Para el mundo financiero, Damian Valmont es un magnate intocable que compra voluntades sin pronunciar una sola amenaza en voz alta. Para el bajo mundo europeo, es la cabeza de un consorcio letal donde nadie sobrevive a un error.
Valeria Taylor llegó a su empresa huyendo de un pasado idéntico en Estados Unidos, con una sola regla innegociable: no volver a arrodillarse ante ningún monstruo con traje.
Ella es la única que se niega a firmar sus órdenes ilegales. Él es incapaz de intimidarla. Entre balances manipulados, secretos de familia y una atracción corrosiva que ninguno de los dos puede frenar, el juego de poder se convierte en una guerra íntima donde rendirse no es una opción.
Y cuando la sangre y la verdad salgan a flote, la única salida será una fuga que Damian jamás perdonará.
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Capítulo 14: Fuego en suelo sagrado
El patio interior del palazzo en Brera estaba resguardado por arcos de piedra renacentista y magnolios centenarios cuyas hojas goteaban agua mansa bajo la llovizna milanesa. Dentro, lejos del asfalto grasiento de la terminal ferroviaria, reinaba un silencio espeso, casi monacal.
La suite principal ocupaba la planta noble: techos artesonados con molduras doradas desvaídas por el tiempo, suelos de parqué antiguo de roble que apenas crujían bajo las pisadas y una cama con dosel de terciopelo verde botella que parecía diseñada para reyes que gobernaban mediante la intriga y el veneno.
Valeria entró primero. Dejó la carpeta con la rendición de los Moretti sobre una consola de caoba pulida junto a la puerta y se quitó el abrigo negro, dejándolo caer sobre el respaldo de una butaca.
Tenía el cuerpo al límite. El cansancio no era solo físico; era esa pesadez amarga y familiar que la invadía cada vez que la violencia de su vieja vida rozaba el presente. Al aflojarse el cuello de la camisa marfil frente al espejo dorado que coronaba la chimenea de mármol de Carrara, vio en el cristal el reflejo de sus propias manos: los nudillos enrojecidos por el frío de las vías, una rozadura en la muñeca derecha producida por el retroceso de la pistola en la caseta de agujas y las marcas violáceas, sutiles y ardientes, que la boca de Damian había dejado en la curva de su cuello.
Los pasos de Damian se detuvieron a su espalda.
No hizo ruido al acercarse, pero Valeria sintió la presencia de su cuerpo como un cambio súbito de presión atmosférica. Él se había despojado del abrigo y de la corbata; la camisa azul oscuro, desabotonada en el pecho, revelaba la línea firme de su clavícula y esa cicatriz de bala que Valeria había tocado horas antes en el vagón.
Damian alzó la mano sana y, sin pedir permiso pero con una lentitud que le dio tiempo a rechazarlo si lo deseaba, deslizó las yemas de sus dedos por el costado del cuello de ella, rozando con el pulgar la sombra de su propio mordisco.
Valeria cerró los párpados un milímetro, traicionada por un escalofrío involuntario que le recorrió los hombros.
—Estás temblando —murmuró él contra su pelo, y su voz profunda vibró en el aire templado de la habitación.
—Es el frío residual de las vías —mintió ella, abriendo los ojos para sostener su mirada en el reflejo del espejo.
—No mientas, Valeria. A mí ya no —Damian apoyó ambas manos en los hombros de ella, sintiendo la rigidez de los músculos bajo la tela de satén—. La adrenalina tarda en bajar. Sobre todo cuando acabas de quitarle la vida a un hombre para abrir un cambio de agujas.
Valeria se giró despacio entre sus brazos, apoyando la espalda contra el borde de la consola de madera. Levantó la barbilla, buscando esa mirada impenetrable que solía usar como trinchera.
—No siento culpa por ese bastardo, Damian. Habría disparado contra ti sin dudarlo un segundo. En mi mundo, quien saca un cañón en la oscuridad asume que puede no volver a casa a desayunar.
