Un escritor exitoso transforma el destino de una mujer marcada por cicatrices.
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Capítulo 1
—¡Gianna!
El grito de Pedro retumbó por toda la pequeña casa.
Gianna cerró los ojos durante un segundo mientras terminaba de colocar los platos sobre la mesa. Ya conocía aquel tono de voz. Era la señal de que cualquier cosa podía convertirse en un problema.
Respiró profundamente y salió de la cocina.
—¿Sí?
Pedro estaba sentado frente a la mesa, golpeando los dedos contra la madera con impaciencia. Tenía el ceño fruncido y una expresión de absoluto desprecio.
—¿Cuánto tiempo tengo que esperar para que me sirvas la comida?
—Ya está lista.
—Entonces, ¿qué haces ahí parada?
Gianna bajó la mirada.
—Voy a servirte.
Regresó rápidamente a la cocina, tomó el plato que había preparado y lo llevó hasta la mesa.
Había servido arroz con frijoles. Era una de las pocas comidas que podía preparar con los ingredientes que tenían en casa.
Colocó el plato frente a Pedro.
—Aquí está.
Él miró la comida.
Después la miró a ella.
Y volvió a mirar el plato.
—¿Esto es lo que me vas a dar?
Gianna tragó saliva.
—Es lo que había.
Pedro soltó una carcajada seca.
—¿Lo que había?
—Sí.
—¿Y tú crees que yo voy a comer esta basura?
Gianna apretó las manos detrás de la espalda.
—Puedo preparar otra cosa.
—¡Claro que puedes!
Pedro tomó el plato entre sus manos y, sin previo aviso, lo lanzó contra el suelo.
El estruendo hizo que Gianna diera un pequeño salto.
El arroz quedó esparcido por las baldosas.
—¡Mira lo que hiciste! —gritó él.
Gianna lo observó incrédula.
—Pero...
—¡Nada de peros! —la interrumpió—. ¿Acaso te cuesta tanto hacer algo bien?
—Yo solo...
—¡Vuelve a la cocina y prepárame algo decente!
Gianna respiró hondo.
No debía responder.
Nunca debía responder.
—Sí.
Se agachó y comenzó a recoger los restos de comida.
—¿Y qué haces? —preguntó Pedro.
—Voy a limpiar.
—Primero prepara mi comida.
Gianna se detuvo.
—¿Y esto?
—Déjalo ahí.
Ella asintió.
Volvió a la cocina.
Esta vez preparó unos sandwiches y café. No tardó demasiado. Colocó todo en otro plato y regresó al comedor.
—Aquí tienes.
Pedro probó un bocado.
Su rostro volvió a endurecerse.
—Está frío.
Gianna lo miró.
—Lo acabo de preparar.
—¿Me estás contradiciendo?
—No.
—Entonces aprende a escuchar.
Otra vez, el plato terminó en el suelo.
Gianna cerró los ojos.
Por dentro sentía que algo se rompía lentamente.
—Límpialo.
Ella no respondió.
—¡He dicho que lo limpies!
—Sí.
Pedro se levantó de la silla.
Pasó junto a ella y se detuvo a pocos centímetros.
—Y después desaparece de mi vista. No quiero verte durante el resto del día.
Gianna bajó la cabeza.
—Está bien.
Pedro salió del comedor.
Ella esperó hasta escuchar sus pasos alejarse.
Entonces dejó escapar el aire que había estado conteniendo.
Tomó la escoba y el recogedor.
Sus manos temblaban ligeramente mientras comenzaba a recoger los restos de comida.
Hasta que el suelo volvió a quedar limpio.
Pero Gianna no tuvo tiempo de terminar de ordenar todo.
Desde la cocina escuchó la voz de su madre.
—Pedro...
Gianna se quedó inmóvil.
La voz de Hortencia sonaba diferente.
Más baja.
Más ansiosa.
—¿Cuándo iremos a llevar a la estúpida de Gianna al club? Necesito dinero.
El corazón de Gianna dejó de latir por un instante.
La escoba quedó suspendida en el aire.
