En su primera vida, ella fue invisible.
Hija mayor de una familia rica, creció viendo cómo el amor, la protección y las oportunidades se volcaban exclusivamente sobre su hermana menor. Sus padres la culparon por errores ajenos. Sus hermanos la ignoraron. Cuando el peligro llegó a casa, no dudaron en ofrecerla como sustituta, como cebo, como sacrificio.
Murió a manos de un asesino que nunca pagó por su crimen.
Y su familia… nunca buscó justicia.
Pero la muerte no fue el final.
Despierta en un nuevo cuerpo, en una familia poderosa donde es amada, protegida e intocable. Cuatro hermanos dispuestos a mancharse las manos por ella. Un hombre peligroso, heredero de un imperio, que la ama sin condiciones y la convierte en su esposa sin pedir explicaciones.
Con una nueva identidad y un poder que antes le fue negado, regresa para enfrentar a quienes la destruyeron. No busca perdón. No quiere respuestas.
Renació para verlos caer.
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21. El Amor No Estaba Planeado
Isabella no tardó en responder.
—Sí —dijo, con una sonrisa que le nacía desde el pecho—. Acepto casarme contigo.
Extendió la mano sin dudarlo. Lucien tomó su mano con cuidado, como si ese gesto fuera sagrado, y deslizó el anillo en su dedo. En cuanto se levantó, no pudo contenerse. Se acercó a ella y la besó.
No fue un beso apurado ni torpe. Fue profundo, intenso, de esos que se dan cuando el deseo y la emoción se mezclan sin pedir permiso. Lucien sostuvo el rostro de Isabella con ambas manos, como si quisiera memorizarla, y ella cerró los ojos, dejándose llevar por esa sensación cálida que le recorría el cuerpo y le nublaba los pensamientos. El mundo pareció detenerse solo para ellos.
Cuando se separaron, Lucien la abrazó con fuerza y, sin previo aviso, la levantó del suelo, dándole vueltas en el aire. Isabella rió, sorprendida, aferrándose a él mientras sentía esa felicidad pura que jamás había experimentado antes.
Regresaron al auto tomados de la mano y se dirigieron directamente a la residencia de los Valcour. El trayecto se sintió corto, como si la ciudad hubiera decidido acortar distancias solo para ellos.
Al llegar, entraron aún de la mano. La casualidad quiso que todos estuvieran en casa. Dante estaba allí, acompañado de su novia, que había ido de visita. Fue Elena quien los vio primero, y su reacción fue inmediata. Luego apareció el señor Valcour, que al ver la expresión de su hija ya parecía intuir la noticia.
Isabella respiró hondo y habló.
—Nos vamos a casar.
Elena soltó un grito emocionado, llevándose las manos al pecho. Aunque en el fondo lo sabía, aunque como madre lo había sentido desde hacía tiempo, escucharlo en voz alta era distinto. El señor Valcour sonrió con orgullo, acercándose para abrazar a su hija y luego estrechar la mano de Lucien con firmeza.
—Cuídala —le dijo—. Es lo más importante que tengo.
Los cuatro hermanos no tardaron en rodearlos. Las miradas eran serias, protectoras, casi intimidantes. Uno a uno dejaron claro, sin necesidad de muchas palabras, que Lucien estaba recibiendo en sus manos a la persona más valiosa de sus vidas.
—Más te vale no fallar —dijo uno.
—Ni una sola vez —añadió otro.
Lucien solo sonrió, seguro, sin incomodarse.
—No lo haré —respondió—. Jamás.
—Más te vale que cuides bien de Isa —advirtió Thiago, con el ceño fruncido y los brazos cruzados, como si estuviera evaluando a un enemigo y no a su futuro cuñado. Era, sin duda, el más celoso de todos. El que parecía menos dispuesto a soltar a su hermana gemela.
Lucien soltó una pequeña risa, entendiendo perfectamente de dónde venía esa advertencia. Thiago, aun así, terminó acercándose a Isabella y la abrazó con fuerza, sonriendo mientras le susurraba una felicitación sincera. Después vinieron Sebastián, Matteo y Dante, uno tras otro, cada abrazo distinto pero igual de protector. Isabella no pudo evitar reír, conmovida por ese exceso de amor que todavía le parecía irreal.
Ella y Lucien se alejaron hacia el jardín trasero de la casa, todavía riendo por los comentarios exagerados de sus hermanos. El aire ahí era más tranquilo, más íntimo. Lucien se detuvo de pronto y la miró con seriedad.
—Ya me encargué de que Adrián no vuelva a molestarte —dijo con calma.
Isabella se giró hacia él, sorprendida. Sonrió con suavidad, agradecida, pero negó levemente con la cabeza.
—Gracias… pero no tenías que ensuciarte las manos con gente así —respondió—. No vale la pena.
Lucien la escuchó perfectamente. Sonrió, tranquilo, como si ya hubiera aceptado algo que para ella aún no era evidente.
—Por ti haría cualquier cosa —dijo Lucien con calma—. Incluso vengarme por tu muerte, Valeria.
El mundo se detuvo.
