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Sariel. Él Inicio De La Eternidad

Sariel. Él Inicio De La Eternidad

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Reencarnación / Mundo de fantasía
Popularitas:52
Nilai: 5
nombre de autor: victoria illescas

Sariel portador del séptimo rayo, es elegido por el dios del amor para ser su guardián en la tierra humana, mientras trata de ser el observador cósmico del creador , conocerá la fragilidad de su esencia al conocer el sentimiento que solo los mortales estaban condenados a sentir , él amor , acompaña al guerrero de amatista a encontrar su verdadera misión entre él cielo, la tierra y el infierno en ese extensa línea de la Eternidad

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capítulo 2: La belleza de la imperfección.

Capítulo 2. La belleza de la imperfección

Ese día , cuando inició todo, Sariel caminaba por los jardines de cristal en busca de su hermano gemelo, ambos eran los portadores del séptimo rayo, su presencia siempre traía consigo una calma que se sentía como el atardecer, vió a la joven ángel que custodiaba el flujo del tiempo, se le notaba cansada, lo que preocupó a Sariel.

Sariel se detuvo a una distancia prudente, observando cómo Alanis contemplaba el horizonte donde hacía un tiempo ya la creación había tomado forma. No era común ver a un ángel con una mirada tan cargada de preguntas, Sariel se acercó con un movimiento casi imperceptible de sus alas, y sin pensarlo la nombró

- Alanis… La curiosidad es un don, pero en este lugar, a veces se siente como un peso, dijo con una voz que resonó como un eco antiguo.

Alanis no se sorprendió al escuchar la voz de Sariel, en el paraíso, las intenciones se sentían antes de que se pronunciaran las palabras.

La joven ángel que estaba cerca de las fuentes de luz líquida se giró hacia él, reconociendo la autoridad y la sabiduría que emanaban de uno de los observadores del creador.

- Te encuentras bien? Preguntó Sariel

Alanis sin pensarlo respondió que si, mientras suspiraba

Durante un instante, no necesitaron palabras. Sariel vió en ella la semilla de una voluntad que desafiaría las leyes del cielo, y Alanis encontró en Sariel a alguien que, a diferencia de otros ángeles no temía mirar más allá de la luz perfecta.

- Veo que tu camino no será de obediencia ciega, si no de verdades difíciles, susurró Sariel antes de que el viento de los jardines de cristal volvieran a reinar entre ellos.

Alanis le miró fijamente sin entender las palabras de Sariel.

Había sido un encuentro breve, una pausa en la eternidad, que marcó el inicio de un reconocimiento mutuo que resonaría siglos después, incluso cuando los nombres cambiaran y el paraíso quedara solo como un recuerdo lejano tras la caída.

El aire entre ellos se volvió denso, casi vibrante, Sariel rompió el silencio que reinaba en los Jardines de Cristal.

- Es agotador?… sostener los hilos del tiempo, Preguntó Sariel

Alanis mantenía la vista fija en el fluir de la luz, mientras negaba con la cabeza

Sariel se había dado cuenta cuál era el pesar de la guardián del tiempo

Sariel se colocó a su lado, sus alas blancas plegadas con una elegancia que ocultaba una tensión milenaria.

- ¿Sabes por qué los arroyos aquí nunca cambian su curso, Alanis? Dijo Sariel

Alanis no respondió, mantenía la mirada fija en la luz

- Porque aquí, la armonía y el equilibrio depende de que nada desee ser distinto a lo que fue creado. Las reglas no son muros Alanis, son el pegamento de esta realidad. No somos como los de allá abajo. Dijo Sariel dirigiendo su mirada hacia la joven tierra

Ella finalmente lo miró, y en sus ojos brilló un destello de fuego impropio de un ángel

- ¿Y qué sucede con el deseo de entender? Sariel , Si el creador nos dio voluntad, ¿por qué el usarla se siente como una transgresión? El equilibrio que mencionas se siente como una jaula de oro. Respondió Alanis

Sariel bajó la voz, un tono que solo los antiguos conocían

- Existen misiones que el creador no dicta con palabras, sino con silencios. Algunos de nosotros fuimos hechos para observar lo que ocurre cuando el equilibrio se rompe. Ellos tienen muchas imperfecciones, dijo Sariel refiriéndose a los humanos.

