Esta historia comienza con un humilde pescador y una joven que llega a la ciudad de Cartagena en busca de trabajo y de su madrina, con quien espera vivir después de perder a su madre. Un día, mientras recorre la playa buscando a su tía, una vendedora ambulante, se acerca al mar porque le encanta el agua. Deja su maleta por un momento en la orilla, pero una fuerte ola se la lleva. Sin pensarlo dos veces, entra al mar para recuperarla y sale con una elegancia que parece la de una verdadera sirena. Al verla, el pescador queda fascinado y desde ese día comienza a llamarla "Sirena Encantada
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Capítulo 15 Donde aprendí a ser pescador
Narrado por Cristian
Habían pasado varios días desde el problema con Samuel. Gracias a Dios, las cosas estaban más tranquilas y quería que Mileidis olvidara ese mal momento.
Aquella mañana terminé temprano de vender los bocachicos, las mojarras, los róbalos, los pargos, las corvinas, las sierras, los bagres y los jureles.
Guardé las canastas y fui a buscar a mi sirenita al restaurante donde trabajaba.
Cuando salió, me regaló una sonrisa.
—Hola, pescador.
—Hola, sirenita.
Le di un beso en la frente.
—¿Tenés libre esta tarde?
Ella asintió.
—Sí. Salgo más temprano.
—Entonces tengo una sorpresa para vos.
Ella sonrió con curiosidad.
—¿Y no me vas a decir?
—No.
—¡Ay, Cristian!
—Tenés que tener paciencia.
Cuando terminó su jornada, caminamos juntos por la playa.
Ella intentaba adivinar el destino.
—¿Me vas a invitar a comer?
—No.
—¿Vamos al Centro Histórico?
—Tampoco.
—¿Entonces?
Me reí.
—Ya casi llegamos.
Después de caminar varios minutos, llegamos a una parte de la playa donde casi no había turistas.
El agua era tranquila y varias lanchas de pescadores descansaban sobre la arena.
Ella miró todo a su alrededor.
—Qué bonito lugar.
Sonreí.
—Aquí fue donde aprendí a pescar cuando era un pelaíto.
Ella me miró sorprendida.
—¿En serio?
Asentí.
—Mi papá, Jeico, me traía desde que tenía como ocho años. Aquí aprendí a remar, a conocer las mareas, a distinguir los pescados y también a lanzar una red.
Ella escuchaba con mucha atención.
—Mi mamá no quería porque decía que era muy pequeño, pero mi papá siempre respondía que un costeño debía aprender a respetar el mar desde niño.
Sonreí al recordar esos momentos.
—Este lugar significa mucho para mí.
Mileidis tomó mi mano.
—Gracias por traerme.
—Quería compartir una parte importante de mi vida con vos.
Caminamos hasta una lancha donde había una red doblada.
La levanté.
—Hoy te voy a enseñar.
Ella abrió los ojos.
—¿A pescar?
—Claro.
Se rió.
—Espero no hacer el ridículo.
—Tranquila, yo también fui principiante.
Le entregué la red.
—Lo primero es aprender a sostenerla.
Ella intentó acomodarla, pero terminó toda enredada.
Nos echamos a reír.
—¡Ay, no! Esto pesa más de lo que pensé.
—Te dije que no era fácil.
Con paciencia le enseñé cómo doblarla sobre el brazo.
Después le mostré cómo mover el cuerpo antes de lanzarla.
—Mirá bien.
Hice el movimiento y la red se abrió perfectamente sobre el agua.
Ella aplaudió.
—¡Qué bonito!
—Ahora te toca.
Respiró profundo.
—Bueno... allá voy.
Intentó lanzarla.
La red apenas cayó a unos metros de nosotros y quedó toda doblada.
Me mordí los labios para no reírme.
Ella cruzó los brazos.
—No te rías.
Ya no pude aguantar y solté una carcajada.
Ella me dio un golpecito en el hombro.
—¡Qué malo sos!
—Perdón, sirenita.
Ella también empezó a reír.
—Otra vez.
Volvimos a intentarlo.
Esta vez la ayudé colocándome detrás de ella.
Tomé suavemente sus manos para enseñarle el movimiento.
—Así... despacito.
Ella hizo caso.
Los dos lanzamos la red al mismo tiempo.
La red se abrió mucho mejor y cayó sobre el agua casi perfectamente.
Los dos nos miramos emocionados.
—¡Lo hice!
—¡Claro que sí!
Saltó de la felicidad y me abrazó.
—Gracias por enseñarme.
—Todavía te falta mucho para ser pescadora.
Ella sonrió con picardía.
—Entonces vas a tener que seguir enseñándome.
—Con mucho gusto.
Nos sentamos en la arena mirando el mar.
El sol comenzaba a esconderse y el cielo se pintaba de tonos anaranjados.
Mileidis apoyó la cabeza sobre mi hombro.
—Ahora entiendo por qué amás tanto este lugar.
Sonreí.
—Aquí crecí. Aquí aprendí el oficio que me enseñó mi papá y aquí descubrí que el mar no solo da pescado, también guarda los recuerdos más bonitos.
Ella levantó la mirada hacia mí.
—Y ahora también guarda nuestra historia.
Le di un beso en la frente y entrelacé mis dedos con los suyos.
Mientras observábamos el atardecer sobre el Caribe, supe que ese rincón donde aprendí a ser pescador también sería, desde ese día, uno de los lugares más especiales de nuestra historia de amor.