Hay secretos que deberían permanecer enterrados. Y verdades que pueden destruirte.
Cuando un crimen sacude la tranquilidad de un pueblo donde todos parecen conocerse, una joven queda atrapada en un juego de mentiras, sospechas y traiciones. Cada pista conduce a una nueva pregunta, cada sospechoso oculta algo y cada respuesta parece alejarla aún más de la verdad.
En medio del caos, un enigmático chico despertará su curiosidad… aunque confiar en él podría ser su peor error.
Todos tienen un motivo. Todos guardan un secreto. Pero alguien ha conseguido mantenerse un paso por delante de los demás, escondiéndose a plena vista.
Y cuando la verdad salga a la luz, desearás no haber sospechado de la persona equivocada.
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16. La niña que mintió.
Hay recuerdos que no vuelven para decirnos quiénes fuimos, sino para mostrarnos de quién tuvimos miedo.
La niña que encontré junto al río eras vos.
Las palabras de Mateo seguían resonando en mi cabeza mucho después de que dejáramos la casa de Inés.
No había conseguido preguntarle nada más. Ni siquiera había sido capaz de mirarlo durante los primeros minutos del camino de regreso. Me había sentado junto a la ventanilla, con la pulsera de cuentas rojas cerrada en el puño, observando cómo las luces de Santa Aurelia se desdibujaban detrás del vidrio.
No podía ser yo.
O sí.
Quizá esa era la parte más aterradora: que todas las pruebas parecían apuntar hacia una versión de la historia en la que yo había estado presente, había visto cosas y había hecho algo que mi memoria se había encargado de borrar.
Pero si Mateo me había encontrado junto al río aquella noche, ¿quién había salido de la mansión?
¿Quién había regresado a casa el veinte de octubre?
¿Y por qué mi madre había afirmado que la niña que volvió no era su hija?
—¿Vas a decirme qué pasó? —pregunté finalmente.
Mateo mantenía las manos sobre el volante. Gael iba en el asiento del acompañante, con la carta de la doctora Ferrer guardada en el bolsillo interior de su campera.
—Ya te lo dije.
—No. Me dijiste que la niña del río era yo. No me explicaste cómo lo sabés.
Mateo soltó el aire lentamente.
—Porque tenía tu pulsera.
Le mostré la que llevaba en la mano.
—¿Esta?
—No. La otra.
—¿Y cómo sabés que era mía?
Esta vez tardó en responder.
—Porque yo te la había regalado.
Sentí un pequeño vacío en el estómago.
—¿Vos?
Asintió.
—Fue para tu cumpleaños. Tenías ocho años. La hicimos juntos en una feria de la escuela. Elegiste las cuentas rojas porque decías que parecían pequeñas gotas de sangre.
Intenté recordar aquella feria.
La escuela, los puestos de colores, los compañeros corriendo por el patio.
Nada.
—¿Y por qué no me lo contaste antes?
—Porque no me acordaba.
—Mateo, basta. No podés seguir usando eso como respuesta para todo.
—¡No estoy intentando engañarte!
Su voz hizo que Gael se volviera desde el asiento delantero.
Mateo frenó junto a la vereda. Durante unos segundos, el motor fue el único sonido entre nosotros.
—¿Querés saber qué recuerdo? —preguntó, mirándome a través del espejo—. Recuerdo que estabas descalza. Que tenías frío. Que no parabas de preguntarme dónde estaba Alma. Recuerdo que me pediste que no le dijera a tu madre que te había encontrado.
Se me helaron las manos.
—¿Por qué te habría pedido eso?
—No lo sé.
—¿Tenía miedo de ella?
—No lo sé, Abril.
—¿O tenía miedo de que descubrieras lo que había hecho?
Mateo se volvió hacia mí.
Su expresión me hizo comprender que había ido demasiado lejos.
—No sé qué pasó esa noche —dijo—. Pero sé que eras vos. Te reconocí.
—¿Y si te equivocaste?
—No me equivoqué.
—¿Y si la niña que encontraste era Alma?
—Tenía tu pulsera.
