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El Amor Del Duque - Reencarnación (BL)

El Amor Del Duque - Reencarnación (BL)

Status: Terminada
Genre:Romance / Amor eterno / Reencarnación / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

Alfonso en su soledad como empresario lee una historia de romance entre un duque y su princesa pero entre las intrigas y el romance se enamora de un personaje secundario, el Príncipe Anthony, quien reprime sus sentimientos para que el hombre que ama y su hermana sean felices, pero todo cambia cuando Alfonso reencarna en el duque y en la primera oportunidad expresa sus sentimientos por el príncipe.

NovelToon tiene autorización de Lelixi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14: Amenazas y Sumisión

​Lord Alberto cayó de rodillas al suelo de piedra, aplastado por el peso de la revelación y el terror absoluto a la ruina y a la ejecución.

​—¡Fernando! ¡Por los dioses, ten piedad! —suplicó el hombre mayor, extendiendo las manos temblorosas hacia la cabecera de la mesa—. ¡Cedric es joven e imprudente! ¡Fue una locura de un instante! ¡Yo no tuve nada que ver con semejante atrocidad! ¡Te lo juro por la memoria de tu padre!

​—¡Padre! ¡No me abandones! —gritó Cedric, rompiendo en un llanto histérico al verse completamente desamparado y descubierto.

​Fernando se puso de pie. Su imponente estatura y su ancha complexión proyectaron una sombra larga sobre los dos hombres que lloraban en el suelo. La severidad de su rostro no mostraba la menor pizca de compasión. Había vivido en su vida pasada el precio de ser blando con personas manipuladoras y destructivas; no cometería el mismo error dos veces.

​—Podría enviar una carta sellada al Tribunal Real en este preciso instante —dijo Fernando, haciendo sonar las pesadas suelas de sus botas al rodear la mesa—. En cuestión de tres días, una guardia de la capital vendría a encadenarlos. Serían despojados de sus títulos de cortesía, sus nombres serian arrastrados por el barro y terminarían sus días en las mazmorras del norte o en el cadalso.

​Alberto se arrastró por el suelo hasta quedar a pocos centímetros de las botas de Fernando, llorando amargamente.

​—¡Por favor... te lo ruego! ¡Haremos lo que pidas! ¡Renunciaremos a cualquier pretensión! ¡Pero no nos entregues a la justicia real!

​Fernando se detuvo frente a ellos y los contempló desde la altura de su poder.

​—Escúchenme con atención, porque solo diré esto una sola vez —pronunció el duque con un tono tan cortante como una hoja de acero—. Les concederé la vida. No los enviaré a la horca, ni expondré sus nombres ante el Tribunal Real... por ahora.

​Alberto y Cedric levantaron la mirada, llenos de un alivio desesperado.

​—Pero a partir de este segundo —continuó Fernando—, sus vidas en esta casa cambian radicalmente. Firmarán hoy mismo un documento de renuncia voluntaria a cualquier asignación financiera del ducado. No volverán a tocar un solo cobre de las arcas ducales. Toda la administración de las propiedades pasa a ser fiscalizada estrictamente por mis auditores.

​Cedric asintió compulsivamente, secándose las lágrimas con la manga de su jubón.

​—Además —añadió el duque, inclinándose sobre su hermanastro hasta quedar a pocos centímetros de su oído—, si vuelvo a escuchar un solo rumor malicioso sobre mi persona en la capital, si detecto la menor intriga, o si vuelven a faltarme al respeto a mí o a mis invitados, presentaré las pruebas del intento de asesinato ante el rey de inmediato. Vivirán bajo mi techo como lo que realmente son: parásitos dependientes de mi benevolencia. Me tratarán con el respeto absoluto que se le debe al Lord Duque. ¿Queda claro?

​—¡Sí, mi señor! ¡Sí, Fernando! ¡Le seremos absolutamente fieles y sumisos! —exclamó Lord Alberto, presionando su frente contra el suelo de piedra en un gesto de total humillación.

​Cedric, con el orgullo completamente destruido y el cuerpo temblando de pavor, se hincó de rodillas al lado de su padre y bajó la cabeza.

​—Queda claro... mi Lord Duque —susurró Cedric con la voz quebrada.

​—Pónganse de pie y salgan de mi vista —ordenó Fernando con desprecio—. Preparen sus pertenencias para trasladarse a las estancias del ala oeste, la más austera del castillo. Su presencia en la mesa principal ha terminado.

​Sin atreverse a articular una sola palabra más, ambos hombres se levantaron apresuradamente y abandonaron el comedor a paso veloz, tambaleándose de pavor. Fernando los observó marchar con la satisfacción fría de quien ha asegurado las bases de su dominio. La amenaza interna dentro de la Casa Ducal había sido neutralizada por completo.

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