Sebastián Volk es el hombre más temido de la alta sociedad. Tras una máscara de plata esconde un secreto monstruoso: es el último heredero de una estirpe de licántropos. Cuando la familia del Sol debe entregar una hija en matrimonio, Mía huye del compromiso y Luna ocupa su lugar. Despreciada por su madrastra, Luna ve en Sebastián la oportunidad perfecta para vengarse. Pero el lobo esperaba una esposa sumisa y encontró a una mujer que no teme desafiarlo. Entre deseo, traiciones y secretos sangrientos, ambos descubrirán que el matrimonio puede ser una prisión… o el comienzo de una guerra.
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Capítulo 1: El precio de la obediencia
El sonido de la seda desgarrándose rompió la pesadez de la tarde. Un gipür importado de París, bordado a mano con incrustaciones de perlas, yacía destrozado sobre la alfombra Persa del gran salón.
Un segundo después, un jarrón de porcelana de la dinastía Qing se estrelló contra la pared de mármol. Los fragmentos volaron por el aire como metralla brillante.
—¡No voy a hacerlo! ¡No me voy a casar con ese monstruo! —gritó Mía.
Su voz, aguda y descompuesta, retumbó hasta las vigas del techo. Con el rostro rojo por la furia y el llanto, se arrancó el velo de la cabeza y lo pisoteó con odio.
—¡Es una bestia! ¡Un deforme que esconde la mitad de la cara tras esa maldita máscara de plata! Dicen que devora a sus esposas, que las vuelve locas antes de enterrarlas. ¡No soy un sacrificio para la familia Volk!
Victoria del Sol corrió hacia su hija favorita. La tomó por los hombros, atrayéndola hacia su pecho con desesperada ternura. Sus joyas de diamantes destellaron bajo la luz del candelabro mientras acariciaba los cabellos dorados de Mía.
—Cálmate, mi amor, por favor —susurró Victoria, con los ojos húmedos de rabia y miedo—. Encontraremos una solución. Tu padre no puede permitir esta barbarie. Tu belleza es el activo más grande de esta casa. No vamos a entregarte a ese sangriento demonio.
—¡Pues díganselo al viejo antes de que firme la bancarrota! —bramó Mía, sollozando en el cuello de su madre—. ¡Prefiero morir antes que dejar que Sebastián Volk ponga sus asquerosas manos sobre mí!
En el umbral de la doble puerta de caoba, una figura permanecía inmóvil.
Luna observaba el espectáculo en absoluto silencio. Cruzada de brazos, apoyada ligeramente contra el marco de madera, no había pestañeado ni una sola vez desde que comenzó la rabieta de su hermana.
Vestía un vestido negro sencillo, sin adornos ni encajes, que resaltaba la palidez pulcra de su piel y la profundidad helada de sus ojos oscuros. Para la familia del Sol, Luna era poco más que un mueble elegante: la hija menor, la reprimida, la sombra que nadie molestaba en notar desde la muerte de su madre.
Miedosas. Superficiales. Ciegas. Pensó Luna, ajustando apenas la comisura de sus labios en un gesto imperceptible. Le temen al rostro de la bestia, pero ignoran la garganta que está a punto de morderlas.
—La deuda de la familia vence mañana a medianoche —dijo Luna.
Su voz rompió el dramatismo de la habitación. No era un grito, ni un ruego. Era una afirmación gélida, tajante, pulida como el filo de una navaja.
Victoria y Mía se giraron de golpe, como si hubieran descubierto a una serpiente acurrucada en la esquina.
—¿Qué dijiste? —escupió Victoria, mirándola con el desprecio habitual.
—Dije que los acreedores de la firma no esperarán a que Mía termine su pataleta —respondió Luna, dando un paso lento hacia el centro del salón. Sus tacones negros resonaron con un chasquido métrico sobre el suelo de madera—. El acuerdo con los Volk es la única inyección de liquidez que evita el embargo de esta mansión y la prisión para papá por fraude fiscal. Si la novia no se presenta mañana en el altar, a las ocho de la mañana seremos mendigos.
Mía se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, dejando correr el rímel por sus mejillas.
—¿Y tú qué sabes de negocios, estúpida? ¡Cállate! ¡Tú no tienes que venderte a ese engendro!
—Tienes razón —Luna se detuvo a un metro de los restos del vestido destruido. Observó la tela rota con desdén antes de fijar la mirada en su hermana—. Tú no vas a casarte con él. Lo haré yo.
El silencio que siguió fue tan denso que casi se podía palpar.
Victoria frunció el ceño, examinando a su ahijada como si intentara descifrar una trampa.
—¿Tú? —preguntó la mujer, con una risa amarga y desconfiada—. ¿Aceptas voluntariamente ser la esposa de Sebastián Volk?
—Ocuparé el lugar de Mía —repitió Luna, sin que le temblara un solo músculo de la cara—. Redacten el cambio en la cláusula de la alianza matrimonial. Le dirán a los Volk que Mía sufrió un quebranto de salud y que, para honrar el pacto entre las dos casas, la hija menor de los Del Sol asumirá el compromiso.
Mía miró a su madre y luego a Luna. El miedo en sus ojos fue reemplazado gradualmente por una mezcla de alivio cobarde y arrogancia.
—¿Estás loca? —murmuró Mía, esbozando una sonrisa cruenta—. Ese hombre te va a destruir, Luna. Te romperá como a las anteriores.
—Deja que lo intente —respondió Luna con tono pausado.
Creen que voy al matadero, pensó para sí misma mientras sentía el latido sereno de su corazón. No entienden nada. La mansión Volk no es mi celda; es mi refugio y mi campo de batalla.
Diez minutos después, en el despacho principal de la mansión, Don Alberto del Sol temblaba mientras sostenía la pluma estilográfica. Frente a él, el contrato de matrimonio reescrito esperaba la firma final. Luna permanecía de pie al lado del escritorio, rígida y serena.
—Hija... si haces esto, no hay vuelta atrás —susurró el hombre, visiblemente envejecido por la culpa—. Los Volk no son gente con la que se pueda negociar después.
—Firma, papá —ordenó Luna suavemente—. Sálvate tú. Salva tu apellido.
El hombre asintió con torpeza y estampó su rúbrica en el pergamino.
Luna tomó el documento firmado. Mientras su padre se cubría el rostro con las manos abrumado por la vergüenza, ella desabrochó con elegancia su bolso de mano de cuero negro. Introdujo el contrato en el interior, pero sus dedos no tocaron la papelería.
Se deslizaron instintivamente hacia el fondo falso del bolso, donde descansaba un objeto cilíndrico de metal frío.
Un pequeño pendrive de máxima velocidad.
En su memoria interna no había fotos ni recuerdos familiares. Contenía un algoritmo de desencriptación de nivel militar, diseñado cuidadosamente durante los últimos dos años para infiltrarse en los servidores centrales de la Corporación Volk y desarmar su red de seguridad perimetral.
Luna cerró el bolso con un chasquido metálico.
Sebastián Volk creía que recibiría a una heredera aterrorizada, sumisa y lista para suplicar por su vida. Mía y su madrastra creían que la enviaban a la tumba para salvarse ellas.
Todas estaban equivocadas.
Luna caminó hacia la ventana del despacho y observó las nubes oscuras que comenzaban a tapar la luna llena en el cielo nocturno.
Prepárate, Sebastián, pensó, mientras una sonrisa casi imperceptible se dibujaba en sus labios. El monstruo de la casa no vas a ser tú.
supongo que tu harás tu parte ya que no te piensas quedar sin hacer nada