Isabella frenó en seco y se giró lentamente. Lo miró como si no pudiera procesar lo que acababa de escuchar.
—¿Qué…? —su voz salió baja, tensa—. ¿Cómo sabes que soy Valeria?
Lucien no esquivó su mirada. No parecía sorprendido ni nervioso. Al contrario, estaba tranquilo, como alguien que llevaba mucho tiempo esperando ese momento.
—Porque siempre supe que eras Valeria —respondió—. Desde el momento en que despertaste.
Isabella sintió un nudo formarse en el pecho.
—¿Cómo? —preguntó—. ¿Cómo podrías saberlo?
Lucien se acercó despacio, sin invadir su espacio, pero lo suficientemente cerca como para que ella sintiera su presencia.
—Mi prima —explicó—. Ariane. Un día me dijo que tú habías muerto a manos de un asesino… y que tu alma volvería. Que renacerías en el cuerpo de Isabella Valcour.
Isabella lo miraba sin parpadear.
—¿Por eso…? —murmuró—. ¿Por eso te comprometiste conmigo?
—Por eso y por algo más —respondió él—. Porque yo ya estaba enamorado de ti desde antes.
Ella lo miró, sin entender.
Lucien sonrió, con una mezcla de nostalgia y certeza.
—Te vi una vez —dijo—. En un evento de caridad. Estabas junto al señor Montoya. eras muy callada ni siquiera te diste cuenta de mi presencia.
Isabella lo escuchaba en silencio.
—Desde ese día te investigué —continuó—. Y cuanto más supe, más claro lo tuve. Me enamoré de ti antes de que supieras que existía. Y cuando supe que habías muerto… —hizo una pausa—, supe que no iba a dejar que tu muerte quedará en vano.
Isabella sintió el pecho apretarse. No lloró. Solo lo miró, intentando entender cómo ese hombre había visto lo que nadie más quiso ver.
—Así que no —dijo Lucien, con calma—. No me ensucié las manos por obligación. Lo hice porque te amo desde mucho antes de que volvieras a abrir los ojos.
Isabella respiró hondo, con el corazón latiéndole fuerte.
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Isabella se quedó mirándolo, incapaz de procesar todo de inmediato. La revelación la había golpeado más fuerte de lo que esperaba. No era solo la sorpresa, era el alivio. Un alivio profundo, casi doloroso. Saber que Lucien no le había pedido matrimonio solo por ser Isabella Valcour, que no había amado un cuerpo ni un apellido, sino a ella, a Valeria. A la chica que había sido ignorada, rota y finalmente asesinada. A esa verdad.
No se dio cuenta de que estaba llorando hasta que sintió el roce cálido de los dedos de Lucien en su mejilla. Él se acercó despacio, sin apurarla, y le acarició el rostro con una delicadeza que contrastaba con todo lo que ella había vivido. Isabella colocó sus manos sobre las de él, como si necesitara anclarse, y alzó la mirada. Sus ojos estaban llenos de dolor, pero también de una determinación nueva, más oscura, más firme.
—Entonces ayúdame —dijo finalmente, con la voz quebrada—. Ayúdame a hacer que todos ellos paguen.
No había gritos ni rabia desbordada. Era peor. Era una súplica nacida del cansancio, del daño acumulado durante años, del recuerdo de una muerte injusta.
Lucien no dudó.
Asintió con calma, con esa serenidad peligrosa de quien ya tomó una decisión hace tiempo.
—Claro que te ayudaré —respondió—. Aunque no hubieras vuelto… aunque Valeria hubiera muerto para siempre, yo me habría encargado de destruirlos a todos.
No lo dijo con odio visible. Lo dijo como un hecho. Como algo inevitable.
—Yo me encargaré de la parte sucia —continuó—. De mover las piezas, de hacerlos caer uno por uno. Tú no tendrás que ensuciarte las manos más de lo que ya lo hicieron contigo.
Isabella cerró los ojos un instante. Respiró hondo. Por primera vez, no se sentía sola cargando con ese peso. Cuando los abrió de nuevo, había menos miedo en ellos.
Pasaron un rato más en el jardín, sin hablar demasiado. No hacía falta. Cuando finalmente regresaron a la casa, el ambiente seguía siendo cálido, familiar, ajeno a la tormenta silenciosa que acababa de sellarse entre ellos.
Lucien se despidió de todos con educación, pero fue a Isabella a quien buscó antes de irse. La tomó del rostro y le dio un beso en los labios, firme, protector, lleno de promesas no dichas. No fue largo, pero fue suficiente.
—Descansa —le dijo—. Yo me encargo del resto.
Isabella asintió.
Lucien subió al auto y se marchó, perdiéndose entre las luces de la calle. Isabella se quedó mirándolo hasta que desapareció por completo. Luego entró a la casa con el corazón acelerado, sabiendo que algo había cambiado para siempre.
La venganza ya no era solo una idea.
Ahora tenía un aliado.
Y esta vez,
nadie iba a escapar de las consecuencias.
oye Lucien préstame a tu prima que si es adivina en todo lo que dice.. jajajaja necesito averiguar varias cosas 🤣🤣🤣🤣😅😅😅