Damian la observó en silencio durante varios segundos. Sus ojos ámbar, encendidos por la luz ámbar de los apliques de la pared, barrieron las sombras bajo las pestañas de Valeria, la línea decidida de su mandíbula y esa boca que todavía conservaba el sabor agridulce de su posesión en el tren.
—«En mi mundo» —repitió él en un susurro grave, dando medio paso al frente hasta que el calor de sus cuerpos volvió a rozarse—. Sigues hablando de ese mundo como si estuviera a mil kilómetros de distancia. Pero cada vez que te mueves, cada vez que disparas o desarmas a un hombre como Giancarlo, huelo ese mismo mundo en tu piel.
—Entonces no hagas preguntas cuyas respuestas puedan arruinar tu tranquilidad, señor Valmont.
—La tranquilidad está sobrevalorada —dijo Damian.
Deslizó sus manos desde los hombros de ella hacia sus brazos, bajando hasta alcanzar sus muñecas. Tomó con delicadeza la mano derecha de Valeria, girándola con cuidado para examinar la rozadura abierta que sangraba una línea fina sobre la base del pulgar.
Damian bajó la cabeza y, con una devoción oscura que le cortó la respiración a Valeria, posó sus labios calientes sobre la herida.
El roce fue suave, húmedo y cargado de una sensualidad tan directa que a Valeria se le encogieron los dedos de los pies dentro de los zapatos. La aspereza viril de su barba rozó la palma sensible de su mano mientras la lengua de él saboreaba el rastro metálico de su piel.
—Te cortaste al armar la recámara en la cabina de control —dijo él, levantando despacio los ojos sin apartar la boca de sus dedos.
—No es nada —susurró ella, aunque su voz sonó rota, desprovista de su habitual filo cortante.
—Para mí lo es todo —respondió Damian.
Soltó su muñeca solo para llevar ambas manos a las mejillas de Valeria, acunando su rostro con una fuerza contenida que no admitía escape. Sus ojos se clavaron en los de ella con un hambre voraz, pero despojada de la violencia ciega del tren. Esta vez no había prisa, ni disparos rebotando en el metal, ni trenes balanceándose en la noche. Esta vez solo existían ellos dos, encerrados en un palacio de piedra en el corazón de Lombardía, desarmados por su propia necesidad.
—En el tren fue la furia, Valeria —susurró Damian, rozando sus labios con los de ella en una caricia tortuosa que apenas dejaba pasar el aire—. Fue la pólvora y el instinto. Pero esto... esto es lo que llevo queriendo hacer desde el primer segundo en que entraste a mi sala de juntas y me miraste como si fuera un demonio al que pensabas domar.
—Tú eres un demonio, Damian —dijo ella contra su boca, y sus manos subieron por su pecho, abriéndose paso bajo la camisa deshecha para aferrarse a la piel ardiendo de sus costillas—. Y yo soy la idiota que olvidó cómo mantenerse a salvo.
Damian no respondió con palabras. La besó.
El beso fue hondo, líquido y desgarradoramente íntimo. Sus lenguas se encontraron en una danza lenta, saboreándose con la calma deliberada de dos combatientes que deciden bajar las armas y quemar las banderas en el mismo fuego. Damian gimió en el fondo de la garganta al sentir los dedos de Valeria hundiéndose en sus músculos, recorriendo la cicatriz de su hombro con una delicadeza que lo desarmó por completo.
Con un movimiento fluido y seguro, Damian la levantó en brazos. Valeria rodeó su cuello con los brazos, ocultando el rostro en el hueco de su garganta, aspirando ese aroma a cedro, lluvia y piel caliente que ya se había convertido en su propia adicción.
Él la depositó con suavidad sobre el colchón inmenso de terciopelo verde. Se arrodilló entre sus piernas, desabrochándole los zapatos uno a uno y dejándolos caer sobre la alfombra persa. Luego, con manos firmes que no temblaban a pesar de la respiración entrecortada que agitaba su pecho, comenzó a despojarla de la ropa.
