Cassidy Evans sabe arreglar casi cualquier cosa, excepto su propia vida. Entre un taller que apenas se sostiene, un padre que consume todo lo que toca y un futuro que parece decidido por otros, ha aprendido a confiar solo en sus manos, su ingenio y su hermano.
Adamo Greco nació para un mundo completamente distinto. Heredero de una familia mafiosa, peligroso, arrogante y demasiado acostumbrado a conseguir lo que quiere, llega a Idaho buscando algo que ni siquiera sabe nombrar.
Una Ducati averiada los pone frente a frente. Lo que comienza con provocaciones, discusiones y una atracción imposible de ignorar pronto se convierte en una obsesión capaz de arrastrarlos a ambos.
Cassidy no sabe quién es realmente Adamo.
Adamo sí sabe que debería mantenerse lejos de ella.
Pero hay adicciones que empiezan con una sola mirada… y terminan costándolo todo.
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Aceleración
Cassidy
Paramos casi una hora después.
Me duelen los brazos.
Las piernas.
Probablemente mañana descubra músculos que hoy no sabía que existían.
Dejo la Suzuki apoyada y saco una botella de agua de la mochila.
Adamo se sienta directamente sobre la arena.
—Estoy reconsiderando algunas cosas —dice.
—¿Como comprar una moto apropiada?
—No.
—Entonces sigues siendo idiota.
—Estoy reconsiderando si fue buena idea desafiarte.
—Eso sí es crecimiento personal.
Le lanzo una botella.
La atrapa.
Por supuesto que sí.
Bebe.
Y cometo el error de mirarlo.
No como antes.
No la revisión automática que hice cuando salió medio desnudo de la carpa esta mañana.
Lo miro de verdad.
Tiene el cabello húmedo pegado a la frente.
La camiseta negra se le ha subido un poco en un costado.
Los antebrazos están cubiertos de arena.
El cuello.
Los hombros.
La boca.
Mierda.
Es demasiado atractivo.
No atractivo normal.
No “Travis se pone una camisa limpia y las mujeres del pueblo comentan que se ve guapo”.
Esto es otra cosa.
Es injusto.
Ofensivo incluso.
Aparto la mirada.
No necesito esto.
No me ha interesado nadie en... ¿Ocho meses?
Más.
Un año quizá.
Aquí tampoco es que haya demasiadas opciones.
St. Anthony tiene algo maravilloso: si haces una estupidez un viernes por la noche, tu mamá probablemente lo sabrá antes de que llegues a casa.
Pueblo chico, infierno grande.
Conozco a todo el mundo.
Fui al colegio con la mitad.
He reparado motos de la otra mitad.
Y algunos pertenecen a ambas categorías.
No hay misterio.
No existe eso de cruzarte con alguien y pensar ¿quién es?
Siempre sabes.
Hijo de quién.
Hermano de quién.
Con quién salió.
Por qué terminaron.
Qué hizo a los diecisiete.
Qué hace su papá cuando bebe demasiado.
Adamo no tiene nada de eso.
Llegó de ninguna parte con un acento extraño y una Ducati cara.
Tres meses.
Tres meses.
La idea aparece sola.
No va a quedarse.
Ni siquiera tiene tres meses aquí.
Tiene tres meses para recorrer Estados Unidos.
¿Cuánto estará en Idaho?
¿Una semana?
¿Dos?
Después se irá.
Eso debería tranquilizarme.
Curiosamente hace lo contrario.
Porque las malas decisiones siempre parecen menos malas cuando tienen fecha de vencimiento.
No.
No.
Tomo agua.
No voy a cometer una estupidez solo porque el envase es demasiado bonito.
El interior sigue siendo un niño rico.
Un tipo para quien perder todo lo que tiene en una carpa significa comprarlo otra vez mañana.
No sabe lo que cuesta conseguir las cosas.
No sabe lo que significa contar billetes antes de comprar comida.
No sabe lo que es arreglar algo porque no puedes permitirte reemplazarlo.
Eso me molesta y por eso debería bastar para mantener mis hormonas en orden… al menos en teoría.
—¿Qué?
Parpadeo.
Adamo me está mirando.
—¿Qué qué?
—Me estás observando.
—No.
—Sí.
—Estaba pensando.
—¿En mí?
—No te emociones.
Sonríe.
—Demasiado tarde.
Ruedo los ojos.
—Estaba pensando que deberíamos volver.
—¿Cansada?
—No.
—Entonces todavía no.
