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La gordita y el mafioso

La gordita y el mafioso

Status: Terminada
Genre:Mafia / Autosuperación / Matrimonio arreglado / Romance oscuro
Popularitas:298
Nilai: 5
nombre de autor: Lenardt

A los diecinueve años, Joana solo conoce el hambre, los golpes y el desprecio: en su propia casa la tratan como a una sirvienta, la llaman "gorda" y le hacen creer que no vale nada. Cada noche traba la puerta de su cuarto con una silla y sueña con desaparecer.

Lo que no sabe es que, todas las mañanas, el hombre más peligroso de la ciudad la observa desde la mesa de la cafetería donde trabaja.

Sócrates Grizantemo es el Don de la mafia: frío, implacable, capaz de la peor crueldad con sus enemigos… y tiene los días contados para casarse o perder su imperio. Cuando decide comprar la mano de Joana para saldar la deuda de su padre, cree que solo cierra un trato conveniente. Ninguno de los dos imagina que ese matrimonio arreglado despertará en él una ternura que jamás mostró a nadie, y en ella, una mujer fuerte, deseada y libre que no sabía que llevaba dentro.

Pero el pasado de Joana esconde secretos que exigen sangre, y la nueva familia que empieza a amarla guarda los suyos: traiciones que llegan hasta lo más alto, un amor prohibido entre quienes se criaron como hermanos y una conspiración capaz de destruirlos a todos.

En un mundo donde el amor se paga con lujo y las deudas con la vida, Joana tendrá que decidir hasta dónde está dispuesta a llegar por los suyos.

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Capítulo 1

—Papá, por favor, no lo hagas… —No alcancé a terminar la frase; solo sentí el cinturón cruzarme el brazo de lleno y alcanzarme parte de la espalda.

—Te voy a enseñar a no volver a decir semejante cosa de tu hermano. —Otro cintarazo—. Él ayudó a criarte, Joana, hace todo por ti, ¿y tú lo acusas de esto? —Otro más—. Si se te arrimó fue porque le diste motivos.

Me dio la espalda y soltó una carcajada cargada de desprecio.

—Aunque… solo insinuándote muchísimo alguien podría sentir algo de deseo por una gorda como tú.

Se acercó a mí de golpe y me levantó tirándome del pelo.

Yo intentaba tragarme los gritos y el llanto, aunque fuera casi imposible.

—Por eso estoy seguro de que mientes. Si dejaste de ser virgen, ha de ser porque te acostaste con cualquiera por ahí. Zorra. —Sentí la bofetada de lleno en la cara, seguida del gusto a sangre en la boca—. La próxima vez que acuses a tu hermano de algo así, te mato, ¿me estás oyendo? Te mato.

Me arrojó al suelo con todas sus fuerzas.

—Inútil. Ya me costaría sacarte algún valor solo por ser gorda como una marrana; ahora que ni pura eres, olvídalo. Voy a tener que venderte a algún burdel; quizá sirvas de prostituta, o para lavar los baños de esos antros de mala muerte.

Sentí un dolor inmenso cuando me pisó la mano, aplastándome los dedos bajo su zapato de cuero italiano, que restregaba contra el suelo descargando en mí todo su odio.

—Ahora desaparece de mi vista. Antes de que pierda de una vez la poca paciencia que me queda contigo.

Me levanté como pude y me fui a mi cuarto, y solo ahí, en ese cuartucho estrecho de sirvienta, me permití llorar todo lo que tenía atragantado por dentro. Maldito el momento en que se me ocurrió pensar que mi padre me escucharía; maldito el momento en que creí que usaría el sentido común.

Jamás debí confiar en él para contarle lo que mi hermano me hizo.

Emerson es mi hermano mayor, nos llevamos cuatro años, y no podía ser una copia más exacta de mi padre: frío y repugnante.

Hace una semana Emerson llegó tarde por la noche; había bebido, eso se notaba a kilómetros. Mi padre no estaba en casa, yo estaba sola, y Emerson se aprovechó de eso para entrar en mi cuarto y…

Duele tanto solo de recordarlo, y las lágrimas arden al caer. Me rasgó la ropa, me tiró en la cama y se me echó encima. Intenté gritar, intenté empujarlo, pero no pude, no pude, no logré detenerlo. Me golpeó, después se levantó, se abrió el cierre del pantalón y, sin siquiera quitarse toda la ropa, se sacó el miembro y me penetró. Aquello dolió, dolió muchísimo, pero el dolor mayor fue en el alma; el dolor mayor no era físico, sino psicológico. Emerson, mi propio hermano, que jugaba conmigo cuando éramos niños y que me defendió de papá algunas veces cuando mamá aún vivía. Era un buen chico, pero con los años se convirtió en un monstruo.

Fue él, fue Emerson quien mató a nuestra madre. Papá dijo que ella había cometido una traición, que en nuestro mundo es algo imperdonable y se paga con la vida, pero nada de eso era verdad; mamá jamás haría algo así. Pero mi hermano le creyó y le disparó a sangre fría. Después de aquello, nunca más volvió a ser mi hermano; antes de ese día yo todavía tenía esperanzas, pero después de eso fue empeorando cada vez más, y tras lo que pasó en mi cuarto la semana pasada, todo no hizo más que agravarse.