Le abrió la camisa marfil botón a botón, besando cada centímetro de piel que quedaba expuesto: el hueco de la garganta, la línea recta de sus clavículas, el valle pálido entre sus pechos y la tersura de su vientre plano. Cuando se deshizo de sus pantalones y su ropa interior, Valeria quedó tendida sobre el terciopelo oscuro, iluminada únicamente por las brasas mortecinas de la chimenea.
Damian se detuvo un instante, apoyando las palmas a ambos lados de su cabeza, contemplándola como un conquistador que admira la única tierra que jamás podrá comprar con oro.
—Mírame, Valeria —ordenó él en un susurro ronco, despojándose de sus propios pantalones hasta quedar completamente desnudo frente a ella.
Valeria levantó la mirada. Sus ojos oscuros estaban encendidos por una mezcla de deseo desbocado y una rendición que le quemaba el orgullo. El cuerpo de Damian era una obra de arte brutal: la piel cetrina marcada por la violencia, la musculatura compacta de sus hombros y muslos, y esa mirada ámbar que parecía arder con una devoción casi religiosa.
Damian se deslizó sobre ella con una lentitud exasperante. El contacto de su piel caliente contra la de Valeria arrancó un suspiro trémulo de los labios de ella. Él deslizó una mano por su muslo, abriéndole paso con una presión firme y acariciando la humedad tibia que ya la delataba por completo.
—Dime que me quieres aquí —exigió él, con la punta de su virilidad rozando su entrada, tensando cada músculo del cuerpo para no precipitarse—. Dilo, Valeria. No te escondas detrás de tus números.
Valeria enredó las piernas alrededor de las caderas de él, clavando las uñas en sus glúteos y atrayéndolo hacia sí con una fuerza desesperada.
—Entra, maldita sea —le suplicó ella, con los labios temblorosos pegados a su mandíbula—. Entra y cállate.
Damian empujó despacio.
La penetración fue una agonía dulce y aplastante. Cada milímetro que ganaba dentro de ella se sintió como una conquista sagrada, dilatándola con una firmeza que hizo que Valeria arqueara la espalda sobre el colchón, soltando un gemido agudo que resonó bajo las vigas doradas del techo. Cuando se hundió por completo en su interior, Damian apoyó la frente contra la almohada junto a la cabeza de ella, temblando por el esfuerzo titánico de contener el ritmo.
—Mierda, Valeria... —gruñó él, con los ojos cerrados y la mandíbula apretada—. Estás tan caliente... me aprietas como si quisieras partirme en dos.
—Muévete, Damian... por favor —gimió ella, girando la cabeza para buscar su boca.
Él comenzó a moverse.
El ritmo no fue el choque frenético del vagón ferroviario. Fue una cadencia profunda, pesada y rítmica, un compás que llenaba cada rincón del cuerpo de Valeria con una intensidad devastadora. En cada embestida, Damian la sostenía por la cintura con sus manos grandes, elevando sus caderas para que el roce fuera perfecto, inexorable y demoledor.
Valeria perdió la noción de dónde terminaba su propia carne y dónde empezaba la de él. Cada roce de la piel de Damian contra sus muslos, cada beso húmedo que él dejaba en sus labios y en sus párpados cerrados, desmoronaba las murallas que había tardado seis años en construir en Europa. Se aferró a su espalda ancha, arañando las cicatrices que el tiempo había cerrado pero que ahora ardían de nuevo bajo sus uñas, gimiendo su nombre una y otra vez con una desesperación que la aterraba.
—Mírame —repitió Damian entre dientes, buscando sus ojos en la penumbra dorada—. No cierres los ojos. Quiero que me veas.
Ella abrió los ojos y lo que encontró en las pupilas de Damian le congeló el corazón: no era solo deseo, no era el capricho carnal de un magnate acostumbrado a tener lo que quería. Había una devoción salvaje, una posesión que rozaba la locura y una vulnerabilidad rota que ningún socio del Cónclave de Hierro habría creído posible en el hombre que gobernaba los puertos del continente.
El calor en el bajo vientre de Valeria se tensó hasta convertirse en un nudo insoportable. Los espasmos comenzaron a contraerle las paredes internas con una violencia deliciosa.
—Damian... voy a... —balbuceó ella, perdiendo el control de la respiración.
