Sariel portador del séptimo rayo, es elegido por el dios del amor para ser su guardián en la tierra humana, mientras trata de ser el observador cósmico del creador , conocerá la fragilidad de su esencia al conocer el sentimiento que solo los mortales estaban condenados a sentir , él amor , acompaña al guerrero de amatista a encontrar su verdadera misión entre él cielo, la tierra y el infierno en ese extensa línea de la Eternidad
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capítulo 19. La confesión de la traición
Capítulo 19. La confesión de la traición
El aire en los Jardines de Cristal solía ser una melodía perfecta de armonía y luz, pero esa tarde, las estructuras de cuarzo emitían un zumbido inquietante, casi como un lamento. Gabriel convocó a sus hermanos en el centro del santuario, donde el rocío celestial parecía haber perdido su brillo habitual.
Rafael fue el primero en notar la anomalía. Se inclinó sobre una de las flores de cristal que comenzaba a opacarse, mostrando una tonalidad grisácea en los bordes.
- La vida aquí responde a nuestras frecuencias ,dijo Rafael, con voz cargada de preocupación. El pulso de la sanación se está debilitando porque el origen de la energía está dividido. ¿Qué es lo que está ocurriendo, Gabriel?
Uriel, cuya presencia siempre recordaba a la estabilidad de la tierra y el fuego interno, observaba las grietas que empezaban a formarse en el suelo traslúcido.
- El equilibrio se está desplazando ,sentenció Uriel
Gabriel suspiró, y sus alas se agitaron con un destello plateado mientras miraba a los demás arcángeles reunidos.
- Es un conflicto de corazones , reveló Gabriel finalmente
- Sariel está consumido por lo que siente por Alanis, y su silencio está arrastrando a Zadquiel. Al ser gemelos y portadores del rayo púrpura, su angustia está transmutando la luz en una estática que está enfermando estos jardines. Pero hay algo más grave aún…
Un silencio sepulcral cayó sobre el grupo. Gabriel bajó la voz, consciente del peso de sus palabras.
-Miguel también ha caído bajo el influjo de Alanis. Nuestro comandante, el pilar de nuestra fuerza, está atrapado en el mismo fuego. El amor de Miguel por ella, sumado al miedo de lastimar a su hermano Sariel, está creando una disonancia tan potente que los Jardines de Cristal no pueden procesarla. Estamos ante una tormenta de sentimientos que amenaza con fracturar no solo la
conexión de los gemelos, sino el liderazgo mismo de nuestras huestes.
Los príncipes celestiales no podían creer lo que estaban escuchando , Uriel tuvo que fingir que no sabía nada
Rafael se llevó una mano al pecho, mirando con tristeza cómo otra flor perdía su luz.
- Si el amor se convierte en posesión o en culpa, la medicina se vuelve veneno ,murmuró Rafael, Debemos intervenir antes de que el rayo púrpura se convierta en polvo.
Un escalofrío antinatural recorrió los Jardines de Cristal. El zumbido de las estructuras de cuarzo cambió de tono, volviéndose una nota aguda y vibrante que erizó las alas de los presentes. Desde las sombras proyectadas por los grandes pilares de luz, una figura se materializó con una elegancia que resultaba casi insultante en medio de aquella crisis.
- Qué conmovedora reunión de pastores preocupados ,dijo una voz melódica, arrastrando las palabras con una ironía afilada.
Luzbel emergió de la penumbra, su presencia irradiando un fulgor plateado que, a diferencia del de sus hermanos, parecía devorar la luz en lugar de emitirla. Sus ojos, profundos como abismos estrellados, se posaron primero en Gabriel y luego en el resto del círculo.
- ¿Así que el gran Comandante de las Huestes tiene un corazón de carne, después de todo? , rio Luzbel, caminando con paso lento alrededor de la flor marchita que Rafael intentaba sanar. Quién lo diría. Miguel, el pilar de la obediencia, ahora se debate entre su deber y el deseo por la misma mujer que su hermano pequeño.
Uriel dio un paso al frente, con su aura encendiéndose en un rojo defensivo.
- No es lugar para tus burlas, Luzbel. Este desequilibrio afecta a todos los planos. Dijo Uriel
Luzbel se detuvo y fingió una expresión de asombro, llevándose una mano al pecho.
- ¡Oh, lo sé! Siento la estática del rayo púrpura desde aquí. Sariel se ahoga en su propia nobleza y Zadquiel se debilita tratando de ser su ancla. Pero lo que realmente me fascina es Miguel. El amor es una fuerza caótica, hermanos míos, y ver al “perfecto” Miguel tratar de contenerlo es como ver a un niño intentar atrapar un rayo en una vasija de barro que se va a romper. Y cuando lo haga, el estruendo será delicioso.
Miró directamente a Gabriel, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
- Ustedes hablan de “sanar” y “equilibrar”. Yo hablo de libertad. Si el rayo púrpura se está fragmentando, es porque la verdad pide paso. ¿Por qué no dejamos que los dos luchen por ella? Al menos así, los Jardines de Cristal sabrían a qué atenerse, en lugar de marchitarse por esta hipocresía dorada.
