Tras una aventura de una noche, las consecuencias llegan tras enterarse de su embarazo.
Kaelyn sin saberlo se acostó con el CEO del Grupo Schneider y su jefe quien desde hace más dos años que apenas y la mira, pero el olor a sándalo en su cuerpo y más la náuseas matutinas que la atormentan cada mañana es más que obvio para él deducir quién fue la mujer con la que tuvo los mejores orgasmos y no piensa dejarla...
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Capítulo 16: La hija que vino por mis hijos...
KAELYN
Pasaron dos meses desde que recibimos aquella esquela. Desde entonces todo se ha mantenido en total calma. Una calma que era inquietante. Demasiado.
Adler continuaba siendo Adler: Posesivo. Controlador. Obsesivo. Y exageradamente protector. Pero había algo detrás de todo eso.
Ya no era solo el asunto de Aída. Si no algo más que Adler no quería compartir conmigo. No hice preguntas, porque quería que él mismo me lo dijera. Sin embargo; no hizo falta preguntar. Lo comprendí luego de observarlo un poco.
Él estaba siendo precavido, más de lo necesario, pero sabía que aquella obsesión no era exagerada y menos tratándose de la seguridad de nuestros hijos.
Y entendí por qué siempre me decía que nunca dejáramos a los gemelos solos.
Una madrugada. Me desperté al oír a Sofía llorar. Como cada madrugada. Y luego se unió Mateo al coro. Abrí los ojos. Me levanté con cuidado y fui a verlos.
Adler estaba completamente dormido. Era increíble que estuviera tan dormido pese al llanto tan fuerte. Todavía mi cuerpo se sentía diferente luego del embarazo, pero ya había recuperado parte de mi fuerza.
Caminé hacia la habitación de mis hijos. Abrí la puerta. Y me quedé inmóvil.
Había una mujer junto a las cunas. Una mujer que se parecía demasiado a mí. Los mismos ojos. El mismo cabello negro ligeramente ondulado. Las mismas facciones que vi en la fotografía que vi cuando mis hermanos investigaron a Aída.
Liza. Se giró lentamente hacia mi. Sonrió. No era una sonrisa amable. Era escalofriante. Sus ojos estaban clavados en mis hijos.
—Son hermosos...—Mi sangre se heló.
—Aléjate de mis hijos.
Miró a Sofía.
—Pudieron ser míos...
—Te dije que te alejes de MIS HIJOS—. Su sonrisa desapareció por completo.
—Tú tienes todo.
—Y tú no tienes ningún derecho a quitarme nada.
Liza se volvió hacia mí.
—Necesito lo que tienes—Entonces se abalanzó. No tuve tiempo de pensar. Me golpeó. Sentí el impacto del golpe en el rostro.
Retrocedí.
Durante unos segundos solo hubo silencio. Después levanté la mirada y la miré. Había aprendido algo mucho antes de conocer a Adler. Crecer con cinco hombres significaba aprender a defenderse. Pero había algo que mis hermanos jamás iban a reconocer. Yo era la peor de los seis.
Porque ellos me habían enseñado a pelear. Yo había aprendido demasiado bien. Le devolví el golpe. Liza cayó contra uno de los muebles.
Se levantó. Volvió a atacarme. La pelea terminó en el suelo. Rodamos. Golpeé su brazo. Ella intentó sujetarme. La aparté.
—¡Aléjate de mis hijos!
¡No! ¡Los necesito!
—¡No son tuyos!—Se lanzó de nuevo y la golpeé en la cara—¡Maldita enferma!—La derribé. La sujeté del cabello contra el suelo. Ella forcejeó.
—¡Estás loca!—Gritó. Tiré con fuerza de su cabello.
—¡Tú eres la loca aquí!—La golpeé de nuevo. No con la intención de matarla. Solo lo suficiente para que detenerla. Liza consiguió apartarme.
Volvió a atacarme. Y entonces comprendí algo. No estaba débil. No como nos había hecho creer.
Después de dos meses de haber dado a luz a gemelos, no había recuperado del todo mi fuerza. Pero esa mujer estaba peleando con fuerza. Estaba resistiendo.
Los informes médicos hablaban de una enfermedad grave, que estaba débil, que su cuerpo apenas podía mantenerse estable. Pero Liza acababa de demostrar que no era tan débil y frágil como yo creí. Y seguía de pie.
—Vaya, es obvio que no estás tan enferma...
Se quedó quieta. Sus ojos cambiaron. La puerta se abrió abruptamente.
—¡Kaelyn!—Al fin. Despertó. Y entró como pantera. Su mirada se posó primero a mí y después a Liza. Y después a nuestros hijos.
