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LA ÚLTIMA PROMESA DE SANTIS

LA ÚLTIMA PROMESA DE SANTIS

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Traiciones y engaños / Reencuentro / Completas
Popularitas:3.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

​Sinopsis Corta
​Tras años de separación, dolor y una condena a muerte dictada por engaños en el oscuro mundo de la mafia, Valerio De Santis y Lysandra Varesi vuelven a cruzar sus caminos. En medio de traiciones familiares y la amenaza inminente de sus enemigos, Valerio renunciará al poder terrenal y arriesgará su vida para proteger a Lysandra y a sus hijos mellizos, Eren y Lyra. Una apasionante historia de amor, sacrificio y redención donde las cicatrices del pasado se transforman en el cimiento de una vida en paz.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8: El tribunal de la sangre y el precio de la redención

​El silencio dentro del yate privado de los De Santis, anclado en el muelle del puerto de Málaga, era denso y sofocante. En la bodega inferior, iluminada únicamente por un foco desnudo que balanceaba el viento del mar, Orestes Malatesta permanecía atado a una silla de metal. Tenía el rostro desfigurado por los golpes, la camisa rota y la muñeca fracturada hinchada e inútil.

​La puerta de hierro se abrió con un crujido pesado. Valerio entró en la estancia con el saco del traje doblado sobre el brazo y las mangas de la camisa blanca arremangadas hasta los codos. Detrás de él avanzó Aurelio De Santis, caminando con paso firme y la mirada cargada de una autoridad despiadada que ni los años ni el cansancio habían logrado apagar.

​—Valerio... Aurelio... —susurró Orestes con voz ronca, escupiendo un hilo de sangre sobre el suelo de cemento—. Escúchenme, por favor... Todo lo que hice fue por el bien de la familia. Lysandra era un peligro... esa mujer iba a destruir al sindicato...

​Aurelio caminó despacio hasta detenerse a un metro de él. Miró a la que fue la mano derecha de su hijo con una frialdad absoluta.

​—Ochenta años de historia tiene la familia De Santis, Orestes —dijo Aurelio con su voz profunda y rasposa—. Durante ocho años dejé que mi hijo cargara con la culpa de haber enviado a su esposa a la muerte. Durante ocho años vi cómo mi casa se convertía en un mausoleo porque tú fabricaste documentos, grabaciones y testimonios falsos.

​—¡Ella era una informante, Aurelio! —gritó Orestes, desesperado—. ¡Les juro que las pruebas eran reales!

​Valerio dio un paso al frente. En un movimiento ágil y preciso, sacó un fajo de carpetas de cuero y las arrojó sobre el regazo de Orestes.

​—Mis analistas en Palermo revisaron tus cuentas bancarias en Suiza hace dos horas, Orestes —dijo Valerio con un tono bajo y peligrosamente calmado—. Las grabaciones con la voz de Lysandra fueron editadas por un técnico que contrataste en Nápoles. El dinero del cargamento de Palermo jamás lo interceptó la policía; terminó en tu cuenta personal. Me vendiste una farsa para que yo la mandara a matar y tú te quedaras con la mitad de mis negocios.

​Orestes cerró los ojos, sabiendo que la red de mentiras que tejió con tanto cuidado se había desmoronado por completo.

​—Valerio... fuimos como hermanos... —suplicó Orestes en un murmullo tembloroso—. Te cubrí la espalda en cada guerra... no puedes matarme como a un perro...

​—No te voy a matar yo —respondió Valerio, sacando su pistola con silenciador del cinto y entregándosela en la mano a su padre—. Te la debía a ti, padre. Tú me enseñaste que la traición a la sangre solo se paga de una forma.

​Aurelio tomó el arma con firmeza. Observó a Orestes sin un solo atisbo de duda o piedad en sus ojos oscuros.

​—Engañaste al Capo, mancillaste el honor de mi familia y condenaste a mis nietos a crecer en el exilio sin el amparo de su casa —declaró Aurelio con solemnidad.

​¡BANG!

​El disparo con silenciador resonó como un chasquido seco en la bodega. Orestes se desplomó hacia adelante, atado a la silla, mientras el silencio volvía a apoderarse del lugar. Aurelio le devolvió el arma a su hijo y se limpió las manos con un pañuelo de seda.

