La vida de un escritor otaku
Saito Takahara tiene 28 años y lleva una vida tranquila y solitaria en Tokio.
Es un escritor de novelas ligeras que ha conseguido ganarse la vida con sus historias, pero fuera de su trabajo pasa la mayor parte del tiempo encerrado en su casa, escribiendo, jugando videojuegos y disfrutando de su mundo otaku.
Todo cambia una noche en Akihabara.
Al salir de una tienda, Saito encuentra a dos jóvenes sentadas en la calle, agotadas y sin un lugar donde pasar la noche. Son Izumi, de 21 años, y Akane, de 18.
Sin saber qué les ha ocurrido y sin esperar nada a cambio, Saito decide ayudarlas y les ofrece quedarse en su casa.
Lo que comienza como una simple ayuda termina convirtiéndose en algo mucho más grande.
La casa que durante años había estado en silencio comienza a llenarse de conversaciones, risas, videojuegos y momentos que Saito jamás imaginó vivir. Mientras Akane empieza a sentirse cada vez más cómoda a su lado, Izumi mantiene cierta distancia.
NovelToon tiene autorización de Nickto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
¿Akane se a ido? No quiero volver a sentirme solo
Akane se había ido.
Me quedé parado frente a su habitación sin saber qué hacer..
Tomé el mío y la llamé.
Una vez.
No respondió.
Volví a intentarlo.
Nada.
—Akane...
Sentí que la preocupación comenzaba a apoderarse de mí.
Después de varios intentos, llamé a Izumi.
Ella respondió rápidamente.
—¿Saito?
—Izumi... Akane se fue.
Hubo un silencio al otro lado.
—¿Qué?
—No está en su habitación. Su teléfono tampoco. Intenté llamarla, pero no responde.
La voz de Izumi cambió inmediatamente.
—Voy a intentar comunicarme con ella.
—Gracias.
—Saito, ¿dónde estás?
—En casa.
—Voy a llamarla y a preguntar a algunas personas.
—Está bien.
Colgué.
No podía quedarme sentado esperando.
Tomé mi chaqueta y salí de casa.
Primero fui a algunos de los lugares donde habíamos estado juntos.
El parque al que había ido con Akane.
El centro comercial.
Algunas calles de Akihabara.
Incluso pasé por la librería donde había comprado su ejemplar de mi nueva novela.
Pero no había ningún rastro de ella.
Seguía caminando sin saber realmente a dónde dirigirme.
Mi teléfono comenzó a sonar.
Lo saqué inmediatamente.
Por un momento pensé que era Akane.
Pero era Izumi.
Contesté.
—¿La encontraste?
—Todavía no.
Mi corazón volvió a acelerarse.
—Yo tampoco.
—Voy a pedir salir un poco antes del trabajo y te ayudaré a buscarla.
—No.
—¿Qué?
—No dejes tu trabajo.
—Pero...
—Izumi, empezaste hace poco. No quiero que tengas problemas por mi culpa.
—Saito...
—Yo voy a encontrarla.
Hubo un pequeño silencio.
—Está bien.
—Gracias.
—Llámame si sabes algo.
—Lo haré.
Colgamos.
Seguí buscando.
Pasó el mediodía.
Después la tarde comenzó a acercarse.
Cada vez estaba más preocupado.
¿Dónde podía haber ido?
Intenté pensar en todos los lugares que conocía.
Entonces recordé algo.
Yokohama.
Pero antes de ir allí quería revisar algunos lugares más.
Llegué hasta una estación.
Había mucha gente entrando y saliendo.
Miré alrededor sin demasiadas esperanzas.
Entonces la vi.
Akane estaba sentada con sus cosas a un lado.
—¡Akane!
Me quedé inmóvil durante un segundo.
Después corrí hacia ella.
Akane levantó la cabeza.
Nuestros ojos se encontraron.
Inmediatamente se levantó.
Intentó alejarse.
—¡Akane, espera!
Comenzó a caminar rápido.
—¡Akane!
Intentó salir entre la gente, pero terminó chocando con un grupo de personas.
Aproveché para alcanzarla.
La tomé suavemente del brazo.
—¡Espera!
Akane se detuvo.
—Saito...
—¿Por qué huiste?
Ella bajó la mirada.
—Porque no quiero seguir interfiriendo en tu vida.
—¿Qué?
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Tienes a Hana.
Me quedé callado.
—Y también tienes a Izumi.
—Akane...
—Las dos están avanzando hacia ti mientras yo solo las miro.
Negó con la cabeza.
—Izumi tiene trabajo. Puede ganar su propio dinero. Puede comprarte cosas.
—Eso no importa.
—Hana es adulta, tiene una carrera, es arquitecta... tiene una vida.
Akane apretó los puños.
—Yo no tengo nada de eso.
Una lágrima cayó por su mejilla.
