Christine tiene 26 años, trabaja como contable en una importante corporación alimentaria y cree ser una hoja al viento tras haber crecido en un orfanato. Su vida transcurre en calma hasta que un inesperado ascenso la lleva al último piso de la empresa, directo al despacho de Rubén, el frío y estricto CEO. Él vive atrapado en una jaula de oro, obligado a cumplir una promesa familiar y casarse con Clarisa, la caprichosa y superficial hija del socio de su padre.
Entre balances financieros y reuniones compartidas, una atracción prohibida e inevitable surge entre la contable y el director ejecutivo. Sin embargo, un trágico accidente y una inesperada emergencia médica en el hospital lo cambiarán todo, sacando a la luz una anomalía biológica que desatará las sospechas del pasado.
Nadie es quien dice ser. En un mundo de lujos falsos y secretos de alcoba, ¿qué misterio se esconde detrás de la cuna de la verdadera heredera? El altar de la verdad está listo para que caigan las máscaras.
NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 24. LA ULTIMA NOCHE ANTES DEL AMANECER
Clarisa
La opulencia del salón principal de la residencia de Matilde estaba inundada por el olor de los catálogos de alta costura, cajas de bombones importados y carpetas con el membrete dorado de la catedral de la ciudad. Faltaban apenas veinticuatro horas para el gran día, y todos los preparativos para la boda del año estaban milimétricamente cerrados y pagados con las cuentas bancarias de mi supuesto padre. El banquete en el hotel de gran lujo, la orquesta internacional, la exclusiva firmada con la revista de sociedad y, sobre todo, el espectacular vestido de encaje francés con una cola de tres metros que colgaba del armario empotrado.
Me serví una copa de champán y miré a Matilde, que estaba sentada en el sillón de cuero con una sonrisa fría y calculadora grabada en sus facciones maduras. Nos frotamos las manos de manera inevitable, compartiendo una mirada de absoluta victoria en la intimidad de las sombras.
—Te lo juro, mamá, sigo sin creérmelo del todo —comenté con una risita de pura suficiencia, dando un sorbo a la bebida dorada—. Mañana a estas horas seré oficialmente la esposa de Rubén. Tendré mi firma estampada en el acta matrimonial civil y el control legal de la mitad de las acciones de la fábrica de alimentación más grande del país. Todos esos millones serán míos. Esos estúpidos señores estirados nunca sospecharon nada. Mi papá Alejandro ha estado inusualmente callado y generoso estos últimos días, pagando cada uno de mis caprichos decorativos sin protestar. Han caído redondos en nuestra trampa perfecta.
—Te lo dije desde el primer día que te puse en esa cuna del hospital del norte, hija mía —respondió Matilde con una voz gélida y una tranquilidad que le erizaría la piel a cualquiera—. La paciencia siempre rinde sus frutos si sabes mover los hilos en silencio. Esos señores se creían los dueños del mundo con su apellido y su linaje, pero su verdadera heredera se pudrió en un orfanato de mala muerte mientras tú crecías rodeada de diamantes y colegios privados. Mañana cerraremos el círculo de oro. En cuanto el juez dicte el matrimonio legal, toda la farsa se convertirá en una verdad jurídica inamovible. Nadie podrá bajarte de ese pedestal dorado, y esa molesta contable de Christine tendrá que morder el polvo y quedarse en su lugar inferior para siempre.
Solté una carcajada limpia, acomodándome el pelo con total superioridad. Estábamos a solo un paso del altar, y la fortuna de las dos familias ya estaba prácticamente entre nuestras manos, sin que nada ni nadie en este mundo fuera capaz de arruinar mi momento de mayor gloria frente a la alta sociedad.
Christine
Mientras la farsa y la soberbia devoraban la mente de Clarisa en la ciudad, yo me encontraba viviendo la noche más mágica, pura y hermosa de toda mi existencia. Rubén había planeado todo con un secretismo absoluto para darnos una tregua de amor antes de que estallara la bomba legal en la catedral. Me había citado a última hora de la tarde a las afueras de la fábrica, donde Richard nos esperaba con un vehículo de cristales tintados que nos condujo directamente hacia una pequeña y lujosa villa de campo reconvertida en hotel boutique, oculta entre los árboles y las colinas que rodeaban la periferia norte.
El lugar era un oasis de paz. Al cruzar el umbral de la suite privada que Rubén había alquilado bajo un nombre falso para no levantar sospechas, me quedé sin aliento. El suelo de madera oscura estaba iluminado únicamente por la calidez de una chimenea de piedra encendida y decenas de velas tenues que creaban un ambiente de absoluta intimidad. No había ruidosos camiones de producción, ni llamadas histéricas de Clarisa, ni el peso asfixiante de las máscaras que habíamos tenido que soportar en los pasillos de la empresa.