​—El traidor está muerto, Valerio —dijo el viejo patriarca, mirando a su hijo con gravedad—. Pero el daño que le causaste a tu esposa y a tus hijos no se borra con una bala. Esos niños te odian con el alma, y tienen toda la razón del mundo.

​—Lo sé, padre —admitió Valerio, apretando los dientes mientras guardaba el arma—. Escuché cada una de sus palabras. Sentí el desprecio en la mirada de Eren y el terror en los ojos de Lyra. Me rompió por completo.

​—Entonces demuestra que eres un De Santis —sentenció Aurelio, poniéndole una mano firme sobre el hombro—. Un verdadero hombre no exige respeto con la fuerza ni con el apellido; se lo gana. Si tienes que arrastrarte y renunciar a tu orgullo para protegerlos a la distancia, lo harás.

​A la mañana siguiente, el sol brillaba sobre la modesta casa de piedra en las afueras de Málaga. Lysandra terminaba de empacar las últimas bolsas en el salón, con el rostro pálido y las ojeras marcadas por una noche entera sin dormir.

​En la cocina, Domitilla De Santis estaba de pie junto a la mesa. Había regresado sola al amanecer, sin guardias y vistiendo un sencillo abrigo oscuro, llevando en las manos una cesta de mimbre con frutas frescas y pan recién horneado.

​—No tienes que hacer esto, Lysandra —dijo Domitilla con voz suave y apenada—. No vine a exigirte nada ni a llevarme a los niños. Solo quiero asegurarme de que tengan qué comer antes de que decidas irte.

​Lysandra se giró bruscamente, mirándola con los brazos cruzados y la barbilla en alto.

​—Agradezco el gesto, Sra. Domitilla, pero no necesito la caridad de su familia —respondió Lysandra con firmeza—. Nos vamos de España hoy mismo. Buscaré un lugar donde su hijo no vuelva a encontrarnos jamás.

​—Valerio no los va a perseguir, mi niña —aseguró Domitilla, acercándose un paso con cautela—. Anoche mi esposo ajustó las cuentas con Orestes. La verdad salió a la luz. Valerio sabe perfectamente que fue un ciego manipulado por la ambición de su mano derecha, pero también sabe que el daño está hecho. No va a forzarlos a volver a Sicilia.

​En ese momento, Eren y Lyra aparecieron por la puerta del pasillo, tomados de la mano. Al ver a la anciana, Eren colocó de inmediato a su hermana detrás de su espalda y miró a Domitilla con recelo.

​—¿Qué hace ella aquí otra vez, mamá? —preguntó Eren con voz hosca—. Dijimos que no los queríamos en nuestra casa.

​Domitilla se agachó despacio a la altura de los niños, manteniendo una distancia respetuosa para no asustarlos.

​—No vine a hacerles daño, mi vida —dijo la abuela con la voz entrecortada por la emoción—. Vine a pedirles perdón de rodillas si es necesario. Su madre es una mujer valiente y santa por haberlos protegido tan bien todos estos años. Yo solo quería verlos una última vez para decirles que, aunque no me quieran como su abuela, mi corazón y mi casa siempre estarán abiertos para ustedes.

​Lyra observó las lágrimas sinceras que rodaban por las arrugas de la anciana. La pequeña apretó el vestido de su madre y habló en un susurro sereno pero tajante:

​—No la odiamos a usted, señora... pero no conocemos a su familia. Nuestro único hogar es mi mamá. Si nos quedamos con ustedes, ese señor feo va a volver a hacer llorar a mi mamita.

​—Entiendo, mi pequeña... lo entiendo perfectamente —asintió Domitilla, secándose el rostro con un pañuelo—. No les pediré nada más.

​Unos pasos pesados se escucharon en el patio exterior. Lysandra caminó hacia la puerta rota y divisó a Valerio parado a diez metros de distancia, junto al camino de grava. No llevaba escoltas ni armas a la vista. Vestía ropa sencilla y su rostro reflejaba el peso de una condena perpetua.

​Lysandra salió al porche, seguida por los mellizos, que se mantuvieron a su lado.