—¡Eso no demuestra nada!
Mi voz se quebró al final.
Mateo bajó la mirada.
Gael intervino por primera vez.
—Abril, hay algo que tenés que considerar. Si alguien quería que todos creyeran que vos habías regresado a casa, podía haberle puesto tu pulsera a Alma.
Lo miré.
—¿Entonces Mateo podría haber encontrado a mi hermana creyendo que era yo?
—Podría ser.
—¿Y si la niña que encontró junto al río era Alma? ¿Y si la verdadera Abril nunca volvió?
Gael no respondió.
Pero Mateo sí.
—Entonces explicame por qué me pidió que la ayudara a olvidar.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
Mateo parecía arrepentido de haberlo dicho, pero ya era tarde.
—La niña del río —continuó—. Antes de que llegara la mujer del colgante, me agarró de la mano y me pidió que la ayudara a olvidar algo.
Sentí que la pulsera se me clavaba en la palma.
—¿Qué cosa?
—No me lo dijo.
—¿No te acordás de nada más?
Mateo cerró los ojos.
Por un momento pensé que iba a negarse a continuar. Sin embargo, cuando volvió a hablar, su voz había cambiado.
Ya no sonaba como la de mi mejor amigo intentando protegerme.
Sonaba como la de alguien que acababa de encontrar una puerta dentro de su propia memoria.
—Me dijo que, si alguna vez volvías a preguntar por aquella noche, tenía que decirte que Alma había sido la última en salir de la casa.
Tragué saliva.
—¿Y qué hiciste?
Mateo me miró.
—Le prometí que lo haría.
El silencio que siguió fue insoportable.
Porque, por primera vez, comprendí que Mateo no me había ocultado la verdad simplemente porque la hubiera olvidado.
Quizá también me la había ocultado porque yo misma se lo había pedido.
Llegué a casa cuando empezaba a amanecer.
No encendí las luces. Dejé la caja de madera sobre la mesa del comedor y subí directamente a mi habitación.
Necesitaba estar sola.
Necesitaba pensar.
Pero cada vez que cerraba los ojos veía dos niñas idénticas frente a una puerta negra. Una sostenía una estrella plateada; la otra extendía la mano hacia ella.
No podía distinguir sus rostros.
Y, sin embargo, tenía la certeza de que una de las dos estaba llorando.
Me senté en el suelo, junto a la cama, y abrí la caja que habíamos traído de la casa de Inés.
Saqué las fotografías, la carta de Elena, el informe médico y las dos pulseras.
Las coloqué en fila.
Una fotografía de las gemelas.
Un documento que hablaba de dos pacientes.
Una nota que afirmaba que solo una había regresado a casa.
Y una carta firmada por una doctora que aseguraba que una de las niñas había sido obligada a desaparecer.
Hasta esa noche, había creído que mi objetivo era encontrar a Alma.
Pensaba que mi hermana había sido la víctima de un secreto que los adultos habían intentado esconder. Creía que, si conseguía descubrir qué le habían hecho, finalmente entendería por qué todos habían mentido.
Pero ahora había otra posibilidad.
¿Y si Alma no había sido la única que sufrió?
¿Y si yo también había participado en lo que ocurrió?
No porque hubiera sido mala.
No porque una niña de nueve años pudiera comprender las consecuencias de sus actos.
Sino porque quizá había visto algo que no debía, había tenido miedo y había tomado una decisión.
Una decisión que los demás habían pasado diez años intentando ocultar.
Me llevé las manos a la cabeza.
—Acordate —susurré—. Por favor, acordate.
Entonces vi el cuaderno.
Lo había dejado abierto sobre el escritorio después de revisar los dibujos. La página de la puerta negra seguía allí.
Me levanté y volví a leer la frase.
«Si una de nosotras sale, la otra tiene que quedarse».
Debajo, casi imperceptible, había una segunda línea que no había visto antes.
La iluminé con la linterna del teléfono.
«Alma dice que esta vez me toca a mí».
Me quedé mirando aquellas palabras.
Esta vez.
Eso significaba que había ocurrido antes.
