Hace doscientos años, el Sistema Solar comenzó a desaparecer. Uno a uno, sus planetas fueron derrotados en el Torneo Galáctico de Federaciones, condenando a millones de habitantes a la esclavitud. Hoy, solo la Tierra sigue con vida.
Marcus Bandeira, entrenador de la Federación del Sistema Solar, recibe una misión imposible: reunir a los descendientes de Marte, Venus, Mercurio, Saturno, Urano y otros mundos desaparecidos para formar un equipo capaz de desafiar al invencible Rhusthym Kar, pentacampeón durante cincuenta años.
No juegan por un trofeo.
No juegan por la gloria.
Juegan para impedir que la Tierra desaparezca para siempre.
En un universo donde cada derrota borra miles de vidas y cada victoria compra un poco más de tiempo, once jugadores descubrirán que vencer al mejor equipo de la galaxia exige mucho más que talento.
Exige demostrar que incluso un planeta condenado todavía puede luchar por su último partido.
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El peso de la sangre
El aire dentro del distrito de esclavos apestaba a óxido, sudor rancio y desesperanza.
Marcus Bandeira caminaba junto a Regal por pasillos de metal corroído, esquivando cabezas agachadas y cuerpos rotos.
Omega gobernaba mediante la fuerza bruta. Era el puño de hierro que mantenía a la galaxia de rodillas.
Omicron, en cambio, gobernaba a través del conocimiento.
Avances científicos.
Milagros médicos.
Las mentes más brillantes del universo conocido.
Omega no temía a Omicron.
Pero lo respetaba.
Lo suficiente para no provocarlo abiertamente.
Lo suficiente para reemplazar las balas por humillaciones cuidadosamente orquestadas.
Un chasquido repentino partió el aire.
Un látigo de energía se estrelló contra la espalda de un anciano, arrojándolo contra una pared de acero.
El viejo saturnino no gritó.
Simplemente resistió.
Marcus dio un paso adelante por instinto, con la rabia hirviéndole por dentro.
Antes de que pudiera moverse, Regal alzó una mano con calma.
—Deténgase.
No gritó.
No amenazó.
Y, sin embargo, aquella única palabra cortó el pasillo como un bisturí.
El capataz se giró, aún empuñando el látigo brillante.
—¿Y quién demonios es usted para darme órdenes...?
Se detuvo.
Regal simplemente lo miró.
Ojos grises, fríos.
Sin expresión.
Antiguos.
Detrás de aquella mirada silenciosa se erguían siglos de prestigio, influencia y autoridad.
El rostro del capataz perdió todo color al instante.
Reconoció la insignia.
Sabía exactamente quién tenía delante.
Una sola queja de Omicron...
Una sola orden administrativa...
Su carrera —y quizá su vida— habría terminado.
Tragando saliva, bajó el látigo.
—Co... como desee.
Se giró rápidamente hacia los demás guardias.
—Cuidado.
—Uno de los altos mandos está de visita.
—Y parece inusualmente sensible con el trato a los esclavos.
—Que nadie se exceda.
Marcus no esperó ni un segundo más.
Corrió hacia el anciano y lo ayudó a ponerse de pie.
El saturnino temblaba ligeramente.
Sus ojos brillantes estudiaron a Marcus con atención.
No había gratitud en ellos.
Solo cautela.
—Solo intento ayudar —dijo Marcus en voz baja.
Tres saturninos enormes rodearon inmediatamente al anciano.
Llenos de cicatrices.
Musculosos.
Cuerpos endurecidos por años en las minas.
Uno de ellos escupió sobre el suelo de acero.
—Nadie ayuda gratis, terrícola.
—Y usted no es bienvenido aquí.
Mientras se alejaban, Regal sonrió levemente.
—Tiene una tarea enorme por delante.
Marcus no lo miró.
—Necesito quince jugadores.
—Trece —corrigió Marcus al instante.
—Ya tengo dos esperando en la Tierra.
—Solo necesito trece más.
Por primera vez, Regal pareció genuinamente impresionado.
Aplaudió lentamente.
—Así que...
—Ya ha empezado a planificar.
—Bien.
—Continuemos.
---
Detrás de ellos, el anciano saturnino blandió de pronto su bastón de metal.
¡ZAS!
Aterrizó de lleno en la espalda del joven minero.
—¡Ay!
—¡Viejo!
—¿Por qué me golpeó?
Sin reducir el paso, el anciano respondió:
—Era un terrícola.
—Cierto... Saturno rara vez trataba con los otros planetas.
—Pero ese hombre me ayudó.
—Y el del traje impecable detuvo la paliza.
—Creo que vinieron con buenas intenciones.
—¿Y qué?
Otro golpe.
Más fuerte.
—¡Cuida esa lengua!
—Puede que seamos esclavos...
—Pero no somos bestias.
—Cuando un saturnino recibe una bondad...
—La devuelve el doble.
—¿Nadie te enseñó eso?
El joven bajó la cabeza.
—Mis padres eran saturninos.
—Sé de dónde vengo.
—Pero nací en la esclavitud.
—Esto es lo único que he conocido.
Los ojos del anciano se endurecieron.
Agarró al joven por la barbilla.
—La vida que has vivido no cambia lo que eres.
—No te conviertas en lo que esos monstruos quieren que seas.
—Una criatura sin alma.
—Un esclavo.
—Eres saturnino.
—Recuérdalo.
El joven guardó silencio.