​—¿Qué haces aquí, Valerio? —preguntó Lysandra con la voz serena pero distante—. ¿No te quedó claro anoche que no eres bienvenido?

​Valerio la miró fijamente. Sus ojos azul grisáceo, antes implacables y fieros, mostraban ahora una vulnerabilidad desgarradora.

​—No vine a llevarlos, Lysandra —dijo Valerio con la voz quebrada—. Vine a entregarte esto.

​Valerio se sacó del bolsillo un sobre de cuero espeso y lo colocó sobre la mesa de madera del patio exterior.

​—Son las escrituras de esta propiedad y de tres fincas más en el norte de España, a tu nombre legal bajo tu alias —explicó Valerio, dando dos pasos hacia atrás para mantener la distancia—. También hay documentos de fideicomiso para Eren y Lyra. Nadie del sindicato ni de la policía sabe de estos bienes. Tienen libertad absoluta para irse a donde quieran o quedarse aquí seguros.

​—No quiero tu dinero, Valerio —reprochó Lysandra, negando con la cabeza—. Mis hijos y yo hemos salido adelante sin tus riquezas manchadas de sangre.

​—No es dinero del sindicato, Lysandra —respondió él con firmeza—. Son bienes heredados de la familia de mi madre. Es lo único limpio que tengo en esta vida. No es un pago por mi error, porque sé que no hay suficiente oro en el mundo para pagar los ocho años que les robé... es para que mis hijos nunca pasen necesidad si a mí me llega a pasar algo.

​Eren dio un paso adelante, mirando fijamente a Valerio con los mismos ojos que el Capo veía cada mañana en el espejo.

​—Nosotros no necesitamos tus cosas —dijo Eren con tono maduro—. Mi mamá trabaja y nos da todo lo que queremos. Lo único que queremos de ti es que te vayas y no vuelvas.

​Valerio contempló a su hijo. Sintió el dolor de la herida abierta en el pecho, pero esta vez no hubo rabia ni orgullo en su respuesta. Se arrodilló sobre la tierra mojada frente a ellos, bajando la cabeza por primera vez en toda su vida.

​—Tienes razón, Eren —admitió Valerio en un susurro apenas audible—. No merezco ser tu padre, ni el de Lyra, ni merezco el perdón de tu madre. Fui un monstruo ciego que se dejó llevar por el odio. Me voy... pero les juro por mi vida que desde las sombras voy a velar por cada uno de sus pasos. Nadie volverá a tocarles un solo cabello mientras yo respire.

​Valerio se puso de pie lentamente, miró a Lysandra una última vez con un deseo y un arrepentimiento infinito, y dio media vuelta hacia la carretera.

​—Valerio —lo llamó Lysandra antes de subir al vehículo.

​El Capo se detuvo sin girarse del todo.

​—La herida que abriste no se cura con un arrepentimiento de un día —dijo ella con la voz firme—. Pero si de verdad quieres redimirte... demuestra que puedes proteger a tus hijos sin destruirlos.

​Valerio asintió en silencio, subió al automóvil y aceleró por el camino de piedra, dejando tras de sí el eco de sus decisiones y el largo camino de dolor que tendría que recorrer para, algún día, intentar recuperar el amor de la familia que él mismo mandó a destruir.

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Leila Tapia
/Facepalm/
Susana Macedo
Hermosa historia, muy atrapante y muy buen final felicitaciones 👏👏👏
Mirna Lobo
me encantó felicidades escritora 😊👏👏
Belkys Natalia Quintero García
MUY bonita historia felicitaciones autora recomendada para leer al 💯
Belkys Natalia Quintero García
está bueno que se jodan hasta más de la mitad jajaja
Belkys Natalia Quintero García
ése capo de pacotilla no da ni risa 😄😄, dan ganas de levantalo a cacheta por estupido y dejarse manejar como marionetas del orestes malandro ése, ahora que lisandra no lo perdone y lo ponga a lamerle las botas, por desgraciado infeliz y ella se dé su valor
neumidia ruiz
me encantó la historia pe4o mas el mensaje felicidades escritora
neumidia ruiz
ay yo pensé que iban a tener otro hijo☺️
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