NovelToon NovelToon
LA IMPOSTORA DE SU PROPIA VIDA

LA IMPOSTORA DE SU PROPIA VIDA

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:3.2k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Dos hermanas gemelas, idénticas en apariencia pero completamente distintas por dentro. La favorita de todos, hermosa y vanidosa, se casó con un hombre millonario y tuvo tres hijos, pero no ama a nadie: maltrata a sus pequeños, engaña a su esposo y solo se queda por su dinero. La otra, siempre ignorada y menospreciada, es dulce, tímida y muy inteligente, y nunca tuvo un lugar propio en el mundo. Hasta que un día la hermana caprichosa decide huir y le ordena que tome su lugar: que viva su vida, que finja ser ella, que soporte lo que ella ya no quiere. Y así comienza la historia de una chica que se convierte en impostora de su propia sangre, descubriendo que la vida que le dieron era mucho más valiosa de lo que nadie jamás supo ver.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 12 LA MADRE QUE LLEGA, EL SECRETO QUE CRECE

La semana que siguió a la llegada de la carta pasó volando, pero no en la calma que todos deseaban. Cada día traía algo nuevo: una sombra que juraban ver detrás de los árboles al atardecer, un ruido extraño en el jardín durante la noche, el teléfono que sonaba y, al contestar, solo se oía la respiración de alguien al otro lado antes de cortar. Doña Carmen hizo instalar seis cámaras nuevas por toda la propiedad, cambió todas las cerraduras de la casa, habló personalmente con el comisario Herrera para que dos patrullas pasaran dos veces al día por la calle. Eduardo instaló una alarma nueva con sensores de movimiento en todas las ventanas y puertas. Y Elisa… Elisa aprendió a dormir con un ojo abierto.

Pero había una noticia que hacía que todo el miedo valiera la pena: **doña Marisa, la madre de Elisa y Valeria, llegaba ese día para vivir con ellos para siempre**.

Eran las diez de la mañana cuando el auto de Doña Carmen dobló la esquina de la calle y se detuvo frente a la verja de hierro. Elisa estaba parada en la entrada, con las manos entrelazadas con fuerza, el corazón latiéndole a mil por hora. Eduardo estaba a su lado, con un brazo alrededor de sus hombros, dándole apoyo silencioso. Los tres niños estaban saltando de emoción detrás de ellos: ya habían oído hablar tanto de la abuela Marisa que sentían que la conocían de toda la vida.

La puerta del auto se abrió. Primero bajó Doña Carmen, sonriendo, y luego ayudó a salir a una mujer delgada, de cabello cano recogido en un moño suave, ojos oscuros y dulces igualitos a los de Elisa, con un bastón en la mano derecha. Caminaba despacio, con cuidado, pero ya no cojeaba casi nada: la operación de la rodilla había sido un éxito total.

—¡Mamá! —susurró Elisa, y sin aguantar más corrió hacia ella.

Se abrazaron fuerte, largo rato, en medio de la vereda. Elisa lloraba de felicidad, escondiendo la cara en el cuello de su madre, oliendo ese perfume de lavanda y jabón de Castilla que recordaba de niña, el olor de su hogar verdadero. Doña Marisa la apretaba contra sí con todas sus fuerzas, acariciándole el pelo una y otra vez, murmurando palabras de amor que solo ella entendía.

—Por fin estamos juntas, hija mía —le decía, con la voz rota por la emoción—. Por fin. Ya nunca más nos separamos. Nunca más.

Cuando se separaron, los ojos de ambas estaban llenos de lágrimas, pero sonreían como nunca. Eduardo se acercó despacio, con respeto, y le tendió la mano.

—Bienvenida a casa, doña Marisa —dijo, con una sonrisa dulce—. Soy Eduardo. Espero que se sienta muy cómoda aquí. Todo lo que necesite, solo tiene que pedírmelo.

Doña Marisa lo miró de arriba abajo, con esos ojos claros que veían todo, y luego le apretó la mano con fuerza, más fuerte de lo que su delgadez hacía esperar.