Finalmente...
Asintió.
—Está bien.
—Iré tras ellos.
---
Alcanzó a Marcus y Regal cerca de una intersección oscura.
—¿Qué están buscando exactamente?
Marcus respondió sin vacilar.
—Estoy formando un equipo de fútbol.
—El Torneo Intergaláctico de Fútbol.
Un destello de reconocimiento cruzó el rostro del joven.
—Si no me equivoco...
—Este es el último año de la Tierra.
—Si pierden...
—La Tierra desaparece.
Marcus asintió.
—Así es.
El joven rio con amargura.
—Están en problemas.
—¿Y qué?
—¿Necesitan que les cosamos los uniformes?
Marcus negó con la cabeza.
—No.
—Necesito que todos se reúnan.
—Tengo un anuncio que hacer.
El joven lo estudió durante varios segundos antes de hacer una señal a los trabajadores cercanos.
En cuestión de minutos...
Cientos de esclavos agotados se congregaron alrededor.
Marcus subió a un contenedor de carga oxidado.
Respiró hondo.
—Escuchen con atención.
—La Tierra ya no tiene suficientes habitantes para formar un equipo completo.
—Por lo tanto...
—Bajo el Artículo Cuatro del Código Galáctico...
—Cualquier ciudadano perteneciente a la Federación del Sistema Solar...
—...puede representar oficialmente a la Tierra.
Silencio.
Miradas confundidas se extendieron entre la multitud.
—¿Y eso qué significa?
El anciano saturnino se abrió paso a empujones.
Sin previo aviso...
¡ZAS!
Golpeó a varios trabajadores cercanos con su bastón.
—¡Idiotas!
—¡Significa que no tienen que haber nacido en la Tierra!
—Si son de Mercurio...
—Venus...
—Marte...
—Júpiter...
—Saturno...
—Urano...
—Neptuno...
—O Plutón...
—Pueden vestir la camiseta de la Tierra...
—¡Y por fin enfrentar a esos bastardos!
Nadie dio un paso al frente.
Un mercuriano se cruzó de brazos.
—¿Y qué?
—Van a perder de todas formas.
—Omega siempre gana.
—Entonces, ¿por qué deberíamos ayudar?
Marcus abrió la boca.
El anciano lo interrumpió.
¡ZAS!
Su bastón aterrizó directamente en la cabeza de Marcus.
Marcus trastabilló hacia atrás.
—¡Ay!
—¡Idiota!
—rugió el anciano.
—¡Este hombre no les está ofreciendo un partido de fútbol!
—¡Les está ofreciendo la oportunidad de plantarse cara a cara con los monstruos que esclavizaron a sus padres...!
—...a sus abuelos...
—...¡y a los que esclavizarán a sus hijos!
—¿No quieren una sola oportunidad...
—...de devolverles el golpe?
—...¿de hacerlos sangrar en un campo de fútbol?
Silencio.
Esta vez...
Fue diferente.
No era desconfianza.
Era expectativa.
Una mujer venusina habló por fin.
—Entonces...
—¿Tendremos que seguir trabajando?
Marcus se frotó la nuca.
—No.
—Todos entrenaremos en el planeta Vulcano.
—Tiene las mejores instalaciones deportivas de la Federación.
Una oleada de murmullos escépticos recorrió la multitud.
—Tanta generosidad...
—Siempre esconde una trampa.
Regal dio un paso al frente.
Su voz serena resonó con claridad.
—El líder supremo Baltus está convencido de que Marcus nunca reunirá suficientes jugadores.
—Por eso le ha dado todas las ventajas posibles.
—Cuando la Tierra fracase inevitablemente...
—Nadie podrá acusar a Omega de injusticia.
Sonrió levemente.
—Clásico de Omega.
—Una mano sostiene el látigo.
—La otra ofrece caramelos.
Luego miró a su alrededor.
—Entonces...
—¿Dónde exactamente esperan encontrar jugadores de fútbol?
—No he visto a nadie jugando al fútbol.
Marcus siguió la mirada de Regal.
Entre los trabajadores...
Un joven saturnino hacía malabares sin esfuerzo con una esfera maltrecha hecha de chatarra comprimida.
Pecho.
Rodilla.
Hombro.
Cabeza.
El balón nunca tocaba el suelo.
Cada movimiento era impecable.
Puro instinto.
Marcus señaló.
—Él.
El anciano saturnino asintió.
—Y hay otro.
—Un chico descalzo.
—Corre más rápido que el viento.
—Nunca ha tenido un par de zapatos.
—Debería verlo.
—La velocidad no se enseña, terrícola.
—Es algo con lo que se nace.
Un escalofrío recorrió la espalda de Marcus.
Esto no era solo un reclutamiento.
Era ensamblar las piezas de una civilización destrozada.
Por primera vez...
El rompecabezas finalmente comenzaba a armarse.
—Llévenos hasta él —dijo Marcus.
Regal sonrió en silencio.
—El primer paso está dado, terrícola.
—Pero recuerde...
—Vulcano no entrena personas.
—Las forja.
—Y el fuego no tiene piedad con los que dudan.
Marcus apretó el cuaderno contra su pecho.
Lo miró.
Luego miró los rostros que tenía delante.
Poco a poco...
Ya no eran esclavos.
Se estaban convirtiendo en jugadores.
—Entonces que venga el fuego —susurró Marcus.
Y sin mirar atrás...
Caminó hacia el destino.