Hace seis años dejé a Damián Carvajal con una mentira:
«Me aburrí de ti».
Hoy es un magnate, mi nuevo jefe y el hombre que acaba de pedirme que sea su esposa durante un año.
Él necesita librarse de las mujeres que su familia insiste en presentarle. Yo necesito una oportunidad para ejercer mi carrera y ayudar a mi padre a conservar su taller. Damián me ofrece ambas cosas a cambio de un matrimonio que terminaremos cuando se cumplan doce meses.
Acepto. Conozco las condiciones. También conozco al hombre con el que voy a compartir la cama… o eso creía.
Porque el Damián que me provoca en la oficina es el mismo que se enfrenta a su familia por mí. Recuerda hasta lo que no me gustaba comer en la prepa. Y cuando me llama «mi esposa», cada vez me cuesta más acordarme de que tenemos un acuerdo.
Entonces reaparece una grabación de cuando tenía diecisiete años.
Mi voz. Un trato. La verdadera razón por la que me acerqué a él.
Damián cree que lo dejé porque nunca lo quise. ¿Qué va a pensar cuando escuche que, al principio, alguien me ofreció algo a cambio de enamorarlo?
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Capítulo 3
Capítulo 3
El lunes firmé el contrato nuevo en Recursos Humanos y subí al último piso de Vértice.
Lo había leído dos veces. Sueldo, horario, prestaciones, funciones de asistencia a dirección. Ninguna mención a las copas del viernes ni a la facilidad con que Damián había anunciado que se llevaba a una secretaria. Si iba a trabajar ahí, necesitaba empezar por aquello que sí estaba por escrito.
Frente a su oficina había cuatro escritorios. Elegí el vacío, dejé mi bolsa en el suelo y busqué dónde conectar la computadora.
—Tú debes ser la nueva. Soy Karla.
La muchacha del escritorio de al lado se levantó. Señaló a su compañera, que seguía tecleando.
—Ella es Cecy. ¿Ya te dijeron qué vas a llevar? La agenda del señor la organiza Julián.
—Asistencia a dirección. Me falta hablar con él.
—Qué preciso —dijo Cecy.
Karla me pasó una hoja con las extensiones. Cecy esperó a que yo terminara de darle las gracias.
—Nosotras tenemos todo repartido. Si algo no está claro, preguntas antes de moverlo.
No era una bienvenida, pero al menos había una regla que podía seguir.
—De acuerdo.
El teléfono vibró antes de que consiguiera entrar al correo. Recursos Humanos me había dado de alta el número de Damián. Abrí el mensaje.
"¿?"
Miré la puerta cerrada. Después, la hora. No sabía si me preguntaba dónde estaba o si esperaba que yo adivinara lo que necesitaba.
—¿El señor escribe así? —pregunté—. Me acaba de mandar esto.
Cecy levantó la vista por primera vez.
—A nosotras nos llama Julián.
Karla se inclinó a ver la pantalla. Yo la bloqueé, demasiado tarde.
—Voy a preguntarle.
Toqué y entré con la libreta del trabajo anterior. Damián estaba frente al ventanal, revisando un fólder. Vi mi pluma sobre su escritorio. Había otras tres en un vaso; la mía estaba aparte.
—Señor Carvajal, no entendí su mensaje.
—La esperaba hace diez minutos.
—Estaba firmando el contrato.
Volteó hacia mí.
—Entonces ya podemos trabajar. Junta en la sala dos. Va a tomar la minuta.
—Cecy me dijo que…
—Esta la lleva usted.
Lo dijo sin consultar la agenda ni averiguar qué había entendido yo de mis funciones. Me dieron ganas de dejarle claro que, si quería evitar errores, podía empezar escribiendo mensajes completos. Miré la libreta y escogí una pregunta que me sirviera más.
—¿Dónde está la documentación?
Me entregó el fólder.
—Tiene diez minutos.
Cuando regresé a mi escritorio, Cecy ya había recibido el aviso. Tenía abierta una presentación y una lista de asistentes impresa.
—Me toca la minuta —le dije—. ¿Me pasas los antecedentes?
—Están en la carpeta compartida.
—Todavía no tengo acceso.
La impresora dejó de sonar. Karla se levantó para recoger unas hojas y Cecy, al fin, me giró la pantalla.
—La operación cambió el viernes. Estos son los números nuevos.