—No hace falta que me llame doña —le dijo, con una sonrisa suave pero firme—. Tú me salvaste la vida a mí, y salvaste a mi hija de todo ese infierno. Para mí ya eres como un hijo. Llámame Marisa, o mamá si quieres. Me da igual. Con tal de que estemos todos juntos.

Eduardo se sonrojó un poco, emocionado, y asintió sin poder hablar. Luego fue el turno de los niños. Lucas fue el primero en lanzarse, sin timidez ninguna, agarrándose fuerte de la pierna de la anciana.

—¡Hola abuela Marisa! —gritó, muy contento—. ¡Yo soy Lucas! ¡Me gusta jugar al fútbol y comer helado de chocolate! ¡Te hice un dibujo!

Sofía se acercó después, más tímida, entregándole un papel doblado en cuatro con flores de todos los colores pintadas encima.

—Yo soy Sofía —dijo, bajito—. Este dibujo es para usted. Lo hice yo sola.

Y finalmente Mateo, que siempre era el más reservado, se acercó despacio, le tendió la mano con educación y le dijo con una sonrisa sincera:

—Bienvenida, abuela. Yo soy Mateo. Si necesita ayuda para caminar o para cualquier cosa, aquí estoy.

Doña Marisa se agachó lo mejor que pudo con su rodilla nueva, abrazó a los tres niños uno por uno, besándolos en la frente, con el corazón tan lleno que sentía que se le saldría del pecho.

—Gracias, mis amores —les dijo, con los ojos brillantes—. Son los nietos más hermosos que una abuela podría desear. Ya verán como vamos a ser muy felices todos juntos.

Entraron todos en la casa. Doña Marisa caminó por los pasillos despacio, mirando todo con curiosidad: las fotos en las paredes, los muebles de madera oscura, las flores frescas en las mesas, la luz del sol que entraba por todas las ventanas. Cuando llegaron a la habitación que le habían preparado en el piso de abajo —grande, luminosa, con una cama cómoda, un armario nuevo y una mecedora frente a la ventana que daba al jardín de rosas—, se tapó la boca con la mano y no pudo evitar llorar otra vez.

—Es hermoso —susurró, mirando a Elisa—. Nunca en mi vida pensé que tendría algo tan bonito.

—Es suyo, mamá —le dijo su hija, apretándole la mano—. Para siempre. Aquí está en su casa. Con su gente.

Pasaron el resto del día celebrando. Prepararon un almuerzo grande: asado, ensaladas, pan recién horneado, el postre favorito de todos. Comieron todos juntos en la mesa grande del comedor, riendo, contando anécdotas, hablando de planes para el futuro. Doña Marisa contó historias de cuando Elisa y Valeria eran pequeñas, de cómo eran distintas desde el vientre: Elisa tranquila, dulce, siempre dispuesta a ayudar; Valeria inquieta, lista, con una mirada que ya entonces prometía que haría lo que quisiera sin importarle quién saliera lastimado.

Cuando escuchó el nombre de Valeria, Doña Marisa se puso seria. Dejó el tenedor sobre el plato, miró a todos alrededor de la mesa, uno por uno, y habló con una voz firme que nadie le había oído nunca.

—Ya sé todo lo que pasó —dijo—. Doña Carmen me contó cada detalle en el camino desde el hospital. Sé lo que mi hija mayor hizo. Sé que usó a su propia hermana como escudo, sé que amenazó con matarme, sé que casi destruye a esta familia entera. Quiero que sepan una cosa: Valeria ya no es mi hija. Para mí, esa mujer murió hace mucho tiempo, cuando decidió hacer todo ese mal. La única hija que tengo ahora es Elisa. Y ustedes —miró a Eduardo, a los niños, a Doña Carmen—, ustedes son mi familia verdadera. Si Valeria alguna vez aparece por aquí, si se atreve a acercarse a cualquiera de ustedes… tendrá que pasar por encima de mí primero. Y yo, aunque tenga una rodilla nueva, todavía sé pelear por lo que amo.