No tenía a quién pedir ayuda. Huir sería una locura: me encontraría, estoy segura de que lo haría. Estoy sola, sin nadie de mi lado.

—Ay, mamá, si al menos usted todavía estuviera aquí. Aunque, con tanto sufrimiento, quizá hasta sea mejor que no lo esté; se moriría de la pena al ver en qué se convirtió su hijo.

Papá está vinculado a la mafia y Emerson llegó a ser soldado. Ambos andan metidos en ese mundo. Papá forma parte de eso desde que tengo memoria. Quería tener más peso dentro de la mafia, pero para eso hace falta mucho, sobre todo la confianza del Don, y eso nunca lo consiguió, lo que lo amarga todavía más.

Mi cuarto no tiene llave, pero, como todas las noches, puse una silla contra la puerta para trabar el pestillo e impedir que alguien entrara en mitad de la madrugada. Me senté en el sillón con una manta encima del cuerpo y ahí dormí; aunque tardé horas en conciliar el sueño y me despertaba con cualquier ruido, me permití dormir unas horitas.

Desde que ocurrió aquel episodio, no consigo acostarme en mi cama ni en cama alguna; me causa mucho dolor, no dolor físico, sino uno distinto, además de dejarme sin aire y hacer que el corazón se me dispare. Los primeros días dormí sentada en el suelo, pero con el trabajo pesado de cuidar la casa sola y encima trabajar afuera en la cafetería, empecé a sentir mucho dolor en el cuerpo, así que me acostumbré a dormir en el sillón; aunque no sea tan cómodo, es mejor que el piso frío. Sin contar que no puedo darme el lujo de enfermarme, o eso me complicaría para trabajar, además de costarme algunas palizas extra.

Como todos los días, desperté a las cuatro de la madrugada, me levanté, preparé el desayuno de mi padre y de mi hermano, dejé lista toda la cocina, comí un pan rápido y salí para la cafetería de doña Leona. Trabajo ahí desde hace un año y medio, desde que cumplí los dieciocho.

Papá no necesita el dinero, lo sé, pero insiste en que trabaje y no me deja tocar ni un centavo de mi sueldo; doña Leo se lo paga directamente a él y yo ni siquiera sé cuánto es, no estoy registrada ni nada por el estilo, es solo un empleo sin contrato ni cosa parecida.

Llegué a la cafetería y de inmediato me puse a acomodar todo en las vitrinas y a limpiar las mesas y el piso, ya que doña Leo exigía que todo estuviera impecable antes y después del turno. Abrí el local y mi primer cliente de la mañana no tardó en entrar. Todos los días ese hombre guapísimo venía a desayunar a la cafetería. A veces venía con otro muchacho, también muy apuesto, o con dos, pero, solo o acompañado, todos los días él era siempre mi primer cliente.

—Buenos días, señor Sócrates. ¿Cómo está usted? —Él me había dicho su nombre una de las veces que vino a tomar su café.

—Por favor, bella, ya te pedí que no me llamaras señor, dime solo Sócrates; al fin y al cabo, tampoco soy tan viejo.

—Está bien, Sócrates, ¿qué va a comer hoy?

—Hago mi pedido en un rato, ¿sí? Estoy esperando a alguien que va a desayunar conmigo.

Asentí con una sonrisa y me alejé de la mesa.

—Bien, si necesita algo, solo llámeme.

—Gracias, bella. —Siempre me llamó bella, desde el primer día que cruzó esa puerta.

Pasados unos diez minutos, una chica entró a la cafetería y fue directo a su mesa. Aquello me cayó como un balde de agua fría; claro que él tenía a alguien, y aunque no fuera así, jamás se fijaría en alguien como yo.

Me tragué la tristeza al verlo acompañado de una chica por primera vez y volví a su mesa, ya que la cafetería seguía vacía.

—Ay, no sé para qué venir a tomar café a este fin del mundo. Te pedí que pasaras por casa a buscarme.

—Siempre te tardas demasiado, y sabes que me gusta la puntualidad.

—¿Puntualidad para qué? ¿Para abrir la cafetería?

Él no le contestó; en cambio, me miró con esos hermosos ojos azules que hasta me desestabilizaban.

—Con permiso. ¿Quieren hacer su pedido ahora?

—Claro, tráeme un café negro, sin azúcar, y un pan tostado con queso.

—Para mí, un capuchino y un sándwich de pechuga de pavo con queso cottage —dijo la chica.

Estaba anotando el pedido cuando Sócrates notó mi mano vendada.

—¿Qué te pasó en la mano, bella?

—Ah, esto, no fue nada. Me quemé cocinando. —Mentí.

—¿Segura que no fue nada? Eso no me parece una quemadura.

Vi que la chica lo miraba intrigada y me puse nerviosa, con miedo de causar alguna incomodidad o hasta una pelea.

—Todo bien, sí, gracias por preocuparse. Ya vuelvo con su pedido.

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