Es la historia de Elena, una joven de 24 años que vuelve a la facultad de Derecho que abandonó por bullying para recuperar su voz, y en el camino encuentra en Luz, una compañera de pelo azul, la amistad que le enseña que superarse no es olvidar lo que pasó, sino aprender a caminar de nuevo acompañada.
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CAPÍTULO 19: EL SÍ EN DÓLARES
Le dije que sí con la boca llena de gaseosa.
No fue romántico. Fue ruidoso. Porque cuando Marcos me dijo "¿Te querés casar conmigo y seguimos comiendo fideos con manteca, pero ahora en dólares?", yo me atraganté con la Coca y Santi me tuvo que hacer la maniobra de Heimlich en el medio del lobby del hotel de San Francisco, mientras una turista japonesa nos filmaba pensando que era un show argentino.
"¡Dijo que sí! ¡Dijo que sí!", gritó Flor, que lloraba como si la hubiera propuesto a ella.
"¡Paren! ¡Todavía no le dio el anillo!", gritó Luz.
Marcos se puso colorado. Se metió la mano en el bolsillo de su mochila enorme - sí, se había llevado la mochila enorme a San Francisco - y sacó una cajita.
No era de Tiffany. Era de una casa de bijou de Once que habíamos visto antes de viajar. Adentro había un anillo finito, de plata, con una piedrita chiquita que era más trucha que un billete de tres pesos, pero que brillaba.
"Lo compré antes de venir, por si ganábamos. Si perdíamos, lo devolvía. Tenía ticket de cambio", me confesó, muerto de vergüenza.
Me puse a llorar. Yo, Elena Rivas, la que había alegado en inglés frente a un jurado de California y había hecho llorar a 12 personas, lloraba por un anillo de Once con ticket de cambio.
"Es hermoso, Torres. Es el anillo más lindo del mundo".
Me lo puso. Me quedaba un poco grande, así que lo ajustamos con cinta scotch esa misma noche.
Volvimos a Buenos Aires como héroes. Pero héroes raros.
En Ezeiza nos estaban esperando periodistas, pero también nos estaban esperando 30 moderadores de Misiones que habían viajado 18 horas en colectivo para abrazar a Anaí. Y estaba Ramona con Tiziano, que ya tenía pelo de nuevo y que me gritó "¡Tía Elena, saliste en la tele de Estados Unidos!".
Y estaba mi mamá. Que había viajado desde El Trébol por primera vez en su vida en avión, porque le pagamos el pasaje con lo que nos quedaba de la tarjeta, y que me abrazó y me dijo al oído: "Hija, yo limpiaba pisos para que vos estudies, ¿te acordás? Ahora vos limpiaste el nombre de mucha gente".
Esa noche no fuimos al estudio de Tucumán. Fuimos al departamento de Once, el de los cinco, el que tenía olor a humedad. Porque todavía no habíamos cobrado los 86 millones. Orion había apelado, como era obvio. Y esas apelaciones podían durar dos años.
Entonces seguíamos siendo millonarios en los diarios, pero en la vida real seguíamos teniendo el aire roto y el balde con agua para los pies.
"¿Y ahora qué hacemos con el casamiento?", preguntó Santi, que ya estaba haciendo una lista en Excel, como siempre. "¿Lo hacemos cuando cobremos?".
"No", dije yo. "Lo hacemos ahora. Como somos. Si esperamos a ser millonarios de verdad, nos vamos a olvidar de cómo éramos cuando comíamos fideos".
Marcos me miró.
"¿Vos querés casarte ahora? ¿Sin plata?".
"Yo me quiero casar con vos, no con tus dólares, Torres. Los dólares todavía ni existen".
Nos casamos un mes después. En El Trébol.
No en un salón caro. En el club del pueblo, el que tenía las chapas de zinc y las mesas de plástico. Mi mamá hizo pastelitos - 300 pastelitos - porque dijo que si su hija se casaba, todo el pueblo tenía que comer pastelitos.
Vinieron todos. Los cinco de Rivas & Torres, con sus trajes arrugados. Anaí y 20 moderadores de Misiones, que bailaron chamamé toda la noche. Ramona y Tiziano, que fue el que llevó los anillos y casi se los traga. Doña Marta, la panadera, que lloró más que yo.
El juez de paz era el mismo que le había hecho el DNI a mi mamá cuando llegó a El Trébol a los 18 años.
Cuando me preguntó si quería casarme con Marcos Torres, lo miré.
Tenía su traje azul, el único que tenía, que le quedaba un poco corto. Tenía su mochila enorme guardada abajo de la mesa, porque no la dejaba nunca. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
"¿Vos sos el que me decía pastelito en primer año y me hacía la vida imposible?", le susurré, para que solo él escuche.
"Sí", me dijo, riéndose con lágrimas.
"¿Y ahora sos mi socio, mi mejor amigo y el amor de mi vida?".
"Sí".
"Entonces sí, quiero".
Nos besamos. Y todo el club del pueblo gritó. Y mi mamá tiró arroz, pero como no tenía arroz, tiró harina, porque era lo que tenía.
Esa noche, después de la fiesta, Marcos y yo nos quedamos solos en la canchita de fútbol del club, sentados en el pasto, con mi vestido de novia barato y su traje corto.
"¿Viste, abogada Rivas?", me dijo. "Te dije que íbamos a ser millonarios".
"Somos millonarios, Torres. Pero no por la plata de Orion. Somos millonarios porque tenemos un club entero que nos vino a ver casar y que comió 300 pastelitos de mi mamá".
Me abrazó.
"Che, ¿y si usamos la plata de Orion para arreglar el aire del estudio? Porque me estoy cagando de calor".
"Primero el aire. Después los 10 estudios en las provincias. Después, si queda algo, nos vamos de luna de miel a donde no haga 38 grados".
"¿A dónde? ¿A El Trébol en invierno?".
Nos reímos. Nos quedamos ahí, en el pasto, mirando las estrellas de El Trébol, que se ven mucho más que en Buenos Aires.
Y por primera vez en mi vida, no sentí que sobraba en ningún lado.
Ni en Rosario, ni en Buenos Aires, ni en San Francisco.
Yo era Elena Rivas, de El Trébol. Abogada de los que sobran. Socia de Rivas & Torres. Esposa de Marcos Torres.
Y mañana, tenía que volver a trabajar, porque teníamos una fila de 20 personas en Tucumán esperando.
Pero esa noche, solo era la chica del pastelito que se había casado con el chico de la mochila enorme.