Todos se quedaron callados un segundo, conmovidos por la fuerza de aquellas palabras. Luego Doña Carmen levantó su copa de vino, con una sonrisa de aprobación.

—¡Brindo por eso! —gritó, fuerte y alegre—. ¡Brindo por las madres guerreras, por las familias que se eligen, y porque esa maldita mujer nunca vuelva a aparecer por nuestras vidas!

—¡Salud! —gritaron todos juntos, chocando las copas y los vasos.

Por unas horas, por un rato mágico, todos olvidaron las cartas, las sombras, los ruidos extraños. Solo estaban ellos, la comida rica, las risas de los niños, el amor que llenaba cada rincón de aquella casa que ya era un verdadero hogar.

Pero la paz no duró mucho.

Hacia las cinco de la tarde, cuando los niños ya jugaban en el jardín y las cuatro adultas tomaban té en la sala, sonó el timbre de la puerta con insistencia. Una, dos, tres veces. Rápido. Impaciente.

Todos se quedaron callados de golpe. Eduardo, que estaba en el despacho revisando papeles, salió de inmediato con la cara seria. Miró por la pantalla del interfono: afuera había una mujer joven, delgada, con el pelo castaño recogido en una coleta, lentes oscuros, un bolso grande colgado del hombro. No la conocía.

—¿Quién es? —preguntó por el micrófono, con voz firme.

La mujer se acercó a la cámara, se quitó los lentes y sonrió. Una sonrisa amable, educada, demasiado perfecta.

—Buenas tardes —dijo, con una voz clara y dulce—. Soy **Pilar Quinteros**, la nueva psicóloga del colegio de los niños. Vine a hacer una visita de cortesía, para conocer a las familias. ¿Podría entrar unos minutos? No le quitaré mucho tiempo, lo prometo.

Elisa sintió que un escalofrío le recorría todo el cuerpo. No sabía por qué, pero aquella mujer le inspiraba una desconfianza absoluta desde el primer segundo. Algo en su mirada, en la forma en que sonreía sin que la sonrisa le llegara a los ojos, le recordaba demasiado a alguien. A Valeria.

Eduardo miró a Elisa por encima del hombro, preguntándole sin palabras qué hacer. Ella asintió débilmente: no podían negarle la entrada, era la funcionaria del colegio. Sería demasiado sospechoso.

—Pase —dijo Eduardo, y apretó el botón para abrir la verja.

Minutos después, Pilar entraba en la sala. Se quitó el abrigo, lo colgó en el perchero, saludó a todos con una inclinación de cabeza educada, y se sentó en el sofá que le indicaron. Aceptó una taza de té, tomó un sorbo pequeño, y luego empezó a hablar con una facilidad asombrosa, como si los conociera de toda la vida. Preguntó por cada uno de los niños, por sus notas, por cómo dormían, por si habían tenido cambios de humor últimamente. Escuchaba con atención, asentía, tomaba notas en una pequeña libreta negra que sacó de su bolso.

Todo parecía normal. Correcto. Inofensivo.

Pero Elisa no la perdía de vista ni un segundo. Notó cómo, cada vez que preguntaba algo, sus ojos se desviaban un instante hacia los cuadros de la pared, hacia las puertas, hacia cada rincón de la casa, como si estuviera mapeando todo mentalmente. Notó cómo, cuando hablaba de Mateo, su lápiz se quedaba quieto sobre el papel un segundo más de la cuenta, escuchando cada detalle con demasiado interés. Notó, sobre todo, que cuando Doña Carmen mencionó de pasada el nombre de Valeria, la mano de Pilar tembló lo suficiente para derramar una gota de té sobre su falda.

—¡Ay, perdón! —dijo la mujer, riendo con nerviosismo y secándose la mancha rápidamente—. Soy una torpe, perdóneme.