Pedro respondió con total tranquilidad.
—Mañana.
Gianna sintió que la sangre abandonaba su rostro.
—¿Estás seguro?
—Claro que sí. Ya tienen dos millones listos. Después nos dará tres más.
Hortencia soltó una pequeña risa.
—Con eso podremos pagar todas las deudas.
Gianna dejó de escuchar por unos segundos.
Dos millones.
Tres más.
Cinco millones.
Estaban hablando de ella.
De su vida.
De su cuerpo.
Como si fuera un objeto que podían vender.
Como si no tuviera sentimientos.
Como si no fuera su hija.
Una lágrima silenciosa recorrió la mejilla de Gianna.
Se la limpió rápidamente con el dorso de la mano.
No podía permitir que la vieran.
No podía demostrar que había escuchado.
Respiró profundamente, volvió a tomar la escoba y continuó limpiando el desastre.
Cada movimiento era más lento que el anterior.
—¿Y si se niega? —preguntó Hortencia.
Gianna dejó de respirar.
—¿Negarse? —Pedro soltó una carcajada—. ¿Adónde va a ir? No tiene dinero. No tiene trabajo. No tiene estudios.
Aquellas palabras le dolieron más de lo que quería admitir.
No tenía a nadie.
Gianna apretó los labios.
Hortencia volvió a hablar.
—¿Se lo diremos?
—No hace falta decirle nada. La llevaremos y punto.
Gianna sintió que otra lágrima caía.
Esta vez no la limpió.
La dejó recorrer su rostro.
Pero algo dentro de ella había cambiado.
Hasta ese momento había soportado los insultos.
Los gritos.
El desprecio.
La indiferencia de su madre.
Los maltratos de Pedro.
Había soportado hambre, miedo y humillaciones porque siempre pensaba que algún día las cosas cambiarían.
Pero ahora confirmaba la verdad que se negaba a creer.
No querían que se quedara.
Querían venderla.
Y tenían un precio.
Gianna miró sus manos.
Estaban llenas de pequeñas marcas provocadas por el trabajo.
Sus dedos temblaban.
Pero no de miedo de determinación.
Dejó la escoba apoyada contra la pared.
Terminó de recoger los restos del suelo y llevó el recogedor a la cocina.
Cuando entró, su madre y Pedro estaban conversando.
Gianna mantuvo la mirada baja.
—Ya terminé —murmuró.
Hortencia apenas la miró.
—Entonces ve a tu habitación.
Gianna asintió.
—Sí, mamá.
Caminó hacia el pequeño cuarto que compartía con sus pocas pertenencias.
Cerró la puerta.
Se apoyó contra ella.
Y entonces permitió que las lágrimas salieran.
Lloró en silencio.
Porque acababa de comprender que aquella casa jamás había sido su hogar.
Se acercó a la pequeña cama.
Miró la habitación.
Un armario viejo.
Una mochila.
Dos mudas de ropa.
Nada más.
No tenía mucho que perder.
Abrió el armario y comenzó a guardar sus cosas.
Sus documentos.
Algo de dinero que había conseguido ahorrar a escondidas durante meses.
Cada cosa que metía en la mochila era un pedazo de la vida que estaba dejando atrás.
Cuando terminó, se sentó en la cama.
Miró la puerta.
Escuchó las voces de su madre y Pedro al otro lado.
Ellos seguían hablando de dinero.
De los millones que recibirían.
De lo que harían después.
Ninguno se preguntó dónde estaba ella.
Ninguno se preocupó por cómo se sentía.
Gianna cerró los ojos.
Ya no podía quedarse.
No sabía adónde iría.
No sabía cómo sobreviviría.
No sabía qué encontraría afuera.
Pero sí sabía algo.
No permitiría que la vendieran.
Tomó la mochila y la escondió debajo de la cama.
Todavía no podía escapar.
Tenía que esperar.
Tenía que pensar.
Y, sobre todo, tenía que hacerlo sin que ellos sospecharan.
Gianna comenzaba a preparar su propia fuga.
Y esta vez, no pensaba mirar atrás.