A pocos días de su boda, Valentina descubre que su hermana está embarazada de su prometido y que su familia apoyaba esa infidelidad. Valentina no lloro, no grito, no reclamo, solo hizo las maletas y salió de esa casa donde siempre ha sido la que sobra.
Pero justo cuando ella creía estar sola, aparece en su vida Mateo Alcázar, el hermano mayor de su ex prometido. Mateo siempre llega en el momento justo cuando ella necesita respaldo y para poder protegerla de todo lo que está por venir, Mateo le pide que se case con él, así estará bajo su protección y nadie podrá volver a humillarla.
¿Aceptara Valentina la propuesta? ¿Por qué Mateo está dispuesto a protegerla?
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Capítulo 12
Capítulo 12
Mateo no durmió esa noche.
Yo tampoco.
A las cuatro de la mañana salí de mi cuarto por agua y lo encontré en el living, con una carpeta abierta y la camisa arrugada. Por primera vez desde que lo conocía, parecía cansado de verdad.
No elegante-cansado.
Humano-cansado.
—¿Vas a seguir fingiendo que no pasó nada? —pregunté.
Levantó la vista.
—No estoy fingiendo.
—Entonces hablá.
Cerró la carpeta.
—Clara trabajó para mi padre.
Me quedé parada en la entrada del living.
—¿Solo trabajó?
Mateo no respondió.
—Fue su amante —dije.
—Sí.
—¿Y conoció a mi mamá?
—Sí.
Una palabra. Otra palabra. Cada una me abría un agujero en el pecho.
—¿Qué sabía mi mamá?
Mateo se pasó una mano por la cara.
—Lucía descubrió movimientos de sociedades entre los Rivas y los Alcázar. Firmas falsas. Deudas cubiertas con favores. Cosas que podían hundir a las dos familias.
El nombre de mi madre en su boca me pegó raro.
Lucía.
Casi nadie la nombraba.
—¿Por eso murió?
—No lo sé completo.
—No me digas “completo”. Decime lo que sabés.
—Su muerte les convino a demasiadas personas.
Sentí náuseas.
Me senté en el borde del sillón porque el piso se me movía.
—Mi papá sabe.
—Algo.
—Tu mamá sabe.
—Sí.
—Federico.
—No sé cuánto. Federico siempre supo menos de lo que creía.
—Elena.
Mateo me miró.
Ese silencio fue respuesta.
Me tapé la boca con una mano.
—No puedo.
Él se acercó, despacio, como si yo fuera a salir corriendo.
—Valentina.
—No me toques.
Se detuvo.
Gracias.
O no.
Ya no sabía qué quería.
—Mañana vas a ver a Clara —dijo.
Lo miré.
—¿Por qué ahora?
—Porque después de hoy ya no sirve seguir cerrando puertas.
—Qué generoso.
—No. Tarde.
No esperaba que lo admitiera.
Eso me desarmó un poco.
Al día siguiente fuimos a ver a mi papá al sanatorio. El choque había sido menor, decían. Una camioneta lo siguió por varias cuadras y lo tocó en una esquina de Palermo. Menor. Como si la palabra pudiera achicar el susto.
Ernesto estaba despierto, con un corte en la frente.
Cuando me vio, intentó sonreír.
—No era necesario que vinieras.
—Callate.
Sus ojos se humedecieron.
—Siempre igual.
Me senté a su lado.
—¿Quién te seguía?
—No vi.
—Papá.
—No vi, Valentina.
Mateo estaba en la puerta, hablando con un médico. Aun así escuchaba. Siempre escuchaba.
—Clara —dije.
Mi papá cerró los ojos.
Ahí lo supe.
—La conocés.
—Todos la conocíamos.
Se me hizo un nudo en la garganta.
—¿Qué pasó con mamá?
—Tu madre era valiente.
—No te pregunté eso.
—Y yo soy cobarde. Esa es la parte que te puedo contestar.
Me quedé helada.
Elena llegó con Camila antes de que pudiera seguir. Perfectas, perfumadas, preocupadas de mentira.
—Ernesto, amor —dijo Elena.
Camila me miró.
—¿Qué hacés acá?
—Es mi papá.
—También el mío.
—Cuando te conviene.
Elena respiró hondo.
—No hagan esto acá.
Me levanté.
—¿Te preocupa el sanatorio o lo que papá pueda decir?
Su sonrisa se borró un poquito.
—Estás alterada.
—No. Estoy despierta.
Camila soltó una risa nerviosa.
—Siempre con tus dramas.
—Sí. Qué pesada yo, queriendo saber por qué mi madre terminó muerta y todos se quedaron callados.
Camila palideció.
Elena no.
Eso me dio más miedo.
Mateo apareció a mi lado.
—Nos vamos.
Esta vez no discutí.
En el estacionamiento, me quebré.
No lindo. No delicado. Me doblé hacia adelante y me tapé la cara porque no quería que los guardias, los médicos o Mateo me vieran llorar.
Mateo me abrazó.
Al principio me puse dura.
Después me cansé.
—Estoy harta —dije contra su camisa.
—Lo sé.
—No sabés nada.
—Entonces decime.
Quise apartarme. No pude.
—No me mientas más.
—Voy a intentarlo.
—No alcanza.
—Es lo único que puedo prometer sin mentirte.
Lo odié por responder así.
Lo odié porque le creí.
Esa noche, antes de dormir, Mateo tocó mi puerta.
—Mañana vemos a Clara.
—¿Seguro?
—Sí.
—Si volvés a sacarme de ahí...
—No lo voy a hacer.
—Más te vale.
Se quedó un segundo.
—Valentina.
—¿Qué?
—Tu madre no era débil.
Me ardieron los ojos.
—Ya lo sé.
Cerré la puerta antes de llorar otra vez.
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Pero me está aburriendo esta novela. Mucho misterio.
Pero me está aburriendo esta novela. Mucho misterio.