Que no se trataba de una sola noche.
Que las dos niñas habían hablado de aquello como si fuera una decisión que llevaban tiempo considerando.
Busqué entre las páginas siguientes.
Había dibujos de la misma puerta, del río y de una casa con las ventanas negras. En uno aparecían dos figuras tomadas de la mano. En otro, una de ellas estaba sola, rodeada de pequeñas estrellas.
Y en la última página había una frase escrita con tinta azul.
«Si mamá pregunta, yo fui la que abrió la puerta».
La letra era distinta de la mía.
Era más ordenada, más firme.
Debajo había una inicial.
A.
Alma.
Mi hermana había escrito aquella frase.
Y alguien había querido que yo la encontrara.
A las siete de la mañana, Mateo regresó.
Lo escuché llamar a la puerta y bajé con el cuaderno entre las manos. Cuando abrí, tenía el cabello revuelto y unas ojeras profundas.
—Tenemos que hablar —dijo.
—Sí. Tenemos.
Lo dejé entrar.
Gael no había venido con él. Mateo explicó que había ido a buscar información sobre la doctora Ferrer y que nos llamaría si encontraba algo.
Nos sentamos frente a frente en la cocina.
Le mostré el cuaderno.
Cuando leyó la última frase, se quedó completamente quieto.
—¿Dónde encontraste esto?
—En mis dibujos de la infancia.
—¿Estás segura de que la letra es de Alma?
—No. Pero tampoco es la mía.
Mateo volvió a leer la frase.
—«Si mamá pregunta, yo fui la que abrió la puerta» —murmuró.
—¿Qué puerta, Mateo?
No respondió.
—Necesito que dejes de protegerme —continué—. Si recordás algo, aunque sea una parte, tenés que decírmelo.
Mateo apoyó el cuaderno sobre la mesa.
—Hay algo que nunca te conté.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Qué cosa?
—La primera vez que volví a la mansión después de que Mara desapareciera.
—¿Volviste?
Asintió.
—Unos días después. Mi padre había recibido una llamada y me llevó con él. Me dejó esperando en el auto, pero vi a una mujer salir por la entrada principal. Llevaba un abrigo oscuro y el colgante de estrella.
—¿La misma mujer?
—Creo que sí.
—¿Y qué pasó?
Mateo bajó la mirada hacia sus manos.
—Antes de subir al auto, se acercó a la ventanilla. Me dijo que había hecho algo muy importante aquella noche. Que había ayudado a una de las niñas a regresar a casa.
—¿A cuál?
—No lo dijo.
Me incliné hacia él.
—¿Y vos qué le respondiste?
—Le pregunté por qué la otra no había regresado.
La respiración se me quedó atrapada en la garganta.
—¿Qué te dijo?
Mateo levantó los ojos.
—Que la otra niña había elegido quedarse.
El silencio cayó entre nosotros.
Una parte de mí quería creer que aquello era una mentira más, otra pieza de un rompecabezas fabricado para volverme loca.
Pero había algo en la expresión de Mateo que me impedía descartarlo.
—¿Elegido quedarse dónde? —pregunté.
—No lo sé. Nunca me lo explicó.
—¿Y por qué no me lo contaste?
Mateo apretó los labios.
—Porque esa misma noche mi padre me hizo prometer que nunca hablaría de lo que había visto. Me dijo que, si alguna vez contaba algo, iba a conseguir que vos olvidaras también.
Me quedé mirándolo.
—¿Que yo olvidara?
—Sí.
—¿Cómo podía conseguir eso?
Mateo negó con la cabeza.
—No lo sé.
Me levanté y caminé hasta la ventana.
El cielo estaba gris. En la vereda de enfrente, un hombre paseaba a su perro como si el mundo siguiera siendo un lugar normal.
Yo ya no sabía qué significaba normal.
—Mateo, quiero que me respondas algo y necesito que seas sincero.
—Está bien.
Me volví hacia él.
—¿Alguna vez pensaste que la niña que regresó a casa no era yo?
Mateo tardó demasiado en contestar.
