Damián y su hijo Elían vivían felices y humildes, hasta que Damián se casó con el poderoso Zorán y su mundo cambió.
NovelToon tiene autorización de yamiiy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
— El hogar que lo abraza
Elían entró en su casa con el pecho aún apretado, pero con una idea clara creciendo en su interior: lo vi feliz. De verdad feliz. Y eso… eso es suficiente. Se sentó en el borde de la cama y miró a su alrededor, pensando en alejarse poco a poco, en no ser un peso, en dejar que su padre construyera esa vida que tanto merecía. Me apartaré, pensó con dulzura, aunque doliera. Lo haré para que siga brillando.
Al día siguiente, apenas amaneció, tocaron a su puerta. Eran Kaelo y Vladímir, con sonrisas radiantes y planes en la mirada.
—Hoy no pienses en nada —le dijo Vladímir, tomándole la mano—. Hoy solo vives.
Lo llevaron de paseo por el río, comieron helado bajo el sol, lo llevaron a ver una película que él quería desde hacía tiempo, caminaron por el parque riendo y conversando sin prisa. Cada detalle había sido pensado para él: su lugar favorito, su comida preferida, las canciones que le gustaban sonando suave en el coche. No hubo lujos innecesarios, solo atención, cariño, el deseo sincero de verlo sonreír.
Cuando cayó la noche, lo acompañaron de vuelta a casa.
—Entra primero —le pidió Kaelo, sonriendo con misterio.
Elían abrió la puerta y se detuvo en el umbral, con la respiración contenida. Todo había cambiado. Globos con forma de corazón flotaban por todas partes, brillando suavemente con luces internas. Guirnaldas luminosas recorrían las paredes, iluminando pétalos de flores frescas que cubrían el suelo formando un camino hasta la sala.Un enorme oso de peluche con un ramo de rosas rojas a su lado y cajas de bombones de chocolates en el sofá. Había velas de aroma suave, manteles limpios y hermosos, y en el centro, sobre la mesa, una torta preciosa con su nombre escrito en letras doradas.
—¿Hicieron… todo esto? —susurró con los ojos llenos de lágrimas felices.
—Lo contratamos, pero lo elegimos todo pensando en ti —dijo Vladímir, acercándose—. Cada cosa. Cada color. Cada detalle.
Elían no supo qué decir. Solo los abrazó con fuerza, primero a uno y luego al otro, y les dio un beso suave y lleno de amor en los labios, lento, agradecido, sincero. Ellos lo sostuvieron entre sus brazos, sintiendo que ese chico era lo más preciado que les había pasado. Nunca habían preparado algo así para nadie. Nunca se habían esforzado tanto por ver feliz a alguien que le gustaba. Porque Elían era diferente. Era especial. Lo amaban de verdad.
La noche apenas comenzaba. Se sentaron juntos, compartieron todo lo que habían preparado, se miraron, se acariciaron, se besaron con ternura creciente. Y cuando la habitación quedó solo iluminada por la luz suave de las velas, se entregaron el uno al otro con un deseo que llevaba mucho tiempo creciendo.
Kaelo y Vladímir lo amaron con una desesperación dulce, con un cuidado infinito, como si fuera algo frágil y sagrado a la vez. Lo tomaron entre los dos, llenándolo de caricias profundas, de besos que recorrían cada rincón de su piel suave, de susurros que le decían lo mucho que lo querían y deseaban. Elían se sintió rodeado, protegido, amado sin condiciones. Por primera vez en mucho tiempo no se sintió solo. Se sintió el centro del mundo. Lo llevaron a las alturas una y otra vez, con pasión y ternura mezcladas, con fuego y suavidad, haciéndole sentir que estaba en el cielo. Fue magnífico, perfecto, solo suyo.
La noche entera fue de ellos. Se amaron, descansaron abrazados, se volvieron a buscar. Y cuando por fin amaneció, los tres dormían entrelazados, tranquilos, felices, sabiendo que habían encontrado algo que no se rompe ni se aleja: un amor que los elige, siempre, cada día.