Los copié. Ella llevaba preparando aquella junta desde antes de que yo llegara; era fácil entender su enojo. Me habría servido que se lo dirigiera al hombre que había cambiado las cosas.
En la sala dos hablaron de flujos y de una adquisición que dependía de varios pagos aplazados. Durante los primeros minutos anoté nombres y acuerdos. Después empecé a revisar las cifras.
Me acordaba de cómo hacer eso. Había pasado años estudiando administración y finanzas en el Tec, con una beca que me obligaba a cuidar cada promedio. Me titulé a los veintidós, convencida de que lo difícil ya estaba hecho. Ochenta solicitudes de trabajo me habían enseñado otra cosa.
Don Beto me contrató como secretaria. Yo necesitaba el sueldo y él necesitaba a alguien que pudiera encargarse de más de lo que decía el puesto. Nunca dejamos de llamarlo provisional.
En la pantalla había dos cifras que no correspondían a la última versión.
Las comprobé con las notas de Cecy. No era un descubrimiento extraordinario: alguien había actualizado el archivo y olvidado cambiar una diapositiva. Pero estaban calculando el rendimiento con los datos viejos.
Escribí una aclaración y se la pasé a Damián.
La leyó. Volvió una página del fólder.
—Revisen el segundo desembolso —dijo—. Estamos trabajando con la versión anterior.
El analista se detuvo, buscó otra hoja y corrigió. Yo seguí con la minuta, contenta a pesar de mí. Había conseguido hacer algo útil sin tener que pedir que me dejaran hablar de mis títulos.
Al terminar, Damián dobló mi nota y la guardó en el saco.
—Mándeme la minuta antes de irse.
Eso fue todo. Me habría gustado un "bien visto". Me molestó seguir esperándolo mientras recogía las tazas.
Salí a las nueve, con los accesos por fin activados y la cabeza llena de claves nuevas. En el estacionamiento desaté mi motoneta eléctrica y guardé el fólder bajo el asiento.
De regreso a Nueva Aurora vi cerrar los puestos que conocía. La reja del Taller de mi papá ya tenía el candado puesto. Me detuve en la fonda La Cuca antes de subir a casa; no había cenado.
Doña Cuca me puso un caldo enfrente.
—¿Cómo te fue en el trabajo nuevo?
—Aprendí dónde está el baño.
Se rio.
—Algo es algo. ¿Tu papá ya te contó que le invitaron la cena el otro día?
Negué con la cabeza y soplé la cuchara.
—Un muchacho que viene a veces. Muy callado. Me dijo que cobrara lo de Joaquín junto con lo suyo y que no le avisara. Yo pensé que se conocían.
—¿Y mi papá no lo vio?
—Se fue antes. Deja un coche negro en la otra cuadra, uno grandote. Lleva como dos años viniendo, aunque luego desaparece meses. Dice que anda fuera de México.
Volví a mirar hacia la calle. Solo vi la motoneta y un pesero detenido en la esquina.
—No sé quién sea.
—Pues cuando lo veas, me dices.
Seguí comiendo. Mi papá tenía clientes capaces de volver meses después a darle las gracias por un arreglo; también tenía otros que le debían y fingían no reconocerlo. Quise pensar que, por una vez, le había tocado alguien de los primeros.
Dejé pagado el caldo y crucé a mi edificio.
Mientras encadenaba la motoneta, vi un coche estacionado media cuadra más abajo. Negro, con las luces apagadas. No conseguía distinguir a quien iba dentro.
Pensé en Óscar, un conocido que llevaba semanas insistiendo en salir conmigo y que ya se había aparecido sin avisar. Guardé las llaves de la moto, busqué la de la puerta y subí los tres pisos sin detenerme.
Desde mi cuarto me asomé antes de encender la luz.
El coche seguía ahí.
Me quedé un rato tratando de verle las placas. Estaba demasiado lejos. Encendí la lámpara para dejar la bolsa en la cama y, cuando volví a la ventana, el coche empezaba a moverse.
Avanzó despacio hasta la esquina. El brillo de la carrocería me recordó el Rolls-Royce del viernes.
No pude asegurar que fuera el mismo. Ni siquiera había visto al conductor.
Aun así, abrí el contacto de Damián.
Su signo de interrogación seguía siendo el único mensaje de la conversación.