«Tocar al emperador significa la muerte. Negarse a su placer... significa arder.» Regla I: Nunca sostengas la mirada del soberano. Regla II: Nunca toques su piel, a menos que él te lo ordene. Regla III: Oculta tus visiones; si él descubre lo que ves, jamás te dejará escapar. Lian creció jurando que jamás se arrodillaría ante Li Yan, el recién coronado soberano conocido como el «Tirano de Sangre». Su madre le advirtió que un gobernante oscuro estaba atado a su alma y que su destino era salvarlo, pero Lian solo sentía desprecio por el hombre que ahogaba la corte en ejecuciones. Hasta que es capturada y obligada a arrodillarse ante su trono. Frente a la espada desenvainada de Li Yan, Lian no suplica clemencia: le clava la mirada con furia pura. En ese instante, los ojos despiadados del emperador se quiebran por primera vez en su vida. Fascinado por la insolencia de una simple artesana, Li Yan decide perdonarle la vida y confinarla a sus aposentos privados. Encerrada en la jaula de oro del palacio, el secreto se desata: Lian ve el futuro a través de sueños premonitorios y del contacto piel con piel. Y su tacto es la única droga capaz de calmar el insomnio y la locura de sangre que consumen a Li Yan por las noches. Cuando una afrenta rebelde colma la paciencia del monarca, el castigo nocturno rompe toda distancia. Entre sábanas de seda imperial, el odio mutuo se convierte en un fuego devorador donde cada caricia desata visiones letales de conspiración, traición y sangre. Ella juró no doblegarse. Él juró no tener piedad. Pero en las sombras de la recámara imperial, el placer del tirano se convertirá en la perdición de ambos.
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Capítulo 7
Retiré la mano de su pecho de un golpe, como si la piel de Li Yan me hubiera quemado viva.
El aire se me atascó en los pulmones. Me incorporé sobre los codos en la cama deshecha, jadeando en la penumbra. Las sábanas de seda roja estaban húmedas por el sudor y pegadas a mis muslos adoloridos, pero la punzada caliente entre mis piernas pasó a segundo plano frente al terror gélido que me recorría la espalda.
No era una premonición para la próxima luna ni una pesadilla lejana. Estaba pasando en este maldito instante.
El general de la espada curva. Los guardias degollados en el corredor exterior.
Miré al hombre a mi lado. Li Yan dormía de costado, con el brazo aún extendido hacia el lugar que yo acababa de abandonar. Su rostro, despojado de esa máscara feroz con la que aterrorizaba a los ministros, parecía casi joven bajo la luz pálida de la luna que entraba por las celosías. Respiraba hondo, en una calma tan profunda que daba miedo; mi tacto lo había vaciado de su tormento, pero también lo había dejado indefenso como jamás en su vida.
Si no hacía nada, los traidores entrarían por esa puerta y le cortarían el cuello mientras dormía. Y yo... yo quedaría libre de su jaula. Podría huir en medio del caos, volver a mi aldea, fingir que todo esto nunca ocurrió.
«Déjalo morir», me susurró una voz amarga en la cabeza. «Es un carnicero. Se lo merece.»
Pero la imagen de su espada deteniéndose a milímetros de mi cuello en el patio, el temblor de su mano al buscar alivio en mi piel y la forma desesperada en que había enterrado el rostro en mi cuello horas antes me atravesaron el pecho como una espina envenenada.
Maldije entre dientes. Odiaba al emperador, pero odiaba todavía más ser la cobarde que deja que degüellen a un hombre dormido a su lado.
Me incliné sobre él y le puse las dos manos sobre los hombros, sacudiéndolo con fuerza.
—Li Yan. ¡Despierta!
Apenas mis palmas rozaron su carne desnuda, el chispazo místico lo sacó del sueño no con letargo, sino con la violencia de un resorte roto. En una fracción de segundo, antes de que pudiera parpadear, su mano grande y pesada se cerró como una tenaza de hierro alrededor de mi garganta, empujándome contra el colchón hasta dejarme sin aire. Sus ojos negros se abrieron de par en par, inyectados en una furia ciega, puramente animal.
—¡Lian...! —soltó él, y el reconocimiento tardó un latido entero en llegar a sus pupilas dilatadas.
