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Sueños De Amor

Sueños De Amor

Status: Terminada
Genre:Romance / Época / Amor eterno / Completas
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

En el plano terrenal, ambos son fantasmas. Él es un joven noble repudiado por su propia familia, confinado al ostracismo y al desprecio social por una terrible cicatriz que le arrebató la mirada y la confianza. Ella es una joven de deslumbrante belleza que vive invisible, sofocada bajo la sombra de una hermana manipuladora y el constante desdén de su entorno.
​Sin embargo, al cerrar los ojos, la noche borra los estigmas de la realidad. En un universo onírico recurrente, sin cicatrices ni máscaras, dos almas solitarias encuentran un refugio de devoción y pasión desinhibida. Pensando que el otro no es más que una fantasía inventada por el deseo y la soledad, pactan encontrarse una tarde en la ciudad sin la menor esperanza de que ocurra.

NovelToon tiene autorización de Lelixi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5: La arquitectura del refugio

​Cuando la noche finalmente envolvió la provincia, Rosalie se acostó, cerró los ojos y buscó intencionalmente el frío de la costa.

​Para su asombro y alivio, al abrir los ojos en el sueño, la niebla volvía a rodearla. El faro de piedra negra se erguía en la cima de la colina como un gigante velador. Corrió hacia las escaleras, subiendo los peldaños de hierro con el corazón latiéndole desbocado en el pecho.

​Al irrumpir en la sala de la linterna, lo encontró a él.

​Dorian estaba sentado en un gran sillón de terciopelo bordó que había hecho aparecer junto a la ventana circular. Vestía el mismo abrigo oscuro. Al escuchar los pasos de Rosalie, se giró y una ligera sonrisa —tan rara como hermosa— ablandó la dureza de sus facciones.

​—Volviste —dijo él, con una voz suave que resonó en el pecho de Rosalie.

​—No podía no hacerlo —admitió ella, acercándose despacio y sentándose en el amplio alfeizar de la ventana de piedra, a pocos pasos de él—. En la vida real, el día fue una pesadilla insoportable.

​—El mío no fue mejor —confesó Dorian, apoyando los codos sobre las rodillas y mirándola con detenimiento—. Así que conversemos, espectro de mi mente. Si eres una proyección nacida de mi soledad, al menos sé una buena compañía antes de que el sol me despierte.

​Aquella noche hablaron durante lo que parecieron horas. Sin mencionar jamás sus apellidos, las ciudades donde residían o la naturaleza de sus tormentos diurnos, comenzaron a abrir las puertas de sus mentes. Hablaron de la literatura que devoraban en el aislamiento: compartieron el gusto por la poesía oscura de Lord Byron, las tragedias de Shakespeare y las historias de antiguos exploradores.

​Descubrieron una afinidad intelectual y emocional que rozaba lo aterrador. En el faro, Dorian no sentía la necesidad de esconder el lado izquierdo de su rostro, pues en el sueño su piel estaba intacta y su visión era completa. Por primera vez en diez años, no se sentía un monstruo. Y Rosalie, bajo la mirada atenta y respetuosa de Dorian, no sentía la necesidad de volverse invisible ni de medir la fuerza de sus palabras. Podía ser inteligente, aguda y apasionada sin que nadie la juzgara.

​Esa noche, antes de despertar, Dorian hizo aparecer con un gesto de su mente una alfombra moscovita para que ella no tuviera los pies fríos y una pequeña mesa con dos tazas de té caliente que olía a canela.

​El faro, un lugar creado inicialmente como un bastión de aislamiento, comenzaba a transformarse en el centro neurálgico de sus existencias.

​

​Las semanas se deslizaron en una rutina dual que redefinió por completo el concepto de realidad para ambos. Durante el día, Dorian soportaba el encierro de su mansión, caminando por jardines descuidados donde los arbustos crecían sin control, rechazado por el mundo exterior y sepultado en el olvido por su propio padre. Rosalie, por su parte, sufría la tiranía cotidiana de su madre y la arrogancia de Clarissa, que la trataban como a una sirvienta de alta alcurnia cuya única meta debía ser no estorbar.

​Pero al llegar la medianoche, el faro los acogía con una fidelidad absoluta.

​A lo largo de un mes, ambos habían transformado la cima de la torre de piedra. Ya no era un espacio frío y despojado. Habían hecho aparecer candelabros de plata cuya luz dorada proyectaba sombras cálidas sobre las paredes de granito, estantes de madera repletos de los libros que ambos amaban y una gran chimenea de piedra donde las llamas crepitaban eternamente sin consumir la leña.

​Una noche, mientras una tormenta de proporciones bíblicas rugía en el mar exterior —una manifestación de la rabia que Dorian había acumulado durante un día especialmente humillante en el mundo real—, Rosalie se acercó a él. Dorian estaba apoyado contra el ventanal, observando los relámpagos que cruzaban el cielo negro.

​Rosalie se colocó a su lado y, sin pedir permiso, apoyó suavemente la cabeza contra el hombro de él.

​Dorian se puso rígido como una estatua. El contacto físico era algo que su cuerpo no experimentaba desde que era un niño. Su primer instinto fue apartarse, temiendo que la ilusión se rompiera o que ella descubriera el vacío de su vida real. Sin embargo, al sentir el calor suave de la cabeza de Rosalie y el aroma a jazmín que emanaba de su cabello, la tensión de sus músculos cedió. Despacio, levantó el brazo y rodeó los hombros de la joven, atrayéndola con delicadeza contra su costado.

​—Dorian... —murmuró ella en un susurro que casi se perdió entre el rugido de un trueno.

​—¿Sí, Rosalie?

​—Ojalá esto fuera real —dijo ella, cerrando los ojos y apretándose más contra él—. Ojalá existieras en alguna parte fuera de este faro. Ojalá pudiera caminar a tu lado bajo el sol verdadero y no solo en esta sombra que construimos al dormir.

​Dorian sintió una punzada de dolor físico en el centro del pecho. Su mente volvió por un segundo a la imagen de su rostro deformado en el espejo de la mansión, a la cicatriz purpúrea y a la cuenca vacía.

​—No digas eso, Rosalie —respondió él con una voz amarga y quebrada, manteniendo la mirada fija en las olas embravecidas—. Si existiera en tu mundo real... si supieras quién soy verdaderamente fuera de este sueño, no querrías estar a menos de diez pasos de mí. Te aterrorizaría mirarme. Créeme. Es mil veces mejor que me recuerdes así: como este fantasma perfecto que tu mente ha moldeado para no morir de soledad.

​Rosalie no entendió el peso de la advertencia. Creyó que Dorian hablaba de diferencias de clase social o de compromisos familiares. En lugar de alejarse, apretó la mano de él entre las suyas, sintiendo el calor firme de sus dedos con un nivel de detalle físico tan abrumador que rozaba lo imposible para una simple fantasía.

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