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Renacida En El Abismo

Renacida En El Abismo

Status: En proceso
Genre:Romance / Posesivo / Romance oscuro
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

Isabela Voss murió a los 27 años en su mundo original: una vida humana común, llena de rutinas, decepciones y un vacío que nunca pudo llenar. Trabajaba en una oficina, tenía pocas amistades y creía que el afecto o la conexión profunda eran cosas lejanas o imposibles. Murió en un accidente inesperado, sin saber que su destino no terminaba ahí: despertó en el Abismo, un reino profundo, eternamente oscuro, caótico y habitado por seres sobrenaturales que los humanos solo imaginan en sus peores pesadillas. Al llegar no tenía nada: ni ropa adecuada, ni fuerza, ni idea de dónde estaba. Solo su nombre, una mente clara y una voluntad de hierro que ni la muerte pudo romper. El dueño absoluto de ese territorio es Lucien Drakar, un príncipe demonio de sangre antigua, descendiente de la primera estirpe que habitó las profundidades. Antes de que Isabela apareciera, su vida era eterna, solitaria y sin propósito más que sobrevivir y dominar. Gobernaba con mano de hierro, destruía sin dudar a cualquier

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Capítulo 21: Descubriendo su verdadera naturaleza demoníaca.

La noche avanzaba, y el aire en la terraza se había vuelto más denso, cargado de una energía antigua que hacía vibrar la piel. Lucien seguía abrazándome, su calor envolviéndome como una manta infinita, pero poco a poco, empecé a notar cambios sutiles en su cuerpo, cambios que nunca había visto antes, cambios que me hicieron entender que aún quedaban partes de él que no conocía, partes que eran la esencia misma de lo que era.

Estaba recostada contra su pecho, escuchando su corazón, cuando de repente, sentí que su piel se volvía más dura, más caliente, como si estuviera hecha de piedra y fuego a la vez. Las marcas que recorrían su cuerpo, esas líneas brillantes que siempre palpitaban con luz oscura, empezaron a brillar con mucha más intensidad, iluminando la ropa ligera que llevaba, iluminando mis manos cuando las posé sobre él. Y luego, lo vi.

De entre su cabello negro, cayendo sobre sus hombros, empezaron a salir dos formas curvas, fuertes, cubiertas de una sustancia dura y brillante, oscura como la obsidiana: sus cuernos. No eran pequeños ni decorativos, como los que a veces se veían en pinturas antiguas de mi mundo. Eran grandes, imponentes, curvados hacia atrás, llenos de surcos y formas que parecían talladas por siglos de existencia. Y al mismo tiempo, detrás de él, sus alas se desplegaron por completo, inmensas, mucho más grandes de lo que había visto antes, de una membrana gruesa y resistente, negra como la noche, pero con reflejos que cambiaban de color según la luz, como si estuvieran hechas de la misma oscuridad del universo.

Me quedé inmóvil, con la mano levantada a medio camino, mirándolo con los ojos muy abiertos, con una mezcla de asombro y respeto profundo. No tenía miedo. No podía tenerlo, porque sabía que todo lo que él era, todo lo que tenía, todo lo que formaba parte de su naturaleza… era mío. Pero al mismo tiempo, entendí que estaba viendo algo que muy pocos habían visto, algo que él ocultaba casi siempre, algo que era su verdadera forma, su verdadera esencia.

Lucien se dio cuenta de mi mirada, de mi silencio, y bajó la cabeza, como si de repente se sintiera inseguro, como si estuviera mostrándome algo que podía asustarme, algo que podía hacerme ver que él era realmente un monstruo, tal como decían todos.

—¿Te asusta? —preguntó, bajito, con esa voz que ahora sonaba más profunda, más resonante, más antigua, como si saliera de las profundidades de la tierra—. ¿Te asusta ver lo que soy realmente?

Levantó una mano, y vi que sus dedos habían cambiado también: sus uñas se habían alargado, se habían vuelto duras y afiladas, como garras, pero cuando las acercó a mi rostro, lo hizo con la misma suavidad, con el mismo cuidado de siempre, como si tuviera miedo de romperme con solo tocarme.

