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BAJO EL DOMINIO DEL DEMONIO

BAJO EL DOMINIO DEL DEMONIO

Status: Terminada
Genre:Mafia / Mujer poderosa / Villana / Completas
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Hace quince años, la dejaron en la calle, hambrienta y sin esperanza, con dos niños pequeños y una madre agonizante. Hoy, es "La Tiburón" en los corporativos de alta alcurnia y "El Demonio", la implacable jefa de la mafia que controla el país desde las sombras. Cuando su despreciable exmarido regresa buscando destruirla con la complicidad de la esposa de un poderoso magnate industrial, descubrirán demasiado tarde que han despertado al monstruo equivocado. Una guerra de poder, finanzas y venganza donde el amor y la supervivencia bailan al filo de una navaja.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL BANQUETE DE LOS BUITRES

​La sala de juntas de Castañeda Holdings era un santuario de cristal blindado y caoba oscura que flotaba sobre el bullicio de la metrópoli. A las diez de la mañana, la atmósfera en el piso cuarenta y cinco era densa, cargada de una electricidad invisible. Alrededor de la mesa rectangular se encontraban los miembros restantes de la junta directiva, hombres y mujeres de trajes impecables que aún no terminaban de procesar el terremoto corporativo que había sacudido los cimientos de la alta sociedad en menos de veinticuatro horas.

​Las noticias sobre el incendio en la zona residencial y la misteriosa "desaparición voluntaria" de Patricia Montero corrían como la pólvora por los canales financieros y los mentideros políticos. Para el mundo exterior, se trataba de una tragedia inmobiliaria y una huida por escándalos de corrupción. Para los pocos que conocían la verdad, era el vacío de poder más grande de la última década.

​Las puertas dobles se abrieron con un chirrido solemne. Amelia Castañeda entró sin prisa. No llevaba el atuendo táctico con el que había hecho la guerra en el puerto ni el uniforme de trinchera de la noche anterior; vestía un traje sastre negro de corte impecable, una camisa de seda blanca y unos tacones que resonaban en el suelo como los pasos de un verdugo. Su cabello oscuro estaba recogido en una coleta alta, dejando al descubierto un rostro donde la fatiga de las heridas se transformaba en una máscara de fría elegancia. A su lado, caminaba Sebastián Ferrer. La presencia de ambos juntos en esa sala equivalía a la entrada de dos depredadores alfa en un corral de conejos.

​Amelia se detuvo en la cabecera de la mesa, apoyando las manos enguantadas sobre la superficie lustrada. Sus ojos ámbar recorrieron a cada uno de los directivos, que apartaron la mirada bajo el peso de su escrutinio.

​—Buenos días a todos —comenzó Amelia, su voz clara, baja y absolutamente desprovista de calidez—. Asumo que ya están al tanto de los acontecimientos recientes. La ausencia de la señora Montero ha dejado una vacante crítica en la estructura de participación de nuestras filiales logísticas. Un vacío que, por supuesto, no podemos permitir que paralice nuestras operaciones.

​Un murmullo tenso recorrió la mesa. El director financiero, un hombre de edad avanzada con décadas en la empresa, se aclaró la garganta antes de hablar.

​—Señora Castañeda, con el debido respeto... la situación es irregular. La fiscalía ha estado haciendo preguntas sobre los contratos cruzados entre el grupo Montero y las terminales del puerto. Asumir el control de sus activos sin una resolución judicial previa podría exponernos a una intervención federal.

​Amelia inclinó ligeramente la cabeza, una sonrisa sutil y peligrosa dibujándose en la comisura de sus labios.

​—Aprecio su preocupación por la legalidad, doctor Mendoza —respondió ella con una dulzura venenosa—. Pero le sugiero que revise los estatutos modificados que acabo de enviar a sus terminales privadas hace exactamente tres minutos. No estamos esperando una resolución judicial. Tenemos los títulos de propiedad, las firmas autenticadas de cesión de derechos y, lo más importante, el control absoluto de las rutas de distribución. Si la fiscalía quiere intervenir, tendrá que hacerlo sobre un territorio que ya responde a nuestras órdenes.

​En ese momento, Sebastián Ferrer dio un paso al frente, apoyando las manos en la mesa y mirando al resto de los directivos con una autoridad implacable que congeló la sangre de los presentes.

