Cuando era pequeña, soñaba celebrando llena de emoción, con una alegría que no sé cómo explicar; solo recuerdo que mi pecho se llenaba de una sensación abrumadora al levantar en mis manos una gran copa.
Sin embargo, jamás imaginé que, para plasmar esa fantasía, tendría que sacar una fuerza que ni siquiera sabía que tenía: una especie de coraje como el de una leona que protege a su familia con uñas y dientes, o la fortaleza de una madre en pleno alumbramiento.
Pero, en fin, esta es mi historia, que espero les sirva de inspiración para perseguir de manera incansable todos sus sueños, aunque el mundo se oponga y diga que no puedes lograrlo.
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Capítulo 6
MICHAEL
Cuando los profesores de educación física, cívica, español, matemáticas y geografía lograron separarnos tras una intensa batalla a puño limpio, nos llevaron a la enfermería para curarnos los golpes. Todo esto en medio de una reprimenda monumental: «así no se solucionan los problemas, muchachos», «dónde quedan los valores de esta noble institución», «bla, bla, bla» y «qué van a pensar sus padres». Sin embargo, en un descuido de la enfermera, logré echar un vistazo a la hoja de traslado y vi a qué hospital se habían llevado a mi pececita. Aproveché el primer segundo de distracción para largarme de allí sin decir una sola palabra.
Cuando al fin llegué al hospital, busqué información con la secretaria a través de la ventanilla de recepción de emergencias.
—Buenas tardes. ¿Me podría decir el estado de la señorita Ismara Bodra y su número de habitación?
La mujer me observó de arriba abajo, deteniéndose en mis nudillos lastimados, los golpes en la cara y el uniforme desordenado lleno de sangre.
—¿Qué parentesco tiene usted con la paciente?
—Soy su novio... —mentí sin dudarlo, sintiendo cómo se me aguaban los ojos por la desesperación—. Me dijeron que la trajeron muy mal. Por favor, dígame cómo está...
—Muchacho, lo sentimos mucho, pero esa información es confidencial.
—¡Por favor, se lo suplico!
—No se puede.
—Soy su novio, se lo pido de corazón. Si necesita que me arrodille aquí mismo lo hago, pero necesito saber cómo está ella...
La secretaria suspiró, ablandada por mi cara de desesperación.
—No lo haga, joven, por favor... Está en la habitación 314, en el pabellón de mujeres del tercer piso.
—¡Gracias!
Subí las escaleras a toda prisa, pues los ascensores tardaban una vida en bajar. Al llegar a la puerta de la 314, ni siquiera lo pensé dos veces antes de entrar. Encontré a mi amiga postrada en una cama, conectada a un suero que goteaba lentamente hacia su vena, rodeada de monitores que marcaban sus signos vitales. Sentí un nudo amargo en la garganta que me impedía hasta tragar saliva.
—Pececita... ¿qué te hicieron por mi culpa? —murmuré acercándome rápidamente a la camilla para tomar su mano fría.
Pronto me percaté de que no estábamos solos. Una voz gruesa y firme me habló desde un costado, haciéndome dar un brinco. Me giré para disculparme con el hombre alto e imponente que estaba allí, acompañado por una mujer rubia, que tenía la nariz y los ojos rojos de tanto llorar.
—Disculpe... ¿usted es...? —empecé a preguntar.
—Perdón, señor, por entrar así —me arriesgué a decir, evidentemente abrumado—. Yo soy amigo de Ismara... y temo que ella está así por mi culpa.
El hombre frunció el ceño, sorprendido y ligeramente molesto por mis palabras.
—Explícate mejor, muchacho.
Sin dudarlo, empecé a contarle todo desde el principio:
—Hace seis meses, en su primer día de clases, tuve el honor de conocerla. Sin querer tiré su horario al suelo, pero al recogerlo, me di cuenta de que estaba perdida. La acompañé a su salón; sin embargo, ella captó mi atención, por lo que a partir de ese día empezamos a compartir más y más tiempo juntos. Pronto me di cuenta de que Isa no era una chica como las demás; sus sentimientos son limpios, genuinos, además de sinceros. Es simplemente extraordinaria, talentosa, dulce e inteligente...
