Alfonso en su soledad como empresario lee una historia de romance entre un duque y su princesa pero entre las intrigas y el romance se enamora de un personaje secundario, el Príncipe Anthony, quien reprime sus sentimientos para que el hombre que ama y su hermana sean felices, pero todo cambia cuando Alfonso reencarna en el duque y en la primera oportunidad expresa sus sentimientos por el príncipe.
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Capítulo 9: El Peso de la Medicina
El silencio volvió a adueñarse de la estancia ducal, roto únicamente por el sonido fuerte y agitado de dos respiraciones que buscaban recuperar el ritmo normal.
Sin embargo, el esfuerzo físico violento, sumado al efecto retardado del extracto concentrado de adormidera que el médico le había administrado antes, cayó sobre el cuerpo de Fernando con la pesadez de una losa de granito.
Los párpados del duque se sintieron repentinamente extremadamente pesados. La fuerza de sus brazos musculosos comenzó a desvanecerse y su mente amenazaba con sumergirse en la inconsciencia del sueño profundo.
Luchando con los últimos remanentes de voluntad para no aplastar al príncipe con su peso, Fernando se deslizó suavemente hacia el lado izquierdo de la cama, quedando acostado de costado.
Estiró su brazo derecho y rodeó con firmeza la cintura delgada de Anthony, atrayéndolo hacia su pecho hasta pegar la espalda del príncipe contra su torso cálido.
—Perdóname... —susurró Fernando con la voz ya borrosa, arrastrando las palabras mientras escondía su rostro en los cabellos dorados y perfumados del príncipe—. Te amo... Anthony... De verdad te amo...
Antes de que Anthony pudiera articular una sola respuesta, el cuerpo de Fernando se relajó por completo. Su respiración se volvió pausada, profunda y rítmica. El duque se había quedado profundamente dormido.
La penumbra del atardecer terminó de cubrir la alcoba ducal. Las llamas de la chimenea eran ahora la única fuente de luz, tiñendo el recinto con destellos dorados y sombras alargadas.
Anthony permaneció inmóvil sobre las mantas revueltas, atrapado en el abrazo posesivo y cálido de Fernando.
El brazo del duque sobre su cintura era un peso colosal, imposible de mover sin despertarlo. Sentía la solidez del pecho de Fernando pegado a su espalda, el latido constante y potente de su corazón, y el aire tibio de su respiración rozando periódicamente su nuca.
El rostro de Anthony seguía ardiendo como si estuviera ardiendo en fiebre. Su propio corazón martilleaba contra sus costillas con tal violencia que temía que el pulso despertara al hombre que lo sujetaba.
Debajo de ellos, las ropas desordenadas y el rastro de la pasión compartida humedecían la sábana de lino. La piel del príncipe aún conservaba una sensibilidad a flor de piel; sus labios escocían levemente por la firmeza de los besos devoradores del duque.
Lentamente, con dedos temblorosos, Anthony levantó su mano derecha y se tocó los labios húmedos, tratando de convencerse de que no estaba atrapado en una fantasía delirante.
Anthony giró la cabeza sobre la almohada con extrema lentitud y cuidado, temiendo que el menor movimiento alterara el reposo de Fernando.
A la tenue luz del fuego, contempló el rostro dormido del duque. La facción de Fernando, habitualmente endurecida por las tensiones de la casa ducal, las intrigas de su hermanastro y el peso de su responsabilidad, lucía increíblemente pacífica, juvenil y serena en el sueño.
La mente del príncipe era un torbellino caótico de preguntas sin respuesta.
¿Qué... qué fue lo que acaba de pasar? —se preguntó Anthony en el silencio de sus pensamientos, sintiendo que un nuevo escalofrío recorría su vientre.
Hasta ese día, Anthony estaba convencido de cuál era su lugar en la vida de Fernando. En la corte, había observado cómo el duque miraba a su hermana, la princesa Antonella, durante los banquetes oficiales. Fernando siempre se mostraba respetuoso, deferente y atento con ella, lo que llevó a Anthony a asumir con amargura que Fernando estaba enamorado de la princesa. Por esa razón, Anthony había tomado la decisión irrevocable de enterrar su propia naturaleza homosexual, aceptando con resignación el papel de amigo leal que facilitaría la unión entre el hombre que amaba y su hermana.
Pero lo que acababa de ocurrir desafiaba toda lógica.
¿Por qué me besó de esa manera? —se dijo Anthony, apretando los puños sobre las mantas—. No fue un beso torpe o equivocado... Me besó como si me deseara desde hace años. Me tocó con una pasión... y me dijo que era hermoso.
Y luego estaban esas últimas palabras, pronunciadas justo antes de sucumbir a la adormidera: "Te amo... Anthony..."
¿Acaso había sido un delirio provocado por la fiebre del traumatismo cerebral? ¿O era posible que Fernando hubiera estado ocultando los mismos sentimientos sofocantes que él llevaba guardados en el pecho?
Un suspiro tembloroso y cálido se escapó de los labios del príncipe. A pesar de la conmoción, de la vergüenza por el acto íntimo y de la incertidumbre sobre lo que sucedería al amanecer cuando Fernando despertara, un sentimiento incalculable de felicidad y calidez floreció en el fondo del corazón de Anthony.
Se acomodó un poco más cerca del cuerpo robusto y protector de Fernando, descansando la nuca contra el hombro del duque. Envuelto por los brazos del hombre al que había amado en silencio casi toda su vida, el príncipe Anthony cerró los ojos, dejándose llevar finalmente por el cansancio mientras la noche cubría el castillo.