—Ni siquiera tengo dinero para comprarte cosas.
—Akane...
—No tengo la madurez de Hana.
Su voz comenzó a quebrarse.
—Y tampoco soy tan bonita ni tan sexy como Izumi.
La miré sorprendido.
—Solo soy una chica común.
Se cubrió parcialmente el rostro.
—No tengo nada que ofrecerte.
No pude soportarlo.
La abracé.
—Tonta.
Akane se quedó inmóvil entre mis brazos.
—¿A dónde pensabas ir?
Ella comenzó a llorar.
—A Yokohama.
—¿Sola?
Asintió.
—Sí.
Suspiré.
—Akane, escúchame.
Ella levantó lentamente la mirada.
—Para mí eres muy importante.
—Pero...
—No quiero que seas como Hana.
—...
—Ni como Izumi.
La abracé un poco más fuerte.
—No espero que seas como ellas.
Akane me miró.
—Te quiero por ser tú.
Sus ojos se abrieron.
—No necesitas tener un trabajo, dinero o una carrera para tener un lugar en mi vida.
Hice una pequeña pausa.
—Me gusta cómo eres.
—¿De verdad?
—Sí.
Sonreí.
—Me encanta cuando estás contenta y comienzas a hablar de las cosas que te gustan.
Akane bajó la mirada.
—Y me duele cuando te comportas de forma distante conmigo.
Ella volvió a llorar.
—No quiero seguir viviendo en tu casa.
—¿Por qué?
—Porque algún día podrías casarte con Hana.
Hizo una pausa.
—O terminar en pareja con Izumi.
Me miró con tristeza.
—Y eso me dolería mucho más que irme ahora.
—No deberías sacar esas conclusiones tan rápido.
—Pero...
—Nunca he dicho que vaya a casarme con Hana.
Akane guardó silencio.
—Ni siquiera tengo novia.
—Pero...
—Hana es mi amiga.
Hice una pequeña pausa.
—Y todavía estoy intentando entender todo lo que está pasando en mi vida.
Akane me miró.
—Así que, por favor...
Tomé sus manos.
—No te vayas.
Ella comenzó a llorar nuevamente.
—¿Y si no tengo nada que hacer?
—Entonces piensa qué quieres hacer con tu vida.
—No lo sé.
—No tienes que saberlo ahora.
Sonreí.
—Quédate al menos hasta que encuentres algo que quieras hacer.
—¿Y después?
—Si algún día encuentras algo que realmente quieras hacer y decides marcharte, lo entenderé.
Akane me abrazó con fuerza.
—Está bien.
Cerré los ojos.
Por primera vez desde que la había encontrado, sentí que podía respirar tranquilo.
Después de unos minutos, nos dirigimos a un café cercano.
Nos sentamos junto a una ventana.
Tomé mi teléfono y llamé a Izumi.
—¿Saito?
—La encontré.
—¡¿En serio?!
Pude escuchar el alivio en su voz.
—Sí. Está conmigo.
—Gracias a Dios.
—Volveremos en unos minutos.
—Está bien. Yo ya estoy en casa.
—Nos vemos allí.
Colgué.
Akane permaneció mirando por la ventana.
Parecía estar pensando en todo lo que había ocurrido.
Después de un rato, le pregunté:
—¿Volvemos a casa?
Akane bajó la mirada.
—Sí.
Salimos del café.
Mientras caminábamos hacia la estación, le dije:
—Izumi y yo te estuvimos buscando todo el día.
Akane me miró.
—¿Los dos?
—Sí.
—Lo siento.
—Estábamos muy preocupados.
Akane tomó mi brazo.
—Perdón por preocuparlos.
—No tienes que disculparte otra vez.
Sonreí.
—Para nosotros eres muy importante.
Akane asintió.
Durante todo el camino de regreso permaneció abrazada a mi brazo.
Cuando llegamos a casa, abrí la puerta porque yo llevaba sus cosas.
Izumi estaba esperándonos.
En cuanto vio a Akane, corrió hacia ella y la abrazó.
—¿Por qué te fuiste?
Akane se quedó sorprendida.
—¿No ves que estuve todo el día preocupada?
La voz de Izumi temblaba.
—Pensaba que podía haberte pasado algo.
La abrazo más fuerte.
—Te dije que te cuidaría.
Akane no respondió.
Solo la escuchó.
Los ojos de Izumi comenzaron a ponerse brillosos.
—Cuando me enteré de que habías desaparecido...
Hizo una pausa.
—Me dio mucho miedo.
Akane finalmente le devolvió el abrazó.
—Perdóname.
Su voz también estaba a punto de quebrarse.
—No quería preocuparlos.
—Lo sé.
Las dos permanecieron abrazadas durante unos segundos.
Después se separaron y se sentaron en el sillón.
Dejé las cosas de Akane en su habitación y bajé nuevamente.