​—Para que no queden dudas sobre la estabilidad de esta transición —intervino Sebastián, con su voz ronca cortando el aire como un cuchillo—, Ferrer Energy & Logistics acaba de firmar una alianza estratégica exclusiva con Castañeda Holdings. Cualquier intento de la junta por obstaculizar esta reestructuración será respondido con la retirada inmediata de todas nuestras inversiones en el sector. En pocas palabras: o se suben al tren, o son arrollados por él.

​El silencio en la sala se volvió absoluto. Nadie se atrevió a replicar. Los rostros pálidos de los directivos confirmaron lo que todos sabían: el imperio había cambiado de manos, y la pareja frente a ellos era ahora dueña indiscutible del tablero.

​—La reunión ha terminado —concluyó Amelia, dándose media vuelta con una elegancia felina—. Bruno les enviará los nuevos contratos de confidencialidad en el transcurso de la tarde. Les sugiero que los firmen sin leer demasiado entre líneas; no les gustará descubrir lo que pasa cuando alguien decide poner a prueba nuestra paciencia.

​Al salir de la sala y cerrar las puertas pesadas tras ellos, Amelia dejó escapar un suspiro profundo, recostándose contra la pared del pasillo privado. La tensión acumulada en sus hombros, agravada por la herida reciente, amenazaba con pasarle factura. Sebastián la rodeó con el brazo por la cintura, pegándola a su cuerpo con una posesión protectora.

​—Has estado magnífica —susurró él contra su sien, aspirando el aroma de su perfume—. Parecías una emperatriz romana sentenciando a muerte al senado.

​Amelia rió quedamente, cerrando los ojos por un instante.

—No seas exagerado, Sebastián. Los senadores romanos al menos tenían la decencia de usar togas más bonitas. Estos solo son contadores con miedo a perder sus bonos anuales.

​—Aun así, acabas de consolidar el monopolio más grande del país en menos de diez minutos —replicó él, con una sonrisa de orgullo oscuro iluminando su rostro—. Ya no hay rivales, Amelia. Lo tenemos todo.

​Amelia abrió los ojos, mirándolo fijamente. La luz del sol de la tarde que entraba por los ventanales del pasillo iluminaba el perfil de ambos, dos almas rotas y afiladas que habían encontrado en el caos del otro su único refugio posible.

​—El poder absoluto es un espejismo, Sebastián —dijo ella con voz suave, rozando con los dedos la solapa de su traje—. Siempre habrá alguien nuevo intentando escalar la montaña. La diferencia es que, a partir de hoy, nos encontrarán esperándoles en la cima.

​El teléfono de Bruno vibró en el bolsillo de su saco táctico mientras el enforcer montaba guardia al final del corredor. Se acercó a pasos firmes, con la pantalla iluminada.

​—Jefa —anunció Bruno sin preámbulos—. El convoy que enviamos a la finca del norte confirma que su madre y los niños están instalados sin novedad. Pero hay un mensaje cifrado del puerto este: los registros fiscales que Bárbara intentó ocultar en las Islas Caimán ya han sido transferidos a nuestras cuentas seguras. El circuito está cerrado.

​Amelia y Sebastián intercambiaron una mirada definitiva. El círculo se había cerrado. Las amenazas del pasado —Carlos, Patricia, Bárbara— eran ya solo cenizas en el camino.

​—Bien —dijo Amelia, enderezándose por completo, sintiendo que la fuerza volvía a fluir por sus venas—. Vamos a casa. Quiero una copa de vino, un mapa limpio y, sobre todo, cero llamadas telefónicas por el resto de la noche.

​Sebastián le tendió la mano, entrelazando sus dedos con una firmeza absoluta.

—Hecho. Y te prometo que, pase lo que pase, hoy no te dejaré decir ni un solo chiste malo.

​Amelia sonrió, una sonrisa genuina y luminosa que rara vez mostraba al mundo. Mientras caminaban hacia el ascensor privado que los llevaría lejos de las torres corporativas y los campos de batalla, supo que, por primera vez en su vida, el futuro no era un territorio por conquistar, sino un imperio que les pertenecía por derecho de sangre y fuego.

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