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El Señor de la Lujuria

El Señor de la Lujuria

Status: Terminada
Genre:Romance / Amor prohibido / Mafia / Completas
Popularitas:787
Nilai: 5
nombre de autor: Vanderleia oliveira

Aline Shnaider está acostumbrada al lujo, a las órdenes de su hermano y a salirse siempre con la suya. Pero nada la prepara para Deslumbria: la inmensa hacienda perdida en el fin del mundo donde su hermano decide "protegerla", entregándola al cuidado del hombre más peligroso que ha pisado esas tierras.

Lo llaman el Gitano. Dueño de todo lo que alcanza la vista, frío como el filo de una navaja y con un pasado que nadie se atreve a mencionar, Santiago Nicolaisen no cuida a nadie: domina. Desde el primer choque —él desnudo, ella incapaz de apartar la mirada— queda claro que entre ambos no habrá tregua, solo una guerra de deseo que ninguno de los dos sabe perder.

Él tiene el doble de su edad, un imperio construido sobre secretos y una regla absoluta: jamás tocar a la hermana de su mejor amigo. Ella tiene el orgullo de una Shnaider y la certeza de que ningún hombre la doblega. Los dos están a punto de descubrir hasta dónde son capaces de llegar por lo que juraron no querer.

Pero el placer tiene un precio. Detrás de la fantasía hay un hijo que odia a su padre, un hermano que regresa de entre los muertos para cobrar venganza, un secreto de sangre capaz de encender una guerra y un amor prohibido que amenaza con arrasar con todo lo que ambos intentaron proteger.

En un mundo donde la lealtad se paga con balas y la traición se castiga sin piedad, entregarse al Señor de la Lujuria puede ser la perdición… o la única salvación.

NovelToon tiene autorización de Vanderleia oliveira para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

Mientras Santiago evitaba a su hermano, huyendo de una conversación que había aplazado durante décadas, Aline hacía lo mismo: venía ignorando al Gitano, procurando no cruzarse con él por la casa ni durante las comidas que compartían. Aquella mañana se puso algo cómodo, se calzó unas sandalias y bajó las escaleras con la intención de ir hasta el establo: Daniel, el hijo del casero, le enseñaría a montar a caballo.

—Buenos días —susurró, al cruzarse con Sant en el camino; el muchacho, que salía para el colegio, esbozó una sonrisa.

—Casi no te reconozco. Sin el látigo y la Ligier, hasta pareces menos loca.

Aline puso los ojos en blanco, cruzándose de brazos.

—Sin duda, la comedia no es lo tuyo.

Sant pasó junto a ella, mascando chicle.

—Pues sí... cuando se tiene una vida de mierda como la mía, no hay motivos para esforzarse; mucho menos para complacer a gente que considero insignificante.

—Vaya, qué resentido —sonrió ella, irónica—. No es de extrañar que seas tan amargado. Al fin y al cabo, en esta vida tuya de «MIERDA», donde los desdichados usan tenis de marca y mochila Balenciaga que cuesta el precio de un auto, debe ser difícil pensar en alguien que no seas tú mismo.

—Loca —gritó él, riendo. Aline respondió con el dedo del medio.

—Consentidito.

Él desapareció por las escaleras, mientras ella refunfuñaba en el pasillo:

—Rayos, voy tarde.

Corrió hacia Daniel, pero fue bruscamente agarrada del brazo.

—¿Me extrañaste, princesa?

Sus ojos se abrieron de par en par. La voz le tembló tanto como las piernas.

—Nickolas...

Gritó, pero él le tapó la boca con rapidez. La arrastró dentro del cuarto y cerró la puerta con llave. Aline se debatía con fuerza.

—Ey, ey... shhh —susurró él, sujetándole el cabello para obligarla a mirarlo a los ojos—. ¿Por qué gritas?

—Tú... tú... —estaba en pánico—. ¿Viniste a matarme? ¿Como hiciste con aquella chica?