—Conmigo, Valeria. Ven conmigo —le ordenó él con voz ronca, acelerando las embestidas, hundiéndose en ella con una ferocidad final que reclamó cada poro de su existencia.
El orgasmo la quebró por completo.
Valeria gritó contra el hombro de él mientras una marea ardiente y espasmódica la sacudía de pies a cabeza, dejándola sin aire, suspendida en un abismo de placer puro y devastador. Damian soltó un rugido sordo en el hueco de su garganta y, con tres estocadas finales que hicieron crujir la madera de la cama antigua, se derramó en su interior con una entrega absoluta, vaciándose dentro de ella hasta el último gramo de fuerza.
Horas después, el silencio volvió a ser el dueño absoluto del palazzo.
La chimenea se había apagado, dejando apenas una línea de cenizas tibias. A través de los ventanales altos, la luz grisácea del mediodía milanés comenzaba a teñir el suelo de roble.
Damian descansaba de espaldas, con un brazo doblado bajo la nuca y la sábana de lino blanco cubriéndole apenas la cintura. Valeria estaba recostada contra su pecho desnudo, con la mejilla apoyada justo sobre la cicatriz de bala y una pierna entrelazada con las de él. El calor que emanaba de su piel era el único refugio contra el frío húmedo del invierno exterior.
Damian acariciaba con lentitud el pelo oscuro de ella, pasando las yemas de sus dedos por las puntas con una calma infinita.
—En Boston —dijo él de pronto, rompiendo la tregua con una voz baja que no tenía agresividad, pero sí la persistencia de un sabueso que no suelta la presa—. Dijiste que la gente como Moretti no sobrevive ni un invierno en Boston.
Valeria no se movió. Su cuerpo entero se tensó apenas un milímetro, pero para el hombre que sostenía su pecho contra el suyo, la reacción fue tan clara como una alarma de incendio.
—Estás arruinando el momento, Valmont —dijo ella con voz apagada, sin levantar la cabeza.
—La familia Callahan controla los muelles de South Boston desde hace cuarenta años —continuó Damian con una calma aterradora, mientras sus dedos seguían jugando con un mechón de su cabello—. Tráfico de armas ligeras, extorsión portuaria y una red de distribución que los fiscales federales nunca han logrado desmantelar porque las familias irlandesas no dejan testigos. El viejo Liam Callahan tenía dos hijos varones... y una hija que desapareció de los registros de Massachusetts hace exactamente seis años, el mismo año en que una tal Valeria Taylor apareció en Dublín con un pasaporte impecable.
El aire en la habitación se congeló al instante.
Valeria levantó despacio la cabeza. Sus ojos castaños se clavaron en los de él: estaban secos, duros y gélidos como el fondo de un pozo. Ya no había rubor en sus mejillas, ni rastro del calor que los había consumido sobre el terciopelo verde.
—¿Cuándo lo supiste? —preguntó ella con una voz tan tranquila que sonó como el filo de una navaja abriendo seda.
Damian la miró sin parpadear. El ámbar de sus ojos brilló con una sombra oscura y posesiva.
—Kassian recibió los expedientes de la policía de Massachusetts esta mañana, mientras firmabas la rendición de Moretti en el andén —respondió él, sin apartar la mano de su cabello—. Pero no necesitaba los papeles, Valeria. Supe quién eras en el segundo exacto en que te vi empuñar esa pistola en Domodossola sin que te temblara un solo músculo. Llevas la sangre de los clanes en la forma en que respiras.
Valeria se apartó de su pecho con una lentitud glacial y se sentó en el borde de la cama, dándole la espalda. Se pasó una mano por la frente, sintiendo una náusea helada golpeándole las entrañas.
El pasado que había enterrado bajo seis años de balances, leyes aduaneras y madrugadas solitarias en Ginebra acababa de estallarle en las manos. Y lo peor de todo no era que Damian supiera su verdadero apellido: lo peor era la certeza brutal de que, en medio de esa cama manchada de sudor y pasión, acababa de entregarse en cuerpo y alma al hombre más peligroso de Europa.