Despertar siendo un bebé en medio de la antigua Asia no entraba en los planes de nadie. Sin superpoderes de inmediato, sin manual de instrucciones y en un mundo donde la magia, y los dioses dictan las reglas del juego, empezar de cero no es solo un desafío: es una cuestión de supervivencia.
NovelToon tiene autorización de FuKagaku para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 1: El umbral de ceniza — Parte 2
Los primeros seis años de vida tras las impetuosas murallas de piedra negra de la Secta Demoniaca sirvieron para desmantelar cualquier fantasía sobre la reencarnación. No hubo ancianos venerables bajando de las cumbres para descubrir un talento oculto, ni voces en la cabeza anunciando menús de estado, ni tiendas místicas flotantes donde comprar atributos o habilidades a cambio de puntos. La realidad en las entrañas del culto era cruda, mecánica y desprovista de cualquier atajo: si un infante en la zona de servidumbre no comía, se enferma; si no se abrigaba frente al viento helado que bajaba de los picos montañosos, el invierno lo consumía sin dejar rastro ni lástima.
Dentro de las dependencias inferiores, el entorno no estaba poblado por villanos sedientos de sangre de caricatura ni por guardianes piadosos. Era un reflejo diverso y complejo de la naturaleza humana sometida a una estructura jerárquica implacable. Entre los capataces y los sirvientes mayores existían distintas facciones de conducta: un grupo mantenía una actitud tranquila, cumpliendo con sus deberes diarios sin buscar problemas innecesarios; otros eran hombres flemáticos e indiferentes, enfocados de manera obsesiva en la eficiencia del trabajo; no faltaban aquellos con tendencias manipuladoras que utilizaban el favoritismo para crear fricción entre los subordinados, y finalmente estaban los individuos de ego desmedido, personas amargadas que disfrutaban imponderablemente su diminuta cuota de poder abusando de los más débiles mediante castigos físicos, gritos o raciones reducidas de comida.
Al cumplir los seis años, la etapa de estancia pasiva en las cunas comunes llegó a su fin de forma tajante. En la filosofía del Culto Demoniaco, la existencia misma dentro de sus dominios conllevaba una deuda de servicio que debía pagarse con trabajo constante.
Las mañanas de Daniel pasaron a estar marcadas por la frialdad de la madrugada y el peso de las obligaciones domésticas. Sus tareas diarias incluían acarretar pesados baldes de madera con agua helada desde los pozos de piedra ubicados en los niveles inferiores de la montaña, barrer con enormes escobas de paja los extensos patios de entrenamiento de los pabellones exteriores y mantener limpios los corredores frotando la madera con trapos húmedos y lejía. Mientras la mayoría de las historias de otros mundos prometen espadas mágicas y batallas gloriosas desde el primer día, la realidad de Daniel consistía en la rutina pesada de la servidumbre, el dolor en los hombros al cargar la leña y la disciplina de mantener la cabeza gacha ante los superiores para evitar contratiempos.
A la par del trabajo físico, la secta mantenía un sistema de instrucción básica obligatoria para los niños pertenecientes a la población servil. No se trataba de una concesión por caridad, sino de una medida pragmática para garantizar que la mano de obra fuera funcional. En estas escuelas rudimentarias, bajo la supervisión de instructores de túnicas grises que no dudaban en usar la vara de bambú ante el menor descuido, Daniel aprendió la escritura compleja de los ideogramas locales, la lectura de registros de suministros, las matemáticas elementales de contabilidad y la geografía básica que delimitaba las tierras de Hanyang frente a las facciones rivales.
La autoridad inquebrantable de la organización se grababa a fuego en la mente de la población mediante la disciplina pública. Periódicamente, los sirvientes, cocineros, artesanos y trabajadores de los escalones más bajos eran convocados a las plazas principales de ejecución. Allí, rodeados por el silencio absoluto de la guardia de la secta —hombres con armaduras de cuero oscuro y rostros cubiertos—, se llevaba a cabo el juicio y castigo de los traidores, los ladrones de medicinas o aquellos sorprendidos filtrando información a los clanes externos. Las ejecuciones eran sobrias, precisas y sin discursos grandilocuentes, diseñadas para dejar una lección cristalina: el culto ofrecía protección a los suyos frente al caos exterior, pero exigía a cambio una lealtad absoluta o la eliminación inmediata.
A través de esta rutina de labores de oficina, fregar pisos, asistir a la escuela y presenciar la ley de la secta, el cuerpo de Daniel comenzaba a moldearse lentamente bajo el esfuerzo físico diario. Aunque en su interior conservaba intacta la consciencia, los recuerdos y la capacidad de análisis de su vida previa, su figura externa era aún la de un niño de seis años con ropas bastas de cáñamo, aprendiendo a navegar entre la arrogancia de los capataces, la indiferencia del entorno y la firme convicción de que solo a través de la observación paciente lograría entender el lugar donde le había tocado vivir.
dejá tu opinión o sugerencias.