Su expresión se volvió aterradora.
—Aléjate de ella...—Liza intentó acercarse de nuevo para atacarme. Adler la sujetó por ambos brazos.
—¡Suéltame!—La levantó y la derribó contra el suelo.
—Entraste a mi casa—. Su voz era baja—Te acercaste a mis hijos—. Liza intentó levantarse. Adler ejerció fuerza. Pero el cuerpo de Liza se estremeció.
—Adler...
Liza comenzó a convulsionar. Su cuerpo perdió por completo el control. Adler cambió inmediatamente. La sostuvo evitando que su cabeza golpeara contra el suelo.
—Kaelyn, llama a una ambulancia—Ya tenía el teléfono en la mano.
—Sí.
Llamé a la ambulancia y a la policía. Mientras esperábamos, Adler mantuvo a Liza protegida para evitar que se lastimara. Yo fui hacia las cunas. Sofía y Mateo continuaban llorando. Los tomé en brazos.
—Estoy aquí—. Los abracé contra mi pecho—Mamá está aquí.
Miré hacia Adler. Él seguía sosteniendo a Liza. La mujer que había entrado a nuestra casa. La mujer que había estado mirando a nuestros hijos.
La mujer que, supuestamente, estaba demasiado enferma para siquiera caminar. Pero había luchado conmigo. Eso no tenía sentido.
La ambulancia llegó primero. Después la policía. Liza fue trasladada al hospital con sus convulsiones bajo control. Los agentes tomaron nuestras declaraciones.
Cuando se fueron, miré Adler. No hizo falta decir mucho.
—Tenemos que irnos—dije. No hizo falta hablar demasiado. Los dos habíamos llegado a esa conclusión. Nuestra casa ya no era segura.
Adler asintió.
—Esta noche.
No discutí. Tomamos lo indispensable. Ropa. Documentos. Los artículos necesarios para los gemelos. Algunas cosas de ellos. Nada más.
No quería mirar atrás. Adler revisó cada habitación antes de salir. Después aseguró las puertas. Me entregó las llaves del automóvil.
—¿A dónde iremos?
Me miró.
—A un lugar que nadie conoce.
—¿Dónde?
—La casa de seguridad de mi padre.
Me sorprendió.
—¿Tu padre tiene una casa de seguridad?
—Sí.
—¿Quién sabe dónde está?
—Alisa.
Fruncí el ceño.
—¿Solo ella?
—Solo ella—Pensé inmediatamente en mis hermanos.
—Entonces ellos sabrán.
Adler asintió.
—Alisa les avisará.
Miré a mis hijos. Sofía dormía en su asiento. Mateo también. Los observé durante unos segundos. Habían pasado de ser dos pequeños que acababan de llegar al mundo a convertirse en el centro de una guerra que ninguno de ellos había elegido.
Adler se sentó al volante. Yo ocupé el asiento del acompañante. Antes de arrancar, tomó mi mano.
—Esto no pasará de nuevo.
Lo miré.
—No puedes prometer eso.
—Sí puedo—. Sus ojos se encontraron con los míos—Porque esta vez no vamos a esperar a qué vengan por nosotros—Apretó mi mano—. Nosotros vamos a desaparecer primero.
El auto comenzó avanzar. Dejando atrás nuestra casa. Las luces de la ciudad quedaron poco a poco detrás de nosotros. Miré por el espejo retrovisor. Y sentí una extraña certeza.
Aída había querido dar conmigo. Mientras que Liza logró entrar. Y ahora alguien, en algún lugar, sabía que habíamos desaparecido. Pero esta vez no estaba huyendo sola. Tenía a mis hijos. Tenía a Adler. Mis hermanos que estaban dispuestos a todo por mí y mis hijos.
Adler condujo en silencio. Su mano seguía entrelazada con la mía. Y mientras nos alejábamos de todo lo que conocíamos, comprendí que aquella noche había terminado una etapa.
La casa ya no era nuestro refugio. Ahora tendríamos que encontrar otro. Uno que nadie conocería. Uno en el que mis hijos dormirían en paz. Uno donde pudiéramos descubrir qué estaba ocurriendo realmente.
Porque una cosa era segura. Liza no había entrado a nuestra casa por casualidad. Y si había conseguido llegar hasta nosotros...
Alguien más sabía exactamente dónde estábamos.
Quizás el hombre misterioso te está vigilando 😂 y tú ni te has dado cuenta, por lo pronto aliméntate bien y duerme todo lo que puedas, porque después no te la vas acabar con el bebé 👶🍼😂😂😂