Y ese silencio me dolió más que cualquier respuesta.
—Sí —admitió finalmente.
Sentí que el pecho se me encogía.
—¿Desde cuándo?
—Desde que encontré las cartas de Alma.
—¿Hace cuánto tiempo?
—Meses.
Me apoyé contra la pared.
Meses.
Mateo llevaba meses preguntándose si la persona que tenía delante era realmente su amiga de la infancia.
Y aun así había seguido viniendo a mi casa, compartiendo secretos conmigo, haciendo bromas, escuchándome hablar de mi madre y prometiéndome que todo iba a estar bien.
—¿Cómo pudiste mirarme a la cara?
Mateo se levantó.
—Porque eras vos, Abril.
—Pero no estabas seguro.
—No estaba seguro de lo que había ocurrido. Eso no significa que dejara de reconocerte.
—¿Y si no me reconocías porque nunca fui la persona que creías?
Él se acercó, pero yo levanté una mano para detenerlo.
Necesitaba distancia.
Por primera vez, no sabía si podía confiar en él.
—Hay algo más —dijo.
Solté una risa sin humor.
—Por supuesto que lo hay.
Mateo sacó el teléfono del bolsillo.
—Anoche, cuando salimos de la casa de Inés, recibí un mensaje.
Me mostró la pantalla.
El número era desconocido. El mensaje había llegado a las tres y diecisiete de la madrugada.
«Si Abril recuerda lo que le pidió a Alma, dejará de buscarla».
Debajo había una fotografía.
Era una imagen de la mansión Valdés tomada desde el jardín. En primer plano aparecían dos niñas frente a la puerta del sótano.
Una llevaba una pulsera roja.
La otra sostenía el colgante de estrella.
En el reverso, escrito a mano, había una fecha.
17 DE OCTUBRE. 22:41.
La misma hora de la fotografía que habíamos encontrado en la caja de mi madre.
Pero esta imagen tenía algo diferente.
Las niñas no estaban solas.
Detrás de ellas había una tercera figura, apenas visible en la oscuridad.
Una persona arrodillada junto a la puerta.
Al principio pensé que era un adulto.
Después reconocí el cabello rojizo.
Y el vestido que llevaba.
Era una niña.
Una tercera niña.
Me acerqué tanto a la pantalla que apenas podía enfocar la imagen.
—¿Quién es? —susurré.
Mateo no contestó.
—¿Quién es esa niña?
Él tragó saliva.
—No lo sé.
Pero su rostro decía otra cosa.
Amplié la fotografía con los dedos.
La niña tenía la cabeza inclinada hacia la puerta. Una de sus manos descansaba sobre la cerradura; la otra estaba extendida hacia las gemelas.
Y en su muñeca llevaba una pulsera de cuentas rojas.
No una.
Dos.
Las dos pulseras estaban en el mismo brazo.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
—Mateo…
—Abril, esperá.
—Hay tres niñas.
—Lo veo.
—Toda la vida creímos que éramos dos.
Mateo me quitó el teléfono de las manos y volvió a mirar la fotografía.
—Quizá sea un reflejo.
—No es un reflejo.
—La imagen está borrosa.
—¡Tiene dos pulseras!
Mi voz resonó por toda la cocina.
Mateo se quedó callado.
Yo volví a mirar la pantalla.
La tercera niña estaba arrodillada frente a la puerta, pero su postura parecía extrañamente familiar. Tenía la cabeza inclinada hacia un costado, como si estuviera escuchando algo que venía del otro lado.
Entonces noté un detalle.
La niña no estaba intentando abrir la puerta.
Estaba intentando cerrarla.
Y detrás de ella, una de las gemelas tenía la mano apoyada sobre su hombro.
No parecía estar ayudándola.
Parecía estar sujetándola.
A las nueve y cuarto, Gael llamó.
Mateo puso el teléfono en altavoz.
—Encontré a la doctora —dijo sin saludar.
Me acerqué a la mesa.
—¿Lucía Ferrer?
—Sí. Trabajó en el hospital de Santa Aurelia durante más de veinte años. Se jubiló hace cinco.
