aunque no pudieran verme.

Porque sé que cuando crean que lo he perdido, el dolor será tan intenso que cambiará todo. Y cuando regrese, seré más que un príncipe. Seré el hijo que volvío de la muerte. El hermano que nunca abandonó. El gobernante que ellos necesitan. Y entonces, Mahidevran entenderá que su plan no fue más que un error. Y que el precio de ese error será cien veces más grande de lo que jamás imaginó.

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