—No pasa nada —dijo Doña Carmen, sonriendo, pero sus ojos estaban fríos y atentos. Ella también lo había notado.

Pilar se quedó cuarenta y cinco minutos exactos. Cuando se fue, se despidió de todos con mucha amabilidad, les dio las gracias por la hospitalidad, y les prometió que volvería pronto para seguir con las entrevistas. Pero antes de cruzar la puerta principal, se detuvo, se giró hacia Elisa y le dijo, con esa sonrisa dulce que ya no engañaba a nadie:

—Usted es una mujer muy afortunada, señora Elisa. Tiene una familia maravillosa. Una vida perfecta. Ojalá nada ni nadie se la arruine nunca, ¿verdad?

Y sin esperar respuesta, salió y se fue.

En cuanto la puerta se cerró con llave y oyeron el auto alejarse, todos se miraron. El silencio en la sala era pesado, tenso. Nadie tenía que decir nada: todos habían sentido lo mismo.

—No me gusta nada esa mujer —dijo Doña Marisa primero, frunciendo el ceño, golpeando levemente el suelo con su bastón—. Tiene mirada de víbora. Igualita que la de Valeria. No vino aquí por los niños. Vino a mirarnos. A medirnos. A buscar algo que pueda usar contra nosotros.

—Tiene razón —dijo Doña Carmen, seria, caminando de un lado a otro de la sala—. Una psicóloga del colegio no hace visitas a domicilio sin avisar antes. No pregunta tantas cosas de la vida privada de la familia. Y definitivamente no reacciona así cuando oye el nombre de Valeria. Esa mujer no es lo que dice ser.

Eduardo sacó su teléfono y llamó de inmediato a la directora del colegio. La conversación duró cinco minutos. Cuando colgó, su cara estaba más pálida que nunca.

—Dice que sí, que Pilar Quinteros empezó a trabajar ahí hace tres semanas —dijo, lento—. Que tiene referencias impecables, que viene muy recomendada. Pero… —hizo una pausa, tragando saliva—. Dice que hoy no tenía ninguna visita programada a casas de familias. Que ella misma decidió venir por su cuenta, sin avisar a nadie.

Elisa cerró los ojos. Todo encajaba. La carta de Valeria, las sombras, los ruidos por la noche, y ahora esta mujer extraña que aparecía de la nada, haciéndose pasar por lo que no era, entrando en su casa como si fuera dueña de ella.

—Valeria la envió —dijo finalmente, abriendo los ojos, con una certeza absoluta en la voz—. O Ramiro. O los dos juntos. Están probándonos. Quieren ver cómo reaccionamos, qué sabemos, cuáles son nuestros puntos débiles. Pilar es solo la primera pieza. Van a venir más.

—Entonces jugaremos su mismo juego —dijo Doña Carmen, con esa mirada de acero que la había hecho sobrevivir a setenta años de dificultades—. Dejaremos que piense que nos la creemos. Que somos una familia feliz e ingenua que no sospecha nada. Pero por dentro, estaremos un paso por delante de ellos siempre. Cada movimiento que hagan, lo sabremos antes. Cada mentira que digan, la tendremos grabada. Esta vez no nos van a pillar desprevenidos. Nunca más.

Aquella noche, después de que los niños se durmieran y de que Doña Marisa también se hubiera retirado a descansar, Elisa y Eduardo se quedaron solos en la cocina, tomando un último café antes de ir a la cama. Afuera empezaba a caer una llovizna fina y suave que golpeaba despacio los vidrios de las ventanas.

Eduardo tomó la mano de Elisa entre las suyas, la apretó con fuerza.

—Esto apenas empieza, ¿verdad? —le dijo, bajo, mirándola a los ojos.

Elisa asintió despacio. Miró por la ventana hacia la oscuridad del jardín, hacia las sombras que se movían con el viento, y pensó en la carta de Valeria, en la mirada de Pilar, en todo lo que aún tenían que enfrentar. Pero luego miró a Eduardo, pensó en los niños durmiendo arriba, en su madre en la habitación de al lado, en Doña Carmen en su casa lista para ayudar en lo que hiciera falta… y sintió que el miedo se le iba transformando otra vez en esa fuerza que la hacía invencible.