La tensión alcanzó su punto de ruptura. El aire, que antes vibraba con una melodía suave, se volvió denso y gélido ante la presencia de Luzbel. Uriel dio un paso al frente, y el suelo bajo sus pies emitió un fulgor carmesí que hizo retroceder las sombras que Luzbel arrastraba consigo.
- Suficiente, Luzbel ,sentenció Uriel, su voz resonando con la solidez de una montaña. No permitiremos que conviertas el dolor de nuestros hermanos en un espectáculo para tu entretenimiento. Este lugar es de armonía, y tu sola presencia es una nota discordante que el cristal no puede soportar.
Rafael, que seguía arrodillado junto a la flor marchita, se levantó lentamente. Sus ojos, habitualmente llenos de compasión, centellearon con una advertencia severa.
- Tus palabras no traen libertad, solo caos , dijo Rafael con firmeza. Vete a tu cuadrante, Luzbel. Regresa a los confines que te corresponden y deja que nosotros nos encarguemos de sanar lo que la duda ha fracturado. No tienes lugar en este consejo ni voz en este conflicto.
Luzbel soltó una carcajada seca, una vibración plateada que hizo que varias hojas de cristal tintinearan con un sonido metálico y tenso. Se encogió de hombros con una elegancia perezosa, pero sus ojos no perdieron ese brillo de burla.
- Está bien me voy, me voy… respondió Luzbel, comenzando a desvanecerse en una bruma de sombras y luz pálida
- Pero recuerden, pueden echarme de sus jardines, pero no pueden expulsar la verdad que ya germinó en el corazón de Miguel y Sariel. El rayo púrpura se oscurece, y no será mi sombra la que lo apague, sino su propia incapacidad de aceptar que son tan imperfectos como aquello que juraron proteger.
Con un último destello de ironía, Luzbel desapareció, dejando tras de sí un rastro de ozono y un silencio pesado. Gabriel suspiró, sintiendo cómo el equilibrio de los jardines intentaba estabilizarse, aunque la advertencia de su hermano seguía flotando en el aire como una sentencia.
- Se ha ido , murmuró Gabriel, pero tiene razón en algo: el tiempo se agota. Si no actuamos pronto, el daño en el rayo púrpura será irreversible.
El Balcón de las Estrellas era el lugar más solitario y alto del firmamento, un sitio donde el silencio solo era interrumpido por el murmullo de las constelaciones en formación. Miguel se encontraba allí, de espaldas, con las manos apoyadas en la barandilla de obsidiana estelar. Su capa roja ondeaba pesadamente, y su aura dorada, usualmente cegadora, emitía pulsaciones irregulares, como una llama que lucha contra el viento.
El sonido de seis alas batiendo al unísono lo puso en alerta. No tuvo que girarse para saber quiénes eran.
- Los Jardines de Cristal se están quebrando, Miguel , soltó Gabriel sin preámbulos, su voz resonando con una autoridad que rara vez usaba con el Comandante. Y no es por el vacío de las sombras, sino por la tormenta que tú mismo albergas.
Miguel cerró los ojos un instante antes de darse la vuelta. Su rostro, tallado con una perfección casi severa, mostraba signos de un cansancio que ningún ángel debería conocer. Rafael y Uriel se posicionaron a los flancos de Gabriel, formando un semicírculo que se sentía más como un juicio que como una visita fraternal.
-Luzbel estuvo en los jardines , añadió Uriel, con sus ojos llameantes fijos en su hermano mayor. Se burló de nuestra “hipocresía dorada”. Dijo que el gran pilar del cielo está dividido por el mismo deseo que consume a su hermano menor.
- ¿Es verdad, Miguel? , preguntó Rafael con una suavidad que dolía más que el reproche de Uriel,
- ¿Amas a Alanis de tal forma que estás dispuesto a dejar que el rayo púrpura se fragmente en las manos de Sariel?
Miguel guardó silencio, y por un segundo, el aire alrededor del balcón se cargó de una electricidad estática dorada.
- No es deseo, es una verdad que me quema las entrañas, respondió Miguel finalmente, y su voz fue un trueno contenido.
- He intentado sofocarlo, he intentado ser el hermano que Sariel necesita, el líder que ustedes esperan. Pero cada vez que el rayo púrpura vibra con la angustia de mi hermano, mi propio corazón responde con la misma agonía. No sé cómo protegerlo sin mentirle, y no sé cómo amarla sin traicionarlo.
Gabriel dio un paso al frente, implacable.
- Tu silencio es la traición más grande, Miguel. Al intentar “protegerlo”, le estás robando la estabilidad a todo el reino. Si el Comandante flaquea, los cimientos se agrietan. Debes tomar una decisión antes de que el rayo púrpura estalle y se lleve la cordura de Sariel con él.
El ambiente en el Balcón de las Estrellas se volvió gélido. Los tres arcángeles , Gabriel, Rafael y Uriel rodeaban a Miguel, cuyas alas doradas permanecían plegadas en una señal de derrota interna. La presión de sus hermanos era implacable; lo acusaban de permitir que un sentimiento personal pusiera en riesgo la estabilidad del rayo púrpura y la armonía de los cielos.
