Ariana Montero es, a los ojos de todos, una esposa insignificante.
Su suegra la humilla en cada cena. Su esposo, Simón Valverde, la exhibe como un adorno inútil mientras pasea a su amante del brazo frente a la familia. Nadie le pregunta adónde va por las noches. Nadie sospecha que debajo del vestido sencillo y el silencio calculado se esconde una de las cirujanas cardíacas más brillantes del país.
Cuando un misterioso inversionista llamado Santiago Guerrero la recluta para dirigir un ambicioso proyecto médico, los dos mundos de Ariana comienzan a colisionar. En el hospital es la "Doctora Genio", una leyenda anónima cuyos dedos han salvado vidas que otros daban por perdidas. En casa sigue siendo la mujer a la que nadie toma en serio.
Pero los secretos tienen fecha de caducidad.
A medida que su identidad se resquebraja, Ariana descubre algo mucho más peligroso que un matrimonio roto: la muerte de sus padres —dos médicos célebres que perecieron en un supuesto accidente automovilístico— fue un asesinato orquestado por las mismas familias que hoy la rodean. Un hombre con el rostro marcado por cicatrices, un tío político con las manos sucias y una suegra cuya elegancia esconde complicidad van tejiendo un rompecabezas que lleva veinticinco años enterrado.
Entre conspiraciones familiares, traiciones inesperadas, bisturís y balas, Ariana deberá decidir hasta dónde está dispuesta a llegar para honrar la memoria de quienes le dieron la vida... y si el hombre que le ofrece protección merece también su confianza.
Porque en esta historia, ser subestimada no es una debilidad.
Es una ventaja.
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Capítulo 16
Santiago seguía de pie en su lugar, con la mirada clavada en la figura de Ariana que acababa de cruzar la entrada del salón de la fiesta.
El vestido negro largo que llevaba era sencillo pero elegante. Tenía el cabello recogido en un moño pulcro que dejaba al descubierto la línea grácil de su cuello. El maquillaje era sutil, aunque bastaba para que su rostro se viera aún más imponente y cautivador.
Varios invitados varones comenzaron a cuchichear entre sí.
—¿Quién es ella?
—Es hermosa.
Pero Ariana parecía indiferente a toda esa atención. Su paso era sereno, su expresión impasible como de costumbre.
Al otro lado del salón, Verónica observaba a Ariana con una sonrisa que lucía cordial, aunque sus ojos guardaban algo distinto. El plan que venía preparando desde hacía días por fin se pondría en marcha esa noche.
Sin embargo, Verónica lo ignoraba.
Desde varios minutos antes, alguien se hallaba de pie en el balcón del segundo piso del salón. Un hombre alto, vestido con traje negro, con un diminuto auricular en el oído. Sus ojos no se apartaban de Ariana, y en su mano un celular encendido mostraba en la pantalla varios puntos de cámaras de vigilancia distribuidas por el salón.
El hombre habló en voz baja.
—Situación despejada.
Del otro lado de la línea, una voz femenina tranquila se dejó oír: era Ariana.
—Sigan vigilando. Quiero saber qué movimiento harán esta noche.
El hombre asintió de inmediato.
—Entendido, señorita.
En el salón, Verónica se acercó a Ariana con una sonrisa que parecía genuina.
—¡Doctora Ariana! —Su tono rebosaba entusiasmo.
Ariana volvió la cabeza apenas. Verónica le tomó la mano con familiaridad.
—¡De verdad me alegra que hayas venido! Temía que estuvieras demasiado ocupada y no pudieras asistir.
Ariana esbozó una sonrisa sutil.
—Es una invitación suya, señorita Verónica. Habría sido descortés no venir.
Verónica rio quedamente, como halagada. Pero por dentro, se burlaba.
Luego enlazó su brazo con el de Ariana en gesto amistoso.
—Déjame presentarte a algunos invitados importantes de esta noche. Hay varios grandes inversionistas que apoyan el proyecto del hospital.