Sariel se acercó a Alanis sentenciándola con su mirada.

- puedes observarlos Alanis ,pero ten cuidado, buscar la verdad fuera de la luz tiene un precio que incluso un ángel teme pagar. Advirtió Sariel

Alanis no retrocedió ante Sariel. Al contrario, dio un paso hacia el borde del jardín, mirando hacia el abismo de la creación donde la tierra para ella aún era un sueño lejano.

- Prefiero el precio de la verdad que la paz de la ignorancia Sariel, sentenció ella.

Sariel asintió lentamente, reconociendo en Alanis esa misma chispa que más tarde vería en Raziel o en Gabriel, incluso en el mismo. Sariel no sabía que este diálogo era la primera grieta en una eternidad que estaba a punto de fragmentarse.

Era común verlos a todos reunidos bajo el Árbol de la Vida. Gabriel tocaba una melodía suave, mientras que Uriel compartía algún nuevo descubrimiento sobre los mundos inferiores, y Luzbel bromeaba con Miguel sobre su incapacidad para relajarse.

Sariel y Zadquiel se sentaban a los pies de Alanis. En ese entonces, el amor de Sariel aún era una corriente subterránea, una paz que ella aceptaba como algo natural, sin saber que, aquel equilibrio pendía de un hilo.

Pues Miguel, desde su posición de guardia, los observaba a todos y a un más a Alanis, con una protección que aún no se había transformado en posesión

Sariel era dedicado a la observación de las leyes cósmicas y el orden eterno, en poco tiempo y sin darse cuenta cayó rendido ante Alanis, pues ella le mostró algo que él no podía encontrar en sus mapas celestiales, la belleza de lo imperfecto.

Una tarde en los bordes del paraíso, mientras ambos observaban el nacimiento de las primeras tormentas en la tierra , Alanis estaba inclinada sobre el muro de nubes, con el cabello agitado por un viento que solo ella parecía sentir. Sariel se acercó, con la intención de recordarle sus deberes, pero sus palabras se quedaron atrapadas en su garganta al ver la expresión de ella.

Alanis sin mirarlo, y señalando hacia abajo , hacia la tierra nueva ,dijo con asombro

- ¿Ves eso Sariel? Esa pequeña luz que parpadea en la oscuridad de la costa. Es una fogata, me lo dijo Samuel. Alguien la encendió para no sentirse solo, aunque sabe que el viento la apagará antes del alba.

Sariel respondió

-Es una lucha fútil, Alanis . Los humanos consumen su existencia en actos que no dejan huella en la eternidad. El orden dicta que lo que es efímero no tiene trascendencia.

Alanis giró hacia él, y con una sonrisa triste que desarmó la rigidez de Sariel respondió

- Ahí es donde te equivocas, mi sabio observador. Dijo con dulzura Alanis. La trascendencia no está en que algo dure para siempre. Está en que, sabiendo que va a terminar, deciden hacerlo de todos modos. Esa fogata es un desafío al universo. Hay Sariel, es como decir . ‘Aquí estoy, aunque sea por un instante’

Sariel dio un paso atrás, desconcertado por la pasión en la voz de Alanis , y respondió

- Esa forma de pensar… roza la desobediencia Alanis. El creador nos hizo para ser constantes, no para conmovernos por el caos.

Alanis se acercó a él, y por un segundo, la luz de sus ojos eclipsó la claridad del jardín

- Entonces, dime, Sariel… tú que has contado cada estrella y conoces el nombre de cada átomo: ¿Alguna vez has sentido envidia de ellos?

Sariel no respondió

- Yo si Sariel, yo si envidio que puedan elegir, envidio que su amor duela, dijo Alanis tocando su pecho con fuerza, porque si duele, es que es real. Aquí todo es perfecto, y por eso, nada vibra. Yo prefiero ser una nota desafinada en una canción real que el silencio perfecto de esta biblioteca de cristal.

Sariel la observaba en un silencio prolongado, dándose cuenta de que el orden de su propio corazón se estaba desmoronando , Sariel la vio a los ojos y le dijo

- Nunca nadie… había hablado de la caída como si fuera una forma de vuelo.