—¿Está viva?
—Eso parece. Vive fuera del pueblo, cerca de la ruta vieja.
—Tenemos que hablar con ella.
—Hay un problema.
Gael hizo una pausa.
—La doctora Ferrer murió hace tres días.
Nadie habló.
Sentí un escalofrío que me recorrió la espalda.
—¿Qué? —pregunté.
—Su muerte fue registrada el catorce de octubre.
Tres días antes de que encontraran a Olivia.
—¿Y cómo murió?
—No tengo todos los detalles. Pero hay algo más que deberían saber. El expediente de su muerte contiene una nota escrita por ella antes de fallecer.
—¿Qué nota?
Escuchamos el sonido de papeles al otro lado de la línea.
Gael respiró hondo.
—Dice: «Si alguna vez encuentran a la niña que volvió, no permitan que hable con la otra».
Me quedé helada.
—¿Con qué otra?
—No lo sé, Abril. Pero conseguí una dirección vinculada a la doctora. Parece que vivía en una casa cerca del antiguo observatorio.
El observatorio.
El mismo lugar de la fotografía donde aparecían Mara, Gael, la chica de cabello oscuro y los otros dos adolescentes.
El mismo lugar donde alguien había decidido ocultar una parte de nuestra historia.
—Vamos para allá —dije.
—Esperá —respondió Gael—. Hay una última cosa.
—¿Qué?
—La nota tiene una firma.
—¿Cuál?
Gael guardó silencio durante un instante.
—Alma Montenegro.
Sentí que las piernas me fallaban.
La doctora había muerto tres días atrás.
Pero alguien había firmado su última nota con el nombre de mi hermana.
Y eso solo podía significar dos cosas.
O Alma seguía viva y había estado allí antes de que encontraran a Olivia…
O alguien estaba utilizando su nombre para hacernos creer que nunca había desaparecido.
El antiguo observatorio estaba a las afueras de Santa Aurelia, detrás de un camino de tierra que casi nadie utilizaba.
Llegamos poco después del mediodía.
El edificio se alzaba sobre una pequeña elevación, rodeado de árboles secos y pastizales altos. Las ventanas estaban cubiertas de polvo y una de las puertas colgaba de una bisagra.
No había señales de actividad reciente.
Sin embargo, cuando nos acercamos, vi huellas en la tierra.
No eran antiguas.
Alguien había estado allí esa misma mañana.
Gael fue el primero en entrar. Mateo lo siguió y yo caminé detrás de ellos, con la carta de la doctora guardada en el bolsillo.
El interior olía a humedad y a papel viejo. Había muebles cubiertos con sábanas, cajas apiladas junto a las paredes y una escalera metálica que conducía a la sala principal.
En el centro del suelo encontré una marca rectangular, como si hubieran retirado recientemente un mueble pesado.
—Acá había algo —dije.
Gael se agachó.
—Una caja, probablemente.
Mateo señaló una puerta al fondo.
—Miren eso.
Sobre la madera había tres iniciales grabadas.
A. M. — A. M. — M. V.
Abril Montenegro.
Alma Montenegro.
Mara Vidal.
Sentí que el corazón comenzaba a acelerarse.
—¿Qué hacían sus nombres acá?
Gael empujó la puerta.
Detrás había una habitación pequeña con una mesa, varias sillas y un armario metálico. Sobre la mesa descansaba un grabador antiguo.
Junto a él había una cinta con una etiqueta.
«PARA LA NIÑA QUE VOLVIÓ».
Me acerqué lentamente.
—No puede ser…
Mateo tomó el grabador y comprobó las pilas.
—Todavía funciona.
Miré a Gael.
Él asintió.
Mateo pulsó el botón.
Durante varios segundos solo se escuchó estática.
Después, una voz femenina comenzó a hablar.
—Si estás escuchando esto, significa que encontraste la habitación.
Reconocí la voz de inmediato.
Era mi madre.
—Abril, hay algo que nunca te conté. No porque no te quisiera, sino porque tenía miedo de lo que harías cuando lo supieras.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
La grabación continuó.
