Adrien Laurent, 19 años, pensó que ser Beta era una bendición.
En una familia de Alfas, ser Beta significaba ser invisible. Y ser invisible era la única forma de sobrevivir a su madrastra y a su hermanastra después de la muerte de su padre. Cansado de ser tratado como empleado en su propia casa, huye a Montreal con una maleta y renta un estudio helado.
Para pagar la universidad y el depa, toma el turno de noche en el Dépanneur Lumière, una tienda de conveniencia 24/7.
A las 23:47 siempre entra él: Julien Moreau, 42 años, Alfa entero, alto, guapo, de abrigo negro, que solo compra whisky barato y cigarros. Hasta que Adrien empieza a sentirse mal. Fiebre, dolor, un aroma dulce que no debería tener un Beta.
No es un Beta. Es un Omega de presentación tardía, y su primer celo está a punto de llegar. Y el Alfa de la tienda ya lo olió primero.
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CAPÍTULO 7: El olor que calma
Me desperté a las tres de la tarde con la colchoneta mojada.
No de agua. De sudor. Había transpirado toda la noche aunque hacía frío en la pieza. Tenía la polera pegada a la espalda y me dolía todo abajo, como si me hubiera caído de espaldas en el hielo.
Me paré y me fui al baño chico que tengo al lado de la taza. Me miré al espejo que está manchado. Tenía el cuello rojo, muy rojo, y un poco hinchado. Me toqué y me dolió. Me dolió harto, como si me hubieran apretado.
Pensé que me había dado una infección. Por el frío, por no comer bien, por dormir con la ropa mojada. Pensé que tenía que ir a un consultorio pero no tenía plata para eso. En Canadá ir al doctor sin papeles te sale carísimo, eso me había dicho un cabro en el McDonald's.
Me lavé la cara con agua helada y me puse la misma ropa de ayer porque era la única que tenía seca. Me quedaban quinientos dólares en la cajita.
Salí a comprar pan al dépanneur de la esquina, no al Lumière, a otro, porque me daba vergüenza que Ginette me viera así de mal. Compré pan blanco y un jugo chico. El cabro de la caja tenía un olor muy fuerte. Antes nunca me había fijado en cómo olía la gente. Ahora sí. Olía a fritura y a desodorante barato, muy fuerte, me dio un poco de náusea.
Volví a mi pieza y me acosté de nuevo. No podía comer. Me dolía la guata y la espalda baja al mismo tiempo.
Me quedé dormido otra vez hasta las diez de la noche. Me despertó la alarma del celular. Tenía que ir a trabajar.
Me puse el delantal azul arriba de mi polerón y salí caminando. Afuera nevaba otra vez. Siempre nieva. Me metí las manos en los bolsillos y cada paso me dolía abajo, como si algo adentro estuviera hinchado y pesara.
Llegué al Lumière a las once menos cinco. Ginette me miró y puso cara de susto.
"Qu'est-ce que t'as, toi? T'es vert."
Le dije que estaba bien, que era un resfrío nomás.
Me tocó la frente con la mano. La tenía helada y me hizo tiritar.
"T'as la fièvre encore. Tu devrais pas travailler."
Le dije que sí tenía que trabajar, que necesitaba la plata. Me dijo que me fuera temprano si me sentía muy mal.
Se fue y me dejó solo.
A las once y media me senté en el suelo detrás de la caja porque parado me dolía mucho. Apoyé la espalda contra las papas y respiré por la boca. El dépanneur olía a café quemado y a cloro, pero debajo de eso empecé a oler otras cosas que antes no olía. Olía a nieve mojada que entraba por la puerta. Olía a cartón de las cajas de cigarros. Olía a mi propio sudor que era distinto, más dulce que antes, me dio vergüenza.
A las once y cuarenta y siete, sin mirar el reloj, supe que iba a entrar.
No sé cómo lo supe. Sentí un frío distinto en la puerta, antes de que sonara la campanita.
Sonó.
Era él.
Mismo abrigo negro, lleno de nieve. Mismo pelo mojado. Esta vez traía una bufanda gris que le tapaba un poco la cara.
Entró, se sacudió y fue a la nevera. Sacó el whisky chico de siempre. Vino a la caja.
Me miró y se quedó parado. No dijo Lucky al tiro como siempre.
Me dijo, tu sens bon.
Tú hueles bien.
Lo dijo en francés bajito, como si no quisiera que nadie más lo escuchara, aunque no había nadie más.
Me quedé congelado. Nadie me había dicho que olía bien en mi vida. Siempre me decían que no olía a nada, porque los Beta no olemos a nada. Eso me habían enseñado en el liceo.
Le dije, qué.
Él se acercó un poco más a la caja. Olía. Te juro que nunca había olido a alguien así. No era perfume. Era su olor. Madera mojada, humo de cigarro caro y algo caliente, como canela, como piel caliente. Cuando lo olí, el dolor de mi espalda baja bajó un poco. Como si alguien me hubiera puesto una mano tibia ahí.
Me asusté.
Le pasé los Lucky rápido, sin que me los pidiera, porque sabía que era eso lo que quería. Le pasé el whisky. Me temblaba la mano.
Él me dejó el billete de veinte y no se fue al tiro. Se quedó mirándome el cuello otra vez. Tenía el cuello rojo, lo sabía, lo sentía caliente.
Me dijo, tu devrais aller chez le médecin.
Deberías ir al médico.
Le dije que no tenía plata.
Me miró harto rato, con esos ojos grises que tiene. Me dijo, ça va passer. Va a pasar.
Y se fue.
Cuando se fue y se cerró la puerta, me di cuenta que estaba respirando muy fuerte, como si hubiera corrido. Y que el dolor de la espalda había vuelto, más fuerte que antes, ahora que su olor no estaba.
Me senté en el suelo y me puse a llorar sin ruido. No sabía por qué lloraba. Tenía fiebre, me dolía todo, tenía hambre y un tipo que no conocía me había dicho que olía bien y que todo iba a pasar y yo le había creído.
A las cuatro de la mañana me fui al baño del dépanneur y me miré el cuello en el espejo. Tenía una mancha chica, rosada, que antes no tenía. Me la toqué y me dio una corriente por todo el cuerpo, hasta los pies. Me tuve que agarrar del lavamanos.
No era un resfrío.
Era otra cosa. Algo que había leído en el liceo en la clase de biología que nunca pensé que me iba a pasar a mí porque yo era Beta. O eso creía.
Me senté en el suelo del baño con la espalda apoyada en la puerta y me abracé las rodillas.
Olía a él todavía en mis manos, porque había tocado el billete que él había tocado.
Y por primera vez ese olor no me dio miedo. Me calmó.
Me quedé ahí hasta que Ginette llegó a las siete.
Me encontró en el suelo del baño. No me retó. Me ayudó a pararme y me dijo, mon petit, t'es pas Beta, toi.
Tú no eres Beta.
Yo le dije que sí, que sí era Beta, que tenía el papel.
Ella se rió bajito y me dijo, les papiers, ça se trompe.
Los papeles se equivocan.