Se levanta.
—¿Qué haces?
—Vi una subida antes.
—Adamo.
Se pone el casco.
—Quiero probarla.
—Acabamos de parar.
—Ya descansé.
—Fueron cuatro minutos.
—Suficiente.
Lo observo.
Hay algo raro.
No en que quiera seguir.
Yo también podría seguir.
Es la forma.
Esa inquietud.
Como si permanecer quieto demasiado tiempo fuera físicamente incómodo para él.
—Podemos hacer otra ruta —le digo.
—Quiero esa.
Señala.
Miro.
No.
—Esa caída es demasiado pronunciada.
—No voy a caer.
—No dije que fueras a caer.
—Tu cara sí.
—Mi cara dice que eres idiota desde ayer.
Se ríe.
—Entonces no cuenta.
Arranca.
—Adamo...
Ni siquiera me escucha.
Subo a mi Suzuki y lo sigo.
La primera subida sale bien.
La segunda también.
En la tercera entiendo que algo está mal.
No con la moto.
Con él.
Cada vez escoge una línea más difícil.
Cada vez entra más rápido.
No está intentando demostrarme nada. Eso sería fácil de comprender. Está persiguiendo algo.
No sé qué, pero lo veo.
La forma en que se queda inmóvil arriba antes de acelerar.
Como si esperara sentir algo.
Y después va.
Una vez.
Otra.
Otra.
—Basta —murmuro.
No puede escucharme.
Toma una duna más alta.
Demasiado alta para la velocidad con la que viene.
Sé lo que ocurrirá antes de que ocurra. No porque sea adivina, porque la trayectoria ya está mal.
—¡Adamo!
Por un instante la moto parece suspendida.
Después cae.
La rueda trasera toca torcida.
La Ducati rebota.
Adamo intenta corregir.
No alcanza.
Se va hacia un lado y la moto se desliza mientras él sale despedido.
Mi cuerpo se congela durante exactamente medio segundo.
Después acelero.
—¡Mierda, mierda, mierda!
Bajo demasiado rápido.
No me importa.
Freno cerca de él.
Tiro la moto prácticamente sobre la arena y corro.
—¡Adamo!
Está boca arriba.
No se mueve.
El corazón se me detiene.
—Adamo.
Entonces se ríe.
Se ríe.
Me quedo inmóvil.
—¿Qué mierda te pasa?
Abre los ojos.
—Eso fue increíble.
Lo miro.
No.
No puede ser.
—¿Te golpeaste la cabeza?
—No.
Intenta incorporarse.
Hace una mueca.
Mi mirada baja inmediatamente hacia su brazo.
Mierda.
El hombro derecho se ve mal.
No monstruosamente. Pero mal.
La forma no está donde debería.
—No te muevas.
—Estoy bien.
—Tu hombro está fuera de sitio.
Lo mira.
—Ah.
—¿Ah?
—Eso explica el dolor.
Me quedo mirándolo.
—Hay algo profundamente defectuoso en tu cerebro.
—Mi madre dice algo parecido.
Intenta levantarse. Lo empujo de vuelta.
—Si te pones de pie, te golpeo.
—Cass…
—Si intentas subirte a esa moto otra vez, te golpeo dos veces.
—He conducido peor.
—¡Eso no mejora nada!
Está sonriendo.
Sonriendo.
Con el hombro luxado.
Es oficial. Este hombre está mal de la cabeza.
Me arrodillo a su lado.
—Déjame verlo.
—¿Eres médica también?
—No.
—Eso me tranquiliza.
—Cállate.
Examino sin mover demasiado el brazo.
No parece haber una herida abierta.
Mueve los dedos.
Bien.
—Necesitas que te revisen.
—Después.
—Adamo.
—Primero el hombro.
Mi estómago se endurece.
Sé demasiado sobre este tipo de lesiones. Muchísimo más de lo que quiero saber.
—¿Ya te pasó antes? —pregunto para distraerme.
—Dos veces.
Por supuesto.
—¿Ese?
—Una vez.
Fantástico.
Respiro.
—No hagas nada.
—Eres muy mandona.
—Y tú eres muy pesado. Estamos aprendiendo mucho el uno del otro.
Se ríe otra vez.
Y por un momento no estoy aquí.
Tengo doce.
Luke tiene diecinueve.
Papá está borracho.
No recuerdo por qué empezaron a discutir.
Sí recuerdo el sonido.
Luke golpeando contra la pared.
