"Tras ser abandonada bajo la lluvia, cruza la puerta del hombre más temido de la ciudad para cuidar a su sobrino, desatando una obsesión tan cruda que está dispuesta a quemarlo todo."
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Capítulo 23: El sabor de la libertad (Perspectiva Intercalada)
[Perspectiva: Katherine]
El auto negro se detuvo con suavidad frente a la puerta de la casa de mi madre. Al bajar, ajusté el abrigo sobre mis hombros y me acomodé la gargantilla de oro blanco que aún sentía latir contra mi piel. Tomé la canasta de dulces y los libros, caminó hasta el viejo porche y golpeé un par de veces con los nudillos.
La puerta se abrió de par en par y mi hermana menor, Milena, se quedó petrificada en el umbral. Abrió los ojos como platos, me miró de arriba abajo con la boca abierta, luciendo la ropa fina, el semblante radiante y los diamantes discretos en mi cuello, hasta que soltó una carcajada escandalosa y gritó hacia el interior de la casa:
—¡Mamá! ¡Corre! ¡Una modelo de revista acaba de tocar nuestra puerta y se parece muchísimo a Katy!
Solté una risa nerviosa, sintiendo mis mejillas teñirse de rojo, y le entregué el paquete de libros.
—No soy ninguna modelo, tonta. Más bien soy prestamista de libros, te traje esto —le dije con una sonrisa.
Milena arrebató el paquete de mis manos, maravillada al ver los manuales avanzados de pedagogía, y se adentró a toda velocidad en la sala para hojearlos. En ese momento, el chofer de la mansión bajó la ventanilla del auto desde la calle y me preguntó con respeto:
—¿A qué hora desea que regrese por usted, señorita Katherine?
—Por favor, ven a buscarme antes de las nueve de la noche. Debo estar de regreso para cenar con Leo —le respondí con voz clara.
El chofer asintió solemnemente, encendió el motor y el vehículo se marchó con la misma elegancia con la que había llegado.
[Perspectiva: Elena (Madre)]
Salí de la cocina con un repasador en la mano, alertada por los gritos de Milena, justo a tiempo para ver cómo un auto de lujo negro se alejaba doblando en la esquina. Fruncí el ceño, intrigada y con el corazón latiéndome con una punzada de preocupación.
Me acerqué a la entrada y miré a mi hija mayor, que ahora lucía tan cambiada, con un brillo en los ojos que no le veía desde antes de conocer a ese maltratador de Antoni.
—Katy... hija mía —le dije, mirándola con asombro—. Dime la verdad... ¿Antoni por fin ascendió en su trabajo y ahora te tiene viviendo como a una reina? ¿De dónde salió todo esto?
Katherine soltó un suspiro largo, se acercó a mí con paso firme, me entregó la canasta llena de pasteles y me dio un fuerte abrazo que me reconfortó el alma.
—No, mamá... olvídate de Antoni. Ya no hay más Antoni en mi vida —me dijo con una seguridad que me dejó helada.
Abrí los ojos con temor y la tomé de los hombros.
—¿Qué pasó, hija? ¿Qué te hizo ese malnacido?
Katherine miró de reojo hacia la sala, donde Milena seguía fascinada revisando los libros, y me susurró con calma:
—Te lo contaré todo más tarde, mamá. Te lo prometo.
[Perspectiva: Katherine]
El almuerzo transcurrió entre risas, olor a café casero y la alegría desbordante de Milena con sus nuevos libros. Mientras mi hermana subía al pequeño altillo para buscar un lugar seguro en su repisa donde guardar los manuales, nos quedamos a solas en la cocina con mi madre.
Fue ahí cuando, con el corazón en la mano, le conté la verdad a medias: le dije que había encontrado a Antoni en la cama con otra mujer, omitiendo los golpes, la lluvia y la miseria de aquella noche. Me centré en lo importante: le expliqué que ahora estaba trabajando como tutora y niñera para una persona adinerada, que me trataban con un respeto absoluto, que me pagaban un salario generoso y que vivía en una mansión segura. Le entregué los dibujos que Leo me había dado, explicándole con ternura la tragedia del niño y por qué yo debía vivir bajo su mismo techo para cuidarlo.
Por la tarde, como solíamos hacer cada vez que nos veíamos, salimos las tres a caminar por el barrio. Pero esta vez el paseo fue completamente diferente. No solo me encargué de llenar la despensa de mi madre con productos de primera calidad, sino que insistí en entrar a las tiendas del centro para comprarle un par de zapatos abrigados nuevos y un abrigo grueso, porque el invierno ya se sentía con demasiada fuerza en esa casa vieja.
[Perspectiva: Elena (Madre)]
Ver a mi hija caminar con esa elegancia, pagando con solvencia y preocupándose por nuestra comodidad, me hizo llorar de alivio en silencio. Diez minutos antes de las nueve, el auto negro del chofer volvió a estacionarse frente a nuestra puerta.
Tomé a Katherine de las manos, la envolví en un abrazo apretado, sintiendo las lágrimas rodar por mis mejillas.
—Estoy tan feliz por ti, mi amor... ahora sí te veo viva —le susurré al oído, acariciándole el cabello—. Ese infeliz de Antoni jamás te mereció. Ve con cuidado, hija.
[Perspectiva: Katherine]
Me despedí de mi madre con un nudo en la garganta y me subí al auto. Mientras el vehículo arrancaba rumbo a la mansión, de pronto recordé la promesa que le había hecho al pequeño Leo: llevarle un obsequio.
Me volví hacia el asiento delantero y le pedí al chofer con amabilidad:
—Disculpe... ¿podría desviarse un momento hacia alguna juguetería o tienda para niños? Necesito comprarle un pequeño detalle a Leo antes de volver.
El chofer asintió por el retrovisor con una ligera sonrisa y giró el volante hacia el distrito comercial, mientras la noche comenzaba a envolver la ciudad.