Unas vacaciones de libertad era todo lo que Maya buscaba para escapar de una rutina asfixiante y de un novio que no la valoraba. Lo que nunca imaginó fue cruzarse con él: un hombre misterioso, de cabello oscuro y una mirada color miel tan magnética como peligrosa. Entre ellos, la atracción no fue normal; fue una obsesión instantánea. Fueron días y noches de una pasión ardiente, salvaje y sin reglas, bajo una única condición: no decirse sus nombres para que el sueño fuera eterno.
Pero los sueños terminan. Él desapareció primero, dejándola con el corazón acelerado y una realidad demoledora al regresar a casa. Tras enterarse de que estaba embarazada, su novio la abandonó de la peor manera, dejándola sola y señalada. Si no hubiera sido por el amor incondicional de su abuelo Walter, Maya no habría sabido cómo salir adelante.
Tres años después, el Destino los volvió a unir
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Capítulo 1: El reflejo de tu mirada
El llanto suave y los balbuceos mañaneros fueron el despertador más hermoso que Maya pudo haber deseado. Se removió entre las sábanas blancas, estirando los brazos con una sonrisa que se le dibujó en el rostro de manera automática. No importaba lo cansada que pudiera estar por el trabajo de la empresa o por las noches de desvelo; escuchar esa vocecita siempre era su mejor combustible.
Se levantó de la cama, descalza, y caminó los pocos pasos que separaban su cama de la cuna de madera blanca. Allí estaba ella.
—¡Arriba, hijita hermosa! —exclamó Maya con voz cantarina, asomándose por el borde.
La pequeña Cielo, de apenas dos añitos, dejó de jugar con sus pies y miró hacia arriba. Al ver a su mamá, soltó una risita cristalina, extendiendo sus manitas gorditas para que la cargara. Maya no se resistió. La tomó en brazos, pegándola a su pecho, llenándole las mejillas de besos ruidosos mientras la niña se retorcía de la risa.
—¿Cómo amaneció mi reina hermosa? Vamos a lavarte esa carita de floja y a ponerte muy linda, ¿sí?
Cielo asintió, escondiendo su cabecita en el cuello de su madre. Fue en ese momento, cuando la niña se separó un poco para balbucear algo incomprensible, que sus miradas se cruzaron de lleno.
Maya sintió el ya conocido vuelco en el corazón. Cielo abrió de par en par esos lindos ojitos. Unos ojos grandes, expresivos y de un color miel tan puro y brillante que relucían con la luz del sol que entraba por la ventana.
Esos ojos. El eterno recordatorio de hace tres años atrás.
Maya acarició la mejilla de su hija, perdiéndose por un segundo en el pasado. Era imposible no viajar en el tiempo cada vez que la miraba. Recordó aquella noche en las vacaciones, el calor de la playa, la música de fondo y a ese hombre misterioso de cabello oscuro que la había mirado con una intensidad que casi le quema la piel. Recordó la obsesión mutua, las manos de él recorriendo su cuerpo, las promesas silenciosas entre las sábanas de un hotel y la pasión descontrolada que compartieron durante días. Un romance perfecto donde acordaron no decirse sus nombres para mantener la fantasía, sin saber que el destino les jugaría una carta permanente. Él se había ido primero, dejándola con el corazón acelerado y, semanas después, con la sorpresa de un test de embarazo positivo.
—Son iguales a los de él... —susurró Maya con un deje de melancolía, rozando las pestañas de la bebé—. Lamento tanto no recordar su nombre, mi amor. Ni siquiera sé cómo llamarlo en mis pensamientos... Pero me dejó el regalo más hermoso de mi vida, que eres tú.
Sacudiendo la cabeza para alejar la nostalgia, Maya besó la frente de Cielo. No era momento de ponerse triste. Tenía una vida por delante, un trabajo que sacar a flote y una hija que mantener. Llevó a la pequeña al baño, le lavó la carita con cuidado, le cepilló los pocos dientes que tenía y luego la cambió. Le puso un lindo vestidito de algodón color amarillo con flores blancas que la hacía ver como un verdadero sol.
Tomando a la niña de la mano, bajaron las escaleras de la gran casa. En el comedor, el olor a café recién hecho y tostadas inundaba el ambiente. Sentado a la cabecera de la mesa, leyendo unas carpetas, estaba el abuelo Walter.
Apenas escuchó los pasitos torpes de la bebé en el suelo, el anciano levantó la vista y sus ojos se iluminaron por completo. Dejó los papeles a un lado y abrió los brazos.
—¡Pero miren quién viene ahí! ¡Si es la reina de esta casa! —dijo Walter con una voz ronca pero llena de ternura.
Cielo soltó la mano de su mamá y corrió todo lo rápido que sus cortas piernas le permitían.
—¡Abue! ¡Abue! —gritaba feliz.
Walter la alzó upa con cuidado, sentándola en su regazo mientras la llenaba de mimos.
—¿Cómo está mi nieta? La única y absoluta preferida del abuelo, la dueña de todo mi cariño. ¿Dormiste bien, mi pedacito de cielo?
La niña, feliz de ser el centro de atención, empezó a juguetear con los botones de la camisa del abuelo, balbuceando con entusiasmo.
