Un matrimonio forzado. Un contrato escrito con odio. Un hombre que juró no sentir nada.
Para salvar a su familia, Aria acepta convertirse en la esposa de Dante Volkov, el hombre más peligroso y poderoso de la ciudad. Las reglas de Dante son claras: "En público, la esposa perfecta; en privado, no eres nada".
Lo que él no esperaba es que Aria no nació para ser sometida. Entre miradas cargadas de tensión, secretos oscuros y una atracción inevitable, la línea entre el odio y la obsesión comenzará a borrarse.
¿Quién caerá primero en su propio juego?
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Cenizas y fuego
El silencio de la habitación del ala oeste duraba poco. Aria caminó hacia el baño, cerró la puerta con pestillo y abrió el grifo para que el ruido del agua amortiguara cualquier sonido.
Se quitó el zapato derecho, desatornilló la tapa del tacón hueco y sacó su teléfono secreto.
Todo esto era por culpa de su padre. Fernando la había usado como un billete de cambio para salvar su propio pellejo, vendiéndola al hombre más peligroso de la ciudad sin un solo remordimiento. ¿Por qué demonios seguía jugando al papel de la hija abnegada? No iba a seguir cubriéndolo ni protegiéndolo. Si el contrato se rompía y Fernando terminaba en la cárcel, que así fuera. Se lo tenía bien merecido.
Con dedos ágiles, redactó un mensaje cifrado para Mateo:
..."Alerta roja. Dante bloqueará mis redes y monitoreará todo. Borra el servidor secundario, deshazte de los accesos remotos y no intentes contactarme. Conduce la terminal en automático. Estoy quemando los puentes."...
Apretó enviar. En cuanto vio la confirmación de entrega, sacó el chip del teléfono, lo partió por la mitad con los dientes y arrojó el dispositivo al inodoro, accionando la palanca para destruirlo por completo.
Pero no se detuvo ahí. La rabia que quemaba sus venas exigía más.
Salió del baño, abrió la puerta de su habitación ignorando al guardia que intentó frenarla y bajó a zancadas hacia el salón principal.
Allí, el jefe del equipo de ciberseguridad de Dante estaba sentado frente a la mesa de centro, conectando cables y pendrives a la laptop personal de Aria para desproteger sus claves y rastrear sus archivos. Dante observaba la escena de pie, con los brazos cruzados y una taza de café en la mano.
Aria no dudó un solo segundo.
Caminó a pasos agigantados, apartó al técnico de un empujón y, antes de que alguien pudiera reaccionar, tomó la laptop con ambas manos. La alzó por encima de su cabeza y la estrelló con una fuerza descomunal contra el suelo de mármol.
El ruido del plástico y la pantalla rompiéndose resonó como un disparo en todo el vestíbulo. No satisfecha, Aria pisó con el tacón de su zapato la placa madre expuesta, destrozándola en mil pedazos inservibles delante de todos.
El técnico dio un salto atrás, aterrorizado. Los guardias se congelaron.
Dante dio un paso al frente, con la taza de café temblando levemente en su mano por la sorpresa y una furia renovada.
—¡¿Qué rayos te pasa?! —rugió Dante, mirando los restos destrozados de la máquina en el suelo—. ¡¿Estás loca?! ¡¿Qué demonios es lo que tanto ocultas?!
Aria se erigió sobre los escombros de su computadora, respirando agitadamente. Sostuvo la mirada gris de Dante con unos ojos llenos de fuego y desprecio.
—Eso no te importa ni a ti ni a nadie —respondió con una voz helada, tan dura que cortaba el aire—. Y déjame decirte algo, Volkov: si quieres acabar con el contrato ahora mismo, acepto. Ya no me importa nada. Puedes enviar a mi padre a la cárcel si te da la gana.
Dante se congeló. La verdad era que Aria siempre tuvo la capacidad financiera en la Terminal Central para saldar la deuda de su padre y salvar su empresa sin necesidad de este matrimonio. Pero no lo hizo. Desde que su madre murió años atrás, Fernando no había hecho más que menospreciarla, usarla y recordarle que no valía nada. No movería un solo dedo por él jamás.
Dante dio dos pasos lentos hacia ella, escudriñando la frialdad absoluta en los ojos de su esposa. Por primera vez, se dio cuenta de que la palanca de chantaje con la que la tenía atada no existía.
—¿Entonces no te importa tu padre? —preguntó Dante en un susurro cargado de escepticismo—. ¿Nos casamos por nada?
Aria esbozó una sonrisa lenta, sombría y llena de victoria, dando un paso hacia él sin miedo a la tormenta que los rodeaba.
—No por nada, Dante —murmuró cerca de sus labios—. Tuve que casarme contigo para obtener algo y ya tengo lo que quiero.