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Solo su cuerpo la desea

Solo su cuerpo la desea

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Amor a primera vista
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

Maximiliano Alcázar lo tiene todo: es el heredero más joven y temido del imperio Alcázar, guapo hasta lo indecente… y hay un secreto que lo ha perseguido treinta y cinco años. Su cuerpo no reacciona. Ante nadie. Ni siquiera ante la esposa con la que estuvo casado dos años. "Él no puede", susurran en su círculo.

Hasta que la ve a ella.

Lucía Reyes cose vestidos de alta costura en un pequeño atelier y carga con una familia que la exprime y quiere venderla al mejor postor. La noche en que decide largarse de esa casa, la abuela más entrometida de México le renta —baratísimo— el departamento de enfrente al soltero más imposible de la ciudad.

De un té de canela a un roce prohibido, del "solo somos vecinos" a un beso que enciende lo que ningún médico logró: por primera vez en su vida, el cuerpo de Maximiliano despierta. Y solo la desea a ella.

Pero él le oculta un matrimonio. Su exesposa quiere destruirla. Y cuando un embarazo "imposible" ponga en jaque el secreto del magnate que "no puede"… todos van a tragarse sus palabras.

¿Y si el hombre de hielo solo ardía por una mujer en todo el mundo?

NovelToon tiene autorización de Dupi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

Capítulo 8. Gardenia

Lucía le dio el número.

Lo escribió ella misma en el teléfono de él, porque Max se lo tendió sin decir nada, y cuando le devolvió el aparato sus dedos casi se rozaron y ninguno de los dos casi se rozó, esquivándose en el aire con una torpeza que a él le pareció ridícula y hermosa.

Esa noche, ya solo en su penthouse, Max abrió la conversación vacía. El contacto se había guardado con un nombre y una foto: "Lucía". Y en la foto, en vez de una cara, una flor. Una gardenia blanca sobre un fondo oscuro, con una firma diminuta en la esquina: @luciareyes.atelier.

Se quedó mirándola un rato absurdamente largo. Él, que borraba contactos como quien tira basura, que no tenía una sola foto guardada que no fuera de trabajo, se sorprendió a sí mismo poniéndole un apodo al contacto. Lo pensó. Lo borró. Volvió a escribir solo "Lucía", porque cualquier otra cosa habría sido confesar demasiado, incluso ante un teléfono.

Gardenia, pensó antes de dormir. Así olía. Así se llamaba la flor que había junto a sus tijeras. Ahora también olía así su teléfono, de algún modo imposible.

Estuvo tentado de escribirle. Compuso tres mensajes en la cabeza —uno sobre el vestido, otro sobre nada, otro que no se atrevió ni a formular— y no mandó ninguno. No porque no supiera qué decir, sino porque por primera vez en años algo le importaba lo suficiente como para tenerle miedo a arruinarlo. Un hombre que negociaba fusiones sin pestañear se quedó mirando una conversación vacía sin animarse a escribir "hola".

Dejó el teléfono en el buró, con la pantalla hacia arriba, por si acaso. No llegó nada, claro. Pero se durmió más tranquilo solo de saber que ahora existía una línea, delgada e invisible, que lo conectaba con ella.

El sábado, el Atelier Duarte llevó sus piezas a un desfile.

No era un desfile cualquiera: era una de esas exposiciones de alta costura donde se juntaba lo que en la ciudad tenía nombre, dinero y buen gusto, o al menos dos de las tres cosas. Y a Maximiliano Alcázar, como heredero del Grupo Alcázar, no solo lo habían invitado: le habían pedido subir al estrado a "decir unas palabras".

Lo hizo con la eficiencia de siempre. Un saludo, dos frases sobre el valor del oficio y el talento nacional, un aplauso cortés. Desde el escenario, mientras hablaba, recorrió el salón con la mirada sin escuchar su propia voz, buscando entre las mesas una cabeza inclinada, un cuello, unas manos. No la encontró. Todavía.

Nadie en aquel salón, con sus copas y sus apellidos, sospechaba que el hombre más frío de la sala estaba pronunciando un discurso en piloto automático porque tenía la cabeza puesta en una costurera.

Una señora de collar grueso lo interceptó apenas bajó los escalones.

—Licenciado Alcázar, qué honor. Le presento a mi hija, acaba de volver de Madrid…

—Con permiso —cortó Max, con esa sequedad educada que en su mundo funcionaba como una puerta cerrada en la cara—. Tengo que ver una pieza.

La señora se quedó con la hija a medio presentar. Max ni lo notó. Estaba acostumbrado a esa danza: madres empujando hijas, socios empujando favores, todos queriendo un pedazo del apellido. Otras veces lo toleraba por conveniencia. Hoy le estorbaba. Hoy solo quería cruzar el salón sin que nadie lo detuviera.

Empezó a caminar entre los stands con las manos en los bolsillos, fingiendo interés en telas que no veía. Cada vestido de gala colgado le recordaba a ella. Cada bordado, a sus dedos. Era, se dio cuenta con una mezcla de fastidio y vértigo, la primera vez en su vida que un lugar entero le sobraba porque faltaba una sola persona.

Del otro lado del salón, Lucía no cabía en sí de nervios.

En el stand del Atelier Duarte, entre maniquíes y compradoras que se acercaban a preguntar precios, estaba su pieza. La suya. El vestido del boceto, el de la gardenia bordada escondida en el pecho, terminado a tiempo tras noches enteras de trabajo. Ofelia la había dejado a cargo del stand un momento mientras atendía a una clienta, y Lucía se agachaba una y otra vez a acomodar el ruedo del maniquí, a estirar una arruga que solo ella veía, con esa ansiedad orgullosa de quien enseña por primera vez a su hijo en público.

Le temblaban un poco las manos. En esa sala había gente que decidía carreras con un comentario. Y aun así, mientras alisaba la tela, sentía algo nuevo creciéndole en el pecho: aquí, en este mundo de luces y nombres, ella no era la utilería de nadie. Era la autora de algo hermoso que la gente se detenía a mirar.

No tenía la menor idea de que el hombre que había subido a dar el discurso —ese al que las señoras señalaban por lo bajo, "es el heredero de los Alcázar, mija, imagínate"— era el mismo que la semana pasada le había pedido su WhatsApp con la voz ronca.

Fue el bordado lo que lo guio.

Max reconoció, de lejos, entre una docena de stands iguales, un trabajo de pedrería que no se parecía a ningún otro: cuarenta horas de cuentas cosidas a mano, esa manera de hacer subir la luz por un costado. Se acercó como quien sigue un rastro. Y entonces la vio.

De espaldas a él, agachada, acomodando el vuelo de un vestido en un maniquí. El mismo gesto exacto del primer día detrás del vidrio, el mismo cuello, la misma nuca de la que él llevaba semanas soñando.

Se le cortó el paso. El corazón le golpeó con fuerza. Respiró hondo, dominó el impulso de dar media vuelta y el impulso contrario de correr, y avanzó los últimos metros despacio, hasta quedar a su espalda.

Tan cerca que, por encima del perfume caro que flotaba en todo el salón, alcanzó a distinguir otro olor, más limpio, más suyo: gardenia. El de su pelo.

Abrió la boca para decir su nombre. Pero antes de que le saliera la voz, se le fueron los ojos a la línea delicada de su nuca, a la curva del hombro, y se quedó ahí, suspendido, a medio metro de la única mujer que su cuerpo había reconocido en treinta y cinco años.

Ella todavía no lo veía.

1
Maria Elena Gomez
Bueno
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