—¿A qué quieres llegar, mocoso? —interrumpió el caballero de porte estoico, aunque su mirada se había suavizado.
Al fijarme bien en sus rasgos y en el gran parecido que compartía con mi pececita, me di cuenta de inmediato de quién se trataba.
—¡No me malinterprete, señor Bodra! —me apresuré a aclarar.
Le expliqué con lujo de detalles la clase de alimañas que eran mis supuestos amigos y cómo habían usado a sus novias para hacerle la vida imposible a Isa, hasta culminar en el desastre del laboratorio.
Al terminar de escucharme, el abuelo y la mujer que es su Nana Vicky me dejaron solo cuidándola mientras salían a comer algo. Halé una silla para sentarme a su lado y le tomé la mano con delicadeza.
—Pececita, perdón... todo esto es mi culpa —susurré, sin poder evitar que un par de lágrimas se me escaparan.
—Isa, te prometo que nunca más voy a permitir que te vuelvan a hacer daño...
En ese momento, mi móvil vibró en el bolsillo. Lo saqué apresuradamente y tragué grueso. Lo había olvidado por completo: la abue debía estar furiosa, pues seguro ya la habían llamado del colegio.
—¿Hola...? —contesté, encogiéndome de hombros como si pudiera verme.
—¡Michael Lumis! ¿Dónde estás metido, muchacho? ¡Me tienes con el Jesús en la boca! ¿Qué fue eso de que te peleaste y te escapaste de la enfermería?
—Perdón, abuela, por preocuparte... Estoy bien, lo lamento mucho.
—Está bien, mi niño, pero dime qué pasó. Tú no eres de andar metido en peleas...
—Lastimaron a mi pececita, Abue...
—¿Cómo? ¿Qué fue lo que pasó?
—Tony, Douglas y Mateo usaron a sus novias para molestar a Ismara, pero esta vez se les fue la mano...
—¿Qué hicieron esos tontos ahora?
—¡Por poco me la matan! Está hospitalizada en este momento...
—¿Qué estás diciendo, mi niño? ¿Cómo que hospitalizada?
—Volaron un laboratorio del colegio y la están culpando, pero te lo juro por Dios que Isa jamás haría algo así, ella es la persona más buena que conozco, Abue.
—Te creo, cariño... Pero, ¿tú estás bien? ¿No estás muy golpeado por la riña?
—No, bueno... no tanto. No sabía que era tan bueno para el boxeo en masa.
—¡Qué locuras dices, muchacho! Está bien, cuídate...
—Gracias, abuela, por siempre apoyarme. Te amo mucho.
—Y yo a ti, pero procura no volver a resolver las cosas con los puños como si fueras Muhammad Ali o Mike Tyson.
Solté una pequeña risa.
—Te lo prometo, Abue, no lo vuelvo a hacer.
—Está bien. Te vienes con cuidado o te envío un chofer para que te traiga.
—Me voy a quedar aquí con ella hasta que despierte. No te desveles por mi culpa.
—¿En qué hospital estás?
—En el San Ángel. ¿Por qué?
—Ya salgo para allá.
—Pero Abue, no es necesario, de verdad estoy bien...
—Dime el número de habitación, Michael.
—¡Pero Abue...!
—¡Michael Lumis Tercero! No me hagas repetir la pregunta.
—Es la 314, en el pabellón de mujeres del tercer piso... Pero no te molestes, en serio.
—Nos vemos en un momento.
Terminó la llamada. Yo no le había soltado la mano a Isa; la acariciaba suavemente con el pulgar mientras hablaba. Guardé el teléfono y le acomodé un mechón de cabello con delicadeza.
