El día de su cumpleaños, Elena Robles recibe decenas de felicitaciones. Ninguna viene de su esposo.
Mientras ella espera un abrazo, sus mellizos preparan un regalo para Marina, la media hermana de Elena. Adrián Valdés también tiene claras sus prioridades: Marina siempre va primero.
Después de años intentando ganarse un lugar en su propia familia, Elena deja su anillo junto a los papeles del divorcio y se marcha. Esta vez, no busca que él la siga. Quiere recuperar su vida.
Vuelve a la empresa tecnológica que ayudó a fundar y retoma la carrera que dejó por su matrimonio. Quienes la subestimaban solo conocían a una esposa callada. Están a punto de descubrir de lo que es capaz.
Adrián está acostumbrado a que Elena siempre lo espere.
¿Qué hará cuando ella deje de hacerlo?
NovelToon tiene autorización de Alma Varela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 12
Capítulo 12. ¿No quieres entrar porque está Elena?
Carmen suspiró.
Pensaba que Elena era demasiado paciente con Adrián. Siempre cedía, siempre dejaba pasar las oportunidades de acercarse a él.
Como ella misma había rechazado el cambio de lugares, no insistió.
La cena empezó entre conversaciones.
Elena escuchaba y comía en silencio.
Adrián llevaba más de diez minutos en casa. No le había dirigido una sola palabra. Ella tampoco había intentado iniciar una conversación.
Para los demás, eso era normal.
Durante años habían visto sentarse a la misma mesa a un matrimonio que apenas se hablaba.
Los mellizos le pedían a su padre lo que querían comer. Ya se habían acostumbrado a hacerlo.
Pero, cuando llegaron los camarones, Lucía se volvió hacia Elena.
—Mamá, ¿me ayudas a quitarles la cáscara?
Mateo miró su plato y luego el de su hermana.
—¿A mí también?
Antes, Elena pelaba los camarones para los niños. También lo hacía para Adrián, incluso antes de que él se lo pidiera.
—Claro.
Dejó el tenedor y tomó uno.
Había decidido divorciarse. No quería pelear por la custodia. Eso no borraba lo que sentía por sus hijos ni la responsabilidad que tenía hacia ellos.
Carmen vio sus dedos y se quedó quieta.
—Elena, ¿y tu anillo?
Las conversaciones se detuvieron.
Isabel, Beatriz y los demás miraron su mano. Adrián también.
Elena llevaba años usando el anillo que Carmen había elegido para su boda. Se lo ponía todos los días, aunque Adrián nunca usara el suyo.
Nadie sabía dónde había dejado él su alianza.
Beatriz se había burlado más de una vez de la importancia que Elena le daba a la suya.
Esa noche, su dedo estaba vacío.
Elena terminó de retirar la cáscara.
—Salí con prisa esta mañana. Lo dejé en casa.
No era verdad.
Se había quitado el anillo cuando preparó los papeles del divorcio. Lo había guardado en el mismo sobre.
No quería explicarlo delante de Carmen.
Su abuela política no aceptaría la separación sin intentar impedirla. Y Elena todavía esperaba que Adrián terminara los trámites. Hablar ahora solo haría más difícil el proceso.
Carmen relajó la expresión.
—Ah, con razón.
La conversación volvió a empezar.
Elena puso un camarón en el plato de Lucía y otro en el de Mateo. Siguió comiendo.
***
Después de cenar pasaron a la sala. Sirvieron fruta y postres.
Carmen encontró otra oportunidad.
—Elena, siéntate junto a Adrián. Ahí hay lugar.
Ella ya había rechazado una petición durante la cena. No quiso volver a contrariarla.
Se sentó a su lado.
Era la primera vez en meses que estaban tan cerca. Reconoció el perfume de Adrián: el mismo que antes podía hacerla volverse al entrar en una habitación.
Él no la miró.
Elena tomó su postre de fruta y comió una cucharada. No buscó algo que decir para romper el silencio.
Carmen los observó, satisfecha.
—Qué bonita pareja hacen.
Beatriz e Isabel no compartían su entusiasmo.
Adrián era atractivo y seguro; Elena, hermosa y tranquila. Juntos podían verse bien. Ellas creían que la semejanza terminaba allí.
No lo dijeron. Carmen parecía demasiado contenta.
Esa noche todos se quedaron a dormir, por insistencia de la anciana.
Después de las ocho, Adrián fue al despacho con ella para hablar de negocios.
Lucía tomó la mano de Elena.
—Mamá, quiero bañarme.
Mateo también estaba cansado. Elena los acompañó al cuarto de huéspedes que compartían cuando visitaban a su bisabuela.
Ayudó primero a Mateo a prepararse para dormir. Mientras él se acomodaba en su cama, llevó a Lucía al baño.
La niña la miró mientras Elena preparaba sus cosas.
—Mamá, ¿mañana vas a estar ocupada?
—No. ¿Por qué?
Lucía bajó los ojos.
—Por nada.
Había aceptado que su mamá los llevara a la escuela, pero seguía prefiriendo ir con Marina.
Si Elena tenía algo que hacer, el problema estaría resuelto.
No tenía.
Elena no insistió en preguntar. Terminó de ayudarla y le secó el cabello.
Lucía dijo enseguida que tenía sueño, aunque miraba el celular que había dejado junto a la cama.
—Puedes verlo un rato —le indicó Elena—. Después lo apagas y te duermes. No te quedes hasta tarde.
—Ya sé, mamá.
Tenía que avisarle a Marina que no podría acompañarlos. Temía que se pusiera triste y estaba buscando la manera de explicárselo.
Las indicaciones de Elena solo le parecían una interrupción.
Mateo ya estaba en pijama, sentado en su cama. Miró a su hermana y luego a su madre.
Lucía llevó a Elena hacia la puerta.
—Puedes irte. A las nueve y media lo apago.
La niña solía cumplir con ese horario.
Elena les deseó buenas noches y salió.
Había dado apenas un paso cuando oyó el seguro de la puerta.
Se detuvo.
Los niños habían querido que les diera de cenar, que les quitara las cáscaras y que los ayudara a bañarse.
Ahora cerraban con seguro para que no pudiera volver a entrar.
Elena miró la puerta un instante. Supuso que querían hablar con Marina sin que ella los oyera.
Dentro, Lucía ya había abierto el chat.
«Marina...»
Mateo se acercó a mirar la pantalla.
Elena no sabía qué iban a decirle. No se quedó a averiguarlo.
***
Volvió al dormitorio que compartía con Adrián en aquella casa.
Carmen la invitaba con frecuencia y allí tenía ropa y artículos de uso diario. Eligió un pijama y se duchó.
Después se sentó en su lado habitual de la cama. Todavía era temprano. Sacó un libro del bolso y empezó a leer.
Cuando le ardieron los ojos, lo cerró y miró la hora.
Las once y media.
Adrián no había vuelto.
Elena recordó que, al principio del matrimonio, él estaba convencido de que ella había provocado lo de aquella noche. Aun así, hacia el tercer año, las cosas habían empezado a mejorar un poco.
Después apareció Marina.
Adrián se enamoró de ella y volvió a alejarse. Desde entonces, la intimidad entre él y Elena prácticamente había desaparecido.
No sabía si seguía ocupado o si había decidido no entrar al dormitorio.
Se levantó y bajó.
Antes de llegar a la sala, oyó una voz.
—Ya todos se fueron a dormir. ¿No quieres entrar al cuarto porque está Elena?