—Durante años creí que había perdido a una hija. Después comprendí que quizá había perdido a las dos. Y cuando una de ustedes regresó, cometí el error de creer que podía arreglarlo todo fingiendo que nada había ocurrido.
Mateo se cubrió la boca.
Gael permaneció inmóvil.
Yo no podía apartar la mirada del grabador.
—La noche del diecisiete de octubre, Alma me pidió que eligiera —continuó Elena—. Me dijo que una de ustedes tenía que salir de la mansión y que la otra debía quedarse. Yo creí que hablaba de un juego, de una de esas historias que inventaban cuando eran pequeñas. No entendí que ya habían tomado una decisión.
Se escuchó un ruido.
Como una silla arrastrándose.
Después, mi madre volvió a hablar.
—Cuando llegué al sótano, encontré a Mara junto a la puerta. Estaba llorando. Una de las niñas había desaparecido y la otra se negaba a decirme dónde estaba.
Sentí que el aire me faltaba.
—Le pregunté qué había pasado. Le pregunté quién había abierto la puerta. Y entonces mi hija me miró a los ojos y me dijo algo que jamás pude olvidar.
La grabación hizo una pausa.
Después, escuché la voz de una niña.
Mi voz.
La voz que había oído en el audio del teléfono.
—Mamá, yo no fui la que se quedó.
Elena soltó un sollozo.
—Esa fue la primera mentira que me dijo mi hija.
El grabador siguió funcionando.
—Y fue la mentira que decidí creer.
La cinta terminó.
Nadie se movió.
Sentía que algo dentro de mí acababa de cambiar de forma.
Durante toda mi vida había creído que los adultos me habían ocultado la verdad porque querían protegerme.
Había pensado que mi madre había elegido mentir porque estaba asustada, que Mateo había callado porque era demasiado pequeño para comprender y que Gael se había mantenido al margen porque no sabía cómo ayudarme.
Pero la grabación revelaba algo distinto.
Mi madre había escuchado a una niña decir que no se había quedado.
Y había decidido creerle.
No porque tuviera pruebas.
No porque supiera que decía la verdad.
Sino porque quería hacerlo.
Miré a Mateo.
—¿Y si la niña que volvió no fue la única que mintió?
Él no respondió.
Me volví hacia Gael.
—¿Y si Alma no fue la única que necesitaba ser encontrada?
Gael bajó la mirada.
Por primera vez, no intentó tranquilizarme.
No intentó ofrecerme una explicación.
Porque ambos comprendimos lo mismo.
Yo había pasado días buscando a mi hermana como si fuera la única persona a la que le habían robado la vida.
Pero quizá Alma también había cometido errores.
Quizá había tenido miedo.
Quizá había mentido.
Y quizá la niña que regresó a casa había sido la que más necesitaba que alguien creyera en ella.
Me acerqué a la mesa y levanté la cinta.
En el reverso de la etiqueta había una última frase, escrita con tinta azul.
«La verdadera Abril no es la que volvió. Es la que recuerda por qué se fue».
Debajo, una dirección.
Y una hora.
Esta noche. 22:41.
La misma hora de aquella fotografía.
La misma hora en que todo había comenzado.
Mateo leyó la dirección por encima de mi hombro.
—Abril, no podemos ir solos.
—No vamos a ir solos.
Guardé la cinta en mi bolsillo.
—Vamos a ir con la única persona que puede decirnos qué ocurrió después de que una de nosotras salió de la mansión.
Gael frunció el ceño.
—¿Quién?
Lo miré.
—Mara.
Porque si alguien había visto a las dos niñas aquella noche, si alguien había escuchado sus voces y sabía cuál de ellas había abierto la puerta, era ella.
Y esta vez no iba a preguntarle cuál de las dos era yo.
Iba a preguntarle qué había hecho la niña que salió.
Porque empezaba a sospechar que la respuesta podía ser mucho peor que haber mentido sobre su identidad.
Podía haber dejado a alguien atrás.
Y si eso era cierto, ya no estaba segura de querer recuperar todos mis recuerdos.
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