Después de dejar atrás las mentiras, Alessandro Moretti y Valentina Visconti descubren que el amor no basta cuando el poder, la mafia y los secretos familiares reclaman su lugar. Viejos enemigos regresan, nuevas alianzas nacen y el apellido Moretti demostrará que la felicidad siempre tiene un precio. Porque algunas guerras no se eligen... pero sí obligan a decidir hasta dónde estás dispuesto a llegar por la persona que amas.
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6- sombras del pasado
Treinta años de exilio...
Podían cambiar muchas cosas.
Pero no eran suficientes para borrar el odio.
Una vieja residencia, oculta entre las montañas, permanecía rodeada por un pequeño grupo de hombres armados.
No había lujos.
No había escoltas interminables.
Solo el silencio propio de quienes llevaban demasiado tiempo escondiéndose del mundo.
Un hombre descendió lentamente de una camioneta negra.
Observó la antigua casa durante unos segundos.
Después caminó hacia la entrada.
La puerta principal se abrió.
Al fondo del salón...
Sentado frente a una chimenea apagada...
Vittorio Moretti levantó lentamente la vista.
Los años habían dejado marcas profundas en su rostro.
Pero sus ojos seguían conservando el mismo orgullo de siempre.
El visitante sonrió.
—Ha pasado mucho tiempo, Vittorio.
Vittorio no respondió.
Solo observó al hombre que acababa de entrar.
—Treinta años.
Murmuró finalmente.
—Y aún sigues respirando.
El desconocido soltó una ligera risa.
—Te sorprende... A mí no.
Tomó asiento frente a él sin esperar invitación.
—Vengo con noticias.
Vittorio permaneció en silencio.
—Tu sobrino tomó el control de la familia Moretti.
El anciano no mostró ninguna reacción.
—Ya lo sé.
El visitante continuó.
—Dicen que se parece mucho a Alexander.
No físicamente.
Sonrió con ironía.
—Sino en su forma de pensar.
Quiere negociar.
Quiere evitar guerras.
Quiere construir alianzas.
Durante unos segundos... Vittorio cerró los ojos.
Como si aquellas palabras despertaran viejos recuerdos.
—Exactamente igual que su padre.
Murmuró.
El visitante apoyó los codos sobre las piernas.
—Y ya sabes cómo terminó Alexander.
Vittorio volvió a abrir los ojos.
—Lo sé.
El hombre sonrió.
—Los idealistas siempre creen que pueden cambiar las reglas del juego.
Hasta que el juego termina cambiándolos a ellos.
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
Entonces el visitante habló nuevamente.
—He decidido regresar.
Vittorio levantó apenas una ceja.
—¿Después de treinta años?
—Sí. Ya quedan muy pocos que puedan reconocerme. Y los que todavía lo hagan...
Su sonrisa se volvió fría.
—Pueden desaparecer.
Vittorio sostuvo su mirada durante varios segundos.
Después negó lentamente.
—Cometerías un error.
—¿Ah, sí?
—Italia ya no es la misma que dejaste.
Ahora hay hombres capaces de hacerte frente.
El visitante soltó una breve carcajada.
—Precisamente por eso estoy aquí.
Se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Quiero proponerte una alianza.
Vittorio no necesitó ni un segundo para responder.
—No.
La sonrisa desapareció del rostro del visitante.
—Ni siquiera quieres escucharme.
—No. Porque ya conozco el final de esa historia.
Hubo un largo silencio.
El visitante se puso lentamente de pie.
Acomodó su saco. Y caminó hacia la puerta.
Antes de salir... Se detuvo.
Sin volver la mirada.
Habló con absoluta tranquilidad.
—Cuando tenga bajo mi control a toda la mafia italiana... Vendrás a buscarme.
Y ese día... Serás tú quien me suplicará una alianza.
Vittorio no respondió.
Esperó a que la puerta se cerrara.
Solo entonces dejó escapar un largo suspiro.
Por primera vez en muchos años...
Sintió miedo.
No por él.
Sino por Alessandro.
Porque acababa de comprender que la paz que su sobrino intentaba construir...
Estaba a punto de enfrentarse a un enemigo que llevaba treinta años esperando el momento de regresar.. y que todo terminaría en un derramamiento de sangre.
El motor de la camioneta volvió a rugir.
La vieja residencia desapareció lentamente por el espejo retrovisor.
Durante varios kilómetros... Nadie habló.
El conductor mantenía la vista fija en la carretera.
Hasta que, finalmente, rompió el silencio.
—¿De verdad esperaba que Vittorio aceptara?
El hombre observaba distraídamente el paisaje.
—No.
Respondió con tranquilidad.
—Entonces... ¿Por qué perder el tiempo?
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—Porque necesitaba comprobar algo.
El conductor esperó.
—Quería saber si todavía era capaz de pensar como un Moretti.
Hizo una breve pausa.
—Y no me equivoqué. Sigue siendo un hombre orgulloso. Leal.
Y demasiado predecible.
El conductor asintió.
—¿Qué haremos ahora?
El hombre desvió lentamente la mirada hacia la ventana.
—Lo que llevamos preparando durante treinta años.
Abrió una pequeña carpeta de cuero que descansaba sobre sus piernas.
En su interior había decenas de fotografías.
Empresas.
Puertos.
Bodegas.
Edificios.
Y rostros.
Muchos rostros.
Algunos estaban marcados con una línea roja.
Otros con un círculo negro.
Pero hubo uno que llamó especialmente la atención del conductor.
Una fotografía de Alessandro Moretti.
Junto a ella... Valentina Visconti.