Me acerqué más, sin apartarme, sin retroceder, y levanté mis manos para tocar sus cuernos despacio. Eran fríos al tacto, pero bajo la superficie dura, sentí el calor de su cuerpo, sentí la vida que corría por ellos, sentí que eran parte de él, tan suyos como sus ojos o sus manos. Los recorrí con mis dedos, despacio, con respeto, con amor, y luego miré sus alas, que se movían suavemente, creando una brisa cálida a nuestro alrededor.

—No me asusta —le dije, con sinceridad, mirándolo a los ojos, esos ojos que ahora brillaban con una luz más intensa, más roja, más propia de su naturaleza—. No me asusta, Lucien. Me maravilla. Porque ahora te veo completo. Ahora veo todo lo que eres.

Él suspiró, un suspiro profundo que pareció sacudir todo su ser, y se dejó caer suavemente sobre los cojines, tirando de mí para que me quedara entre sus brazos, entre sus alas, protegida por todo lo que era.

—Soy un demonio, Isabela —dijo, y esas palabras salieron de su boca con una mezcla de orgullo y dolor, de verdad y de tristeza—. Esa es mi naturaleza. Esa es mi sangre. Esa es lo que he sido desde que nací, hace más de tres mil años. No soy un hombre, ni un príncipe, ni un gobernante. Soy una criatura de las sombras, una criatura de fuego y oscuridad, nacida en el abismo más profundo, hecha para destruir, para gobernar, para ser temida.

Hizo una pausa, y sus alas se cerraron un poco más a nuestro alrededor, creando un refugio solo para nosotros dos, ocultándonos del mundo, ocultándonos de todo lo que no fuera nosotros.

—Durante siglos, he usado esta forma para lo que se supone que debe usarse: para la guerra, para imponer mi voluntad, para destruir a mis enemigos, para demostrar que soy más fuerte que cualquier cosa que exista. Cuando me muestro así, todos saben que no hay piedad, que no hay debilidad, que no hay nada humano en mí. Cuando me muestro así… soy el monstruo que todos temen.

Me miró, y en sus ojos vi todo el peso de esa naturaleza, todo lo que eso significaba, todo lo que había tenido que ser, todo lo que había tenido que hacer para sobrevivir y gobernar.

—Tengo fuerza que no te puedes imaginar. Tengo una magia que viene de las raíces mismas de este mundo, una magia oscura, antigua, que puede cambiar la realidad, que puede destruir y crear, que es parte de mi alma. Tengo instintos que no son humanos: instintos de caza, de posesión, de protección absoluta, de dominio. Todo en mí es más fuerte, más rápido, más intenso, más grande que en cualquier ser humano. Todo en mí está hecho para ser superior, para ser el dueño de todo.

Pasó una de sus manos, ahora con garras y todo, por mi cabello, apartándolo de mi cara, con una delicadeza que contradecía todo lo que estaba diciendo, todo lo que era.

—Y durante mucho tiempo, creí que eso era todo. Creí que mi naturaleza era ser solo eso: fuerza, oscuridad, poder, crueldad. Creí que no podía haber nada más en mí. Creí que un ser como yo, un demonio, una criatura de la oscuridad, no podía sentir amor, ni ternura, ni suavidad. Creí que esas cosas eran solo para los seres débiles, para los humanos, para los que viven en la luz.

Se inclinó hacia mí, y su rostro, con esas facciones más marcadas, más intensas, más demoníacas, se acercó al mío, y sus palabras fueron un susurro lleno de asombro, de descubrimiento, de verdad:

—Hasta que llegaste tú.

—Tú llegaste —continuó, con la voz más suave, más cargada de emoción—, y de repente, todo lo que yo creía que era mi naturaleza se rompió. De repente, descubrí que este cuerpo fuerte, duro, hecho para la guerra… podía abrazar con suavidad. Descubrí que estas manos, hechas para destruir, para matar, para romper… podían tocar con ternura, podían acariciar, podían cuidar. Descubrí que este corazón, que creía que solo sabía latir por poder y por dominio… podía latir de amor, podía latir por ti, podía latir con una fuerza que superaba a cualquier otra cosa.

Me tomó la mano y la puso sobre su pecho, para que sintiera cómo su corazón latía fuerte, lento, eterno, bajo su piel dura y caliente.