—Papá... papá... ta... ¡tata! —decía señalando los dibujos de la mesa, metiéndose una galleta a la boca y haciendo reír al anciano con sus ocurrencias.
Maya observó la escena desde la puerta del comedor, sintiendo una calidez inmensa en el pecho. Su abuelo había sido su roca. Cuando sus padres murieron, él se hizo cargo de ella. Y cuando regresó de aquellas vacaciones embarazada, asustada y traicionada por un novio cobarde que la abandonó e insultó al enterarse de la noticia, Walter no lo dudó ni un segundo. La abrazó, le limpió las lágrimas y le prometió que criarían a esa criatura con todo el amor del mundo. Y así había sido.
—Buenos días, abuelo —dijo Maya acercándose para darle un beso en la mejilla y sentarse a desayunar—. Veo que ya te robó el corazón por completo hoy.
—Esta niña me da diez años más de vida cada mañana, Maya —respondió Walter sonriendo—. Por cierto, ¿está todo listo para la empresa? Recuerda que hoy es un día crucial.
Maya asintió, tomando un sorbo de café mientras su expresión se volvía más profesional.
—Sí. Los inversionistas y el equipo legal están citados a primera hora. Tenemos esa reunión imprevista con el nuevo CEO del consorcio internacional. Dicen que viene decidido a hacernos una oferta de trabajo y una alianza que podría salvar nuestras acciones de exportación. Es una oportunidad de oro, pero admito que estoy un poco nerviosa. Dicen que el hombre es implacable.
—Tú eres una mujer inteligente y capaz, hija. No dejes que nadie te intimide. Ve y demuestra de lo que estás hecha —la animó el abuelo, apretándole la mano.
Media hora después, el movimiento en la casa era total. Maya se vistió con un elegante traje de sastre color azul marino que estilizaba su figura y denotaba autoridad, aunque mantuvo su cabello castaño suelto en ondas suaves. Preparó la pañalera, los juguetes y todo lo necesario. Como el abuelo tenía que quedarse a descansar por recomendación médica, Maya decidió llevarse a la bebé y a la niñera a la empresa; prefería tener a Cielo cerca en un día tan largo.
El trayecto en el auto fue rápido. Al llegar al imponente edificio de la empresa, la niñera, una joven de total confianza, tomó el cochecito de la bebé.
—Yo me quedo aquí abajo en el área VIP de la recepción con la niña, señora Maya. No se preocupe, la haré dar una vuelta por el jardín del edificio si se aburre —le dijo la niñera con una sonrisa amable.
—Gracias, de verdad. Si llora o necesita algo, me avisas de inmediato por el celular, no importa si estoy en la junta —indicó Maya, agachándose para darle un último beso a Cielo—. Pórtate bien con la niñera, mi amor. Mamá vuelve en un ratito.
La bebé le batió las manitas a modo de despedida mientras balbuceaba un "adiós".
Maya respiró hondo, enderezó la espalda y caminó hacia los ascensores. El corazón le latía a un ritmo acelerado, una extraña intuición le recorría la espina dorsal, como si el aire estuviera cargado de electricidad. Se obligó a calmarse. "Es solo una reunión de negocios", se repitió a sí misma mientras el ascensor subía hacia el piso de la presidencia.
Las puertas se abrieron. El piso ejecutivo estaba en un silencio sepulcral, reflejando la tensión de los empleados ante la llegada del misterioso inversionista. La secretaria de la junta le abrió la gran puerta de doble hoja de la oficina principal.
—Ya están todos adentro, ingeniera. Solo faltaba usted para iniciar —le susurró la secretaria.
Maya asintió con la cabeza, acomodó los papeles contra su pecho y dio un paso firme hacia el interior de la sala de juntas.
La habitación era amplia, con una enorme mesa de cristal rodeada de ejecutivos que permanecían rígidos en sus asientos. Pero lo que congeló la sangre de Maya no fue la mirada del comité. Fue el hombre sentado en la silla principal, justo en el extremo opuesto.
Tenía un traje italiano hecho a la medida que resaltaba sus hombros anchos y una postura imponente que irradiaba un poder absoluto. Su cabello oscuro estaba perfectamente peinado hacia atrás, pero lo que hizo que a Maya se le cortara la respiración por completo fueron sus ojos. Esos ojos de un color miel intenso, magnéticos, peligrosos y obsesivos que la recorrieron de arriba abajo, fijándose en ella como un depredador que finalmente encuentra a su presa tras años de búsqueda.
Maya se quedó inmóvil en la entrada, abriendo la boca sin que saliera ningún sonido. Los papeles amenazaron con caerse de sus manos. Las paredes de la sala parecieron desaparecer y el ruido del mundo se apagó. Era él. El hombre de las vacaciones. El padre de su hija.
El hombre esbozó una sonrisa lenta, ladina y cargada de una oscura satisfacción. Se levantó lentamente de su asiento, apoyando las manos sobre la mesa de cristal, sin romper el contacto visual ni un solo segundo.
—Te encontré —sentenció él con una voz grave y profunda que resonó en cada rincón de la oficina, dejando a todos los presentes en un completo y absoluto shock.