Ariana no se negó y acompañó a Verónica entre los invitados. No obstante, su mirada recorrió el salón por un instante y captó varios detalles: un mesero que miraba con demasiada frecuencia hacia la mesa de las bebidas; un hombre junto al escenario, celular en mano, como si aguardara algo; y una mujer que fingía conversar con otro invitado… pero no dejaba de observar a Ariana desde lejos.
Ariana exhaló un suspiro callado. Parecía que ya habían empezado a moverse.
Justo en ese momento, Verónica tomó dos copas de vino de la bandeja de un mesero.
—Doctora Ariana, tienes que probar este vino —insistió con tono dulce—. Lo encargué especialmente del extranjero.
Verónica le extendió una copa. Ariana contempló el cristal unos segundos y luego lo aceptó.
—Gracias.
La sonrisa de Verónica se ensanchó. Pero antes de que Ariana pudiera beber, la voz de un hombre sonó a sus espaldas.
—Ariana. —Santiago se aproximó. Sus ojos fueron directo a la copa en la mano de Ariana. Sin saber por qué, algo lo inquietó de repente.
Mientras tanto, en el balcón del segundo piso, el hombre de negro susurró con premura a su auricular.
—Señorita… la bebida ya fue sustituida.
Ariana permaneció de pie con tranquilidad, la copa de vino todavía en la mano. Una sonrisa asomó lentamente en sus labios.
Así que este era tu plan, Verónica.
Lo que Verónica desconocía por completo era que, antes de que la fiesta comenzara, la gente de Ariana ya había cambiado la botella que ellos habían preparado.
Incluso pequeñas cámaras habían sido instaladas en varios rincones del salón. Y quien en realidad estaba siendo emboscada esa noche no era Ariana, sino… la propia Verónica.
Ariana alzó la copa de vino con calma y fijó la vista en Verónica con serenidad.
—Por esta hermosa velada.
Verónica levantó su copa también.
—Por nuestra futura colaboración.
Ambas estuvieron a punto de brindar cuando, de pronto, desde el área del escenario se oyó un grito de pánico.
—¡Ayuda! ¡Alguien se desmayó!
Una mujer de mediana edad yacía en el suelo. Su cuerpo convulsionaba, la respiración le salía entrecortada y el rostro se le había puesto pálido en cuestión de segundos.
Santiago corrió hacia allá de inmediato.
—¡Mamá!
Verónica también se apresuró a acercarse. Los invitados entraron en pánico; algunos retrocedieron para dar espacio. Verónica se arrodilló al lado de su madre adoptiva y le tomó el pulso.
El pulso estaba errático, irregular.
Verónica frunció el ceño.
—¡Llamen una ambulancia! —exclamó.
Pero al instante siguiente empezó a notar algo fuera de lo común. Las pupilas de su madre adoptiva se habían contraído, los músculos de la mandíbula se le tensaban y la respiración se acortaba cada vez más.
Verónica intentó conservar la calma.
—¡Todos atrás, denme espacio!
Revisó de nuevo la muñeca de la madre de Santiago y trató de estabilizarle la respiración. Sin embargo, cuanto más la examinaba, peor se ponía. Aquello no era un infarto ni tampoco síntomas de un derrame cerebral.
Los síntomas eran demasiado complejos.
Santiago la observó con angustia.
—¿Verónica?
Verónica se esforzó por mantener la compostura, pero el sudor empezó a brotar en sus sienes. Sacó un pequeño equipo médico de su bolso e intentó administrar un medicamento de emergencia.
Transcurrieron varios segundos. Nada cambió. Por el contrario, el cuerpo de la madre de Santiago comenzó a temblar con más violencia.
Un médico invitado que se hallaba cerca mostró preocupación.
—Esto no es una condición cualquiera…
Verónica cerró los puños. Trató una vez más de revisar los nervios del cuello y el pulso. Pero cuanto más intentaba diagnosticar, más atrapada se sentía.
Santiago le clavó una mirada severa.
—¿¡Qué está pasando!? ¡Salva a mi madre!
Verónica tragó saliva.
—Yo… todavía no estoy segura.
Esas palabras hicieron que varios invitados intercambiaran miradas. Verónica era una médica con la formación más alta, una especialista. Y sin embargo, en ese momento, hasta ella parecía dudar.