—Mi naturaleza es demoníaca, sí. Soy sombra, soy fuego, soy poder, soy todo lo que te he dicho. Pero tú… tú has cambiado lo que significa ser yo. Tú has hecho que mi naturaleza, que todo lo que soy, que todo lo que tengo… se ponga a tu servicio. Tú has hecho que mi fuerza sea para protegerte, que mi magia sea para cuidarte, que mi instinto de posesión sea para amarte, que mi oscuridad sea para ser tu refugio.

Me miró fijamente, y vi en sus ojos la verdad absoluta, la verdad que había estado oculta, la verdad que ahora me entregaba por completo:

—Soy un demonio, Isabela. Y te amo con toda mi naturaleza demoníaca. Te amo con una intensidad que solo una criatura como yo puede sentir. Te amo con una posesión que no conoce límites, con una devoción que no tiene fin, con una fuerza que no se puede romper. Te amo de una forma que ningún humano, ningún ser de luz, ningún ser débil podría amar jamás. Porque mi amor es tan grande, tan fuerte, tan absoluto… como todo lo que soy.

Me acerqué más a él, hasta que mi cuerpo tocó el suyo, hasta que sentí su calor, su dureza, su esencia completa. Toqué sus cuernos de nuevo, recorrí sus alas, posé mis manos en su rostro, en esas marcas brillantes que eran su magia, su sangre, su vida.

—Entonces ámame así —le dije, con voz firme, con amor, con aceptación total—. Ámame con toda tu naturaleza demoníaca. Ámame con tu fuerza, con tu oscuridad, con tu intensidad, con todo lo que eres. Porque yo no me enamoré de un hombre, ni de un príncipe, ni de una luz. Yo me enamoré de ti. De Lucien. De todo lo que eres. De tu lado suave y de tu lado cruel. De tu lado humano y de tu lado demoníaco. De tu luz y de tu oscuridad.

Le sonreí, y le di un beso en la mejilla, en esa piel dura y caliente, en esa piel que era parte de un ser antiguo y poderoso, que ahora era mío.

—Y sabes qué… me gusta. Me gusta saber que soy amada por un ser tan grande, tan fuerte, tan inmenso como tú. Me gusta saber que todo ese poder, toda esa fuerza, toda esa naturaleza increíble… se usa para mí, para cuidarme, para quererme, para hacerme tuya. Me gusta saber que mi amor es lo único que puede domar al monstruo, lo único que puede hacer que la oscuridad sea suave, lo único que puede hacer que todo lo que eres sea hermoso.

Lucien soltó un sonido profundo, un gruñido suave lleno de satisfacción, de amor, de alivio, y me envolvió con sus alas, con sus brazos, con todo su ser, apretándome contra él, fundiéndome con su calor, con su esencia.

—Eres la única —susurró contra mi oído, con esa voz profunda y antigua que ahora me resultaba tan dulce, tan segura—. La única que ha visto mi verdadera naturaleza y no ha huido. La única que ve al demonio y lo ama. La única que ha hecho que todo lo que soy tenga sentido, tenga valor, tenga amor.

Me besó entonces, y fue un beso distinto a todos los anteriores. Fue un beso que tenía fuerza, que tenía intensidad, que tenía el sabor de su naturaleza antigua, de su poder, de su oscuridad. Pero también fue un beso lleno de ternura, de respeto, de devoción. Un beso que me dijo: Soy todo esto, y todo esto es tuyo.

Y mientras me perdía en ese beso, mientras sentía su cuerpo completo, su verdadera forma, su verdadera esencia abrazándome, entendí por fin todo lo que él era.

Era un demonio, sí. Era una criatura de sombras y fuego, sí. Era el ser más poderoso, más temido, más aterrador de todo el Abismo, sí. Pero todo eso… todo eso no era más que el envoltorio de un corazón que me amaba más que a nada, más que a su propia vida, más que a su propio poder.

Y ser amada así, ser amada con toda esa intensidad, con toda esa fuerza, con toda esa naturaleza inmensa… era el regalo más grande que podía haber recibido.

Porque ahora sabía: no solo tenía al príncipe. Tenía al demonio. Y el demonio… era mío.

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