—Tiburoncita, aunque mi intención era invitarte después de clases para que conocieras a mi abuela Carmen, parece que hubo un cambio de planes. Ella viene para acá. ¿Podrías despertar, por favor? Hazlo para que vea esos ojos preciosos que tienes y esa sonrisa que me ilumina la vida. Vamos, querida hermanita por elección no de sangre... Te juro por la memoria de mi abuelo que jamás volveré a permitir que nadie te haga daño. Te lo suplico, Isa, despierta...
Ni siquiera cuando mis padres se divorciaron sentí una opresión tan grande en el pecho o un dolor tan profundo. Ella ha ocupado un espacio enorme en mi corazón, al igual que mi abuela. Son las dos únicas mujeres a las que les tengo un lugar sagrado en el alma, y por ellas daría mi vida entera sin pensarlo dos veces.
Estaba sumido en mis pensamientos, dejando correr las lágrimas en silencio, cuando la puerta de la habitación se abrió despacio.
—¡Mi niño!
Corrí a sus brazos, desahogando todo el sufrimiento que me agobiaba al ver a Ismara postrada en esa cama.
—Tranquilo, mi cielo, tu amiga va a ponerse bien —dijo con total seguridad la abuela Carmen, estrechándome con fuerza.
—¿Y si no despierta por mi culpa? —sollocé, desconsolado.
—Tú no puedes asumir la responsabilidad por algo que no hiciste. Esto no estuvo en tus manos; fue obra de esos idiotas, no tuya, cariño.
—Pero fue por mi causa que la dañaron a ella...
En ese momento reapareció el abuelo Bodra, cuya voz ronca resonó en la habitación:
—Tú no tuviste nada que ver con lo que esos monstruos le hicieron a mi nieta, muchacho. Y veo que tus sentimientos hacia ella son transparentes como el agua, además de sinceros.
—Don Ismael, ella es como la hermanita que nunca tuve —dije entre sollozos que brotaban desde lo más profundo de mi corazón.
—De ahora en adelante llámame Ismael. Aunque no te imaginas lo mucho que me alegra saber que mi nieta tiene a un amigo que la quiere de verdad.
De pronto, escuchamos a Isa sollozar en la cama, pidiendo en un hilo de voz que no la dejaran sola. Todos nos acercamos rápidamente a la camilla.
—Ismara, Ismara, aquí estoy. Soy tu Tito Ismael... —dijo él con un nudo en la garganta, limpiándole con afecto una lágrima que se deslizaba por su mejilla con la yema del dedo.
Poco a poco, ella empezó a abrir los ojos.
—Mi pequeña, aquí estamos... —añadió la Nana Victoria.
Isa comenzó a toser levemente.
—Tiburoncita... despertaste —murmuré, sintiendo que el alma me volvía al cuerpo.
—Abuelo... Nana... Micky... —susurró con voz débil.
—Sí, aquí estamos todos, mi ángel.
—¿Qué me pasó...? ¿Dónde estoy? ¿Por qué han estado llorando?
Don Ismael le habló con infinita ternura:
—Hija, ¿no recuerdas nada de lo que pasó?
—Solo que algo falló con mi experimento y el profesor estaba muy molesto... pero nada más.
—Isa, el director dice que tú provocaste la explosión...
—¡Qué! Yo jamás haría algo así...
—Tranquila, mi pequeña, nosotros sabemos que no fuiste tú.
Ella miró hacia mi dirección, entrecerrando los ojos.
—Micky... ¿por qué estás todo golpeado? ¿Y quién es ella?
—Perdón, pececita —sonreí con torpeza—. Ella es mi abuela Carmen, que venía con muchísimas ganas de conocerte.
—Mucho gusto, Sra. Carmen...
—El placer es todo mío, Ismara. He escuchado mucho de ti —respondió mi abuela, sonriéndole con calidez—. Ya veo por qué mi nieto presumía tanto lo hermosos que son tus ojos.
—Gracias... —alcanzó a murmurar con una timidez tierna.