Y una tercera.
Marcus Greco.
El conductor frunció ligeramente el ceño.
—¿También él?
El hombre cerró la carpeta.
—Si Moretti y Greco se unen...
No habrá espacio para nadie más en el país.
Así que no pienso permitir que eso ocurra.
Guardó nuevamente la carpeta.
—Durante años todos creyeron que desaparecí.
Que abandoné ese miserable lugar.
Que renuncié al poder.
Sonrió con frialdad.
—Nunca entendieron que el exilio fue la mejor oportunidad que pudieron darme.
Mientras ellos peleaban entre sí...
Yo aprendía.
Construía.
Esperaba.
El conductor lo observó por el espejo.
—¿Y ahora?
El hombre levantó lentamente la vista.
Sus ojos reflejaban una calma inquietante.
—Ahora... Es nuestro turno.
La camioneta avanzaba por una carretera solitaria.
El hombre sacó un teléfono celular del bolsillo de su saco.
Marcó un número.
La llamada fue respondida casi de inmediato.
—Habla.
Se escuchó al otro lado de la línea.
El desconocido sonrió.
—Hace mucho tiempo que no conversábamos, Samuel.
Hubo un breve silencio.
—¿Qué quieres?
—Pensé que te interesaría saber una noticia.
Tu hijo acaba de sentarse a negociar con Alessandro Moretti.
Y, por lo que pude averiguar...
Está dispuesto a firmar un tratado de paz con esa familia.
El silencio al otro lado de la línea se volvió pesado.
Finalmente, Samuel habló.
—Eso no ocurrirá.
—Eso dependerá de ti.
Respondió el desconocido con tranquilidad.
—Aunque, si me permites un consejo...
Lo peor que pudiste hacer fue entregarle el liderazgo a un hombre que prefiere negociar antes que conquistar.
Un hombre... Débil.
La llamada terminó.
El desconocido guardó el teléfono sin decir una palabra más.
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
La primera pieza acababa de moverse.
Esa misma noche...
La residencia principal de la familia Greco.
Marcus revisaba unos documentos en su despacho cuando la puerta se abrió de golpe.
Samuel Greco entró sin anunciarse.
Su rostro reflejaba una furia difícil de contener.
—¿Es cierto?
Marcus levantó lentamente la vista.
—¿Qué cosa?
—Que pretendes sentarte a negociar con los Moretti.
Marcus cerró la carpeta que tenía frente a él.
—No pretendo hacerlo.
Voy a hacerlo.
Samuel golpeó la mesa con el puño.
—¡Estás olvidando quiénes son!
Marcus permaneció sentado.
Sereno.
—No.
Precisamente porque sé quiénes son...
Sé que una guerra solo traerá más muertos.
Samuel dio un paso al frente.
—Mientras yo siga con vida...
No permitiré esa alianza.
Marcus sostuvo su mirada.
—Con todo respeto...
Ya no eres tú quien toma esas decisiones.
El despacho quedó completamente en silencio.
Samuel apretó la mandíbula.
—Todavía puedo darte órdenes.
Marcus esbozó una leve sonrisa.
Una sonrisa fría.
—No. Ya no.
Se puso lentamente de pie.
—Fuiste tú quien me entregó el patriarcado de la familia.
Lo hiciste delante de nuestros capitanes.
Y delante de nuestros hombres.
Ahora soy yo quien dirige a los Greco.
Samuel dio otro paso.
—Te equivocas.
Marcus levantó apenas la voz.
—No. El que se equivoca eres tú.
Recorrió con la mirada a los capitanes que permanecían alrededor del despacho.
—Adelante.
Dijo con absoluta tranquilidad.
—Todo aquel que decida obedecer las órdenes de mi padre por encima de las mías...
Que dé un paso al frente.
Nadie se movió.
El silencio fue absoluto.
Marcus asintió lentamente.
—Eso imaginaba.
Volvió a mirar a Samuel.
—Porque todos saben lo mismo que yo.
Acabas de intentar arrebatarme una autoridad que me pertenece por derecho.
Y tú mismo me enseñaste cuál es el castigo para quien traiciona al patriarca de la familia.
Los ojos de Samuel se abrieron apenas.
Marcus dio un paso hacia él.
Su voz se volvió firme. Inquebrantable.
—La traición...
Se paga con sangre.
Durante varios segundos, ninguno de los dos apartó la mirada.
Finalmente...
Samuel retrocedió un paso.
Comprendió que había perdido.
No frente a un hijo.
Sino frente al nuevo jefe de la familia Greco.
Marcus esperó a que abandonara el despacho.
Solo entonces volvió a sentarse.
Sin embargo, por primera vez desde que había heredado el patriarcado...
Entendió que la mayor amenaza para su liderazgo no provenía de los Moretti.
Sino de su propia sangre.
Mathias Greco otro resentido más que jugará a ser padre de Sophia veremos qué pasará con Dante 🤔🤔🤔❓❓❓
Ahora aparece Mathias el hermano gemelo de Samuel y "supuestamente padre de Sophia" que papel jugará en esta guerra.
Una pregunta si Mathias sobrevivió la madre de Marcus y Sophia que se llama Elena si murió 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Que decisión tomará Marcus Greco con su hermana y con Dante Moretti porque no los quiere juntos.
Puede ser Matteo 🤔🤔🤔❓❓❓
Puede ser Dante 🤔🤔🤔❓❓❓
Alessandro no creo su padre Alexander y su madre lo estaban criando para ser el futuro heredero Moretti igual no me asombraría si Liose cambia ese panorama sería feo enfrentar a dos medios hermanos.