Recuerdo a mamá entrando.
Recuerdo cómo miró el brazo de mi hermano.
La forma extraña del hombro.
Recuerdo decirle que teníamos que llevarlo al hospital.
Y recuerdo su respuesta.
No podemos.
No porque no tuviéramos auto.
No porque no tuviéramos dinero.
Porque en el hospital preguntarían.
Porque Luke tenía marcas.
Porque alguien podía darse cuenta.
Porque podían hacer preguntas sobre su marido.
Así que no fuimos.
Aprendí esa noche cosas que una niña de doce años no debería haber necesitado aprender.
Mi padre durmió tranquilamente.
Mi hermano no.
—Cass.
Parpadeo.
Adamo me observa.
—¿Qué?
—Te fuiste.
—Estoy aquí.
—¿Dónde aprendiste esto?
Miro su hombro.
—En internet.
Es una mentira y él lo sabe. Lo veo en sus ojos.
No insiste en preguntar.
—Esto va a doler —digo.
—He tenido días peores.
—No digas eso como si fuera un desafío.
—No lo era.
—Contigo nunca se sabe.
Lo ayudo con muchísimo cuidado.
No quiero pensar demasiado.
No quiero recordar.
Solo quiero que termine.
Adamo aprieta la mandíbula.
Por primera vez desde que cayó deja de sonreír. Eso me tranquiliza absurdamente.
Significa que al menos siente dolor como un ser humano.
Después de unos momentos, el hombro vuelve a una posición mucho más normal.
Adamo suelta el aire lentamente.
—Mierda.
—¿Mejor?
Mueve los dedos.
Después el brazo apenas.
—Sí.
—No lo muevas.
—Solo comprobaba.
—No compruebes nada.
Me siento sobre los talones.
Estamos demasiado cerca.
No me había dado cuenta.
Adamo se incorpora despacio.
Yo sigo frente a él.
Y entonces ocurre.
Su cara queda a centímetros de la mía.
Demasiado cerca.
Siento su respiración.
Caliente.
Un poco acelerada.
La mía tampoco está particularmente normal.
Sus ojos bajan.
A mi boca.
Oh, no.
Mi cuerpo reacciona antes que mi cerebro.
El calor empieza en algún lugar de mi pecho y baja.
O sube.
No tengo idea.
Solo sé que mi piel se siente demasiado sensible.
Como si pudiera notar exactamente dónde termina el aire que sale de su boca y empieza el mío.
Nunca he querido besar a alguien tanto como ahora.
Eso me molesta muchísimo.
Porque debería estar pensando en el hecho de que hace dos minutos casi se rompe el cuello.
En que tiene un hombro recién vuelto a su lugar.
En que evidentemente posee algún tipo de alteración genética que elimina el instinto de supervivencia.
No en su boca.
Adamo se inclina.
Muy poco.
Lo suficiente para que nuestras narices se rocen.
No retrocedo.
Eso ya es un problema.
Sus ojos vuelven a mis labios.
—Qué lástima —murmura.
Trago.
—¿Qué?
—Que Travis no esté aquí.
Tardo un segundo.
Después entiendo.
—Eres un idiota.
—Podríamos practicar.
—No necesitamos practicar.
—La actuación de ayer fue bastante convincente.
—Porque yo soy buena actriz.
—Claro. —Se acerca otro milímetro—. Eso debe ser.
Mi corazón golpea demasiado rápido.
Y lo peor es que sé que él lo sabe.
—Adamo...
—Cass.
Mi teléfono suena.
Los dos nos quedamos quietos.
No.
No puede ser.
Cierro los ojos.
Mi teléfono vuelve a sonar.
Adamo sonríe.
—Puedes ignorarlo.
—Puede ser el taller.
—Puede esperar treinta segundos.
Lo miro.
—¿Treinta?
—Soy optimista.
—Mediocre diría yo —devuelvo y lo golpeo suavemente en el pecho—. Idiota.
Saco el teléfono.
LUKE
Algo dentro de mí cambia inmediatamente.
Luke no suele llamarme cuando sabe que estoy conduciendo.
Contesto.
—¿Qué pasó?
No digo hola. Nunca cuando él llama así.
Al principio no escucho nada, después escucho su respiración.
—Cass, necesito que vuelvas a casa.
Me pongo de pie.
—¿Qué pasó?
Adamo deja de sonreír.
La voz de Luke cambia.
Y sé antes de que termine la frase que algo está mal.
Muy mal.
—Es mamá.