—Sí —respondió, firme—. Apenas empieza. Pero esta vez no jugamos a defendernos solo. Esta vez vamos a atacar también. Vamos a averiguar quién es realmente Pilar, a quién le responde, qué quieren exactamente. Y cuando Valeria decida mostrar la cara… la estaremos esperando. Preparados.

Se quedaron así, tomados de la mano, mirando juntos la lluvia caer, sin hablar más. No hacía falta. Ambos sabían que lo que venía sería más duro que todo lo que habían pasado antes. Pero también sabían que, esta vez, no estaban solos. Tenían una familia. Tenían un ejército de amor y lealtad que nadie podría romper jamás.

Muy lejos, en una habitación oscura de un hotel barato del puerto, Valeria estaba sentada frente a una mesa llena de fotos de la familia: Elisa riendo, Eduardo abrazándola, los niños jugando en el jardín, Doña Marisa llegando a la casa. Pilar estaba de pie a su lado, escribiendo en la misma libreta negra que había llevado a la visita.

—Entraron sin problemas —dijo Pilar, con voz fría y profesional—. No sospechan nada. Creen que soy solo una psicóloga un poco rara. En dos semanas tendré todas las pruebas que necesites. Pruebas para quitarles a los niños para siempre. Pruebas para mandar a tu hermana a la cárcel por muchos años.

Valeria sonrió. Una sonrisa lenta, fría, llena de odio y de planes que nadie más conocía. Pasó un dedo despacio por la cara de Elisa en una de las fotos, como si quisiera borrarla de la existencia.

—Muy bien —dijo, baja, mirando por la ventana hacia la ciudad donde su hermana vivía la vida que ella creía que le correspondía a ella—. Sigue así. Ve desmoronándolos poquito a poco. Que no se den cuenta de nada hasta que sea demasiado tarde. Quiero que Elisa lo pierda todo. Todo. Quiero que se quede sin nada, exactamente igual que me dejó a mí. Y cuando esté de rodillas, suplicando… ahí apareceré yo. Para darle el golpe final.

Pilar asintió y siguió escribiendo. Afuera, la lluvia seguía cayendo, lavando las calles de la ciudad, pero no podía lavar el odio que crecía cada día más fuerte en el corazón de la mujer que juraba destruirlo todo.

1
Graciela Calcaterra
Esto cada vez tiene menos sentido,no era que lo había dejado en el aula de la escuela? Y ahora resulta que está en la casa.Coherencia por favor,esto es una burla!
Graciela Calcaterra
Esto cada vez tiene menos sentido,no era que lo había dejado en el aula de la escuela? Y ahora resulta que está en la casa.Coherencia por favor,esto es una burla!
Graciela Calcaterra
Ahora se llama Eduardo no Leonardo,muy confusas está novela, repetís texto,confusa
nezhan: ¡Hola Graciela! Disculpa la confusión 🙏 Tienes toda la razón, cometí errores con el nombre y repeticiones de texto. Ya los corregí de inmediato. Muchas gracias por avisarme, de verdad lo valoro mucho. ¡Gracias por leer!
total 1 replies
Graciela Calcaterra
Tiene 23 años y un hijo de 8 años,lo tuvo a los 15 , entonces que se casó a los 14 años 🤔?
nezhan: ¡Hola! 😊 Muchas gracias por leer y por fijarte en ese detalle. Te lo explico: ella tiene 23 años y su hijo 8, lo que significa que lo tuvo a los 15 años, no que se casara a los 14. Esa confusión se debe a que al leerlo rápido puede parecer que digo que se casó a esa edad, pero en realidad se casó poco después de cumplir los 15, ya que en esa época y en ese entorno era costumbre hacerlo así al quedar embarazada. ¡Gracias por tu pregunta!
total 1 replies
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play