Él rio, sin humor.

—Jully no está muerta.

—¿No lo está? —chilló; él volvió a cubrirle la boca con la palma de la mano.

—¿Prometes que no vas a gritar?

Ella asintió, y él la soltó.

—¿Por qué huiste de mí? —preguntó ella, jadeante—. Fuiste un idiota conmigo. Aquella noche, en tu casa, me trataste como basura... y después lo que hiciste con aquella chica...

Frunció el ceño, mirándolo fijo.

—¿Seguro que no la mataste? Dame tu palabra.

—Está viva —le aseguró él, serio ahora—. Medio perturbada, pero viva. ¿No conoces a Jully? Ella le prendería fuego al mundo y se sentaría a verlo arder.

Aline se cruzó de brazos, desconfiada.

—Aun así... a las mujeres no se las trata así, Nick.

Él le tocó el rostro, suavemente.

—Extrañaba oírte llamarme así. —Intentó besarla, pero ella volteó la cara.

—¿Por qué? —preguntó él, confundido.

—Ya lo dije: no hiciste nada que justifique confianza. Y si estoy molesta con tu actitud, no es poco.

—Ese día estaba drogado. Te pido disculpas.

Ella lo observó en silencio, notando lo que antes no había visto.

—¿Por qué estás herido?

—Larga historia... Tenemos que salir de aquí.

Le tomó la mano, pero ella no se movió.

—Nickolas, yo no voy a ninguna parte.

—¿Cómo?

—Estoy aquí por orden de mi hermano. No voy a desobedecerlo.

Mintió. Lo que la mantenía ahí era Santiago; por más herida que estuviera, seguía perdidamente enamorada de él.

—No me mientas, Aline. A ti nunca te importó lo que piensa tu hermano.

Él entrecerró los ojos, perspicaz.

—¿Te estás acostando con Santiago?

—Yo... no, ¡claro que no!

—Más te vale que no —la apoyó contra la pared, la voz peligrosa y baja—, porque si te estás entregando a mi hermano, te mato a ti y lo mato a él.

Aline se puso pálida, como el papel.

—¿Tu hermano?

—Te dije que era una larga historia —sonrió, sombrío—. ¿Crees que cualquiera lograría burlar la seguridad de esta finca y entrar sin ser visto? El Gitano convirtió este lugar en una fortaleza. Cámaras, hombres armados... dejé que me molieran a golpes solo para llegar hasta ti.

Ella apenas podía respirar.

—¿Él no sabe que vine por tu culpa? ¿Que tu hermano te trajo hasta acá huyendo de mí?

—No... creo que no. Todo pasó tan rápido... ni siquiera imaginaba que eran hermanos.

—Olvida eso por ahora —volvió a tocarle el rostro con ansiedad—. Necesito dos o tres días para recuperarme —gimió, presionándose el costado del cuerpo; tenía dos costillas rotas—. Después, huimos juntos.

—Nickolas...

—Sin excusas. No acepto un no. Eres mía.

La besó con fuego, y ella, temblorosa, terminó correspondiendo. Él apoyó la frente en la de ella, jadeante.

—No tienes idea de cuánto tiempo te busqué, princesa...

Le acomodó el cabello detrás de la oreja, cuando un golpe firme sonó en la puerta.

—¿Puedo entrar?

Era Santiago.

—Mierda —susurró Nickolas, poniéndose tenso. El pánico se apoderó de Aline.

—¿Y ahora?

—Escóndete en el armario.

—¿Qué?

—¡Ahora!

Él abrió la puerta del mueble; ella se encogió entre la ropa, el corazón latiéndole a mil.

—Esto no va a salir bien... —susurró, aterrada.

—Yo me las arreglo —Nickolas sonrió, abriendo la puerta del cuarto despacio.

Aline cerró los ojos con fuerza, temblando de pies a cabeza.

—Ahora sí estoy perdida... entre la espada y la pared.

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