Decidí preparar algo caliente.
Hice chocolate con leche y llevé algunas masas a la sala.
Nos quedamos allí durante un rato.
Akane terminó quedándose dormida sobre las piernas de Izumi.
Me senté a su lado.
La miré dormir.
—Estaba muy preocupado cuando no la encontré.
Izumi asintió.
—Yo también.
Miró a Akane.
—Ella nunca tuvo a alguien que realmente se preocupara por ella.
La miré sorprendido.
—¿Qué quieres decir?
—Sus padres murieron cuando ella empezaba la preparatoria en un accidente.
Me quedé en silencio.
—Después se fue a vivir con una tía.
Izumi bajó la mirada.
—Pero ella no se preocupaba realmente por Akane.
No sabía qué decir.
Miré nuevamente a Akane.
Ahora entendía un poco mejor por qué había reaccionado de aquella manera.
Quizá para ella perder a alguien no era simplemente una posibilidad.
Era algo que ya había vivido.
Nos quedamos viendo la televisión mientras Akane dormía.
Después de un rato, comenzó a moverse.
Abrió lentamente los ojos.
—¿Me quedé dormida?
—Sí —respondió Izumi.
Akane se incorporó.
—Perdón.
—No pasa nada.
Miré a ambas.
—Ya que despertaste, ¿quieren pedir unas pizzas?
—Sí —respondieron las dos.
Tomé el teléfono y llamé a una pizzería.
Pedí tres pizzas.
Después dejé dinero sobre la mesa.
—Voy al 7-Eleven a comprar algunas cosas para tomar.
Akane se levantó.
—¿Puedo acompañarte?
—Claro.
Salimos juntos.
Durante el camino, Akane tomó mi mano.
—Saito...
—¿Sí?
—Perdón por todo el problema que causé hoy.
—Ya no pienses en eso.
La miré.
—Me alegra que estés bien y que hayas vuelto a casa con nosotros.
Akane sonrió.
—Gracias.
Continuamos caminando.
—Aunque ya te lo he dicho varias veces...
La miré directamente.
—Siempre vas a ser muy importante para mí.
Akane se quedó quieta.
—Al igual que Izumi.
Hice una pequeña pausa.
—Incluso más que Hana.
Akane abrió los ojos.
Su rostro comenzó a ponerse rojo.
Yo también sentí que me estaba sonrojando.
—Vamos.
—Sí.
Llegamos al 7-Eleven y compramos algunas bebidas y otras cosas.
Al salir, le ofrecí mi mano.
—¿Vamos?
Akane tomó mi brazo.
—Gracias por todo, Saito.
—No tienes nada que agradecerme.
La miré.
—Ustedes también me han ayudado a mí.
—¿Nosotras?
—Sí.
Sonreí.
—Me ayudaron a salir de mi soledad.
Bajé un poco la mirada.
—Y de una etapa muy difícil de mi vida.
Akane permaneció en silencio.
Después apoyó ligeramente la cabeza contra mi brazo mientras caminábamos.
Cuando regresamos a casa, las pizzas ya habían llegado.
Izumi estaba buscando algo para ver en una de las plataformas de películas.
—¡Compraste cerveza!
Sonrió al ver las bolsas.
—Sí.
—Perfecto.
Nos sentamos los tres juntos.
Comimos, hablamos y nos reímos.
Por primera vez en todo el día, todo parecía estar bien.
Después de un rato, las chicas se fueron a dormir.
Yo permanecí en la sala.
La casa volvió a quedar en silencio.
Miré alrededor.
Pensé en todo lo ocurrido durante los últimos meses.
En Akane.
En Izumi.
En Hana.
En cómo mi vida había cambiado.
Pero también pensé en algo más.
En cualquier momento podían volver a irse.
Quizá algún día encontrarían sus propios caminos.
Quizá formarían sus propias familias.
O tal vez solo dejarían aquella casa.
Y yo volvería a estar solo.
Intenté apartar esos pensamientos.
Pero no pude.
Sentí cómo una lágrima recorría mi mejilla.
Después otra.
Me limpié rápidamente los ojos.
—¿Saito?
Me sobresalté.
Me giré.
Akane estaba en las escaleras.
—¿Estás bien?
Me limpié nuevamente la cara.
—Pensé que te habías ido a dormir.
—Eso estaba haciendo.
Señaló las escaleras.
—Pero quería usar el baño de arriba y está Izumi, así que bajé para usar el del primer piso.
Se quedó mirándome.
—¿Estás bien de verdad?
Sonreí débilmente.
—Sí.
—¿Seguro?
—Solo estaba pensando en algunas cosas.
Me levanté.
—Buenas noches, Akane.
Subí las escaleras.
Akane permaneció en la sala.
Me observó alejarme con una expresión preocupada.
Por alguna razón, sentía que no le había contado toda la verdad.