Aflojó el agarre de inmediato, retirando los dedos como si se hubiera asustado de su propia fuerza. Yo tosí con aspereza, frotándome el cuello mientras intentaba recuperar el aliento.
—¿Qué demonios haces? —gruñó con voz ronca, sentándose de golpe en la cama. El pelo negro le caía enmarañado sobre los hombros desnudos—. Te dije que no te movieras de este lecho.
—Vienen por ti —solté sin rodeos, con la voz todavía rasposa pero cargada de urgencia—. Ahora mismo. Están cruzando los jardines interiores.
La pereza del sueño se evaporó de sus facciones al instante. Se quedó inmóvil, evaluándome con una mirada afilada que parecía atravesarme la piel.
—¿Una visión? —preguntó, y esta vez no hubo burla ni sarcasmo en su tono.
—Vi la puerta del patio este abierta. Los cuatro centinelas de la guardia imperial tienen las gargantas cortadas, no alcanzaron a tocar la campana. Y el hombre que guía a los asesinos lleva una armadura con hombreras de tigre y una espada curva con empuñadura de marfil.
La mandíbula de Li Yan se tensó hasta que los huesos de su rostro parecieron de piedra tallada.
—General Wu —murmuró, y su voz no sonó asustada; sonó tan gélida y letal que el aire de la habitación pareció congelarse—. El comandante de mi flanco izquierdo. Sabía que esa rata conspiraba con los príncipes del sur, pero no creí que tuviera las agallas de entrar hasta mi alcoba.
Sin perder un segundo, Li Yan saltó de la cama con una soltura imponente. No le importó estar completamente desnudo frente a mí. Caminó hacia el baúl de hierro en la esquina, sacó unos pantalones de combate oscuros y se los puso a tirones. Luego tomó su túnica interior negra, cubriéndose el torso ancho sin molestarse en abrocharla por completo.
Se agachó y sacó del soporte su espada de hoja ancha. El metal silbó al salir de la vaina, arrojando un destello plateado bajo las velas moribundas.
Yo me envolví a toda prisa en mi vestido de lino desgarrado, atándome la cinta a la cintura con manos torpes. El corazón me golpeaba tan duro contra las costillas que apenas podía sostenerme en pie.
—¿Qué vas a hacer? —le pregunté, acercándome un paso—. Son más de una docena. Debes tocar el gong de alarma, llamar a la guardia principal...
Li Yan se giró hacia mí.
La calma aterradora en su rostro me heló la sangre. Avanzó hacia donde yo estaba, extendió su mano libre y me agarró de la nuca con una firmeza que me obligó a alzar el mentón. Su pulgar rozó la marca roja que él mismo me había dejado en la clavícula horas atrás.
—Nadie entra a mis aposentos a robarme lo que es mío y sale respirando —susurró, con los ojos ardiendo en una promesa sanguinaria que me erizó cada poro—. Tú quédate detrás del biombo de jade. Si la puerta cede y no soy yo quien entra, toma la daga corta que está bajo la almohada y clávasela en el ojo a quien cruce el umbral. ¿Me escuchaste?
—No me des órdenes como si fuera tu soldado —le espeté, tragándome el pánico.
Una sonrisa torcida y oscura se dibujó en sus labios. A pesar del peligro de muerte que teníamos encima, parecía deleitarse con mi insolencia.
—Eres peor que diez soldados, Lian. Me mantienes con vida solo para poder desafiarme al día siguiente.
Soltó mi nuca de golpe y caminó en silencio hacia la pesada puerta de madera lacada. No encendió más luces. Se pegó a la pared lateral, fundiéndose con las sombras del corredor interior como si la oscuridad misma fuera su aliada.
Yo me deslicé detrás del biombo tallado, con los nudillos blancos de apretar la empuñadura fría de la daga que había alcanzado a sacar de la cama.
Durante unos segundos eternos, solo se escuchó el viento golpeando las celosías de papel.
Y entonces, el primer sonido llegó: un susurro casi inaudible de pasos rápidos sobre la madera del pasillo exterior, seguido por el chirrido metálico de una ganzúa forzando el cerrojo de bronce de la recámara imperial.