—Bienvenida a nuestro verdadero mundo, Christine —la voz profunda, varonil y cargada de una inmensa ternura de Rubén me sacó de mi trance.
Se acercó a mí por la espalda, rodeando mi cintura con sus brazos con una delicadeza extrema y apoyando su barbilla en mi hombro. Cerré los ojos, dejándome llevar por el calor que emanaba de su cuerpo y por ese aroma amaderado tan suyo que me devolvía la vida en un segundo.
—Es hermoso, Rubén... de verdad, parece un sueño del que no quiero despertar —susurré, girándome despacio entre sus brazos para clavar mis ojos en los suyos.
Rubén me miró con una intensidad tan pura y un amor tan arrollador que me aceleró el pulso por completo. Deslizó sus manos con total suavidad por mis mejillas, acunando mi rostro y obligándome a sostener la respiración.
—No es un sueño, mi hermosa contable. Esta es la única realidad que nos pertenece —afirmó en un susurro ronco, acortando los escasos centímetros que nos separaban—. Mañana por la mañana tendré que ponerme ese maldito traje de esmoquin negro y caminar hacia ese altar falso para cumplir con la trampa del señor Alejandro. Tendré que fingir frente a los fotógrafos y los socios por unas últimas horas. Pero necesitaba esta noche a solas contigo. Necesitaba entregarte mi cuerpo, mi alma y mi verdad antes de que el mundo entero se entere de quién eres. Quiero que entres a esa catedral sabiendo que cada latido de mi corazón te pertenece únicamente a ti desde el primer día que entraste a mi despacho.
No alcancé a articular una sola palabra de respuesta porque Rubén selló mis labios con un beso apasionado, hambriento y cargado de una necesidad acumulada durante semanas de silencio y distancias profesionales. Solté un leve suspiro ahogado y respondí al beso con la misma inmensa entrega, rodeando su cuello con mis brazos mientras su lengua se entrelazaba con la mía en un pacto silencioso de amor prohibido. El calor de la chimenea pareció expandirse por toda la habitación mientras Rubén me guiaba con total caballerosidad hacia la gran cama con dosel, despojándome sutilmente de mi vestido beige con manos trémulas que me quemaban la piel a su paso.
Hacer el amor con Rubén esa noche bajo la luz parpadeante de las velas fue una experiencia sublime, despojada de cualquier pizca de prisa o excentricidad. Cada caricia suya en mi piel clara, cada beso lento que depositaba en la marca de nacimiento de mi muñeca derecha, y la firmeza de su cuerpo unido al mío se sintieron como un bautismo de libertad. Éramos dos almas desnudándose por completo ante la verdad de la naturaleza, consolidando una unión biológica y sentimental que Matilde y Clarisa jamás lograrían destruir con sus firmas falsas.
Rubén
Hacia las tres de la madrugada, con el fuego de la chimenea reducido a un montón de brasas cálidas y silenciosas, permanecía recostado en el colchón con Christine durmiendo plácidamente con la cabeza apoyada en mi pecho desnudo. Su respiración era pausada, regular, y una de sus manos descansaba sobre mi corazón, como si estuviera custodiando el latido que ella misma gobernaba. Me pasé esos minutos acariciándole el cabello castaño con total suavidad, contemplando sus facciones perfectas bajo la penumbra de la noche de las afueras.
Mañana sería el día del juicio final. Mañana se desataría una guerra legal y mediática sin precedentes en las escalinatas de la catedral de la ciudad. Sabía que Clarisa y Matilde llegarían al recinto desbordando una soberbia asquerosa, creyéndose las dueñas legítimas de nuestro patrimonio. Pero la trampa que el señor Alejandro, Richard, Lois y yo habíamos blindado en el servidor central de las pantallas del banquete ya estaba lista para activarse con una violencia legal implacable en el momento del altar.
Incliné sutilmente la cabeza y deposité un tierno y firme beso sobre los labios dormidos de Christine, abrazándola con más fuerza contra mi cuerpo para protegerla del frío de la madrugada.
—Te juro por mi vida, mi hermosa Christine, que mañana recuperarás todo lo que la maldad te robó desde la cuna —le prometí en un susurro clandestino que se perdió en el silencio de la villa campestre—. Mañana serás libre ante el mundo, reclamarás el apellido de tus verdaderos padres, y yo por fin podré tomar tu mano frente al altar de la verdad para amarte eternamente sin máscaras ni cadenas. Duerme tranquila, mi amor, porque el amanecer de nuestra verdadera vida está a solo unas pocas horas de comenzar.