Alanis puso una mano suavemente sobre el brazo de él, un contacto prohibido por la etiqueta celestial

- No es una caída, Sariel. Es despertar. Enséñame más sobre el mundo, y yo te enseñaré lo que es sentir que el tiempo se te escapa de las manos.

En ese preciso instante, mientras el sol del paraíso bañaba el rostro desafiante de Alanis, Sariel dejó de ser un simple ejecutor de leyes. Por primera vez en eones, sintió un vacío en su pecho que solo la presencia de ella podía llenar. Ya no la miraba como a una compañera de milicia, sino como el único misterio que valía la pena resolver, incluso si eso significaba traicionar al cielo mismo.

De esa manera Sariel y Alanis pasaban el tiempo dialogando sobre lo efímero.

Una tarde en el límite de la gracia, en un risco de mármol blanco que cuelga sobre el abismo , ahí donde el paraíso se funde con el cosmos y abajo la tierra gira, como una joya imperfecta, envuelta en nubes y tormentas. Alanis y Sariel observaban el parpadeo de las primeras luces en un valle humano

- Míralos, Sariel. El creador les dio cuerpos que se marchitan y mentes que olvidan, y sin embargo, construyen ciudades como si fueran a durar eones. ¿No te parece una locura hermosa?

Sariel, con las manos entrelazadas tras la espalda, y su mirada fija en el flujo de las mareas respondió

- Es una contradicción geométrica, Alanis. Nosotros somos constantes, nuestra esencia es una nota que suena para siempre. Pero ellos… míralos , ellos solo son un acorde que solo suena una vez. Lo que tú llamas locura, para mí es la urgencia de la entropía.

Alanis se giró hacia él, con una chispa de desafío en los ojos

- Pero esa urgencia es la que inventó el amor que ellos sienten. Nosotros amamos al creador porque es nuestra naturaleza, como la luz sigue al sol. Pero un humano… Alanis hizo una mueca tierna , un humano ama a otro sabiendo que uno de los dos se convertirá en polvo. Aman a pesar del final. ¿No crees que eso tiene más valor que nuestra devoción eterna?

Sariel se mantuvo en un silencio prolongado. Una brisa agitó sus alas blancas, respiró hondo y respondió.

- El amor humano es un incendio, Alanis. Consume lo que toca porque necesita calor para sobrevivir al invierno de su mortalidad. Nosotros no necesitamos calor, somos la luz misma. Sin embargo… Sariel dudó por un instante y bajando la voz prosiguió…a veces, al observarlos, siento que nuestra perfección es fría. Ellos tienen algo que nosotros perdimos al ser creados perfectos, Sariel la miró directo a los ojos, yo lo llamo riesgo. Dijo él

Alanis sonrió y respondió

- Exacto. El riesgo de perderlo todo hace que cada abrazo sea una victoria. He visto a una madre llorar por un hijo y a un hombre caminar leguas solo para decir un nombre. Su amor no es una regla, Sariel, es un grito. A veces desearía poder gritar con ellos

Sariel la miró fijamente con una mezcla de ternura y temor

- Ten cuidado con esos deseos. Gritar significa romper el silencio del paraíso. La creación fue hecha para ser admirada, no para ser imitada. Dijo Sariel

- Sabes Alanis, te confieso algo que no he dicho a Miguel ni al consejo… Cuando los observo amar en medio de su fragilidad, entiendo por qué el creador se tomó la molestia de hacer el barro. Hay una verdad en sus lágrimas que no encuentro en nuestras oraciones de cristal.

Alanis puso su mano sobre la de él, suavemente

- Quizás la creación no está terminada, Sariel. Quizás nosotros somos el prólogo, y ellos son la historia que realmente vale la pena contar.

Sariel Cerró los ojos al sentir el calor del contacto

- Si ellos son la historia, Alanis, entonces tú eres la única de nosotros que ha aprendido a leerla. Respondió él, mirando a la guardián con dulzura

En ese momento, el silencio del paraíso pareció más pesado para Sariel. Ahí en ese instante se dio cuenta de que lo que sentía por Alanis era precisamente ese “incendio humano” del que hablaban, un amor que no nacía del deber celestial, sino del riesgo de perder la armonía por seguirla a ella….. continuará

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