-No puedes ser juez y parte, Miguel , sentenció Uriel, cuya voz vibraba como un terremoto contenido
-Tu deber es con el equilibrio, no con los deseos de tu propio espíritu.
Pero antes de que Miguel pudiera responder, una luz suave y titilante se materializó en la entrada del balcón. Alanis caminó hacia el centro del círculo, con una expresión que mezclaba la determinación con una tristeza profunda.
- ¡Basta! , exclamó Alanis, colocándose frente a Miguel, como si su propia esencia pudiera servirle de escudo ante el juicio de los arcángeles
- . No lo culpen a él de una verdad que nos pertenece a ambos. Si Miguel ha callado, no ha sido por egoísmo, sino por un amor tan grande hacia su hermano que prefería consumirse en silencio antes que apagar la luz de Sariel.
Alanis se volvió hacia Miguel, y por un segundo, la conexión entre ellos fue tan evidente que Gabriel tuvo que desviar la mirada. Pero entonces, Alanis bajó la cabeza y sus hombros se hundieron bajo el peso de una revelación dolorosa.
-Yo amo a Miguel… mi alma lo reconoce como su igual confesó con un hilo de voz
- Pero mi corazón se desgarra al pensar en Sariel. Siento una compasión que me quema por dentro. Yo creía que su cuidado era solo su misión, que su cercanía era la protección natural de un portador del rayo hacia alguien que lo necesitaba. Nunca quise alimentar un fuego que ahora lo está devorando.
Alanis miró sus manos, que temblaban levemente.
- Cada vez que el rayo púrpura emite un pulso de agonía, yo también lo siento. Me duele saber que soy la causa de su tormento. Sariel es un ser de una pureza infinita, y la idea de que su luz se opaque por un amor que no puedo corresponder me hace sentir una criminal del espíritu
Alanis buscando la mirada de Miguel dijo.
- No quiero lastimarlo, Miguel. Prefiero que mi propio brillo se apague antes que ser el motivo por el cual un hermano traiciona a otro o un gemelo pierde su ancla.
Miguel extendió una mano, rozando apenas el aura de Alanis, compartiendo esa carga de culpa que ahora parecía asfixiarlos a ambos bajo la mirada severa de los cielos.
La atmósfera en el Balcón de las Estrellas se volvió pesada, como si el mismo aire celestial hubiera cobrado un peso físico. Gabriel, Rafael y Uriel se miraron entre sí, comunicándose en un lenguaje de luz y pensamiento que Alanis y Miguel no podían interceptar
El consejo de los arcángeles no solía intervenir en los asuntos del corazón, pero cuando el equilibrio de los Jardines de Cristal y la estabilidad del rayo púrpura estaban en juego, la voluntad individual quedaba en segundo plano.
Fue Gabriel quien dio un paso al frente, su voz resonando con una autoridad gélida que no admitía réplica.
- El cielo no puede permitirse un comandante dividido ni un portador del rayo fracturado , sentenció Gabriel
- Miguel, tu amor por Alanis es una nota discordante en la sinfonía que diriges. Y tú, Alanis, aunque tu compasión por Sariel es noble, tu presencia aquí solo alimenta un incendio que consumirá a los gemelos.
Rafael, con una tristeza infinita en sus ojos verdes, extendió las manos hacia ellos, pero no para consolar, sino para delimitar.
- Hemos decidido el camino para restablecer el orden , dijo Rafael
- Miguel, serás enviado a las fronteras del Primer Círculo por un ciclo completo. Tu luz es necesaria donde las sombras intentan filtrarse, lejos de la presencia de Alanis y del dolor de tu hermano. El distanciamiento es la única medicina para que el rayo púrpura recupere su frecuencia original.
Uriel se volvió hacia Alanis, su mirada firme como la roca.
- Y tú, Alanis, permanecerás bajo la tutela de los Jardines, pero bajo un velo de silencio. No tendrás contacto con Sariel ni con Miguel. Si Sariel cree que te has retirado para meditar en tu propia esencia, su obsesión se transformará en devoción al deber. Le diremos que tu camino ha tomado un rumbo de ascensión solitaria.
Alanis ahogó un sollozo, mirando a Miguel con una desesperación que rompía el alma. Miguel apretó la empuñadura de su espada, su aura dorada emitiendo chispas de protesta, pero la ley del consejo era absoluta.
- Es un sacrificio por el bien mayor , concluyó Gabriel, mientras una barrera de luz traslúcida comenzaba a elevarse entre Miguel y Alanis, separándolos físicamente
- El amor que sienten será puesto a prueba por el tiempo y la distancia. Si para cuando el rayo púrpura sane, este sentimiento persiste sin destruir a Sariel, entonces el cielo volverá a considerar su unión. Hasta entonces, el deber es su única brújula.
Miguel y Alanis extendieron sus manos, pero sus dedos solo tocaron el frío cristal de la barrera que los arcángeles habían impuesto. El consejo había elegido: la estabilidad del reino por encima de la felicidad de sus guerreros.